El pasado 4 de marzo se celebraron las elecciones en Italia. A diferencia de los procesos políticos en países como Grecia, Portugal, Francia, Gran Bretaña o el Estado español, donde el profundo malestar social por la crisis capitalista se plasmaron en la irrupción de organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia (Syriza antes de su capitulación, Bloco de Esquerdas, Francia Insumisa, Corbyn o Podemos), el caso italiano muestra una tendencia diferente.

El gran descrédito del sistema político, reflejado en un desplome histórico de los partidos tradicionales, se ha expresado en una contundente victoria del Movimiento Cinco Estrellas (M5S), y un reforzamiento de la derecha, concretamente de la Liga Norte. Unos resultados que muestran también la bancarrota del Partido Democrático (PD) y sus políticas de ajuste y recortes, la ausencia de movilizaciones sociales y obreras de envergadura, y la crisis en la que vive sumida la izquierda italiana desde hace muchos años.

El movimiento 5 estrellas

El M5S, encabezado por Luigi di Maio, ha obtenido un respaldo del 32,68%, superando los 10.700.000 electores –un incremento de 8 puntos porcentuales y 2 millones de votos respecto a 2013. El M5S es una formación populista que, aunque se presenta como una fuerza política nueva, “ni de izquierda ni de derecha”, ha dejado muy claro que no pretende socavar el sistema. Utilizando una amplia demagogia, ha combinado la defensa de una renta básica de 786 euros al mes, rebajas fiscales para la población más pobre, un discurso contra la corrupción o promesas para desmontar las contrarreformas de la educación y las pensiones aprobadas por el gobierno Renzi (PD), con un claro discurso xenófobo, negándose a votar una ley para conceder la nacionalidad italiana a los hijos de inmigrantes nacidos en el país, y propugnando la expulsión y repatriación de los inmigrantes.

Di Maio, líder del M5S, ha pasado los últimos meses lanzando elogios al mundo de los negocios y de las finanzas, presentando al M5S como un partido capitalista fiable. Ha declarado que está abierto a alianzas incluso con formaciones de la derecha, y ha abandonado su rechazo al euro y a la Unión Europea.

Es evidente que, ante la ausencia de una alternativa de izquierdas creíble, tras las amargas experiencias de los gobiernos del PD, y con un ambiente marcado por la paz social y la desmovilización impuesta por la central sindical más importante del país, la CGIL, el descontento que late en las entrañas de la sociedad italiana, y también la gran confusión política que se da entre amplias capas de la población, se ha expresado en un gran apoyo hacia una formación percibida como algo diferente del sistema tradicional de partidos. El M5E ha obtenido unos resultados formidables en el sur de Italia, precisamente en las zonas más castigadas históricamente y más azotadas por la crisis económica, alcanzando entre el 45% y el 55% de los votos en regiones como Campania, Sicilia, Cerdeña, Apulia, Calabria, Basilicata. Es significativo que el 43% de los jóvenes que han ido a votar –y que soportan una tasa de paro cercana al 40%– haya optado por el M5S; también es destacable que les vote el 37% de los trabajadores.

Pero el M5E no es ninguna alternativa fiable para resolver los graves problemas planteados a la clase obrera y la juventud italiana.

Giro a la derecha

Las elecciones han marcado un corrimiento del electorado hacia la derecha. El otro gran triunfador de la jornada electoral ha sido Matteo Salvini, el dirigente de la Liga (antigua Liga Norte) que, con su ideario ultraderechista y xenófobo, su lema “Italia lo primero” y una campaña antiinmigración muy agresiva, alcanzó el 17,37% de los votos (5.691.921), cuadriplicando el 4% de las últimas elecciones y obteniendo los mejores resultados de su historia.

La Liga ha reorientado su estrategia, sustituyendo su discurso tradicional contra el “sur pobre y vago”, causante de todos los problemas del “norte rico”, por otro dirigido a toda Italia y cuyo chivo expiatorio es ahora, sobre todo, el inmigrante. También ha defendido la salida del euro, con el fin de rascar votos, demagógicamente, entre la población descontenta por las políticas de austeridad impuestas por la Unión Europea. No es ningún detalle que el 46% de los italianos en 2018 piensen que estarían mejor fuera de la UE, cuando en 2012 era el 29%. De esta manera la Liga se ha convertido en la primera fuerza de la derecha, superando con claridad a Forza Italia (FI) de Berlusconi, que se queda con un 14% del electorado (4.590.774 votos), muy lejos de los más de 13 millones que obtuvo en sus mejores tiempos.

Descomposición de los partidos tradicionales

Los pésimos resultados obtenidos por Forza Italia (FI) de Berlusconi y el Partido Democrático (PD) de Renzi han dinamitado la posibilidad de que se forme un gobierno de gran coalición. En el escenario de enorme crisis económica, social y política que vive Italia, ésta era la opción preferida por la burguesía, tanto italiana como europea, de cara a afrontar su agenda de recortes con la mayor “estabilidad” posible.

El grado de descomposición de estos partidos se aprecia claramente al observar la  evolución del voto: si en 2008 la suma de ambas formaciones suponía el 70,6% del total (más de 25,7 millones) en 2013 pasó al 47% (16 millones), cayendo al 32,7% actual, por debajo de los 11 millones. Una pérdida de casi el 60% de su base electoral en apenas una década.

La debacle del Partido Democrático es proporcional al salvaje giro a la derecha que ha operado en las últimas décadas, y que entronca con la profunda crisis de la socialdemocracia europea. El 18,72% de papeletas en su haber (poco más de 6,1 millones) es el peor resultado de su historia*. Renzi pierde más de 2,5 millones de votos –casi un tercio– respecto a 2013. Una derrota humillante para un personaje que pretendía erigirse en el gran “renovador” de la socialdemocracia y la política italiana, pero cuya receta es la de siempre: bajo la palabrería hueca de “eficacia”, “modernidad”… profundizar las contrarreformas y ataques a la clase obrera de los anteriores gobiernos de Berlusconi y Mario Monti.

De hecho, Renzi se codeaba con banqueros y empresarios, mientras desplegaba su arrogancia y desprecio de clase contra los trabajadores con todo desparpajo: hay que acostumbrarse a los “nuevos tiempos”, “ya no hay un empleo de por vida”, “un empresario debe tener derecho a decidir si quiere o no despedir a un trabajador”… Ésta ha sido su marca de la casa; es decir, una vuelta a las cavernas y a la esclavitud laboral. En el otoño de 2014 se enfrentó a una importante huelga general, contra la eliminación de una conquista histórica del movimiento obrero: el artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores que protege contra los despidos improcedentes, y desde entonces no levantó cabeza. La contundente derrota sufrida en el referéndum de diciembre de 2016 sobre la reforma constitucional (60% de los votos en contra) reflejó el rechazo creciente hacia sus políticas, algo que se ha ratificado con más claridad si cabe el pasado 4 de marzo.

El reportaje de El País del 11 de marzo reflejaba muy bien esta bancarrota política y su efecto entre el movimiento obrero a través de los testimonios de trabajadores de la Fiat-Pomigliano (Nápoles), votantes históricos de la izquierda: “por primera vez en mi vida he dejado de votarles. Apoyo a Di Maio”, “Aquella gente que luchó con nosotros ahora son casta, tienen sueldos vitalicios, puestos en los consejos de administración. Nos han abandonado”, “...el PD ha hecho política contra nosotros, el Jobs Act [la reforma laboral de Renzi] nos ha masacrado”, y explica: “Di Maio no es de izquierdas, pero lucha por la moralidad de la política, por la transparencia”.

Reconstruir una izquierda de combate

En Italia existe un malestar social muy extendido y profundo, y también un enorme potencial para una fuerza de izquierdas combativa, que rompa con la paz social.

El surgimiento, hace poco más de tres meses, de Potere al Popolo (Poder para el Pueblo), un movimiento impulsado por el centro social napolitano Ex-OPG y en el que se integraron Refundación Comunista y nuestra organización hermana en Italia, Resistenze Internazionali, constituye un primer paso para reconstruir una izquierda revolucionaria que hoy es sumamente débil. Potere al Popolo se ha extendido por todo el país, organizando asambleas en más de cien ciudades y en las que han participado decenas de miles de personas, especialmente jóvenes que buscan una alternativa de izquierdas y anticapitalista. Aunque en estas últimas elecciones ha obtenido unos resultados muy modestos, 370.320 votos (1,1%), si adopta un programa claro y coherente contra el capitalismo y orienta sus esfuerzos a impulsar la lucha de masas, su apoyo podría crecer en el futuro.

Aunque en 2017 Italia creció el 1,6% del PIB, la realidad es que el capitalismo italiano arrastra un estancamiento económico crónico. Su deuda pública alcanza el 132% del PIB (sólo en concepto de intereses a la banca paga el equivalente al 4% del PIB) y su sistema bancario está completamente enfermo. A pesar de los más de 20.000 millones de euros utilizados en el rescate financiero, la realidad es que los bancos italianos tienen aún 349.000 millones de euros en créditos morosos, más del 15% del total. Eso se va a traducir en la continuidad y profundización de los recortes y, más tarde o más temprano, en un recrudecimiento de la lucha de clases.

* El PD tuvo una escisión, encabezada por varios diputados críticos con Renzi, en 2017. Su lista electoral Liberi e Uguali (Libres e Iguales), de la que ha formado parte dirigentes históricos como Máximo D’Alema, ha tenido también unos magros resultados: el 3,4% del voto (1.113.969), reflejando el escaso eco de formaciones que son más de lo mismo.


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