Economía

El pasado 9 de diciembre la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) definió un incremento del 4.2% para los salarios mínimos que regirán a partir del 1 de enero del 2012. De acuerdo a ese porcentaje los mini salarios para las entidades federativas que integran la zona “A” pasarán de los 59.80 pesos de 2011 a 62.33 pesos; para la zona “B” el incremento irá de 58.10 a 60.57 pesos y para los de la zona “C” de 56.75 a 59.08 pesos. En promedio el incremento será de 2.45 pesos.

La metodología que emplea la Conasami para definir dichos incrementos se basa en la inflación estimada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público para los próximos 12 meses;  para el caso de 2012 ese cálculo se ubica en 3.3%. Formalmente ello querría decir que al finalizar este año el salario habría crecido sobre la inflación un 0.9%. En el caso del 2011 el incremento fue del 4.1% y se estima de acuerdo a los cálculos de Santander México que la inflación acumulada para el año que recientemente ha terminado será del 3.5%, significando ello formalmente que durante ese lapso este tipo de ingreso habría avanzado 0.6% sobre el precio de los productos y los servicios.

Literalmente salarios de hambre

Sin embargo esos avances salariales además de ser pírricos son cien por ciento formales y nada tiene que ver con la realidad pues evaluando el desarrollo de los precios de los alimentos, por ejemplo, tenemos que el año pasado el precio de frijol se incrementó en un 30.6%, el de las tortillas en un 16%, el de huevo en un 13.7%, el del arroz en 13.1% y el de la carne en 20.6%, tan sólo por mencionar algunos casos. Ello quiere decir que por sí mismo el incremento de los precios de los productos básicos pulveriza cualquier clase de aumento al salario mínimo, siendo ello un problema de enorme peso para las familias de más bajos salarios en México, las cuales tienen que destinar casi el 70% de sus ingresos a la adquisición de alimentos como lo indica un estudio del Centro de Documentación, Información y Análisis de la Cámara de Diputados de enero del 2009. Un elemento más que también destaca el citado informe señala que las familias más ricas solo destinan a la alimentación el 12.66% de sus ingresos(1).

De acuerdo a los analistas de la burguesía las contradicciones entre un costo de la vida cada vez más caro y la metodología para definir los micro aumentos anuales al salario mínimo no son reales, porque de acuerdo a ellos este último es sólo un parámetro; es decir que de acuerdo a ellos la política de la Conasami no afecta al grueso de los trabajadores asalariados. Sin embargo una análisis un poco más detallado sobre la realidad de la clase trabajadora mexicana es suficiente para demostrar la falsedad de los argumentos de las plumas pagadas por la burguesía las cuales pretenden tapar el sol con un dedo.

Un estudio publicado por El Universal del 13 de diciembre pasado indica que en la actualidad 6 millones de mexicanos ganan un salario mínimo, segmento al que de sumársele los que ganan entre 2 y 3 salarios mínimos arroja un total de 10.6 millones de trabajadores(2); por su parte un artículo de La Jornada del 13 de junio del 2011 indica que 37 millones de trabajadores perciben menos de 5 salarios mínimos(3).  Esta última cantidad sumada a los otros 6 millones que laboran sin alguna clase de salario arroja un saldo de 43 millones de trabajadores, es decir de aproximadamente el 85% del la Población Económicamente Activa (PEA) calculada por el INEGI en 49.6 millones de personas.

Toda esa realidad sobre los ingresos de las familias proletarias en México contrasta diametralmente con el hecho de que la canasta básica tan solo en lo que corresponde a cuatro primeros años de la administración de Calderón ya se había encarecido en un 47%, mientras que el salario mínimo creció apenas un 18% durante el mismo lapso, de acuerdo a un estudio de la Universidad Obrera de México (UOM) en el que también se destaca que las familias que viven con mini salario sólo pueden adquirir el 16.69% de los requerimientos nutricionales definidos por dicha canasta. De acuerdo a esa misma institución para poder adquirir la totalidad de los productos de la canasta básica alimentaria se necesitan 5.99 salarios mínimos(4).

Calculado el aumento definido por la Conasami para 2012, el cual se ubicaría en mil 869 pesos con 90 centavos en promedio mensual para la zona “A”, y considerando esta última evaluación de la UOM ello quiere decir que actualmente o trabajadores necesitaría tener una salario de cuando menos 11 mil 219 pesos mensuales en promedio para cubrir adecuadamente única y exclusivamente las necesidades alimentarias de su familia.

Lejano a lo que señalan los plumíferos de la burguesía, la política de salarios mínimos aplicada por el PAN y el PRI apoyados por los charros de la CTM y el CT, en las tres últimas décadas es un verdadero látigo para los salarios y los asalariados, pues evaluando todos los factores antes expuestos resulta que en México el salario que perciben 43 millones de trabajadores es incapaz de incluso satisfacer los requerimientos alimentarios de una familia promedio. 

Explotación capitalista

Y si vamos un poco más a fondo, pues un trabajador, su conyugue y sus hijos necesitan para su vida diaria no sólo alimentos, nos podremos dar fácilmente cuenta que las cosas son mucho peor pues de acuerdo al Centro de Estudios Multidisciplinarios de la Facultad de Economía de la UNAM para que una familia pueda cubrir los gastos para otra clase de necesidades cotidianas tales como vestido, calzado, vivienda, salud, pago de servicios, educación y entretenimiento el salario mínimo tendría que ser de 850 pesos diarios(5). En este caso, y basados en el incremento definido por la Conasami, ello querría decir es decir que para que una familia pueda tener una vida mínimamente digna el salario de un trabajador tendría que ser de 25 mil 500 pesos mensuales en promedio.  

Sin embargo la dinámica del capitalismo gira en sentido adverso a las expectativas del proletariado pues la realidad ha sido todo lo contrario ya que de 1982, año en que arrancó la política de topes y choques salariales, el salario mínimo ha perdido el 82% de su poder de compra.

En las últimas tres décadas hemos sido testigos de una genuina guerra no declarada de parte de la burguesía contra la clase trabajadora la cual si bien ha tenido como uno de sus ejes más importantes de ataque a los salarios, también ha arrojado saldos trágicos en otros terrenos como lo es el caso de las defunciones por riesgo laboral mismas que en promedio ascienden a mil 412 anuales de acuerdo al IMSS(6).

El resultado de esa ofensiva contra los salarios ha significado que mientras las masa total de salarios en 1980 equivalía a una cantidad similar al 36.04% del Producto Interno Bruto (PIB) ahora, en datos del 2010, dicho porcentaje se redujo hasta el 27.03%; por su parte el comportamiento de los beneficios empresariales ha sido diametralmente opuesto al pasar del 29% al 62.1% en proporción al PIB durante el mismo lapso.

De esa clase de medidas, es decir la reducción global del costo de la mano de obra, es del que ha brotado un exacerbado proceso concentración de riquezas sin presente alguno en la historia de nuestro país; paralelo a la caída vertiginosa de los salarios esa dinámica de acumulación de obscenas fortunas ha encontrado un cauce magnifico en la intensificación y extensión de la jornada de trabajo -de acuerdo a la OCDE en México la jornada real de trabajo diario es de 10 horas- arrojando todo ello jugosas tasas de productividad la cual se creció entre 2004 y 2009 en un 31% para el caso las manufacturas. En 2010 en este mismo ramo de la producción la productividad se incremento en 5.8% al mismo tiempo que el costo unitario de la mano de obra se depreció el 9%.

La extracción de una mayor tasa de plusvalía, tanto relativa como absoluta, a un costo muy alto para la clase obrera ha sido la pieza clave para posicionar al capitalismo mexicano en el mercado mundial – a finales de la década de los años 90 México logró escalar hasta el número 10 entre las principales naciones exportadoras- y para la generación de fortunas multimillonarias: para marzo del 2011 la fortuna de los 10 empresarios mexicanos más acaudalados, encabezados por Carlos Slim – 74 mil millones de dólares (mmdd)- y sin tener en cuenta al Chapo Guzmán, se cifraba en casi 122 mmdd.

Otro ejemplo gráfico sobre dicha orgia de ganancias es un informe del Banco Mundial en el que se indica que en 2009 los ingresos del 10% de la familias más ricas en México fueron del orden de los 439 mil 597.2 millones de dólares y equivalentes a un 41.3% del total de ingresos a nivel nacional, porcentaje este último que en 2004 fue del 39.1%. Por su parte ese mismo año el 10% de las familias más pobres lograron ingresos solamente por 12 mil 772.8 millones de dólares, es decir el 1.2% del total de ingresos, significando ello retroceso importante respecto a 2004 cuando ese porcentaje alcanzó los 2.7 puntos.

“Salario mínimo al presidente, para que vea los que se siente”

Además la realidad de los salarios de la clase trabajadora ha estado lejos de ser la de los agentes de la burguesía, empezando por la Conasami donde, de acuerdo al Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI) el coordinador general tiene un ingreso mensual de 113 mil 587 pesos. Cabe destacar que en ese informe no se indica el monto del salario del presidente de la Conasami,  Basilio González Núñez (7). Por su parte Calderón, de acuerdo al Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación para 2012 enviado por la SHCP en septiembre pasado, en este nuevo año su salario sin prestaciones laborales será de 208 mil 548 pesos mensuales, cantidad aproximada a los 111 salarios mínimos para la zona “A”. Ello quiere decir que tan sólo con un mes da salario Calderón ganará una suma para la cual un obrero que percibe un salario mínimo tendría que trabajar más de 9 años antes de obtenerla.

Y para el caso de la iniciativa privada la historia es muy similar pues, como lo relata el estudio de la consultora en recursos humanos Mercer de 2008, un salario promedio de un director de empresa en aquel año oscilaba entre 136 mil 976 a 152 mil 217 pesos sin prestaciones; ya con prestaciones dichas cantidades escalaban de entre 182 mil a 278 mil pesos peso mensuales, o sea entre 97 y 148 salarios mínimos(8).

La cuestión es clara: la burguesía premia muy bien a sus principales engranes de explotación capitalista tanto en el sector público como en el privado, los primeros sometiendo a la clase trabajadora con el látigo del Estado y otros hincando su rodilla sobre los trabajadores directamente en el terreno de la producción. Al igual que la burguesía, estos esbirros y parásitos se ven enormemente beneficiados de la plusvalía extraída de los trabajadores.  

¡Por una calidad de vida digna!

 Los bajos salarios se han transformado en una más que bondadosa fuente de beneficios para la burguesía, la cual de paso ve en esa política una de sus principales herramientas para enfrentar la actual crisis de la economía mundial del capitalismo. Ante la perspectiva de otra recesión motivada a la vez por una potencial nueva recaía de la economía yanqui, destino del 80% exportaciones mexicanas, la clase dominante necesitará más sangre, sudor y lagrimas del proletariado para tratar de proteger sus privilegios a un costo muy alto para los niveles de vida de las masas desposeídas.

Ese panorama por sí mismo exige una respuesta organizada y unificada a la altura de las circunstancias por parte de los trabajadores y los sindicatos. Urge organizar comités de fábrica en todos los centros de trabajo en defensa del salario, mismos que impulsen asambleas para definir democráticamente las acciones a tomar tales como paros y huelgas generales para frenar la política de choque salarial. También es necesario adoptar a la par de la demanda por un salario digno, consignas como las de control de precios para todos los productos y servicios necesarios para la vida cotidiana de una familia obrera así como  el establecimiento de la escala móvil precios-salarios, además de la desaparición de la comisión de salarios mínimos, entre otras demandas.

Como lo explica la UNAM el salario mínimo para asegurar una vida digna para las familias trabajadoras tendría que ser de un monto de 850 pesos diarios, o sea de 25 mil 500 pesos mensuales en promedio. Teniendo en cuenta que dado las enormes pérdidas que esa clase de salario significaría para las empresas, los patrones se opondrían simple y llanamente a invertir esas cantidades en costo de mano de obra; además para forzar hacia abajo los ingresos de la clase trabajadora en activo la burguesía cuenta de su lado a un gigantesco ejercito industrial de reserva integrado por millones de mexicanos en el desempleo y subempleo desesperados por tener una trabajo sin importar que tan bajos sean los salarios. En síntesis la lógica para la reproducción del capital choca directamente con las aspiraciones obreras de una vida digna. Ambas se contradicen y se niegan mutuamente. Por consecuencia la única forma de superar en un sentido revolucionario y progresista esa contradicción es expropiando a la burguesía poniendo bajo el control democrático los principales medios de vida; sólo bajo esa condición la enorme riqueza generada por la producción podrá ser puesta al servicio de la sociedad para genuinamente fortalecer los niveles de vida de las mayorías.

Pongamos algunos ejemplos para ilustrar esta última aseveración: el Hospital de Especialidades del Bajío del IMSS tuvo un costo de 7 mil 749 millones de pesos en 2008, aproximadamente 573 millones de dólares de ese mismo año. Dividida esta última cantidad entre la fortuna amasada por el 10% de las familias más ricas del país significa que esa riqueza sería la suficiente para construir aproximadamente 767 hospitales de alto nivel en todo el país y abatir en un corto plazo los serias problemas de salud que abate a las familias trabajadoras de la ciudad y el campo de todo México, incluso hasta sobraría infraestructura. 

Ejemplos similares se pueden hacer si estimamos en cuántas escuelas, casas, caminos vecinales, tractores, trilladoras, etcétera se podrían traducir los casi 600 mil millones de pesos que el gobierno ya le había trasferido a la burguesía entre 1999 y el primer trimestre de 2011 a través del rescate bancario o si consideramos qué clase de benéficos sociales se podrían obtener con la nacionalización bajo líneas socialistas de la industria automotriz cuyo valor de sus exportaciones en 2010 fue de 20 mil millones de dólares; también el mismo ejercicio se podría hacer con American Móvil de Carlos Slim misma que en 2010 facturó ingresos por 607 mil 855 millones de pesos; y en el caso de los alimentos ya sería una significativa contribución para la causa de los trabajadores tan sólo las expropiación de dos de los principales consorcios especuladores con el hambre de millones de familias: Walmart de México, con ventas netas en 2010 de 335 mil 857 millones de pesos, y del Grupo Gruma, el cual acumuló a lo largo de los primeros seis meses de 2011 ganancias por 4 mil 456 millones 351 mil peso.

Son mucho más lo ejemplos que nos permiten afirmar que en México, y en todo el mundo, hoy en día existen los medios materiales necesarios para asegurar condiciones de vida dignas para los trabajadores y sus familias, mismas que son negadas por la naturaleza misma del capitalismo y su decrepitud. Por consecuencia la única solución de fondo y definitiva ante dicha paradoja es eliminar la propiedad privada capitalista por medio de una democracia obrera y una economía planificada, el decir por medio del socialismo.

Camarada trabajador únete a Militante y lucha por estas ideas en tu sindicato. 

Notas:

1.      http://www.diputados.gob.mx/cedia/sia/se/SE-ISS-02-09.pdf

2.      http://www.eluniversal.com.mx/finanzas/91617.html

3.      http://www.jornada.unam.mx/2011/06/13/politica/017n1pol

4.      http://www.jornada.unam.mx/2010/02/01/economia/020n2eco

5.      http://www.jornada.unam.mx/2011/12/22/politica/017n2pol

6.      http://www.informador.com.mx/mexico/2010/197013/6/mueren-mil-412-personas-al-ano-por-accidentes-laborales.htm

7.      http://portaltransparencia.gob.mx/pot/remuneracionMensual/remuneracionMensual.do?method=buscar&_idDependencia=14075

8.      http://www.cnnexpansion.com/expansion/2008/12/01/radiografia-de-los-sueldos

La frase que encabeza este artículo fue pronunciada recientemente por Angela Merkel ante el Congreso de la CDU, y no es ninguna exageración. Hay que remontarse a la catástrofe de los años treinta para encontrar un equivalente al hundimiento que sufre la economía capitalista en el momento actual. Todas las alarmas están encendidas, mientras el ambiente general entre la clase dominante es una mezcla de pavor, desconcierto, enfrentamientos internos cada vez más abiertos y una firme convicción: pasar a la ofensiva en todos los frentes para hacer pagar a la clase obrera, a los parados, a los jubilados, a la juventud, la factura de un sistema en decadencia pero que nutre sus beneficios y privilegios.

Día a día, hora a hora, las últimas noticias que se publican son peores que las anteriores. Tras un año y medio de aplicar duras políticas de “disciplina fiscal”, es decir, de poner en marcha planes de austeridad y ataques salvajes al gasto público, la situación en EEUU, y especialmente en la Unión Europea, se ha agravado de manera formidable. La supervivencia del euro y la misma viabilidad de la Unión Europea, algo que parecía inimaginable poco tiempo atrás, es materia de debate abierto no sólo en la prensa burguesa sino entre los gobiernos. Una hipótesis de infarto que se refuerza ante la posibilidad de tener que rescatar la economía española e italiana, cuya deuda pública ha superado en varias ocasiones los 500 puntos de diferencial con el bono alemán, situándose al nivel de lo que ocurrió con los títulos griegos, portugueses e irlandeses y que precipitaron la intervención económica de estos países. Pero los males no provienen sólo de esta incapacidad crónica para conseguir financiación: el sector bancario europeo necesita cientos de miles de millones de euros para capear la quita de la deuda griega (del 50%) y cubrir su exposición frente a créditos multimillonarios concedidos al sector inmobiliario que no se cobraran jamás.

La farsa de la democracia burguesa

Cuando el jueves 3 de noviembre todo estaba previsto para dar comienzo a la cumbre del G-20 en Cannes, una bomba política hizo saltar por los aires toda la escenografía acordada. El anuncio hecho por el ex primer ministro griego Papandreu a favor de convocar un referéndum sobre el último plan de ajuste, desveló el “aprecio” que sienten los gobernantes de Europa por la “democracia”. Merkel y Sarkozy, en una reacción de escándalo, abandonaron cualquier diplomacia y amenazaron con expulsar a Grecia de la zona euro si no cumplía a rajatabla con los acuerdos previos.

Obviamente Papandreu, un servicial mayordomo del gran capital griego e internacional, no pretendía rebelarse contra los dictados de sus amos. Su maniobra buscaba legitimación política para aplicar la nueva andanada de recortes, y forzar a la oposición de derechas a integrarse en un gobierno de unidad nacional. La razón de este giro abrupto no es ninguna casualidad: en Grecia se vive una auténtica crisis prerrevolucionaria, y el ambiente preinsurreccional fue un hecho en el transcurso de la gran huelga general del 19 y 20 de octubre que paralizó el país y sacó a la calle a millones de trabajadores, desempleados, y jóvenes griegos. Esta huelga histórica fue precedida por acciones como ocupaciones de edificios públicos, incluidas las sedes de ministerios y de prefecturas, la negativa a pagar las nuevas tasas y huelgas prolongadas en algunos sectores como los basureros o el personal hospitalario, entre otros. Una crisis política de tal magnitud que amenazaba la línea de flotación del capitalismo heleno, y que tuvo su colofón en la jornada del día 28 de octubre, la fiesta nacional de Grecia. Ese día los desfiles oficiales fueron suspendidos, las autoridades expulsadas de las tribunas por las masas, y las calles ocupadas por miles de manifestantes que marchaban entonando consignas y canciones revolucionarias con el puño en alto.

Esta es la verdadera razón para recurrir al cartucho del gobierno de unidad nacional, formado por ministros del PASOK, del derechista Nueva Democracia y del ultraderechista LAOS y presidido por el ex gobernador del Banco de Grecia (1994-2002), ex vicepresidente del Banco Central Europeo y miembro de la Comisión Trilateral, Lucas Papademus. La prensa y los medios de comunicación lo han presentado como un gobierno dirigido por un “tecnócrata” independiente, cuando en realidad lo que observamos en Grecia, y también en Italia, es un giro hacia métodos bonapartistas, es decir, a la supresión de los formalismos democráticos para imponer ejecutivos encabezados directamente por agentes del capital financiero que decidirán a base de decretos las medidas de choque más duras. El nuevo gobierno griego no es ningún accidente. Como en Italia, muestra la gravedad de la crisis, el calado de la descomposición de la democracia burguesa y supone una seria advertencia para la clase obrera, anticipando hasta dónde puede llegar la burguesía si la rebelión social no concluye victoriosamente con la toma del poder por parte de los trabajadores.

La situación recuerda lo escrito por Marx en Las luchas de clases en Francia: “…el incremento de la deuda pública interesaba directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito daba a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar a un Estado mantenido artificialmente al borde de la bancarrota; éste no tenía más remedio que negociar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus capitales en valores del Estado, mediante operaciones de Bolsa, en cuyos secretos estaban iniciados el gobierno y la mayoría de la cámara (…) En general, la inestabilidad del crédito del Estado y la posesión de los secretos de éste daban a los banqueros y a sus asociados en las Cámaras y en el trono la posibilidad de provocar oscilaciones extraordinarias y súbitas en la cotización de los valores del Estado, cuyo resultado tenía que ser siempre, necesariamente, la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento fabulosamente rápido de los grandes especuladores…”.[1] El régimen de Luis Felipe abrió las compuertas a la revolución de 1848, y el fracaso de esta, a la imposición del gobierno de Luis Napoleón Bonaparte en diciembre de 1851

El anuncio de Papandreu no fue la única mala noticia en Cannes. La crisis política y económica del régimen burgués italiano también marcó la reunión. El pantano de las finanzas italianas, cercadas por la recesión y una deuda pública de 1,8 billones de euros (120% de su PIB), ha colocado en la picota al conjunto de la economía europea y mundial. Italia no es Grecia, dicen todos los analistas. En efecto. La tercera economía de la zona euro y la octava del mundo, ha visto como su deuda superaba los 500 puntos de diferencial con el bono alemán, obligándola a pagar casi un 7% por las letras a diez años. Una situación insostenible porque no hay dinero suficiente en el BCE para “rescatar” a Italia, es decir, inyectar capital para evitar una posible suspensión de pagos; una perspectiva semejante arrastraría a la economía de toda Europa, hundiendo definitivamente a Francia y a Alemania.

La salida de Berlusconi, dictada por las presiones salvajes de sus socios europeos, el abandono de sus aliados políticos y las protestas crecientes en las calles, ha adoptado una forma muy semejante a la de Papandreu en Grecia: la formación de un gobierno “técnico” presidido por Mario Monti (ex comisario europeo),  eufemismo tras el que se esconde el nombramiento de un ejecutivo compuesto por representantes directos de las grandes empresas, monopolios y bancos. Monti ha sido respaldado tanto por el Polo de la Libertad berlusconiano como por la oposición socialdemócrata-liberal del Partido Democrático, y tendrá que enfrentarse a difíciles asignaturas, como obtener rápidamente financiación para responder a vencimientos de deuda por casi 300.000 millones de euros en 2012. De ahí el anuncio inmediato de este “tecnócrata independiente” de un plan de ajuste severo, con el que pretende aumentar la edad de jubilación y recortar las pensiones, subir el IVA, reducir el empleo público, acabar con la negociación colectiva (tal como ya está ocurriendo en la FIAT), y doblegar la resistencia del movimiento obrero.

A pesar de estas maniobras políticas, tanto en Grecia como en Italia no se ha escrito ni el último ni el penúltimo capítulo. Con o sin quita, Grecia no saldrá de la recesión hasta 2020 —según el último informe del BCE—, y eso que en estos tres años de crisis su PIB ya ha registrado una caída del 20%, equivalente a la que sufrió en los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, y después de haber adoptado medida tras medida para hundir las condiciones de vida de la mayoría de la población, la deuda pública de Grecia crecerá hasta el 200% del PIB según las estimaciones de la UE. ¿Cómo es posible que tras el mayor recorte en el gasto social de la historia reciente de Grecia el endeudamiento crezca en esta proporción? La razón es evidente: con la disminución del poder adquisitivo de los salarios; con el crecimiento del paro a tasas del 18,4% oficial pero en realidad del 25%; con la reducción drástica de la inversión pública… los ingresos caen pero los intereses de la deuda crecen, y el Estado necesita endeudarse más para garantizar los pagos multimillonarios a los bancos europeos y retraer por tanto miles de millones de euros de la inversión. Una dinámica sin solución que alimenta la destrucción de fuerzas productivas y profundiza la depresión.

Los enfrentamientos dentro de la clase dominante aumentan

Todos los discursos demagógicos a favor de una salida común a la crisis han sido reducidos a polvo. La lucha por cada palmo del mercado mundial está determinando la actitud de las potencias económicas, agravando la perspectiva de la crisis.

El lenguaje lo dice todo. Las divisiones dentro de la UE son públicas y aumentan cada día que pasa reflejando los intereses contradictorios entre las burguesías nacionales. En la última cumbre de octubre, que decidió la quita griega del 50% y el aumento del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) hasta el billón de euros, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, mantuvo un duro enfrentamiento con David Cameron, primer ministro británico: “Has perdido una buena oportunidad para callarte la boca. Estamos hartos de que nos critiquen y nos digan qué tenemos que hacer. Ustedes dicen que odian el euro y que no se quieren unir a él, y ahora quieren interferir en nuestras reuniones”. Muy significativo. Pero el enfrentamiento se extiende más allá del seno de la UE, y afecta directamente a las relaciones entre la UE y EEUU, y entre los estadounidenses y China.

En los últimos meses han sido abundantes las declaraciones del presidente de EEUU Obama llamando al orden a sus colegas europeos. En un momento en que la economía estadounidense se contrae y la deuda y el déficit están en cotas históricas (15 billones de y1,5 billones dólares respectivamente), el contagio de la crisis de la deuda europea a EEUU es una amenaza muy seria y puede arrastrar a su sistema financiero a un agujero aún más profundo. Las caídas brutales de las bolsas europeas han tenido réplicas muy duras en Wall Street. Pero detrás de este discurso jesuítico, se pretende ocultar que la burguesía estadounidense se ha lanzado a la conquista del mercado internacional como no lo había hecho desde los años de la posguerra mundial.

Obama apareció en la reunión del G-20 para hacerse la foto y saludar, dar buenos consejos a Merkel y Sarkozy, pero su auténtica agenda va por otras lindes. Nada más acabar la sesión de Cannes viajo rápidamente a la cumbre de Cooperación Asía-Pacífico en Honolulu (Hawai), y allí firmó un gran Tratado de Libre Comercio con ocho países (la Alianza Transpacífica), y mandar de paso una dura amenaza a China. “EEUU es un poder del Pacífico y estamos aquí para quedarnos”, afirmó el presidente estadounidense. Amenazas que se completan con las reiteradas advertencias para que el gobierno chino aprecie el yuan y ceda ante el dólar.

En el gran juego que están librando EEUU y China por el control de esta área económica fundamental —que representa el 50% del comercio mundial y que en 2010 recibió 620.000 millones de inversión extranjera directa—, los imperialistas norteamericanos están tejiendo fuertes alianzas. Japón se muestra muy activo en la lucha contra China. “Estoy muy satisfecho por la creciente presencia de EEUU en la región y creo que Japón y EEUU deben trabajar juntos por objetivos económicos y para establecer orden y seguridad”, recordó el primer ministro japonés, Yoshihiko Noda. Una batalla por el dominio económico y geoestratégico que esta tendiendo su traducción en el gran rearme militar de los países afectados: no sólo China está construyendo armadas modernas, nuevas bases militares, aviones ultramodernos y misiles de largo alcance, la dinámica es semejante en Corea del Sur, Indonesia, India, Japón y Australia, países que están firmando acuerdos militares a mansalva con los EEUU.

Este panorama explosivo se agudiza aún más con la política de devaluaciones monetarias (con el dólar empujando hacia abajo gracias a la política de “expansiones cuantitativas”, es decir, de darle a la maquina de imprimir billetes); el incremento de aranceles y guerras comerciales encubiertas. Hechos que contradicen el guión de las primeras reuniones del G-20 en los primeros compases de la crisis, cuando Obama y los demás afirmaban haber sacado las lecciones de la historia (lease del crack de 1929). Esta estrategia del sálvese quien pueda, prueba la profundidad del pantano en que se mueve la economía mundial pero no estimulará la recuperación. Todo lo contrario.

No es extraño por tanto que la UE reciba los sabios consejos de Obama y sus asesores a pedradas. No exageramos, sí, a pedradas. Eso fue lo que ocurrió en la reunión mantenida el 16 de septiembre por los ministros de economía de la zona euro, dónde despreciaron sin rubor los “consejos” del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner para “estimular la decadente economía europea y reforzar la unidad entre la estrategia de los Gobiernos y la del Banco Central Europeo, (BCE) frente a la crisis”. La respuesta no se hizo esperar. El presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, le contesto son desdén: “los Gobiernos no ven margen de maniobra en la zona euro que pudiera permitir nuevos estímulos”. Pero Juncker fue suave en comparación a otros; la ministra de Finanzas de Austria, María Fekter, señaló en referencia a las sugerencias de Geithner: “encuentro peculiar que aunque los americanos tienen datos fundamentales peores que la zona euro nos dicen lo que tenemos que hacer y cuando nosotros les hacemos alguna sugerencia nos dicen que no inmediatamente”. Así es. Pero más allá de lo peculiar, pocas semanas después los ministros de la UE tuvieron que anunciar una ampliación del FEEF para defender a la moneda única. Obviamente, la ampliación no era para estimular el consumo, ni ayudar a las familias —tampoco ese ha sido el fin de los paquetes aprobados por Obama— sino para garantizar la solvencia de los maltrechos bancos europeos y satisfacer los beneficios del gran capital financiero especulativo.

La Unión Europea al borde del abismo

La presión sobre la burguesía alemana para que ceda en su oposición a la emisión de eurobonos, es la otra pata de las contradicciones insolubles que recorren la UE y ponen en cuestión su futuro. Muchos, sobre todo los gobiernos del sur de Europa, culpan a la intransigencia de Merkel de ser la causa del agravamiento de la crisis. Por su parte, la Presidenta y el gran capital alemán se niegan en redondo a que el BCE compre deuda pública de los países en dificultades en las cantidades astronómicas que le exigen y, mucho menos, que se emitan eurobonos que tendrían que ser respaldados por la economía más “solvente” del continente. Una estrategia que ha rechazado calificándola de “colectivización de la deuda”. Pero lo que oculta Merkel, como defensora a ultranza del capitalismo, es que el BCE ha prestado a los bancos europeos cientos de miles de millones de euros al 1%, y estos a su vez represtaban o compraban directamente bonos de deuda de los países europeos en dificultades, obteniendo rentabilidades entre el 4% y el 20%.

En definitiva, la burguesía alemana muestra su músculo y se resiste, por el momento, a financiar indefinidamente la crisis de Italia, España, Grecia, Portugal y demás. Una actitud que está provocando también fuertes encontronazos con Francia, dónde soplan vientos recesivos cada vez más fuertes: su PIB registrará una caída del 0,1% en el último trimestre y las previsiones para 2012 son de recesión plena. Incluso para Alemania las perspectivas pintan francamente mal: la comisión europea habla de un crecimiento del 0,1% y 0,2% para los dos primeros trimestres de 2012; en el caso de Gran Bretaña se espera un crecimiento del 0,1% para el último trimestre de 2011 y los dos primeros de 2012.

En Francia existe una posibilidad cada vez más real de que las agencias de calificación rebajen su deuda del nivel triple A; su diferencial con la deuda alemana ha escalado hasta los 190 puntos, hasta pagar un 3,4% por su bono a 10 años ¡Es lo que faltaba! Los problemas se extienden también a otras economías, como la belga, dónde su diferencial con el bono alemán ha subido hasta los 318 puntos a mediados de noviembre, o la austriaca, que ha alcanzado los 190 como la francesa. En el caso de Portugal, las agencias de calificación han degradado su deuda al nivel de los bonos basura. En cuanto al Estado español, tres días después de que el PP ganara las elecciones generales, los intereses de los títulos del Tesoro a cinco años han llegado al 6,168%, una cota desconocida desde que España es miembro del euro.

Incluso Alemania no se libra de la amenaza: La rentabilidad del bono alemán en el mercado secundario aumentó el pasado 23 de noviembre del 1,92% al 2,15%, la mayor subida en un día de la era euro; la razón fue que durante la subasta de bonos a 10 años, el Tesoro alemán no logró demanda suficiente para colocar los 6.000 millones que tenía como objetivo, sino solo 3.644 millones. En definitiva, la deuda pública sometida a la ofensiva de los especuladores internacionales suma ya casi el 60% de la que emite la zona euro y golpea a 12 de los 17 países del euro.

Este es el telón de fondo que explican las presiones para emitir eurobonos, que han llegado a su nivel más alto con el enfrentamiento abierto entre el Presidente de la Comisión Europea, Duraó Barroso, y Angela Merkel, en el que también ha terciado Sarkozy para intentar aflojar la posición de Alemania. Según los defensores de los eurobonos, la UE podría disponer de tanta liquidez como Estados Unidos para respaldar la deuda y, por tanto, lograría un menor coste de su financiación. La deuda de la zona euro ascendió en 2010 a 7, 8 billones (85,4% del PIB), y la de Estados Unidos a 19,2 billones de dólares (94,4% del PIB). Pero EEUU dispone de un solo gobierno y una economía unificada, cosa que no es el caso de la UE. ¿Quién respaldaría la solvencia de estos eurobonos? ¿Quién respondería por su emisión a gran escala y los financiaría, teniendo en cuenta la hecatombe económica que sufren las economías más débiles de Europa? Obviamente tendría que ser Alemania. Y ahí esta el quid de la cuestión.

La pretensión de la burguesía francesa de que el BCE se convierta en prestamista de “último recurso”, en definitiva que compre toda la deuda que sea necesaria de los países de la zona euro con problemas, ha sido rechazado vehemente por Alemania en la cumbre de Estrasburgo del 24 de noviembre. En esta ocasión, Merkel llamó a capitulo a Sarkozy y Monti y, por ahora, ha logrado imponer sus tesis: no a los eurobonos, no a la capacidad ilimitada del BCE de prestar (algo relativo, pues el BCE ya ha comprado en estos dos años 187.000 millones de euros en deuda soberana); sí a reforzar la política de austeridad fiscal en toda la zona euro a través de reformas de los tratados de la Unión que aceleren la “unión fiscal y monetaria”. Y para convencer a los dubitativos, Merkel propone el palo: aumentar las sanciones a los países que incumplan los acuerdos. En definitiva, que los presupuestos nacionales aunque sean aprobados por los Parlamentos, sean supervisados, y vetados en su caso, por Alemania como potencia de la UE (como ya ocurre en Irlanda, Portugal, Grecia e Italia). Todo ello para ser aprobado en la cumbre de la UE del 9 de diciembre. Un diseño que abre la puerta a una eurozona de dos velocidades que lejos de resolver los problemas los agravará.

La batalla continuará en los próximos meses debido al recrudecimiento de la crisis en el conjunto de la UE. Según el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la situación en la zona euro “ha empeorado” en el último mes hasta caer “en una nueva recesión”. El IIF prevé una contracción de la economía europea de un 1% en 2012, y para el último trimestre del año 2011 del 2%. La presión sobre Alemania se intensificará teniendo en cuenta el hecho de que la recesión también afecta de lleno a su economía. Un profundo caos que alimenta las tendencias centrifugas en la zona euro, a los sectores que abogan por la ruptura de la UE, la vuelta a las monedas nacionales, o una UE de dos velocidades. Como la postura radical de Paul Krugmann que, en un reciente escrito con el llamativo título El agujero en el cubo de Europa, afirmaba que “la amarga verdad es que cada vez da más la impresión de que el sistema del euro está condenado. Y la verdad todavía más amarga es que, dado el modo en que ese sistema se ha estado comportando, a Europa le iría mejor si se hundiese cuanto antes mejor”.

Pero una ruptura semejante sería como saltar de la sartén al fuego, una auténtica catástrofe con consecuencias semejantes a las de una guerra incruenta. En condiciones de depresión capitalista, las economías más potentes como la alemana también sufrirían un fuertísimo descalabro en caso de que el euro desapareciese; en primer lugar porque su sistema bancario esta muy comprometido con la deuda de los países en dificultades y cualquier suspensión de pagos en estos les afectaría de lleno; por no mencionar el hundimiento de las exportaciones alemanas ante un colapso del consumo en Europa si se diera la vuelta a monedas nacionales fuertemente devaluadas (no hay que olvidar que las economías del sur europeo recibieron el 69% de las exportaciones alemanas en 2010).

En cualquier caso el debate sobre el futuro de la unión monetaria está abierto en canal. La idea de una mayor integración política, para salvar el euro, arrecia con fuerza. Pero la pregunta es ¿Cómo hacerlo? ¿Como renunciar a la soberanía política de las burguesías nacionales en aras de un gobierno unificado, que sin duda estaría dirigido por la burguesía alemana? Por eso el enfrentamiento continuará, y de paso colocará a la UE más al borde del abismo.

De la depresión a la revolución

La jefa del Fondo Monetario Internacional, Cristina Lagarde, no se ha cansado en estas semanas de hacer declaraciones incendiarias: si no se toman medidas urgentes, la economía mundial corre el riesgo de hundirse en “una espiral descendente de incertidumbre e inestabilidad financiera” y tener que hacer frente a una “década perdida”. Lagarde hizo estas declaraciones en un viaje a Pekín el pasado 8 de noviembre, dónde también advirtió de los riesgos de contagio para las economías asiáticas. Los datos de la desaceleración del crecimiento en China, espoleados por el aumento de la inflación, la enorme burbuja especulativa que vive el país y los problemas derivados del importante endeudamiento de las provincias, se combinarán en los próximos meses con la caída de las exportaciones a las principales economías del planeta afectadas por el recrudecimiento de la recesión, lo que ya está produciendo el cierre de miles de fábricas y una nueva oleada de movilizaciones obreras. “Asía no es ajena a los problemas que atraviesa la eurozona”, señaló Lagarde, y aunque sus economías han mostrado una relativa fortaleza, necesitan estar “preparadas para la tormenta. Estamos todos en esto y nuestra fortuna subirá o caerá a la vez (…) Asía no es inmune. Ya sea el canal del comercio o el sector financiero el que pueda actuar como acelerador de la crisis, Asia necesita estar preparada”.

De hecho ya se está preparando. Las declaraciones iniciales de los gobernantes chinos de que podrían estar dispuestos a comprar deuda de países de la eurozona en dificultades se han convertido en buenas palabras y ningún hecho concreto. ¿Invertir en países que se encuentran hundidos en la depresión? Obviamente a China no le interesa el colapso de la economía europea, pero tampoco salvarla a costa de agravar sus dificultades. A pesar de poseer las mayores reservas de divisas de mundo —unos 3.200 millones de dólares—, los gobernantes chinos no han adoptado ningún compromiso en firme para invertir en deuda. El hecho de que ya tengan entorno a 1,2 billones de dólares en deuda estadounidense es suficiente amenaza para su economía. En este tira y afloja, parece que la posibilidad de ayuda desde los países “emergentes” es bastante dudosa. Ya lo señaló la Presidenta de Brasil, Dilma Roouseff, en la última reunión del G-20: “No tengo intención de invertir ahí. Si los europeos no van a poner más recursos ¿Por qué debo hacerlo yo?”.

Las perspectivas más optimistas de la comisión europea prevén un crecimiento para el conjunto de la UE en 2012 del 0,6%; en EEUU del 1,5%; Japón del 1,8% y China también sufrirá la desaceleración, con un incremento del 8,6%. Pero estas previsiones pueden variar fácilmente a la baja como ha ocurrido anteriormente. La situación es extremadamente negativa. Semanas después de que los ministros de economía de la zona Euro anunciaran que el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) alcanzaría el billón de euros para sostener la moneda única y recapitalizar el sistema bancarios europeo, ahora reconocen que no podrán llegar a dicha cantidad y tendrán que pedir el auxilio del FMI. Como señaló Klaus Regling, responsable del FEEF, "todo es impredecible, las condiciones del mercado cambian sobre la marcha". Y puede que a mucho peor: en lo que vamos de año, la cotización de los bancos europeos ha caído un 40% y según un informe de Credit Suisse, 16 grandes bancos del continente tienen en sus balances activos inmobiliarios “potencialmente sospechosos” por valor de 386.000 millones de euros, una cifra superior que los 339.000 millones que poseen en deuda de España, Portugal, Grecia e Irlanda. Ante estas señales, los fondos de inversión estadounidenses, una fuente de financiación fundamental para los grandes bancos de Europa, ha reducido a mínimos históricos su exposición a las entidades europeas; y el FMI cree que las pérdidas potenciales por la devaluación de títulos de deuda pública ronda ya los 300.000 millones de euros.

La política actual de los gobiernos de todo el mundo están precipitando una batalla social sin precedentes en los últimos setenta años En esto también tendríamos que remontarnos a los acontecimientos de los años treinta. No es ninguna exageración. De hecho, economistas pro burgueses alertan de esta perspectiva, como Bernard Connolly que recientemente escribió en The New York Times: “La actual situación política europea acabará provocando malestar social. Y no hay que olvidar que en esos países [Grecia, Irlanda, Portugal y España] ha habido guerras civiles, dictaduras fascistas y revoluciones. Ese es el futuro si esa locura maligna de la unión monetaria prosigue”.

Pero la “locura maligna” ya ha desatado el inicio de un gran levantamiento. En Grecia la movilización revolucionaria de las masas han puesto en el orden del día la cuestión del poder. En Portugal, el movimiento de contestación social avanza con fuerza tras la última gran huelga general del pasado 24 de noviembre. En Gran Bretaña, la huelga general de los empleados del sector público, la más importante desde los años treinta, representa un serio aviso de lo que pasará en otros sectores. En Francia, Italia, veremos acontecimientos semejantes, desconocidos en muchos años. Y que decir del Estado español, dónde el presidente in pectore del gobierno Mariano Rajoy, tendrá tiempo suficiente para ver como su relativa mayoría absoluta no le salva de una enorme contestación en las calles ante los planes de ajuste que aplicará. Una perspectiva de luchas de masas, huelgas generales y radicalización política, en un plazo de tiempo no muy largo y a pesar de todas las vacilaciones de las direcciones socialdemócratas y sindicales, se dibuja en el horizonte. Y estos acontecimientos históricos darán lugar a un cambio radical en la psicología y la actitud de millones de trabajadores, jóvenes y desempleados para avanzar hacia una alternativa acabada frente a la crisis. Una alternativa que no es otra que la lucha por la transformación socialista de la sociedad, por la expropiación de la banca y los monopolios bajo el control democrático de los trabajadores.

[1] Karl Marx, Las luchas de clases en Francia, Editorial Progreso, Moscú 1973, p 211

La actual crisis capitalista no será un fenómeno pasajero, se trata de un punto de inflexión que marca un antes y un después de todo un periódico histórico, con profundas implicaciones sociales, económicas y políticas. En el momento de cerrarse la edición de este número del periódico, acaba de aprobarse la inyección de 90.000 millones de euros en Dexia, un banco privado belga que ya había recibido fondos públicos al inicio de la crisis. La economía mundial vueve a situarse al borde de la depresión y una nueva ronda de quiebras y rescates de bancos planea sobre Europa. Mientras, los gobiernos aceleran y profundizan los recortes contra el gasto social en lo que es una evidente transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos. Comprender las causas de la crisis, esencial para encontrar una alternativa a la misma (coherente en la teoría y consecuente en la acción) pasa ante todo por entender la esencia del modo de funcionar del capitalismo en su fase decadente. Debido a las limitaciones de espacio hemos ido directamente al grano en toda una serie de aspectos que se han ido conformando en los últimos años como temas de dabate o interés respecto a la crisis. El objetivo del texto es, de una forma sintética, esbozar el punto de vista marxista sobre los mismos y animar a los lectores a una profundización posterior.

¿Por qué se producen las crisis?

 El objetivo del capitalista es la obtención de beneficios. Los beneficios surgen de la explotación de los trabajadores ya que éstos, en su jornada de trabajo, además de generar el valor de su propio salario, crean un valor extra, la plusvalía, que es lo que se queda el capitalista y de donde éste extrae los beneficios. Para hacer efectivo este beneficio el capitalista tiene que conseguir vender las mercancías que producen los trabajadores de su empresa, y lo hace en condiciones de competencia con otros capitalistas. Esto implica que el capitalista tiene que estar constantemente renovando la maquinaria, lo que le permite abaratar los costes de cada mercancía y tener precios competitivos frente a otros capitalistas. Tarde o temprano todos tienen que hacer lo mismo si quieren continuar en el mercado. El incremento de la productividad lleva otro efecto asociado, además del abaratamiento: aumenta la cantidad de mercancías que es posible producir. El capitalista, para amortizar lo más rápidamente posible la inversión que ha hecho en nueva maquinaria y salarios, se ve obligado a utilizar al máximo posible la capacidad productiva de la empresa.

Las crisis surgen periódicamente porque el ritmo de expansión de la producción no puede ser acompañado por el ritmo de crecimiento del mercado, que es más lento. Se produce así una crisis de sobreproducción. Aunque parezca paradójico, las crisis capitalistas no son por falta medios de producción o por falta de mercancías; no son crisis de escasez, sino de abundancia. A pesar de que, para los capitalistas, “sobra de todo” (coches, pisos, leche, carne, en todas las ramas productivas hay saturación) millones de personas se ven empujados al paro y a la marginación y los que conservan su trabajo son sometidos a una explotación todavía mayor. Sólo después de que hay una destrucción de fuerzas productivas y mercancías en grado “suficiente”, la actividad económica vuelve a retomar una dinámica ascendente.

Los ciclos de recesión y recuperación se han sucedido en toda la historia del capitalismo, pero no todas las crisis son iguales, ni tienen la misma gravedad ni las mismas repercusiones, ya que esto depende de muchos factores, no sólo económicos, sino políticos, sociales y de las relaciones que se establecen entre diferentes potencias. En todo caso el capitalismo no es capaz de “aprender” de sus crisis y autocorregirse. Al revés. En la medida que el sistema capitalista se hace más viejo y decadente dominado por el sector financiero-especulativo y un puñado de monopolios, las crisis son todavía más virulentas, con consecuencias sociales y económicas más devastadoras y repercusiones políticas más profundas.

¿Es una crisis de la economía real o financiera?

La utilización del crédito es una manera de esquivar la crisis de sobreproducción, ampliando el mercado más allá de sus límites naturales. Pero sólo funciona durante un tiempo, y cuando la crisis estalla las consecuencias son todavía más devastadoras, afectando, lógicamente todo el sistema financiero. En las últimas décadas el endeudamiento de las empresas, los estados, las familias y los propios bancos, ha alcanzado cotas nunca vistas en la historia del capitalismo.

Por supuesto los banqueros, a pesar de la crisis financiera, han hecho grandes negocios con la deuda y la ruina de millones de familias, y sus beneficios están guardados en paraísos fiscales y cajas secretas, en muchos casos bien lejos de los bancos que ellos mismos están dirigiendo, llevando a la quiebra y rescatados con dinero público. Es increíble que, recurrentemente, los medios burgueses culpen de la crisis por igual a los banqueros y a las familias hipotecadas, diciendo que “la gente ha vivido por encima de sus posibilidades”. Ahora resulta que, después de haber dedicado durante años un 70% de los salarios a pagar la hipoteca al banco (media en el Estado español) somos culpables de la crisis por ir al paro. Es el colmo de la desfachatez.

La crisis financiera estalló empezando por su punto más débil, con el impago de las hipotecas subprime en EEUU. Pero eso fue sólo el inicio. De forma abrupta y encadenada, todas las expectativas de devolución de las deudas contraídas se han cortado o están sumidas en una profunda incertidumbre. Todo eso se agrava por la interconexión financiera mundial y el desarrollo de todo tipo de mecanismos de “ingeniería financiera” como los derivados. Con la crisis, la preocupación fundamental de los banqueros no es conceder créditos, sino recuperar los préstamos concedidos y utilizar al Estado burgués para robar el dinero público. Evidentemente, esto tiene un efecto en la economía productiva; la crisis financiera y la crisis de la economía real se retroalimentan. En ese sentido es una doble crisis. Pero la crisis financiera no es la causa fundamental de la crisis, la clave está en la economía real. En sí mismas, las deudas no serían un problema especialmente grave si la actividad económica se recuperase sólidamente. Pero en la medida que la economía se estanca o entra en depresión y los ingresos de las empresas, las familias y los estados son menores o disminuyen, el problema de la deuda, aunque nominalmente se mantenga igual, se agrava todavía más. En este contexto, los créditos se estancan no sólo porque los bancos no prestan, sino porque los empresarios no tienen ninguna intención de pedir créditos para invertir en producir nuevas mercancías. Todo eso explica lo superficial que es buscar en la “falta de liquidez” la causa de la crisis. Este falso e interesado diagnóstico ha servido de excusa para inyectar multimillonarias cantidades de dinero público a los bancos.

Crisis y especulación

Igual que el sobreendeudamiento, el enorme peso que tiene la actividad especulativa en la economía es un gran agravante de la crisis, por supuesto. Pero, ¿por qué se produce? Los datos son realmente impresionantes: los productos derivados, los mercados de cambios de divisas y las bolsas movilizan cada día unos 5,5 billones de dólares, 35 veces más que el PIB mundial y 100 veces más que el volumen del comercio mundial. Estas cifras valen tanto para el periodo de crecimiento como para la crisis. Marx decía que el ideal del capitalista era obtener beneficios sin pasar por el doloroso proceso de la inversión productiva. De hecho, llegaron bastante lejos por ese camino. Los beneficios capitalistas provienen cada vez en mayor proporción de las operaciones financieras que de las inversiones productivas. Mientras que a principios de los años 80 del siglo pasado aquellas propiciaban el 25% de los beneficios, antes de estallar la actual crisis habían alcanzado ya el 42%. Otro dato significativo de las tendencias de fondo del capitalismo durante las últimas décadas es que la proporción de beneficios destinados a repartir dividendos (superior al 60% en el primer decenio del siglo XXI) es cada vez mayor respecto a la reinversión en capacidad productiva. 

Los señores y señoras que dominan la economía mundial, los grandes capitalistas, están mucho más centrados en incrementar su riqueza personal reduciendo salarios y aumentando la jornada laboral, expoliando la riqueza pública ya acumulada (privatización de empresas públicas), creando monopolios privados de servicios básicos en connivencia con la cúspide del aparato estatal (distribución del agua, energía, telefonía, etc…), saqueando los presupuestos generales del Estado (reducción de impuestos, ayudas directas a sus empresas…), robándose entre ellos (fusiones, absorciones), que en la creación de riqueza mediante la inversión productiva, debido a la sobreproducción. La degeneración de la clase dominante tiene una base objetiva en la decadencia del propio sistema.

No hay una separación absoluta entre capital especulativo y capital productivo. En EEUU, según datos de 1998, el 50% de las empresas, las más importantes, estaba en manos de “inversores institucionales” (grandes fondos privados dedicados a la actividad especulativa). No existe una casta especial de “especuladores” al margen y menos aún contrapuesta a la actividad de la los grandes capitalistas. Son uno y lo mismo. La lucha por acabar con la especulación es, por tanto, la lucha por acabar con el propio sistema capitalista.

¿Por qué fallan las ‘recetas’ contra la crisis?

La crisis sigue una espiral descendente que todavía no ha tocado fondo. La crisis financiera sigue agravándose, la inversión sigue cayendo, igual que el consumo. No hay ninguna medida tomada desde el propio sistema que pueda detener esta tendencia hacia abajo. De todas maneras, más que una “solución a la crisis” las medidas que están tomando los gobiernos van encaminadas a satisfacer las exigencias del sector financiero, que es quien realmente gobierna el mundo, Europa y cada uno de los países. Todas las medidas para controlar los bancos y “regular” el sector financiero son una farsa y es comprensible que sea así ya que el Estado burgués difícilmente se va a rebelar contra su propio sistema.

Los gobiernos han gastado centenares de miles de millones en apoyar a la banca (créditos sin intereses, avales, garantía de depósitos, intervenciones para sanear las entidades y luego revenderlas, etc.). La última medida del BCE ha sido prolongar la barra libre del dinero gratis a la banca europea. Lo mismo pasa en EEUU. Eso ha servido para evitar un colapso bancario, pero también para que los bancos sigan especulando con la deuda pública, que a su vez ha crecido como consecuencia de estas ayudas a la banca. La “ayuda” a Grecia es un ejemplo del tipo de “recetas” que los capitalistas toman para salir de la crisis: el dinero no ha ido a salvar el país heleno sino a los bancos franceses y alemanes en posesión de deuda griega. Como consecuencia de los recortes exigidos a cambio de estas ayudas la economía griega ha colapsado, ahora es como un limón exprimido y seco que se tira al cubo de la basura. El resultado final está siendo una población tremendamente empobrecida y unos cuantos millonarios, incluidos algunos griegos, todavía más enriquecidos. Es verdad que el default de Grecia puede agudizar todavía más la crisis financiera y que los capitalistas que no se han deshecho de los bonos griegos con suficiente rapidez pueden encontrarse con unas ganancias menores de las que esperaban, pero tratarán de compensarlo saqueando de forma más sistemática las arcas públicas de sus propios países (es decir, a su propia clase trabajadora). De hecho, ya lo están haciendo.

Efectivamente, detrás de cada medida que “no funciona” contra la crisis  hay un objetivo (inconfesable para la burguesía) que sí se cumple: se avanza un paso más en la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos. La burguesía ya ha asumido que el capitalismo ha entrado en una fase recesiva por un largo periodo de tiempo y, por tanto, su objetivo principal es amortiguar la disminución del negocio robando lo máximo que pueda a los trabajadores, actuando cada vez con más descaro y urgencia.

¿Se puede aumentar el consumo de los trabajadores sin afectar los intereses de los capitalistas?

Hay una tendencia bastante extendida entre algunos intelectuales de la izquierda y los dirigentes de los sindicatos y partidos reformistas, que tratan de convencer a los capitalistas de que lo mejor para ellos es aumentar el gasto social y los salarios, porque así “aumentará el consumo y los empresarios también saldrán ganando”. Por supuesto que los marxistas estamos a favor y creemos que es absolutamente necesario aumentar urgentemente el gasto social y los salarios, pero esto sólo se puede conseguir con la lucha sindical y política contra los capitalistas y en último término con la nacionalización de todos los sectores decisivos y la planificación democrática de la economía.. En todo caso la cuestión es, ¿por qué los capitalistas se emperran en no hacerles ni caso a los que plantean la necesidad de aumentar el consumo de las masas si es tan bueno para ellos? Los capitalistas, por lo general, suelen actuar de forma muy consecuente con sus intereses. Cuando se exige más dinero para el consumo como una vía para salir de la crisis, la pregunta es: ¿de dónde sale este dinero? Si los empresarios aumentasen el salario de los trabajadores (obviamente están haciendo todo lo contrario) lo tendrían que restar necesariamente de sus beneficios (lo cual sería absurdo para ellos porque el objetivo de los empresarios es precisamente éste) o de la inversión (lo cual contrarrestaría, mediante más paro, los efectos benéficos de un mayor poder adquisitivo). Si el dinero para fomentar el consumo de las masas tuviese que salir del Estado (para invertir más en obra pública o aumentar el salario de los funcionarios, por ejemplo) sólo hay dos maneras de conseguirlo: endeudándose más (y el Estado ya está muy endeudado por las ayudas a la banca) o con más impuestos; si éstos recaen sobre las rentas de capital los capitalistas se opondrán, ya que afectaría a sus beneficios, y si salen del trabajo se actuaría contradictoriamente con el objetivo de aumentar el consumo.

Por supuesto que la crisis también se expresa en la falta de consumo, y que las medidas que deprimen todavía más el poder adquisitivo de los trabajadores acentúan más la crisis. Sin embargo, el problema del consumo es un síntoma de un problema mucho más general: el modo de producción capitalista, basado en la propiedad privada y en la búsqueda del máximo beneficio individual. Exigir más consumo sin cuestionar lo anterior, además de revelar un error teórico, equivale a tratar de conciliar los intereses de los capitalistas y los trabajadores y alimenta la idea, errónea y negativa (sobre todo si es entendida como una propuesta de “izquierdas”), de que es posible otro tipo de capitalismo capaz de satisfacer las necesidades de la mayoría.

¿Es posible un capitalismo diferente?

Efectivamente, hay quien defiende, también desde un punto de vista supuestamente favorable a los intereses de los trabajadores, que es posible otro tipo de capitalismo más “productivo” frente al actual, que es más “especulativo”. Antes hemos demostrado que no hay una separación entre especuladores y capitalistas, ambos son lo mismo. Pero es que además, también es un hecho demostrable que la inversión productiva y tecnológica bajo el capitalismo, incluso en los países en los que esto ha ocurrido de forma muy intensiva, no ha evitado la crisis y la clase obrera se enfrenta ahora a graves problemas sociales, similares a los del resto de países. El ejemplo más claro es Japón, donde el Ministerio de Trabajo reconoció que uno de cada seis japoneses —20 millones de personas— vivía en la pobreza en 2007. En aquel país donde todo está automatizado, lo que haría posible una reducción drástica de las horas de trabajo y un incremento brutal del nivel de vida, está extendida una enfermedad laboral mortal, el karoshi, que se produce como consecuencia del agotamiento por exceso de trabajo, y que afecta a 10.000 trabajadores cada año. La tecnología tampoco evitó en Japón la especulación inmobiliaria y posterior crisis bancaria, que todavía pesa como una losa en la economía del país. EEUU, el país capitalista más poderoso del planeta, modelo de iniciativa empresarial donde los haya, se ha convertido en una de las principales bolsas de miseria del mundo y los trabajadores, a pesar de todos los recientes avances en informática y robotización de los procesos productivos de las últimas décadas, trabajan más que nunca y ganan menos que nunca.

Lo mejor que pudo ofrecer el capitalismo, a escala mundial, lo hizo en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando se produjo un importantísimo desarrollo de nuevas ramas productivas (derivados del petróleo, industria automovilística, aeronáutica, electrónica, industria militar, etc.), la creación del llamado “estado del bienestar” y prácticamente el pleno empleo. Aún así, este periodo de prosperidad afectó tan sólo a una pequeña parte de la población mundial y se dio por una combinación de factores históricos muy particulares, entre otros la brutal destrucción de fuerzas productivas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1973 el tipo de crecimiento fue muy diferente, con avances mucho menores y una reinversión de las ganancias en el aparto productivo muy modestas, inaugurando un periodo en el que la actividad especulativa adquirió dimensiones gigantescas, como ya hemos hecho referencia. En el boom de mediados de los 90, que acabó en la crisis actual, a pesar del crecimiento económico y la explosión de beneficios capitalistas, la clase obrera retrocedió en salarios y condiciones de trabajo, incrementándose de forma exponencial la desigualdad social. Es significativo que el único país que todavía puede presentar tasas de crecimiento significativas, China, base su expansión en una explotación de la clase obrera similar a la del siglo XIX. Las expectativas que los trabajadores podemos depositar en alguna suerte de capitalismo “de rostro humano” o en una futura recuperación del sistema para resolver nuestros problemas es exactamente ninguna.

¿Qué alternativa hay al capitalismo?

Marx y Engels señalaron que la contradicción fundamental del capitalismo se da entre el carácter social de la producción y la forma de apropiación individual de los beneficios que comporta la existencia de la propiedad privada de los medios de producción. Esta contradicción ha acompañado al capitalismo desde su nacimiento, tanto en periodos de boom como en las recesiones. Sin embargo, cuanto más se han desarrollado las fuerzas productivas, cuanto más se ha integrado la economía en un todo mundial, más aguda e insoportable se ha hecho esta contradicción. La crisis económica actual la ha exacerbado en grado extremo.

¿Qué significa que la producción sea social? Pues que todo lo que necesitamos para la vida, incluso lo más simple, es producto de un proceso en el que participan muchas personas, desde la extracción de la materia prima hasta el transporte final, pasando por los diferentes estadios de la producción. La gran mayoría de productos que necesitamos no pueden ser creados por una sola persona, ni siquiera por una sola fábrica o un solo país. El capitalismo, a través de un largo proceso, ha socializado la producción al máximo; en eso ha consistido su misión histórica progresista. Sin embargo, estas fuerzas productivas están aprisionadas en el marco de la propiedad privada, en los conflictos de intereses de las distintas burguesías nacionales y en el mezquino afán de beneficios privados, un combustible de muy baja calidad para mover y ampliar (realmente no sirve ni para conservar) la riqueza acumulada por la sociedad. Y no digamos para distribuir. La misión histórica de los capitalistas está totalmente agotada y su existencia es un auténtico obstáculo para el progreso social y la verdadera causa del caos económico y de las crisis.

La única manera de salir de la crisis es liberando las fuerzas productivas, las fuentes de creación de riqueza, de los llamados “mercados”. ¿Quiénes son los misteriosos mercados? Pues personas (por designarles de alguna manera) con nombres y apellidos, que constituyen una infinitésima parte de la sociedad y que, sin embargo, acumulan un gigantesco patrimonio financiero, industrial e inmobiliario, determinantes para el funcionamiento y el desarrollo de la economía y la sociedad en su conjunto. Un estudio reciente revela que, sólo en el Estado español, 1.400 personas, un 0,035% de la población, controlan las entidades fundamentales de la economía y una capitalización equivalente al 80% del PIB. A escala mundial se ha demostrado que tan sólo 737 bancos, compañías de seguros o grandes grupos industriales controlan el 80% del valor de las 43.000 principales empresas multinacionales. Un grupo todavía más selecto de 147 entidades controlan el 40% del valor económico y financiero de todas las multinacionales del mundo; entre los 147, domina un grupo todavía más pequeño de 50, en el que están principalmente bancos norteamericanos y europeos. Todo eso indica que habría que expropiar a poquísimas personas para que la inmensa mayoría de la sociedad pudiese vivir decentemente.

Efectivamente, hay una forma de acabar con los “desequilibrios presupuestarios” y los “déficit excesivos” realmente eficaz y, además, en beneficio de la gran mayoría de la sociedad: nacionalizando todo el sistema financiero y las empresas estratégicas bajo control obrero y poniendo en marcha un plan de inversiones y producción al servicio de la mayoría de la sociedad.

Con los medios de producción en manos de los trabajadores y al servicio de la mayoría de la sociedad, el desarrollo económico, social y cultural daría un salto de gigante. Nada impediría que todo el mundo pudiera trabajar en buenas condiciones y con un trabajo decente; que cada avance técnico redundase en más tiempo libre para desarrollarnos en todo el potencial que nos brinda nuestra condición humana, que es infinito.

La teoría marxista y la lucha por el socialismo están más vigentes que nunca. Además de tener la razón de nuestra parte, la clase trabajadora tenemos la fuerza para poder imponerla, aunque éste es otro tema. Terminemos esta sintética exposición sobre la crisis capitalista con una frase de Engels en su obra Anti-Dühring: “En la sociedad capitalista los medios de producción no pueden ponerse en movimiento más que convirtiéndose previamente en capital, en medio de explotación de la fuerza humana de trabajo. Esta imprescindible condición de capital de los medios de producción y de vida se alza como un espectro entre ellos y la clase trabajadora. Ella sola es la que impide que se engranen la palanca material y la palanca personal de la producción; ella es la que no permite a los medios de producción funcionar y a los obreros trabajar y vivir. De una parte, el régimen capitalista de producción revela, pues, su propia incapacidad para seguir rigiendo estas fuerzas productivas. De otra parte, estas fuerzas productivas acucian con intensidad cada vez mayor a que se liquide la contradicción, a que se les redima de su condición de capital, a que se les reconozca, efectivamente, su condición de fuerzas productivas sociales”.

El 25 de agosto pasado la ciudad de Monterrey sería sacudida por uno de los actos de barbarie más dramáticos en la historia moderna de todo México: aproximadamente a las 15:45 horas un grupo de individuos incursionarían en el casino Royale, rociando su interior con gasolina para acto seguido lanzar unas granadas y provocar el incendio del inmueble, mismo que cobró la vida de 52 personas. Ya antes, el 17 de enero, ese mismo casino había sufrido un ataque armado que dejó un muerto como saldo. El ataque sería atribuido a la banda de narcos conocidos como Los Zeta y al momento ya han sido detenidos 14 de los 18 atacantes.

No obstante lo anterior y la incuestionable responsabilidad del crimen organizado en dicho acto de barbarie, la responsabilidad también recae sobre los criminales de cuello blanco, mismos sobre los cuales, a más de un mes de la tragedia que enlutó a la capital neoleonese, no se ha tomado ninguna acción legal.

El atentado terrorista contra el Royale forma parte de una cadena de episodios en Monterrey en los que las casas de juego han sido el blanco de diferentes ataques: el 4 de abril sería atacado con lanza granadas el casino Revolución, sin dejar víctimas; también el 25 de mayo serían atacados con ráfagas de fuego cuatro casinos, entre ellos el Royale. Todo ello sin olvidar que el 8 de julio un ataque al bar Sabino Gordo, también en Monterrey, se traduciría en el asesinato de 21 personas.

Los acontecimientos del Royale han hecho palidecer al atentado terrorista a cargo de los cárteles del narco en la ciudad de Morelia en la cual, en una plaza repleta de personas en pleno festejo de las fiestas de independencia el 15 de septiembre del 2008, un ataque con granadas dejó un saldo de ocho muertos.

La respuesta de Calderón y su gobierno ante la lamentable tragedia desarrollada en el casino Royale no se dejo esperar e inmediatamente condenaría al atentado con un mensaje en cadena nacional para acto seguido fustigar a los Estados Unidos (EEUU) al acusar a dicho país de ser el principal consumidor de drogas en el mundo y en tanto tal responsable del desarrollo y fortalecimiento de los cárteles de las drogas en México. Tras el presidente surgió un coro de políticos y de empresarios condenando la tragedia en Monterrey y llamando a cerrar filas en torno a México. Tanto Calderón como su coro de burgueses solamente derramaron hipócritamente lágrimas de cocodrilo, pues explicar el drama vivido por la población regiomontana solamente a partir del crimen organizado sería alejarse de la realidad pues tanto la clase dominante como su gobierno también son directamente responsables del asesinato de esas 52 personas. El casino y el narco significan enormes fortunas de las cuales se benefician también burgueses y políticos.

Dela industrial “Sultana del norte” a “Las Vegas de México”.

Nada puede brotar de la nada y la favorable posición que el narcotráfico ha logrado en la Ciudad de Monterrey y el resto de Nuevo León no es un accidente casual. Si bien es cierto que la frontera de dicha entidad con los Estados Unidos (EEUU) los ubica en una posición estratégica frente al principal mercado de la drogas, la anterior realidad no agota la explicación. Monterrey y Nuevo León no sólo son disputados por las diferentes bandas de narcotraficantes en tanto ruta de trasiego de drogas, sino también por las ventajas que ese Estado, en particular su capital, representa para el lavado de dinero y especialmente para la inversión en cientos de diferentes tipos de negocios de toda magnitud, desde salones de belleza hasta agencias de venta de automóviles, especulación inmobiliaria, casa de cambio de divisas, hoteles, clubes nocturnos y por supuesto casinos.

En Monterrey y Nuevo León (en San Nicolás de los Garza y en San Pedro Garza García, por ejemplo) los narcos no sólo encuentran una plaza adecuada para sus actividades relacionadas con el tráfico de drogas y otros actos ilegales como la extorción y el rapto, sino también condiciones económicas favorables para, por medio de la inversión de su dinero negro, transformarse en prominentes hombres de negocios, reproduciéndose económicamente como empresarios y viviendo al mismo tiempo como respetables burgueses sin que el Estado los moleste (o más correctamente al amparo de este). Esa clase de ventajas también son un estupendo imán para los capos de narco y también explica el enorme arraigo que estos han desarrollado en Monterrey. Las ventajas económicas son otra razón de disputa por Monterrey entre los diferentes cárteles de la droga.

La historia de los últimos años en Monterrey ha sido la de que los narcos llegan, se instalan, continúan con sus negocios ilícitos, pero también al mismo tiempo se transforman en hombres de negocios, es decir en capitalistas. ¿Qué es lo que está detrás de esta lógica? Cuando menos durante aproximadamente un siglo (de hecho hasta hace apenas unos cuantos años) el tema más recurrente al momento de hablar de la ciudad de Monterrey era el de su extraordinario desarrollo industrial. Sin embargo gradualmente todo ello ha ido quedando en el pasado, jugando cada vez un mayor peso el sector servicios en la economía de la ciudad y de Nuevo León en general, creándose así condiciones favorables para el lavado de dinero no sólo a través de la banca, sino además por medio de la compra o apertura de negocios del llamado sector terciario de la economía.

Monterrey es presa del proceso de desindustrialización que padece el país desde hace ya bastantes años. De acuerdo a la Cámara Nacional de la Industria del Acero (Canacero) dicho proceso ha derivado en la destrucción de 700 mil empleos del sector manufacturero entre 2000 y 2010. Por ejemplo, en el marco anterior, tan sólo en diciembre del 2003 en la Sultana del norte se perdieron cinco mil empleos manufactureros. También en mayo del 2009 se cerraron 250 empresas del mismo sector en dicha ciudad. Ya más recientemente, de acuerdo al INEGI, entre mayo del 2010 y mayo del 2011 fueron cerradas en todo el país 198 industrias maquiladoras, quedando en primer lugar Baja California (44 cierres); el segundo sitio fue para el Edomex (29 cierres) y el tercero para Nuevo León (léase Monterrey y su área conurbada) con 24 cierres.

Otro parámetro para medir la desindustrialización  de Monterrey es el crecimiento de las manufacturas locales: mientras que a lo largo de la década de los años 90 dicho sector sólo reportó crecimiento negativo en 1995 (-5.9%), logrando su mejor registro en 1997 (12.6%), en la década pasada se contrajo en tres ocasiones (2001, -2.2%; 2003, -1.9%; y 2009, -12.9%). En esa misma década el mayor crecimiento se alcanzó en 2006 (7.4%) y en el resto de años el crecimiento fue marginal (osciló entre el 2 y 3%), muy por debajo de la media lograda en los año 90 (7%).

La desindustrialización de Monterrey ha sido seguida de un mayor impulso al capital financiero que ha marcado un viraje en el que el capital productivo cada vez pierde más terreno cediéndoselo gradualmente al capital parasitario. La anterior aseveración puede ser sustentada con los propios informes oficiales del gobierno de Nuevo León, los cuales destacan los resultados señalados en la siguiente tabla:

Cambios porcentuales en el PIB por sector [Nuevo León]

Sector

2004

2003

2006

2007

2008

2009

Industrias manufactureras

7.2

4.5

7.4

3.6

2.1

-12.9

Servicios Financieros y de seguros

5.1

46.4

6.5

23.7

19.3

3.4

Fuentes: Gobierno de Nuevo León (http://sg.nl.gob.mx/DataNL/files%5CDNL00000379.pdf).

Las diferencias son claras y abismales: el capital parasitario está desplazando al capital productivo cambiando la fisonomía de Nuevo León, en especial de Monterrey, y creando a la vez un entorno favorable para negocios que no generan riqueza social pero que sí procuran toda clase de ganancias rápidas, fáciles y buenas pera los negocios amables para el lavado de dinero. Dicha realidad, es decir la enorme facilidad para lavar dinero gracias al significativo papel que juega el capital financiero, también ha trasformado a Monterrey en un plaza sumamente ambicionada por los diferentes cárteles del narco.

Históricamente es sabido que la mafia de todo el mundo ha encontrado en el juego y en los casinos magníficos instrumentos para el lavado de dinero; instrumentos estos tan eficaces que incluso les permitió a la mafia de los EEUU fundar una ciudad con toda la impunidad y, en los hechos, al amparo del Estado: Las Vegas. Es por ello que no es ninguna casualidad, ni tampoco ningún accidente histórico, el que el boom del capital financiero en Nuevo León en combinación con el auge de narcotráfico en México hayan cambiado el perfil de Monterrey a tal grado que ahora se le conozca como “Las Vegas de México”.

Jugosos negocios.

En promedio en México cada máquina de juegos en lo individual arroja ganancias que oscila entre los 50 y 70 dólares diarios, sin embargo para el caso de Monterrey dicha cantidad asciende de los 85 a los 125 dólares. Este ejemplo por sí mismo ya destaca a dicha ciudad como especialmente rentable para el negocio de los casinos.

Las Vegas logran ganancias anuales de 7 mil millones de dólares (MUSD) gracias al juego. A nivel mundial tan sólo para el caso de EEUU y Europa las utilidades superan los 91 mil MUSD, cantidad que equivale al 81% del total de los beneficios económicos generados a escala global por esta clase de industria.

En nuestro país, de acuerdo a la Asociación de Permisionarios de Juegos y Sorteos (APJS), las utilidades de los casinos en 2009 fueron de 890 MUSD y se calcula que en 2011 estas llegarán a los Mil MUSD; y para 2014 se estima que las ganancias escalarán hasta los 2 mil 585 MUSD. De cumplirse este último pronóstico ello querrá decir que en pocos años, en realidad muy pocos, el juego en nuestro país incrementaría sus ganancias en aproximadamente un 150%. Con esas expectativas tan prometedoras seguramente para los empresarios y para muchos narcos deseosos de transformase en respetables hombres de negocios, la inversión en la industria del juego resulta más que atractiva.

De acuerdo al Departamento de Seguridad Nacional de los EEUU, desde hace 15 años la ciudad de Monterrey es el principal centro de lavado de dinero de todo México; este hecho no hace más que ratificar la asociación existente entre el desarrollo de las actividades del narco y el auge del capital financiero en la capital neoleonese. Esa misma dependencia yanqui destaca que anualmente ingresan al país para su blanqueo entre 19 mil y 29 mil MUSD.

No obstante lo anterior, dicha realidad no es más que la expresión nacional de un fenómeno mundial ya que, de acuerdo a la OCDE por ejemplo,  tan sólo en 2009 se blanquearon entre 800 mil y 2 billones de dólares en todo el orbe.

Es evidente que para la burguesía tanto mexicana como del conjunto del plantea el narco y el resto de actividades ilícitas son un negocio más que rentable. El capital no tiene moral ni tampoco principios, sólo sabe de ganancias y mejor aún si estas se obtienen pronto y casi a cambio de nada, es decir bajo las mejores tradiciones del capital financiero y parasitario. En este marco, de acuerdo a las normas del capitalismo, lo de menos es si todo ello es utilizado por los capos y la mafia para reproducirse como tales e incluso para que estos se transformen en un buen burgués. Lo anterior no sólo pone en entredicho la hipócrita (y realmente inexistente) ética capitalista  sino que además deja en claro que la legalidad burguesa es una pantomima que sólo tiene vigencia en cuanto los intereses de la clase dominante están en riesgo o cuando es un pobre el infractor (e incluso a pesar de que no lo sea). Como bien lo explicó el reformador griego Solón, la ley es como una tela de araña ya que mientras los poderosos la rompen, los pequeños son atrapados en ella.

A finales de abril pasado el Senado aprobó una nueva ley anti lavado de dinero en la cual se establecen penas de hasta 16 años de cárcel por este delito y se determina la creación de una unidad especializada “antilavado” bajo el mando de la PGR. Sin embargo, y no obstante esta medida, el secreto bancario fue dejado intacto y la ley que rige a las Sofomes, por mencionar un par de ejemplos, no fue modificada ni en un milímetro. Además, no podría ser de otra manera, el Estado al servicio de los burgueses es juez y parte, y por ello la historia a este respecto seguirá siendo exactamente la misma que la del pasado: sólo caerán los peces chicos y los peces gordos, esos que hacen negocios con el Chapo Guzmán y demás capos seguirán impunes.

Para hacernos de una idea de la magnitud del capital manejado por el narco en México basta señalar que, de acuerdo a un informe de la ONU publicado en marzo pasado, el mercado ilegal de las drogas en nuestro país obtiene ingresos anuales por 14 mil MUSD, siendo esta suma equivalente a dos terceras partes de la Inversión Extranjera Directa (IED) que ingresaron al territorio nacional  en 2010. No obstante lo anterior, otros informes destacan que dichos beneficios oscilan entre los 25 mil y los 40 mil MUSD. Por otra parte es necesario recordar que, por mencionar tan sólo el caso más representativo, hoy en día la fortuna del Chapo Guzmán supera los mil millones de dólares.

En definitiva esos gigantescos volúmenes de capital no se pueden transformar en negocios lícitos, ni circular al interior del país, y mucho menos transitar fronteras sin el amable auxilio del sistema financiero. De acuerdo al propio Departamento del Tesoro de los EEUU muchas de las ganancias terminan en las bóvedas de los bancos mexicanos; de hecho en agosto del 2009 Bloomberg News publicó un amplio reporte en el que destaca a Banamex, Santander, HSBC y American Express como las principales instituciones financieras de soporte para el lavado de dinero del narcotráfico.

De acuerdo a Guillermo Ibarra, economista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, tan sólo en dicha entidad los bancos han lavado 680 millones de dólares aproximadamente. De hecho este economista señala que durante la crisis del 2009 esa clase de recursos le dieron importante liquidez a la banca nacional para soportar en mejores condiciones la sacudida económica de aquel año.

¡Todo ello en total impunidad! Pues de acuerdo a la propia PGR desde que arrancó la administración de Calderón hasta el 2009 tan sólo habían sido incautados 400 MUSD por actividades relacionadas con el narco, sin que prácticamente nada de esa suma haya sido incautada a los bancos.

Esta clase de resultados por sí mismos resaltan el carácter totalmente hipócrita de la “guerra” de Calderón contra el narco y evidencía a todas luces que el problema de las drogas encierra grandes intereses de clase en los cuales la burguesía ha encontrado una firme palanca de beneficios a costa de embrutecer a millones de jóvenes en México y todo el mundo. Para los burgueses el narco representa un doble beneficio: en lo económico porque les genera grandes ganancias directas e indirectas; y en lo político porque pauperiza y degrada a millones de seres humanos que en lugar de luchar contra su amarga realidad de ausencia total de un futuro digno se hunden en el pandemónium de las drogas para fugarse de esta. Es por ello que para los marxistas y para el conjunto de la clase trabajadora la lucha contra el consumo de las drogas y contra el narcotráfico es una cuestión de clase y en tanto tal irrenunciable. Por ello nos oponemos categóricamente a cualquier planteamiento que reclame la legalización de la drogas.

El sistema financiero actúa impunemente al servicio del narcotráfico y se beneficia de este porque simplemente las leyes para perseguir esa clase de delitos no son aplicables sobre la clase dominante, sino además porque existen otra clase de leyes que les permite actuar con el mayor de los descaros, tal es el caso del secreto bancario y de las Sofomes, es decir sociedades anónimas cuyo objetivo es otorgar créditos y la celebración de arrendamientos financieros, instituciones que por ley no necesitan la participación de las autoridades financieras para que puedan operar. De acuerdo a declaraciones de Guillermo Ortiz, ex gobernador del Banco México, en 2010 en nuestro país ya existían 1704 Sofomes, de las cuales únicamente 23 estaban reguladas. ¡Más claro, ni el agua!

Los imperialistas ganan más.

Sin embargo los beneficios del narco no sólo son un negocio para los empresarios mexicanos, los son también para la burguesía de todo el mundo, en particular la de los países desarrollados. En este caso también opera a favor de las naciones imperialistas la división internacional capitalista del trabajo.

Ya más arriba comentamos los cálculos de la OCDE sobre el lavado de dinero a escala internacional, a ello hay que agregar que, de acuerdo a la misma ONU, la mayor parte de las ganancias del tráfico de drogas se queda en EEUU, Canadá y Europa. Por ejemplo de los 55 mil millones de ganancias anuales del mercado de heroína, sólo el 5% se quedan en Afganistán,  principal productor mundial de opio; y en el caso de la coca de los 72 mil millones de ganancias anuales, sólo el 30% se queda en los países productores.

A esas cantidades hay que sumar otras que forman parte de negocios paralelos ilegales de la mafia en todo el mundo, uno de ellos es el tráfico de seres humanos (que tan sólo en el caso de los que se trasladan a los EEUU deja ganancias anuales que se aproximan a los 6 mil 600 millones de dólares) y otro caso es el del mercado ilegal de armas, mismo que arroja utilidades mundiales cada año por 45 mil MUSD. En este caso se estima que esta clase de tráfico para armar a las diferentes bandas del narco mexicano deja utilidades para la industria armamentista y para los comerciantes de este rubro del lado de los EEUU por 6 mil MUSD. Este negocio es tan rentable que, de acuerdo a la Comisión de Seguridad Pública de la Cámara de Diputados, se registran 10 mil establecimientos de ventas de armas a lo largo de todas las ciudades fronterizas de los EEUU con México. Por otro lado, según el reporte de Business Pundit titulado Las actividades más lucrativas del mundo, la prostitución genera ganancias anuales por 108 billones de dólares.

Sin excepción el manejo de todas esas cantidades, obra del accionar de las mafias en todo el mundo, tiene el mismo manejo y el mismo destino que el dinero producido por el narco: transformar en un buen burgués a los capos de los cárteles y generar extraordinarias ganancias para empresarios y banqueros. Un camino distinto a nuestra argumentación para llegar a esta conclusión es la forma “enérgica” con que el imperialismo yanqui combate el lavado de dinero en su propio territorio. Las cifras y lo hechos hablan por sí mismo: desde el año 2000 al 2009 las autoridades de los EEUU solamente habían congelado fondos bancarios por 16 millones (léase bien, 16 millones) de dólares sospechosos de pertenecer a narcotraficantes mexicanos.

El anterior ejemplo basta y sobra para describir con creces la hipocresía del imperialismo yanqui, pero por si no fuera suficiente también podemos mencionar el caso del Wachovia Bank del cual, en abril del 2006, se encontró en Ciudad del Carmen, México, un jet comprado con fondos lavados en dicha institución financiera, cuyo cargamento era 100 MUSD en cocaína. Después, en 2010, dicho banco fue acusado por lavar 380 MUSD, recibiendo a cambio una multa de 160 MUSD. Otra sanción fue obligar al Wachovia Bank a prometer que no volvería a incurrir en esa conducta (¡¡¡!!!).

Estado putrefacto.

Según Francisco Forgione, ex presidente de la Comisión Parlamentaria Antimafia de Italia, en todo el mundo el “70% de las ganancias que obtienen el crimen organizado y las mafias del narcotráfico ingresan a la economía formal”, resultado que definitivamente es imposible de obtenerse sin la colaboración del capital financiero, de la burguesía y de su Estado.

En la supuesta “guerra” contra el narcotráfico otro frente de batalla ha sido el combate a la corrupción al interior del aparato del Estado, en particular entre las filas de su brazo armado: la policía y el ejército. En ese marco las noticias sobre el cese de policías son frecuentes: por ejemplo, en agosto del 2010 serían despedidos 3 mil 200 policías federales por reprobar los controles de confianza; ya antes, en abril del mismo año, ese mismo destino y por la misma razón fue el de 105 policías de Monterrey, y ahora, tras el atentado del Royale, han sido cesados 241 policías de localidades aledañas a la capital de Nuevo León.

En definitiva la corrupción corroe a todas las agrupaciones policiales y al mismo ejército, sin embargo las anteriores medidas y el encarcelamiento de varios de sus elementos y de uno que otro funcionario menor o medio son sólo hojas de parra con las que el Estado pretende tapar sus vergüenzas. Las medidas del Estado sólo han tocado a los eslabones más débiles de la cadena de corrupción, misma que se extiende hasta las esferas más altas de poder político en México, tal como lo relata el hasta hace muy poco jefe de la oficina del Buró Federal de Investigaciones (FBI), Stanley Pimentel, quien en su informe titulado “Legado de Corrupción en México" y publicado por la revista especializada Tendencias en Crimen Organizado, señala que a las propias oficinas del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari “llegaba dinero del narcotráfico”. Para el extitular del FBI la venta de plazas por parte de la PGR para las diferentes bandas del narco “es toda una realidad”.

Por otra parte Anabel Hernández en su libro “Los señores del narco” denuncia que el Chapo Guzmán sobornó a Fox con 20 millones de dólares para preparar su huida en enero del 2001. Además, siguiendo con el recuento de hechos, caso también relatado por “Los señores del narco” es el de Juan Camilo Mouriño, quien en vida, y por encima de cualquier otro, fuera el hombre más cercano y de mayor confianza de Calderón y a la vez el más importante operador político del presidente espurio. De acuerdo a Anabel Hernández, el propio Chapo Guzmán le confesó al general “X”, enlace entre el gobierno y los cárteles de la droga, que Mouriño le vendió en 10 millones de USD la plaza del Estado de México al cártel de los Beltrán Leiva, tras ya antes habérsela vendido a él.

Por otro lado es un hecho público que a la boda del Chapo Guzmán en 2007, misma que fue custodiada por elementos del ejército, asistieron connotados panistas y priístas.

Toda esa información que se ha logrado filtrar por algunos medios informativos jamás ha sido desmentida por nadie. De ese tamaño es la desfachatez con que actúa el régimen.

Durante décadas, debido al decreto emitido por Cárdenas en 1938, las operaciones de los casinos en México fueron muy limitadas, sin embargo todo ello cambió con la llegada del PAN al poder en el año 2000. Ya en la presidencia Fox decretaría el Reglamento de la Ley Federal de Juegos y Sorteos en 2004, despejando con ello el camino para el auge de los casinos y creando a la vez una nueva palanca de apoyo bastante fiable para el lavado de dinero. Inmediatamente Televisa se beneficiaría de ello con 130 permisos para operar casas de juego.

Antes del gobierno de Fox sólo operaban en el país 120 casinos para luego esa cifra escalar a las más de mil casas de juego que existen en la actualidad. En ese marco, en el caso de Monterrey, los casinos pasaron de 10 en 2004 a más de 57 en muy pocos años.

El auge de este negocio, y su asociación con el lavado de dinero, creo un nuevo emporio de poder dominado por los ocho llamados “zares” de los casinos, encabezados por el connotado priísta Jorge Hank Roon, por Televisa y el ibérico Grupo Cordero. Un caso a destacar es el de Rodrigo Aguirre Vizzuet, hijo de Ramón Aguirre Velázquez, ex Regente del DF entre 1982 y 1988, el cual recibió de manos de Salinas de Gortari como premio de consolación por la primera concertacesión con el PAN para cederle a este partido el gobierno de Guanajuato tras las elecciones en dicha entidad en 1991, los permisos necesarios para abrir casas de juego, transformándolo durante algunos años en uno de los empresarios nacionales más prominentes de esta clase de industria. Después de algunos años Rodrigo heredaría el emporio de su padre.

El casino Royale abre sus puertas en 2007 sin los permisos necesarios pero bajo el auspicio del entonces alcalde panista de Monterrey, Alberto Madero. Durante un tiempo el consejo directivo de dicho casino estuvo integrado entre otros, por Rodrigo Madero, José Francisco Madero y por Agustín Madero, todos ellos primos de dicho exalcalde.

Y por si faltaba algo, también es digno señalar el papel del actual alcalde panista de Monterrey, Fernando Larrazabal, de quien cuyo hermano, Manuel Jonás Larrazabal, y tras la masacre del Royle, se filtraron videos a los medios informativos en el cual se le ve recibiendo fajos de dinero al interior de cuando menos tres casinos. Esto último en clara alusión al concubinato también del actual ayuntamiento panistas con los casinos y su funcionamiento fuera de la ley.

¿Qué hacer?

La burguesía y su Estado exudan pus por todos los poros; el flagelo del narcotráfico es un subproducto acabado del capitalismo tanto en México como en todo el mundo. No sólo se trata del hecho de que las bandas del narco se reproduzcan al amparo del Estado, sino que además la propia lógica de las leyes económicas que rigen al capitalismo las asimila y termina transformándolo en una estupenda fuente de beneficios. Es por ello que no sólo es que a Calderón o a Obama verdaderamente no les interese terminar con esa lacra, sino que además no pueden, pues realmente ir a fondo significa tocar parte de las fibras más sensibles de los intereses de la clase dominante.

Para la burguesía el costo en miles de vidas inocentes debido a las acciones de los cárteles de la droga y a la aventura de Caderón denominada “guerra” contra el narco es lo menos importante siempre y cuando sus beneficios financieros sigan creciendo, es por ello que más que verse la luz al final del túnel todo indica que la amarga problemática que padece Monterrey,y que ha tenido por el momento una de sus expresiones más dramáticas en la masacre del casino Royale, no sólo se profundizará sino que además se extenderá a más ciudades del país.

Al amparo de la “guerra” contra el narco el Estado se ha transformado en el peor asesino contemporáneo (de ello hablan las más de 50 mil víctimas que ha dejado como saldo esta aventura de Calderón) y en un maquinaria de terror que viola sistemáticamente los derechos de miles todos los días. Por otro lado, si bien es cierto que ha sido capturada decena y media de entre el grupo de sicarios que atentaron contra el casino Royale asesinando a 52 personas inocentes, ello no quiere decir que el resto de los asesinos, los delincuentes de cuello blanco, es decir la estela de empresarios y políticos que se benefician directa o indirectamente del narco,  serán llevados ante la ley.

Los trabajadores de Monterrey y todo México debemos luchar a toda costa contra el gris panorama que nos ofrece el decrépito y degenerado capitalismo mexicano organizándonos y siguiendo el ejemplo de los pobladores de Cherán, Michoacán, quienes fastidiados del sistemático acoso de las bandas del crimen organizado y ante la complicidad de la policía, desarmaron a estos últimos, los expulsaron de su poblado y tomaron el control del mismo y de la seguridad de sus familias bajo sus manos. Desde mayo a la fecha en Cherán no hay más poder que el del pueblo organizado y armado abatiendo al flagelo del narco y tomando decisiones sobre la mayor parte de los asuntos más importantes de su localidad. La autodefensa por medio de brigadas de obreros, campesinos, colonos y estudiantes, es ya una primera medida trascendente para luchar contra el flagelo del narco y la complicidad del Estado.

También el empleo de los métodos tradicionales de lucha de la clase obrera es una vía de defensa contra esta expresión de barbarie capitalista, siendo este el caso del paro laboral que han desarrollado desde el 26 de septiembre y a lo largo de varias semanas aproximadamente 4 mil 500 profesores del puerto de Acapulco, Guerrero, y su área conurbada, exigiendo mayor seguridad ante el acoso y extorción en su contra  por parte de las bandas de narcos de la localidad.

Los trabajadores de Monterrey y de todo México debemos pronunciarnos por el regreso del ejército a los cuarteles y la desmilitarización del país, así como por el respeto incondicional a los derechos humanos y democráticos de todo el pueblo trabajador, además de exigir la renuncia de Calderón y todo su gabinete por corruptos. También debemos demandar cárcel para todos los implicados en la masacre del casino Royale, desde los propios narcotraficantes hasta el resto de criminales de cuello blanco.

Si bien acciones de autodefensa de esa naturaleza son un significativo paso al frente, es necesario ir a fondo para abatir de una vez por todas el flagelo del narco y demás expresiones de barbarie que el capitalismo le hace padecer al pueblo trabajador. El narco hunde sus raíces en el capitalismo, brota de este y se reproduce gracias a él; por otro lado el capitalismo lo asimila y lo pone a su servicio como fuente generadora de ganancias. Todo ello a costillas de la clase trabajadora, la cual es obligada a padecer todos los días severas atrocidades a consecuencia de esa asociación.

Es por ello que el único camino posible para solucionar esta problemática y regresarles la dignidad a los trabajadores de Monterrey y de todo México, es eliminado la propiedad privada capitalista por medio de la expropiación de la burguesía para poner bajo el control democrático de los trabajadores las principales palancas de la economía. Todo ello dirigido por un estado obrero y en medio de una economía planificada.

El capitalismo, como decía Lenin, es horror sin fin. Es por ello que la lucha contra el narcotráfico por parte de la clase trabajadora es al mismo tiempo la lucha por el socialismo. Únete a  Militante y lucha por estas ideas en el seno del movimiento obrero.

El Secretario de Hacienda y Crédito Público, Ernesto Cordero, y sus declaraciones son realmente patéticos pues expresan de manera nítida el cinismo burgués con tal de obtener las máximas ganancias; el 21 de febrero pasado este panista declararía que una familia puede tener automóvil, casa propia e incluso mandar a sus hijos a escuelas particulares, con un salario de sólo 6 mil pesos mensuales.

Cordero, quien tiene un salario mensual de 145 mil 613.98 pesos y aspira a la candidatura del PAN para la presidencia de la República, se está burlando descaradamente; y no se trata de ignorancia ni de pérdida de contacto con la realidad, pues los panistas son conscientes de que heredaron la política priista de contención salarial impuesta contra los trabajadores desde 1982, como una forma de atajar los efectos de la crisis de aquel año.

Desde entonces a la fecha el salario en México se ha deteriorado a niveles extremos de tal forma que, de acuerdo a la Universidad Obrera de México (UOM), en noviembre del 2010 el salario mínimo general sólo pudo adquirir el 20.4% de lo que adquiría en 1976, año en que se registró el máximo histórico en cuanto a este tipo de ingresos. También la UOM añade a su análisis el impacto sufrido por los salarios a raíz de los efectos de los “errores de diciembre” de 1994 y la crisis económica que les seguiría en 1995: de acuerdo a dicha institución entre la devaluación y la inflación que se derivaron de estos sucesos, además de las posteriores y repetidas políticas de choque sobre los ingresos de los trabajadores, el salario perdió un 72.87% de su valor en términos reales. De ello según la UOM, “el mínimo pasó de 15.28 pesos en diciembre de 1994 a 4.98 pesos en noviembre del 2010 a precios de 1994”. Y continúa la UOM: “Para que el salario mínimo estuviera a nivel de 1994, sería necesario un aumento no menor del 648.35%, ya que se requieren 7.48 salarios mínimos para adquirir la Canasta Básica Indispensable (CBI) de apenas 40 productos.

Actualmente el salario mínimo es de 59.82 pesos diarios (1,794 pesos mensuales) y de acuerdo a los parámetros de la UOM, para adquirir la CBI se necesitan 13 mil 455 pesos mensuales de ingresos. Esta cantidad contradice en un doble sentido a los 6 mil pesos de los que habla Cordero: primero, porque es significativamente superior al cálculo del Secretario de Hacienda y, segundo, porque con esos 13 mil 455 pesos sólo se pueden cubrir las necesidades básicas de una familia. De alcanzarse la CBI y los 40 productos que la integran (misma que es inalcanzable para los 6 millones de trabajadores que perciben un salario mínimo ni, incluso, para los otros 10 millones que no superan los dos salarios mínimos) significaría  mantener, aun así, a una familia en el rango de la supervivencia al sólo poder cubrir sus necesidades básicas, pues a pesar de ser un monto mayor (7.48 salarios mínimos) aun es insuficiente para tener automóvil, casa y mandar a los hijos a escuelas privadas, como señala Cordero.

En respuesta a las barbaridades dichas por Cordero, el  Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la UNAM publicó un informe en el que destaca que si al gasto para cubrir las necesidades básicas en alimentos y servicios de una familia de cuatro a cinco integrantes se le incluye la inversión en “vestido, calzado, salud, educación pública y esparcimiento [resulta que] para vivir medianamente es necesario un ingreso de 17 mil 900 pesos al mes” (La Jornada 23/02/2011)

Las distancias entre el punto de vista del titular de hacienda y los diagnósticos de la UOM y la UNAM son abismales, y no se trata de un accidente. La cínica declaración de Cordero no es otra cosa más que un mensaje claro de que para la burguesía no hay otro camino más que el de continuar aplastando los salarios. Es necesario frenar a la clase dominante y a sus lacayos del PAN y del PRI, lanzando una lucha unificada entre los sindicatos, Morena y PRD, enarbolando la consigna de luchar por un salario mínimo de 18 mil pesos mensuales que siente las primeras bases para una vida mínimamente digna.

Alguien podría decir que es una locura plantear una demanda de esta naturaleza, sin embargo eso mismo se decía en su momento de aquellos trabajadores que plantaron la lucha por la reducción de la jornada de trabajo y el resultado fue pasar gradualmente  de las 16 a las 8 horas laborales diarias; incluso en Francia a lo largo de una década los trabajadores ya gozaron de una jornada de 6 horas, cuestión que se perdió en 2008 debido a que los dirigentes sindicales no organizaron una lucha consecuente en defensa de esta conquista, en contrasentido con  la base sindical que contaba con toda la disposición para luchar y preservar  la jornada de 6 horas.

 Además la lucha por mejores salarios es totalmente posible en tanto que existe el dinero necesario para echar mano de él, sin embargo está en manos de un puñado de empresarios y banqueros que amasan cuantiosas fortunas, muestra de ello es el informe publicado por el Banco Mundial en abril del año pasado destacando que el 10% de los mexicanos concentra ingresos por 439 mil 597.2 millones de dólares, equivalentes al 41.3% del total del ingreso nacional.

Ahí está la base material que no sólo justifica sino que además le da viabilidad a la lucha por un salario verdaderamente digno; los recursos están ahí pero es necesario ir por ellos. Expropiemos a los burgueses y luchemos por el socialismo, única garantía de justicia plena para las familias trabajadoras. 

En medio de un contexto de crisis económica y ante los indicios evidentes de una recesión económica mundial, la clase trabajadora observa indignada cómo la burguesía obtiene ganancias cuantiosas. Para muestra basta apreciar que las 6 principales empresas de la construcción en México[1], encabezadas por la española OHL duplicaron sus ganancias en el primer semestre de este año en comparación a las obtenidas en el mismo periodo del 2010, con lo cual acumularon utilidades por 3 mil 61 millones de pesos (mdp) libres de impuestos, situándose OHL a la cabeza con mil 284 mdp, es decir el 42% de las ganancias obtenidas en conjunto por las 6 empresas[2]; para darnos una idea de la magnitud de ganancias, significa que la empresa OHL obtuvo 7 millones de pesos diarios durante el primer semestre del 2011. Todas estas concesiones de obras por parte del Estado propician un mayor endeudamiento y afianzan el carácter de acreedores del mismo a este tipo de empresas, con lo que la deuda pública se incrementa día a día.

Esta exorbitante cantidad contrasta ampliamente con el ingreso mensual de 52 millones de personas en el país (el 46.2% de la población total mexicana) que en el mejor de los casos se ubica en 2 mil 180 pesos. [3] De esos 52 millones, 11.7 viven en pobreza extrema (10.4% de la población), mientras que suman 57 millones de personas (52% de la población) quienes no alcanzan un ingreso que se ubique en la línea de bienestar, es decir, que les permita acceder a los productos indispensables de la canasta básica[4].

Las cifras de concentración de la riqueza son contundentes: 203 mil 23 inversionistas de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) acaparan el equivalente a poco más del 45% del PIB nacional[5]. Estos inversionistas representan el 0.18 de la población nacional, y han obtenido ganancias en 2011 que llegan a los 6 billones 122 mil 632 mdp, pasando de concentrar lo equivalente al 37.17% del PIB en 2006 (3 billones 507 mil 247 mdp) al 45.06% en 2011; tal cantidad de ganancias representa 1.78 veces el Presupuesto de Egresos de la Federación de 2011, es decir, estos buenos burgueses podrían pagar todos los gastos del Estado y aún conservarían el 78% de tal cantidad egresada. Esto significa que de 2006 a 2011 han tenido un aumento de ganancias del 74%, mientras el número de burgueses que participan en esta inmensa riqueza ha crecido apenas el 17% (en 2006 eran 173 mil 26 los inversionistas que participaban en tal proporción del PIB). Y hay que considerar que estos datos son sólo del primer semestre de 2011.

Ya para 2010, el Banco Mundial confirmaba que mientras el 10% de la población más rica en México concentró entradas equivalentes a 439 mil 597 millones de dólares (mdd), lo que representa 41.3% del ingreso total del país, el 10% más pobre recibió 12 mil 772 mdd, es decir 1.2% del ingreso total; definitivamente la crisis no es la misma para todos.

Aumento de ganancias sin inversión

Pasemos al caso de las mineras nacionales y extranjeras: éstas cuadriplicaron el rendimiento de sus inversiones hechas en 2010, invirtiendo 3 mil 316 mdd y obteniendo 13 mil 900 mdd que fue el valor de la producción anual del sector[6]; en otros términos, por cada peso que invirtieron, obtuvieron como ganancia neta tres más, además de recuperar el monto de inversión. A esto se suma el hecho de que la producción minera se incrementó en un 50% con respecto a 2009, motivada por la especulación con respecto al oro ante la debilidad del dólar y a un factor político importante: la reintegración el año pasado de Cananea (que produjo 27,598 toneladas de cobre tan sólo en el primer trimestrede 2011) a la explotación minera después de la huelga de los trabajadores desde 2007. Tan sólo Grupo México, una de las principales mineras del país y dueña de Cananea sumó en el primer semestre de 2011 una utilidad neta (sin contar impuestos) de 6 mil 206 mdp (532 mdd) frente a 4 mil 482 mdp (362 mdd) del periodo enero-marzo del 2010, lo que representa un aumento de ganancias del 38.5% en pesos, mientras que en dólares el salto fue de 47%[7].

Por otra parte, según la página de CNN Expansión, las empresas más importantes de México en 2011 son las siguientes:

 

Empresa

Valor de ventas (2010) mdp

Variación anual (2011-2010)

Pemex

1,282,064

18%

América Móvil (Telmex/Telcel)

607,855

50%

Walmart de México

335,857

24%

CFE

254,417

16%

Cemex

178,260

-10%

Femsa (Coca cola/Oxxo)

169,701

-14%

General Motors de México

158,692

45%

Grupo Alfa

136,395

18%

BBVA Bancomer

121,910

-11%

 

 

De ahí la urgencia de la burguesía por privatizar empresas como Pemex y CFE. Estos datos revelan el hecho de que las ganancias obtenidas por la burguesía se obtienen no con una mayor inversión, de donde se erradica el mito del esfuerzo y sacrificio del buen burgués. Sólo por mencionar algunos ejemplos, los nombres de algunos barones del dinero en México, entre los cuales no es posible distinguir entre malos y buenos sino caracterizarlos como burgueses, explotadores de la fuerza de trabajo obrera son los siguientes: Carlos Slim (América Movil, Inbursa), Alberto Bailleres (Peñoles, Palacio de Hierro), Germán Larrea Mota Velasco (Grupo México, Banamex), Ricardo Salinas Pliego (Tv Azteca, Grupo Elektra), Jerónimo Arango (Walmart de México), Roberto Hernández (Hotelería), Emilio Azcárraga (Televisa, Cablevisión, Sky), Alfredo Harp Helú (Avantel) y Lorenzo Zambrano (Cemex, Axtel).

Todos ellos han obtenido sus ganancias explotando a sus obreros, obteniendo herencias cuantiosas, fusionando sus capitales con otras empresas para crear grandes monopolios, especulando en la bolsa de valores, cometiendo fraudes solapados por los gobiernos y aprovechándose de otros burgueses, es decir, no son más que parásitos que ni siquiera tienen que ver con la dirección técnica de sus empresas. El capitalista actual ya ni siquiera juega el papel de orientador del proceso productivo, únicamente se dedica a preguntar a su contador cómo van sus negocios y cómo incrementarlos.

La concentración del capital y la explotación de la fuerza de trabajo como premisas del capitalismo

El incremento exorbitante de las ganancias de las diferentes empresas bajo el capitalismo responde a una ley histórica que es la de invertir menos y ganar más a partir de una mayor explotación a la clase trabajadora. Según el INEGI, la inversión productiva en México ascendía para abril del 2011 a 493 mil 497 mdp; si comparamos esta cantidad con los más de 6 billones de pesos acumulados por poco más de 203 mil inversionistas, tenemos que la inversión llega apenas al 8.2% de las ganancias totales. Ahora bien, si el burgués no invierte más, sino que por el contrario, la lógica es invertir menos, ¿de dónde salen tan cuantiosas riquezas?

Si observamos los datos de la productividad de la mano de obra, con un índice del 100% de la para el año 2008 (antes de la agudización de la crisis económica), para 2009 la productividad de la fuerza de trabajo en México descendió al 94.7%, y en 2010 se incrementó al 99.7%, para en 2011 ubicarse en 103.04%. En otras palabras, la recesión económica en 2009 trajo consigo la disminución de la productividad, poniendo de relieve el carácter de sobreproducción de esta crisis y la necesidad del capitalismo de deshacerse de una cantidad inmensa de fuerzas productivas que el mercado no puede absorber; pero también se refleja que con un despido de poco más de millón y medio de trabajadores en 2009 (según la Asociación Latinoamericana de Micros, Pequeños y Medianos Empresarios), la producción descendió sólo 5.3%, recayendo sobre una capa menor de trabajadores. Los datos de 2011 revelan que, en el sector productivo, un obrero produce 3.04% más que en 2008, claro está, sin que esto se vea reflejado en su jornal, y con un desempleo que asciende ya a 2 millones 749 mil personas para julio de este año. La productividad de la fuerza de trabajo se incrementa mientras la plantilla laboral desciende abruptamente, es decir, más trabajo en menos manos.

Mencionemos un último pero muy revelador dato: mientras en 2009 hubo un descenso del 5.46% de las horas laboradas por los trabajadores del sector productivo con respecto a 2008, para 2010 las horas laboradas ascendieron al 5.04%, equilibrando prácticamente la producción de 2008. No obstante, para junio de 2011 las horas laboradas se incrementaron en un 3.6% con respecto a 2010. Una vez más se reitera que con menos trabajadores, el burgués logra no sólo mantener, sino incrementar su producción, sobreexplotando su fuerza de trabajo.

El modo de producción capitalista se basa en la producción de mercancías, es decir, en la producción de valor de cambio que genere acumulación, misma que permita no sólo la reinversión del capital acumulado, sino también que permita acrecentar esta acumulación del capitalista. El proceso de acumulación y distribución desigual es la base del capitalismo, no es exclusivo de cierta fase del modelo capitalista, sino que representa la razón misma de ser de este modo de producción, mismo que se agudiza en tiempos de crisis, donde la contracción de esta riqueza concentrada en pocas manos pone en evidencia la situación de miseria en la que viven millones de trabajadores en el mundo. La plusvalía es la base de tal acumulación, es decir, el trabajo excedente no pagado al obrero; como Marx menciona, el trabajo excedente no es exclusivo del modo de producción capitalista, pues este surge con la apropiación de los medios de producción por parte de algunos miembros de la sociedad[8]. Sin embargo, el mismo objetivo del valor de cambio (la acumulación capitalista) hace que la burguesía tenga lo que Marx llama un hambre de trabajo excedente, referida a la necesidad de acrecentar la acumulación capitalista estrujando cada vez más la fuerza de trabajo del obrero, ya sea alargando la jornada de trabajo, intensificando los ritmos de trabajo o a través del desarrollo técnico que permita producir en menos tiempo las mercancías que el obrero necesita para vivir, con lo que la parte de la jornada de trabajo que el obrero ocupa para producir sus medios de vida necesarios es menor, mientras que el tiempo destinado a producir las mercancías que el capitalista venderá y por las cuales obtendrá ganancias aumenta considerablemente.

La condición para que la acumulación del capital se extienda es que éste expanda su margen de maniobra, ya sea por medio de su empleo en distintas ramas de la industria o a través de la expansión geográfica de su acción, es decir, el ensanchamiento del mercado. Estos proceso se ratifican con la integración de monopolios internacionales y que abarcan distintas ramas de la industria, concentrando el capital y centralizando los medios de producción en pocas manos.

No obstante nos encontramos en tiempos de crisis clásica de sobreproducción, donde el capitalismo necesita destruir las mercancías que saturan el mercado, lo que contrae la producción fabril (fenómeno que se ha presentado en prácticamente todo el mundo, incluida China); la contradicción es evidente: mientras la producción se contrae, la explotación de la fuerza de trabajo se acrecienta y cada vez recae sobre menos manos de trabajadores el lastre de satisfacer la acumulación capitalista, que objetivamente no puede ser empleada para producir sino para agudizar más la concentración. En México, una capacidad instalada ociosa de la industria del 30% y del 50% para el caso de las pequeñas empresas nos habla de ello.

Si bien el capitalismo no se ha librado de la pesada loza de la sobreproducción, la extracción de plusvalía del obrero es la base para incrementar las ganancias del burgués, y la gran concentración de riqueza responde, en un contexto donde la producción ha disminuido considerablemente, a la especulación financiera, que no es más que el trasvase de plusvalía acumulada de un capitalista a otro a través de los movimientos bursátiles.

Expropiación de la industria y lucha por el socialismo

No conforme con estas exorbitantes ganancias, la burguesía a nivel internacional está aplicando múltiples ataques a la clase trabajadora a través de planes de austeridad, rescates millonarios a la banca, contrarreformas laborales entre otros con un mismo objetivo: aumentar su acumulación en detrimento de las condiciones de vida de las masas. Según el IMSS desde 2000 se añadieron 8.4 millones de personas a la Población Económicamente Activa (PEA) y sólo se han creado 2.8 millones de empleos con prestaciones de seguridad social, lo cual implica un rezago acumulado de 5.6 millones de plazas laborales, sumados al millón y medio de trabajadores despedidos por el cierre de 500 mil pequeñas y medianas empresas en 2009, los más de 40 mil electricistas despedidos de Luz y Fuerza del Centro, y los supuestos 2 millones de desempleados que reconoce la Secretaría del Trabajo y Previsión Social durante 2010. Según un estudio del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas) y la UNAM, del volumen total de jóvenes en el país en edad de trabajar (más de 16 millones), millón y medio no encuentran empleo, lo que significa que más de 50 por ciento de los desempleados de todo el país son jóvenes[9]. Además, el 40% de los jóvenes de entre 20 y 24 años que laboran no cuentan con prestaciones como contrato, seguridad social, jubilaciones, escalafón, entre otros; el desempleo a nivel mundial para 2009 ya alcanzaba a 81 millones de jóvenes.

La única alternativa para terminar con este sistema de explotación y que la concentración de la riqueza en poca manos llegue a su fin es la expropiación de la industria y la banca para que sean controlados por los trabajadores. De esta manera las exorbitantes ganancias se emplearan en mejores salarios y condiciones de vida de la sociedad, invirtiendo más en la industria y permitiendo reducir las jornadas laborales, pues se podrán integrar al trabajo a los millones de personas que se encuentran en el desempleo. La clase obrera es capaz de dirigir a la sociedad y a la industria, impulsando todo el potencial científico y tecnológico de la sociedad a través de una planificación de la economía que cubra las necesidades de la población y evite las enfermedades del capitalismo como la sobreproducción y la especulación como medios de acrecentar la acumulación de capital. Como ya hemos comentado, todas estas ganancias son obtenidas gracias al apoyo del Estado como el administrador de los negocios de la burguesía, por lo que la manera en que el proletariado tomará las riendas de la sociedad es a través de la conquista del poder político, de la toma del Estado para echarlo a andar en beneficio de los explotados. Los proletarios no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas, compañero trabajador, únete a Militante y lucha por una sociedad sin clases, por una sociedad socialista.



[1] Carso Infraestructura y Construcción (CICSA), Grupo Mexicano de Desarrollo (GDM), Empresas ICA, Impulsora del Desarrollo y el Empleo en América Latina (IDEAL), Obrascón-Huarte-Lain México (OHL) y Promotora y Operadora de Infraestructura (Pinfra). Fuente: La Jornada (01/08/2011).

[2]Fuente: La Jornada (01/08/2011).

[3]Fuente: La Jornada (30/07/2011 y 01/08/2011) a través del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

[4]Fuente: La Jornada (30/07/2011).

[5]Fuente: La Jornada (03/08/2011) a través de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV)

[6] Fuente: La Jornada (04/08/2011) a través de la Cámara Minera Mexicana (Camimex)

[7] Fuente: La Jornada (19/04/2011) a través de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV)

[8]“Dondequiera que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción nos encontramos con el fenómeno de que el trabajador, libre o esclavizado, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para poder vivir una cantidad de tiempo suplementario, durante el cual trabaja para producir los medios de vida destinados al propietario de los medios de producción”. Marx, Karl. El Capital. Crítica de la Economía Política. FCE, México, 2009. Tomo I, pp. 180-181.

[9] Fuente: La Jornada (25/07/2011)

La era del capitalismo salvaje

La clase trabajadora sufre una ofensiva sin cuartel contra sus condiciones de vida. Da igual el signo político de los gobiernos: sean de derechas o se declaren socialdemócratas, aprueban “planes de austeridad” para recortar brutalmente los gastos sociales, elaboran contarreformas laborales, aumentan la edad de jubilación, reducen los salarios y privatizan servicios sociales esenciales, como la sanidad y la educación.

Lo hacen, según dicen, para equilibrar las finanzas públicas, contener el déficit y la deuda de los Estados, y animar así la recuperación de la economía. Incluso inventan “planes de rescate”, que ironía, para países que consideran insolventes. Pero toda esta terminología, manoseada hasta la saciedad, es, simple y llanamente, mentira. En realidad, la estrategia adoptada por los gobiernos —esos comités ejecutivos que velan por los intereses generales de la clase dominante como señaló Carlos Marx hace más de un siglo— tienen un solo fin: mantener y aumentar tanto como sea posible los sacrosantos beneficios del sector financiero y las grandes corporaciones capitalistas.

La democracia capitalista se ha desnudado y aparece con toda crudeza la verdad que esconde. Vivimos bajo una dictadura, la del gran capital financiero, los famosos “mercados” que deciden sobre la vida de miles de millones de personas ejerciendo su poder impunemente, sin someterse a elecciones ni a ningún control más que al de sus propios intereses. Pero este hecho innegable tiene otra cara. El equilibrio del sistema se está rompiendo en todos los planos. La senectud del capitalismo en esta fase de decadencia prepara las condiciones materiales, sociales, políticas y psicológicas para una nueva época de explosiones sociales y crisis revolucionarias. El movimiento de las masas árabes y latinoamericanas es sólo el preludio, un primer anticipo, de un fenómeno que se extenderá por Europa y los EEUU.

EEUU: dinamita en los cimientos de la sociedad

Tertulias televisivas, columnas periodísticas, el premio Nobel de la Paz… toda una maquinaría de propaganda presentaba a Obama como el enterrador de los desmanes económicos y militaristas de la administración Bush. Pero la realidad es que Obama adoptó desde el primer momento decisiones que ponían en claro la naturaleza de su política: decretó una gigantesca nacionalización de las pérdidas bancarias y salvó a las corporaciones capitalistas en dificultades a costa del presupuesto público. Esa inyección masiva de capital ha restituido la tasa de ganancias del sector financiero pero no ha supuesto un cambio fundamental en la dinámica recesiva de la economía norteamericana.1 El consumo privado de las familias sigue agónico aplastado por deudas multimillonarias y tasas de desempleo sin precedentes.

La persistencia de la recesión en los EEUU ha empujado al gran capital estadounidense a resituarse en la escena mundial. Los sonoros fracasos de las reuniones del G-20 y el abandono de cualquier salida coordinada entre las grandes potencias para hacer frente a una crisis desbocada, ha sancionado la vuelta a las devaluaciones competitivas y la guerra de divisas, enconando la lucha interimperialista por cada pedazo del mercado mundial. Un nuevo capítulo en el que la burguesía norteamericana ha decidido blandir su músculo y retar al resto de las potencias. Pero esta estrategia exterior es sólo la continuación de la auténtica guerra económica declarada contra los trabajadores y los sectores más desfavorecidos de la sociedad norteamericana.

Obama ha cedido en todos los terrenos a las pretensiones del Partido Republicano, que a su vez representa la línea estratégica de los capitalistas del país. El lema es simple: roba a los pobres, saquea las arcas públicas, y haz más ricos a los súper ricos. El acuerdo alcanzado por Obama con los líderes republicanos para recortar el gasto del presupuesto federal en 38.000 millones de dólares, y su anuncio de reducir el déficit presupuestario en cuatro billones de dólares para los próximos doce años no puede inducir a error. En un reciente artículo de Paul Krugman, el otrora seguidor del presidente estadounidense, se retrata el calado de estas medidas: “El precio de ese acuerdo, recordémoslo, fue una ampliación de dos años de las bajadas de impuestos de Bush, con un coste inmediato de 363.000 millones de dólares, y un coste posible que es mucho mayor (porque ahora parece cada vez más probable que esas irresponsables reducciones fiscales se hagan permanentes) (…) La propuesta presupuestaria de la Cámara que se dio a conocer la semana pasada —y que fue calificada de ‘audaz’ y ‘seria’ por toda la Gente Muy Seria de Washington— incluye recortes salvajes en Medicaid y otros programas que ayudan a los más necesitados, lo que entre otras cosas privaría a 34 millones de estadounidenses de seguro médico. Incluye un plan para privatizar y dejar sin fondos a Medicare que haría que muchos, si no la mayoría, de los mayores no pudiesen permitirse la asistencia sanitaria. Y también incluye un plan para reducir drásticamente los impuestos que pagan las grandes empresas y bajar el tipo aplicado a las rentas más altas hasta su nivel más bajo desde 1931. El Centro de Política Tributaria, un organismo no afiliado a ningún partido, calcula la pérdida de ingresos debida a estas bajadas de impuestos en 2,9 billones de dólares a lo largo de la próxima década” (“Obama ha desaparecido”, El País 15/04/2011).2

Los efectos de este saqueo no permitirán, por supuesto, acabar con la tasa oficial del 9% de desempleo, más de 14 millones de parados (20 millones si se empleasen las normas estadísticas europeas), los cientos de miles de desahucios, el cierre de escuelas y el deterioro de las infraestructuras sociales. Al contrario, lo que provocarán es un empobrecimiento mayor de la población trabajadora y, a corto plazo, un aumento exponencial de la polarización social, la radicalización política y la lucha de clases. Las grandes movilizaciones en Wisconsin, con manifestaciones de decenas de miles de trabajadores en Madison, la capital del Estado, son una advertencia de lo que ocurrirá en el futuro. Una previsión que algunos analistas confirman, incluso amplían. En un reciente artículo en The Wall Street Journal firmado por Paul B. Farell, que fue vicepresidente de Financial News Network y de Mercury Entertainment Corp., se plantea la cuestión en toda su dimensión. El título es toda una declaración: “O los archirricos empiezan a pagar impuestos o deberemos enfrentar una revolución”. Citamos sólo algunos pasajes, por razones de extensión: “Las revoluciones se construyen a lo largo del tiempo, una masa crítica, un punto de deflagración. Luego, se inflaman repentinamente, de manera impredecible. Mubarak, Gadafi, Ali, Assad, incluso los sauditas, también vivían en el espejismo de los súper ricos. Y lo venían haciendo desde hacía mucho tiempo. Pero ya vemos que eran vulnerables. Estaban maduros, como para una revolución. Ellos, también creían sinceramente que estaban protegidos por Dios, elegidos para la gran riqueza terrenal, disfrutando de sus grandes ejércitos. Entonces, de repente, de la nada, una nueva generación ‘educada, desempleada y frustrada’ se volvió en su contra, se rebeló, reclamando su parte de los beneficios económicos, las oportunidades, y provocando las revoluciones, en busca de retribución (…) En una columna del New York Times, Matthew Klein, un investigador de 24 años del Consejo de Asuntos Extranjeros establece un paralelo entre la tasa de desempleo del 25% entre los jóvenes revolucionarios de Egipto y el 21% de los jóvenes trabajadores de EEUU: ‘Los jóvenes serán los más afectados por los reajustes presupuestarios de los gobiernos. Aumentarán los impuestos sobre los trabajadores y recortarán el gasto en educación, mientras que los subsidios hipotecarios y los beneficios para las personas de edad seguirán siendo intocables, como lo son los recortes fiscales para los ricos. Más oportunidades perdidas. ¿Cuánto tiempo falta hasta que el resto de los países ricos estallen como Egipto?’ (…) En Tercer Mundo Estadounidense, Arianna Huffington advierte: ‘Washington se apresuró al rescatar a Wall Street, pero se olvidó del estadounidense de a pie... Uno de cada cinco estadounidenses está desempleado o subempleado. Una de cada nueve familias no puede hacer el pago mínimo de sus tarjetas de crédito. Una de cada ocho hipotecas está atrasada o en ejecución. Uno de cada ocho estadounidenses sobrevive con cupones de alimentos”.

Europa: la guerra de clases se concreta en los llamados “rescates”

Si en EEUU la estrategia de saqueo de la burguesía no deja lugar a dudas, en la “civilizada Europa” la aplicación de los planes de austeridad y los “rescates” a Grecia, Irlanda y Portugal son su quintaesencia. En mayo de 2010, cuando se aprobaron los planes de “rescate” de la economía griega por valor de 110.000 millones de euros, todos los gobiernos aplaudieron las medidas de ajuste como la única manera de evitar una catástrofe. Pero los resultados han sido un completo fiasco. La tasa de desempleo en Grecia ha pasado del 12,9% en el tercer trimestre de 2010 al 15,1% en enero de 2011, y el PIB sigue cayendo —un 1,4% en el cuarto trimestre de 2010—. Según el Banco de Grecia “el poder adquisitivo de los empleados del sector público ha retrocedido a niveles inferiores a los de 2003, mientras que en el conjunto de la economía el poder adquisitivo ha descendido en promedio a niveles inferiores a los de 2006”.

En el mes de febrero de 2011, el FMI, el Banco Mundial (BM) y el Banco Central Europeo (BCE), exigieron al gobierno de Papandreu la aceleración de los planes de “austeridad” con el objetivo de ingresar 50.000 millones de euros en 2015. Finalmente el gobierno del PASOK ha planteado en estos días un plan de urgencia para recortar el gasto en otros 23.000 millones de euros y conseguir el objetivo propuesto por el FMI, en medio de una nueva ofensiva de los “mercados” contra la deuda griega: los bonos griegos a diez años pagan intereses cercanos al 14% y a dos años tienen que pagar el ¡¡20%!! Al presentar el plan, Papandreu afirmó que las medidas adoptadas eran “una obligación patriótica”. En efecto, la socialdemocracia griega, como la española o la portuguesa, no regatean esfuerzos “patrióticos” para hacer el trabajo sucio a la burguesía; Papandreu ya ha anunciado la privatización, parcial o total, del sector público eléctrico, de las telecomunicaciones, loterías, aeropuertos, gas natural. Ya resuena intensamente el tintineo de las cajas en las grandes multinacionales gracias al “patriotismo” de Papandreu.

Gracias al “rescate” se han destruido decenas de miles de empleos públicos; se ha reducido drásticamente el poder adquisitivo de los trabajadores griegos y las pensiones se han recortado en torno a un 20% ¿De dónde va a venir la esperada reactivación de la economía para hacer frente al pago de la deuda? De hecho, la deuda no se reduce sino que aumenta exponencialmente: en 2011 alcanzará el 150% del PIB y no se descarta que llegue al 160% en 2013. En realidad, estamos asistiendo a un saqueo de los recursos de Grecia propio de una organización mafiosa: ¡Un 20% de intereses! para saldar unos préstamos que la banca europea, y sobre todo la alemana, ha concedido a Grecia con capitales que compra al BCE a tasas de interés del 1%. La situación ha llegado al punto de que una parte de la deuda griega puede ser impagable, una perspectiva que provoca el pánico de los gobiernos de la UE ante las consecuencias que tendría para el sector financiero europeo y las posibilidades de hundir aún más la economía de la UE.

Ajustes dolorosos y durante mucho tiempo”

La bajada a los infiernos del capitalismo griego ya ha provocado una auténtica explosión popular, con nueve huelgas generales organizadas en los dos últimos años. Pero la rebelión no ha terminado, ni mucho menos: para el próximo 11 de mayo la central GSEE, vinculada al PASOK, se ha visto obligada a convocar una nueva huelga general, tanto en el sector público como en el privado, contra las nuevas medidas de ajuste anunciadas por el Gobierno.

La crisis griega fue seguida por la irlandesa, cuyo sistema financiero fue nacionalizado con fondos públicos para cubrir un agujero de decenas de miles de millones de euros. Las recetas de ajuste fueron semejantes a las de Grecia, pero la deuda irlandesa sigue bajo ataque y pagando tipos de intereses a dos años que rozan el 10%. Ahora le ha tocado el turno a Portugal que repite el guión. Con una deuda pública que ya supera el 90% del PIB y una previsión de contracción del PIB para 2011 del 1,3%, las obligaciones de pagos de deuda para este año se sitúan en 80.000 millones de euros (casi la mitad del PIB luso). Esta es la cantidad que, en teoría, van a prestar a Portugal desde la UE y el FMI para pagar los intereses a los venerados “mercados”; pero como en Grecia o Irlanda no va a ser gratis. El director gerente del FMI, Dominique Strauss-Khan, ha pronosticado un largo calvario para Portugal, con “ajustes presupuestarios dolorosos y durante mucho tiempo”.

¿Cuánto puede soportar la clase trabajadora portuguesa este robo a mano armada? La tasa de paro es superior al 11%, la temporalidad laboral es la mayor de Europa, y el número de pobres no deja de crecer: dos millones sobre una población de diez. La mitad de la fuerza laboral ingresa un promedio salarial en torno a los 700 euros, y el 85% de los pensionistas (1,5 millones de un total de 1,9) vive con menos de 360 euros. El jefe de gobierno portugués, el socialista José Sócrates, no tuvo más remedio que presentar su dimisión tras la derrota parlamentaria que le impidió aprobar un nuevo plan de recortes y que le forzó a solicitar el rescate. Pero la auténtica causa de la crisis política portuguesa no está en el parlamento, está en la calle, en las grandes movilizaciones y huelgas generales que han sacudido el país desde hace dos años, y que ha tenido su expresión más reciente en las manifestaciones de cientos de miles de jóvenes y trabajadores que llenaron las calles del país el 12 y 19 de marzo. La burguesía cifra sus esperanzas en que un nuevo gobierno, tras las elecciones de junio, pueda devolver la estabilidad al país. Ilusiones vanas. La Confederación General de Trabajadores Portugueses (CGTP) ya ha manifestado su frontal oposición a nuevos recortes, y un nuevo gobierno, si es de la derecha con más motivo, puede enfrentar un escenario muy semejante al de Grecia o incluso peor. Las tradiciones de la clase obrera y la juventud lusa que no hace mucho protagonizaron una revolución, van a reverdecer en este contexto.

A pesar de este saqueo envuelto en el rimbombante nombre de “rescate”, de los planes de austeridad aprobados país tras país, los objetivos de los capitalistas europeos son todavía más ambiciosos. En la agenda de los próximos meses se debatirá el “pacto de competitividad” presentado por Sarkozy y Merkel, ahora rebautizado como “pacto por el euro”. Una nueva vuelta de tuerca que busca aumentar los beneficios empresariales a costa de los salarios a pesar de que en los últimos 25 años los salarios en Europa han crecido la mitad que la productividad y han perdido más de 11 puntos de participación en la distribución de la renta.

Haciendo el trabajo sucio a los capitalistas

En este torbellino, el debate sobre las posibilidades de un rescate de la economía española está completamente abierto. Según el Banco Internacional de Pagos de Basilea, el sector financiero español posee un tercio (60.279 millones de euros) del total de la deuda portuguesa. A pesar de los constantes desmentidos del gobierno sobre un posible rescate, la deuda española sigue siendo acosada: el bono español a 10 años se paga al 5,69%, un récord que no se alcanzaba desde mayo de 2010. Las razones de esta tendencia imparable son las perspectivas de la economía real, empantanada en la recesión. Mientras el gobierno plantea para 2011 un crecimiento del 1,3%, el Banco de España y resto de los analistas lo sitúan en un 0,8%. Recientemente las previsiones oficiales de desempleo han sido revisadas: 2011 cerrará con una tasa del 19,8%. Por otro lado, la Formación Bruta de Capital Fijo, es decir la inversión productiva, cayó en 2010 el 7,6% y se espera otro descenso del 3,7% en este año. El sector financiero sigue arrastrando una tasa de morosidad que no deja de crecer, supera ya el 6%, y los créditos ligados al sector inmobiliario de dudoso cobro superan los 200.000 millones de euros.

Los dirigentes del PSOE se jactan de haber hecho bien los deberes. Tienen razón. Como Papandreu o Sócrates, Rodríguez Zapatero ha llevado a cabo un salvaje paquete de contrarreformas envuelto también en soflamas de “patriotismo”. Las medidas del gobierno cuentan con el apoyo entusiasta de los grandes capitalistas, pero con la oposición de la mayoría de la población. No es para menos. Cuando la media salarial ha crecido el año pasado un 1%, los beneficios de las empresas cotizadas en el Ibex han sido de 50.660 millones de euros en 2010, un 21,87% que en 2009. A la cabeza del ránking Telefónica, que ha obtenido los mayores beneficios anuales de la historia, 10.167 millones en 2010, un 30,8% más. Datos magníficos que han sido celebrados por el Consejo de Administración con un plan para despedir al 20% de la plantilla, más de 5.000 trabajadores. La segunda empresa con mejores resultados en 2010 fue el Banco Santander, 8.181 millones. Es lógico que Botín este satisfecho con el gobierno. El tercer lugar fue para Repsol, que ganó tres veces más que en 2010: 4.693 millones.

Construir una alternativa revolucionaria

La posibilidad de que la economía mundial continúe estancada en la recesión, o se hunda más, está en el orden del día. En un panorama altamente negativo las cosas se complican todavía más por la catástrofe económica que vive Japón después del terremoto de marzo,3 y el incremento de los precios de las materias primas, con el petróleo marcando sus máximos históricos desde 2008. La crisis orgánica de la deuda, que en los países avanzados romperá la barrera del 100% del PIB este año por primera vez desde la II Guerra Mundial, prepara un horizonte de recortes masivos y austeridad para muchos años.

La reacción de la población ante esta ofensiva sin cuartel está fuera de duda, a pesar de la actitud inaceptable de una parte considerable de las direcciones sindicales que, aceptando la lógica del capitalismo, han optado por el pacto social y la desmovilización. Una cosa está clara: cuanto más intenten taponar la vía de la lucha, más fuerte, explosivo y radical será el estallido. Con un ritmo u otro, las grandes movilizaciones y huelgas generales que han sacudido Portugal, Grecia, Francia, Gran Bretaña, Italia, se repetirán en los próximos meses y años. Y ese escenario también vale para el Estado español. Pero lograr además que esta reacción de la clase obrera tenga éxito, exige la construcción de una alternativa revolucionaria y anticapitalista en nuestros sindicatos y partidos de clase. Ahora es el momento de explicar con claridad que no estamos dispuestos a aceptar pagar el futuro de miseria y explotación que la burguesía nos tiene preparado, ahora es el momento de luchar por el socialismo.

• No a los planes de ajuste contra la clase obrera. Que la crisis la paguen los culpables: los capitalistas.

•  Ningún recorte en gastos sociales y en inversión pública. Incremento drástico de los impuestos a las grandes fortunas, a los beneficios empresariales y a la banca.

• Durante años las grandes empresas han tenido beneficios de escándalo, y ahora pretenden mantenerlos a nuestra costa. Ningún recorte salarial, ni a los empleados públicos ni a ningún trabajador.

• Cinco millones de parados ya son suficientes. No se necesitan más facilidades para despedir a trabajadores. No a la reforma laboral. Ninguna restricción a la negociación colectiva y los derechos sindicales. Reducción de la jornada laboral a 35 horas sin reducción salarial.

• Los parados no son responsables de la falta de trabajo. Subsidio de desempleo indefinido equivalente a un SMI de 1.100 euros hasta encontrar trabajo.

• No a la ampliación de la edad de jubilación. Jubilación a los 60 años con el 100% del salario con contratos de relevo, manteniendo la estabilidad en el empleo.

• Los recursos financieros tienen que estar al servicio de la economía productiva y no de la especulación. Nacionalización de la banca bajo el control democrático de los trabajadores y sus organizaciones.

• Confluencia de la lucha de los trabajadores de toda Europa con la preparación de una huelga general europea.

• Para salvar el empleo, nacionalización de todas las empresas en crisis bajo control obrero.

¡Únete a la Corriente Marxista Revolucionaria!

1. En 2010 las 25 principales empresas financieras de Wall Street ganaron 417.000 millones de dólares, marcando un nuevo récord histórico de beneficios.

2. Los mentores de esta política de recortes, en EEUU o en Europa, son los mismos que evaden impuestos con absoluta impudicia: Exxon Mobil obtuvo en los EEUU 19.000 millones de dólares de beneficios en 2009 pero no sólo no pagó impuestos federales sobre la renta, sino que recibió un reembolso de 156 millones de dólares del IRS (Servicio de Impuestos sobre la Renta). Lo mismo ocurrió con el Bank of América, que ganó 4.400 millones y obtuvo del IRS 1.900 millones. Es el mismo banco que sacó de la Reserva Federal y del Departamento del Tesoro casi 1 billón de dólares cuando fue “rescatado”. Citigroup, que logró en 2009 más de 4.000 millones de beneficios no pagó impuestos federales sobre la renta. Un año antes obtuvo un “rescate” de 2,5 billones de dólares. General Electric, con ganancias de 26.000 millones en Estados Unidos, recibió del IRS otros 4.100 millones.

3. Ver el artículo de María Castro en El Militante de abril de 2011: Catástrofe nuclear en Japón. Ni accidente nuclear ni “castigo divino”. La responsabilidad es del sistema capitalista.

La perspectiva de una recuperación consistente, a corto plazo, de la economía mundial ha sido desmentida por la realidad. Los decepcionantes datos económicos estadounidenses, sumados al nuevo fiasco japonés y a un estancamiento persistente que Europa no es capaz de superar, pintan un paisaje desolador para el capitalismo en los próximos años. Abandonadas las pretensiones de una salida coordinada de la recesión, nos adentramos en una nueva fase de la crisis en la que las diferentes burguesías nacionales —acuciadas por las dificultades financieras y la intensificación del conflicto entre las clases a nivel doméstico— se dejan seducir por la idea del sálvese quien pueda intentando exportar la crisis al vecino. La actual guerra de devaluaciones competitivas entre las divisas, la proliferación de los acuerdos bilaterales, el incremento de los aranceles o la amenaza de conflictos militares en zonas estratégicas como Asia, es la expresión de que la contradicción que supone la coexistencia de intereses nacionales antagónicos dentro de una misma y sola economía mundial, se vuelve insoportable en períodos de crisis. Y, es precisamente en este proceso de creciente confrontación en las relaciones internacionales, cuando las armas económicas que el peculiar capitalismo chino ha forjado durante las décadas de boom muestran su enorme potencia y su efecto desestabilizador del precario equilibrio mundial. El tono sombrío que domina el panorama económico de las potencias más veteranas sigue contrastando con el crecimiento del PIB de China que, con un incremento superior al 10% en 2010, sigue brillando con luz propia. El régimen chino, disponiendo de las grasas acumuladas gracias a muchos años de abultado superávit comercial, aplicó en los primeros compases de la crisis un plan de salvamento que, a diferencia de sus homólogos occidentales, no fue destinado a tapar los agujeros de la banca privada, sino a la inyección de grandes cantidades de dinero en la economía productiva. Después de un turbulento año 2008 y gracias a una inversión de casi medio billón de euros destinada fundamentalmente a infraestructuras y sectores decisivos de la industria, consiguieron revertir el aumento explosivo del paro y los cierres de fábricas.

El papel del Estado

Aún así, la abundancia de inversión de capital no es la única explicación a esta deslumbrante recuperación. La cúpula burocrática del PCCH, epicentro de la naciente burguesía china#, culminó con éxito la contrarrevolución capitalista a través de la destrucción de las conquistas que sostuvieron durante décadas al Estado obrero deformado: la nacionalización y planificación de la economía, el monopolio del comercio exterior y el control de los precios. En la actualidad, a pesar del importante porcentaje de la economía que permanece bajo titularidad estatal, la producción de mercancías está orientada a la obtención de plusvalía destinada al enriquecimiento individual, tanto de la naciente clase capitalista china como de las multinacionales extranjeras con grandes inversiones en el  país.  No obstante,  esta realidad no entra en contradicción con el hecho de que la emergente burguesía china conserve una parte de la herencia estatal del anterior régimen para defender sus intereses en el mercado mundial contra el resto de las potencias capitalistas, y en el mercado interno frente a la penetración de competidores extranjeros. Manteniendo una economía férreamente centralizada con un potente sector estatal —nos referimos tanto a la gran industria como a los recursos naturales y la banca— han garantizado por ejemplo, que las medidas anticrisis fueran llevadas a la práctica de forma rápida, contundente y con mejores resultados que en otras partes del mundo. Si, además, completamos este cuadro con el carácter autoritario del régimen, indispensable para someter a la clase obrera —carente de derechos políticos y sindicales— a una brutal explotación, obtenemos el perfil económico y político de un sistema de capitalismo de Estado.

Son muchos los capitalistas occidentales que demagógicamente denuncian al régimen chino por favorecer el desarrollo de las industrias de capital nativo#, envolviéndose para ello en la defensa de la libre competencia. Como es habitual, la burguesía de EEUU y Europa no tienen el menor reparo en practicar el mayor de los cinismos, pero sus lamentos no pueden ocultar que, en estos momentos, todas las grandes potencias están recurriendo a diferentes medidas para proteger sus mercados internos a través de devaluaciones, subvenciones a empresas nacionales o incremento de aranceles. En todos los casos el estado nacional, es decir, la superestructura política de la sociedad burguesa, se pone al servicio de los intereses estratégicos de la clase dominante. Es más, ni siquiera estamos ante un acontecimiento novedoso en la historia del capitalismo. León Trotsky en un artículo, de enero de 1926, titulado Sobre la cuestión de las tendencias en el desarrollo de la economía mundial en el que abordaba el enfrentamiento de las grandes potencias económicas en los años veinte, señalaba: “…En otras palabras, vemos aquí no el libre o el semilibre juego de las fuerzas económicas que estábamos acostumbrados a analizar en el período de preguerra, sino fuerzas estatales resueltas y concentradas que irrumpen en la economía, y esto está amenazando con interrumpir o está interrumpiendo, los ciclos regulares o semiregulares, si es que estos llegan a notarse. Por consiguiente uno no puede avanzar sin tomar en cuenta factores políticos”. Lo que tenemos que subrayar es que la intervención de estas fuerzas estatales, lejos de ser un factor de reequilibrio del capitalismo como pretenden los economistas keynesianos, no pueden resolver las contradicciones fundamentales del sistema y además introducen, en condiciones específicas como las actuales, un mayor caos y descontrol. El aumento exponencial de la deuda pública soberana y un mayor enconamiento de la lucha interimperialista, son algunas de sus consecuencias.

El dragón se vuelve más voraz

Lo que realmente está detrás de las quejas de los grandes monopolios occidentales es su preocupación ante un desafío que les resulta muy difícil afrontar: competir con éxito en el mercado mundial frente al poder económico y el potente Estado del que dispone la burguesía china.

Ya en tiempos de boom la audacia de la expansión imperialista china provocó muchas fricciones. No olvidemos que el desarrollo económico del gigante asiático se produjo en un momento en el que el planeta ya estaba repartido —aunque este reparto fuera inestable y cambiante— entre las grandes potencias. La contracción del mercado mundial provocada por la recesión no ha hecho más que alimentar la necesidad de expansión exterior de la llamada fábrica del mundo, y este fenómeno ha azuzado el enfrentamiento político. Prácticamente, ninguna de las grandes economías ha dejado de sentirse amenazada por esta ofensiva. Junto a la reactivación de viejos contenciosos con Japón — que pugna por la soberanía de las islas Senkaku— o el enfrentamiento armado entre las dos Coreas, el desafío que desde hace años representa el avance chino en América Latina y África está gestando nuevos conflictos. La lucha se extiende también a Asia Central con Rusia, debido a los contratos que empresas chinas han arrebatado a Gazprom en Kazajistán y Uzbekistán. En Europa Oriental con Alemania, provocado por las inversiones del dragón rojo en Polonia, Rumanía y Hungría. Dentro de la propia Unión Europea los dirigentes franceses y alemanes han levantado la voz para advertir del peligro chino a raíz de la compra de deuda española, griega y portuguesa por parte del gigante asiático, llegando incluso a comparar estas transacciones económicas con la llegada de un “portaviones” que sirve como base para la penetración de una mayor cantidad de mercancías chinas.

Dicho esto, es en Asia donde actualmente se encuentra el punto más caliente de enfrentamiento entre los dos grandes colosos: EEUU y China. El conflicto militar entre las dos Coreas demuestra como el grado de tensión que existe entre ambas potencias puede, en un momento dado, encontrar una vía de resolución a través de una confrontación armada. El capitalismo estadounidense, presionado por las gravísimas dificultades que encuentra en casa, ha dado un giro hacia una política exterior aún más agresiva. Detener el avance chino es un objetivo prioritario, tal como declaró el presidente Obama en su discurso al Congreso del pasado mes de enero cuando comparó a China con la URSS de los años sesenta. En este sentido, y siendo consciente de que la pequeña Corea del Sur no es suficiente para detener a su oponente, los americanos buscan un aliado más poderoso en India. La clase dominante de este gigantesco país con 1.000 millones de habitantes, parece aceptar encantada esta invitación a conformar una alianza antichina. No es ninguna casualidad que las hostilidades militares entre las Coreas coincidieran con un viaje de Obama a este país, durante el cual el presidente estadounidense se mostró favorable a la entrada de India en el Consejo de Seguridad de la ONU. Semejante reconocimiento fue agradecido por sus anfitriones con el desplazamiento de 36.000 soldados indios a su frontera con China. A la vez, estas maniobras que el imperialismo norteamericano se ve obligado a hacer aumentan la inestabilidad en una zona del mundo de por sí bastante frágil, provocando un enorme descontento en sus viejos aliados pakistaníes que tan importante papel han jugado en la criminal aventura estadounidense en Afganistán e Iraq.

El carácter reaccionario de la teoría de la ‘multipolaridad’

Al calor de esta nueva redistribución de las áreas de influencia económica del mundo, algunos intelectuales supuestamente progresistas pretenden convencernos de las ventajas de un mundo multipolar. Al parecer, los pueblos de los países económicamente más dependientes se beneficiarán si el dominio asfixiante de EEUU se debilita por el avance chino, lo que de paso, según estos mismos teóricos, podría permitir una cierta recuperación de la influencia internacional de la vieja y debilitada Europa, actualmente marginada de la toma de decisiones más importantes. Realmente, esta “aportación” no es más que una variante de la vieja teoría de un capitalismo con rostro humano aplicada al terreno de las relaciones internacionales. En relación a la civilizada Europa, poco hay que decir tras constatar, una vez más, su implicación con las dictaduras árabes y su vergonzosa reacción frente a la revolución protagonizada por las masas en Túnez, Egipto o Libia. Y en lo que se refiere al supuesto carácter progresista del imperialismo chino basta recordar las condiciones en que vive y trabaja la clase obrera del país o el carácter opresor de su expansión internacional. El ejemplo de la penetración china en África es paradigmático. En Zambia, los administradores de nacionalidad china de una mina ordenaron disparar contra los trabajadores en lucha, provocando 13 heridos de bala. En Níger, la comunidad tuareg rebautizó la explotación minera Somina como Guantánamo, debido a las brutales condiciones de explotación. En Mozambique la empresa China Henan Internacional Cooperation Group es acusada de prácticas similares. En Kenia una compañía china encargada de la construcción de infraestructuras fue acusada por varias poblaciones locales de provocar una grave sequía al adjudicarse el uso exclusivo del único pozo de agua en la zona. En Malí y Madagascar encontramos denuncias similares. No, los imperialistas chinos no son ni mejores ni peores que los estadounidenses, sólo defienden sus intereses recurriendo a aquellos métodos que consideran más eficaces.

China no es inmune a las contradicciones del capitalismo

Para obtener un análisis equilibrado necesitamos situar las medidas adoptadas por el régimen chino, que en las condiciones antes descritas le han otorgado ventajas evidentes, junto a toda una serie de debilidades que, de no ser resueltas o atenuadas, están incubando serias dificultades para el futuro del gigante asiático.

Es importante destacar que el plan de estímulo que reactivó la economía en 2009 no ha resuelto el problema de fondo: la sobrecapacidad productiva instalada. La intervención económica estatal ha sostenido, durante un período de tiempo, la producción de los sectores nacionales más afectados por la crisis, aplazando la expresión de este problema en forma de paro. Sin embargo, a pesar de que los recursos de ese plan estatal se han agotado ya, los dirigentes chinos no se deciden todavía a aplicar un nuevo paquete de estímulo, preocupados como están por el crecimiento de las tendencias inflacionistas y especulativas. Porque lo cierto es que los aprietos económicos de 2008 obligaron al régimen a recurrir a un tipo de recetas que, junto a sus positivos resultados iniciales, ya demostraron sus efectos perniciosos a largo plazo cuando fueron aplicadas por otras potencias occidentales.

Entre dichas medidas se sitúa el recurso excesivo al crédito que, al tener como telón de fondo una crisis de sobreproducción que aleja una parte de las inversiones del sector industrial, ha alimentado el crecimiento de la burbuja inmobiliaria y bursátil hasta alcanzar dimensiones francamente preocupantes. Casi una quinta parte de los créditos que los bancos chinos concedieron en 2009 y 2010 fueron a parar al sector inmobiliario. Si bien la inversión extranjera se recuperó el año pasado, creciendo un 17,4% respecto a 2009, un 20% se orientó también a este sector. Otro dato que ha encendido las luces de alarma es el crecimiento de un 5,1% de la inflación en 2010, una media, no olvidemos, que enmascara que los alimentos básicos incrementaron sus precios en casi un 11%.

Estos desequilibrios han llevado a los dirigentes chinos a imprimir un nuevo giro en su política económica a finales de 2010. Por una parte, se ha limitado el volumen de dinero en circulación y endurecido el crédito, incrementando las reservas de la banca y elevando los tipos de interés (tan sólo en las primeras seis semanas de 2011 en dos ocasiones). Pocos resultados prácticos están dando de momento estas medidas si tenemos en cuenta que el pasado mes de enero la inflación volvió a situarse en torno al 5% y el precio de las propiedades no baja. A su vez, para aliviar la presión que puede provocar un estallido de la burbuja inmobiliaria, se ha limitado la compra de viviendas y oficinas a nativos y a extranjeros, así como la concesión de suelo para nuevas construcciones. Pero si la política expansiva ha demostrado ya sus riesgos, un recorte excesivo puede provocar resultados igual de preocupantes. El sector inmobiliario ha sido uno de los motores del crecimiento en los últimos años, sin olvidar que el arrendamiento de terreno a largo plazo se ha convertido en una fuente de ingresos vital para las administraciones locales.

¿Sustituir exportaciones por consumo interno?

Por otra parte, el superávit comercial, aspecto decisivo en las finanzas chinas, sigue sufriendo una continua reducción debido a la contracción de la demanda mundial:

Evolución superávit comercial chino:

·2008:    295.000 mill. dólares

·2009:    196.000 mill. dólares

·2010:    183.000 mill. dólares

La balanza comercial del capitalismo chino no ha sido capaz de recuperar, al menos por el momento, la forma de clara curva ascendente del período de boom, demostrando como hay un antes y un después de la gran recesión también para China.

Teóricamente, la dificultad que implica no poder vender en el exterior el mismo porcentaje de la producción que antes de la crisis podría paliarse con un incremento del consumo doméstico. En este sentido, el gobierno chino lleva tiempo hablando de incrementar los gastos en sanidad y educación para aligerar las cargas económicas que pesan sobre las masas y aumentar así su poder adquisitivo. Se trata de un objetivo harto complicado, puesto que no podemos olvidar que una de las claves de la competitividad de las manufacturas chinas son los bajos salarios. China sigue siendo un país en el que la mayoría de los trabajadores y campesinos tienen unos ingresos muy modestos, cuando no rozan el umbral de la pobreza. Incluso la noticia de que China había superado a Japón como segunda economía mundial en 2010 dejaba traslucir esta debilidad, todavía estructural, del capitalismo chino. Según cifras del FMI, el PIB chino alcanzó el pasado año los 5,75 billones de dólares, frente a los 5,39 billones del PIB japonés. Pero, junto a este dato se añadía otro: la diferencia en el PIB per cápita de ambos países sigue siendo abismal: en China es de 4.500 dólares, frente a los 40.000 de Japón. Sin descartar que se pudiera aumentar la capacidad de consumo de algunos sectores de las capas medias, la cuestión es si esta mejora serviría por sí sola para cubrir la pérdida de ingresos del exterior#.

Estos son los factores que nos obligan a considerar con cautela la perspectiva de que China pueda superar a corto plazo a EEUU como potencia hegemónica. Se trata de un proceso dinámico, inacabado, en el que no sólo cuentan las fortalezas y debilidades del propio capitalismo chino, sino de las decisiones que el resto de potencias adopten. Parece evidente que el imperialismo norteamericano no va a dejarse arrebatar sin pelea su posición privilegiada. Cuenta para ello con el 20% del PIB mundial (alrededor de 14,5 billones de dólares), una renta per cápita superior a los 45.000 dólares, el control sobre la divisa que domina el conjunto de la economía mundial, y es la primera potencia militar del planeta.

El avance chino acelera la decadencia de EEUU y Europa

Parece arriesgado por tanto hacer afirmaciones tajantes con los datos que tenemos en la actualidad, lo cual no impide constatar que esta perspectiva sin ser todavía inevitable, es hoy más probable que ayer. No está demás recordar el viejo dicho popular de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. El pasado mes de enero podíamos leer en un artículo de la BBC4#: “…Hasta hace poco, el milagro chino estaba basado casi exclusivamente en la producción masiva de productos de consumo baratos, como juguetes y ropa. Pero el gigante asiático está empezando a poner en jaque a sus competidores europeos y estadounidenses en sectores claves como telecomunicaciones, producción de paneles solares, trenes de alta velocidad y redes eléctricas, entre otros bienes duraderos…”. La empresa de telefonía China Unicom acaba de firmar un acuerdo con Telefónica, a través del que consigue una cartera de clientes que representa el 10% de la población mundial. En lo que respecta a un sector puntero como son los trenes de alta velocidad, sector que hasta 2007 dominaba con holgura Alemania, China ha conseguido superar a los germanos, compitiendo de igual a igual con compañías como Siemens.

A la vez, el imperialismo chino está utilizando su riqueza financiera para firmar acuerdos económicos bilaterales. Las cifras son abrumadoras: en 2009 y 2010 el régimen prestó más dinero a países en vías de desarrollo que el propio Banco Mundial. Es este un aspecto de enorme trascendencia, ya que evidentemente el objetivo no es ayudar al desarrollo de economías más débiles, sino por el contrario, obtener de estos países tanto materias primas baratas como ventajas para las exportaciones de sus manufacturas. Emulando la actuación de sus predecesores, Gran Bretaña y EEUU, el imperialismo chino necesita ampliar sus áreas de dominio económico. Culminar con éxito esta tarea le podría proporcionar estabilidad social dentro de sus fronteras y aumentar la potencia de su mercado doméstico, pero EEUU y Alemania no le allanarán el camino, todo lo contrario. En el artículo de Trotsky al que anteriormente hacíamos referencia, éste explica como el desplazamiento que Gran Bretaña estaba sufriendo a manos de EEUU estaba recortando las bases materiales sobre las que el imperialismo británico podía hacer concesiones, alimentando la lucha de clases. Y este recordatorio sirve para la actualidad: la pérdida de cuota en el mercado mundial por parte de EEUU o Europa frente a China, azuzará irremediablemente la lucha de clases en estos países.

Y es que, efectivamente, los factores económicos influyen en la lucha de clases y viceversa. Buena prueba de ello es el extraordinario levantamiento de las masas árabes, que entre otras muchas y decisivas consecuencias está provocando un alza del precio del petróleo, materia prima clave que puede prolongar el estancamiento de la economía mundial. En este sentido, la rapidez con la que los dirigentes del PCCH han censurado cualquier referencia a la revolución tunecina y egipcia es más que un síntoma de debilidad. La clase obrera china ya ha empezado a calentar motores. En 2009 asistimos a varias luchas victoriosas contra la privatización de empresas públicas y, en 2010, a la movilización de trabajadores del sector privado que, en muchos casos, consiguieron victorias parciales. La naciente burguesía china es consciente de las terribles condiciones de explotación y opresión a las que condenan a las masas, y éstas, antes o después, más tarde o más temprano, abrirán una etapa de lucha generalizada por sus derechos.

1. Gracias a Wikileaks conocemos que el antiguo primer ministro, Li Peng, y su familia controlan el sector eléctrico; el miembro del Comité Permanente del Politburó, Zhou Yongkang, y sus socios el petrolero; la familia de Chen Yun, líder comunista de la época de Mao, el sector bancario; Jia Quinglin, presidente de la Conferencia Consultiva del Parlamento, el sector inmobiliario en Pekín; el yerno de Hu Jintao la página web sina.com, una de las más importantes, y la esposa del primer ministro, Wen Jiabao, el de las piedras preciosas.

2. Denuncias acerca de la facilidad de acceso al crédito y a la adjudicación de contratos del plan de estímulo para las empresas chinas en detrimento de aquellas con mayor participación extranjera. A la vez, los dirigentes chinos, utilizan el sector estatal para aumentar la competitividad de su tejido productivo. En 2009, se impulsó la innovación de la industria automotriz a través de la asociación de 16 empresas estatales, marginando de dicho proyecto a la empresa BYD propiedad de Warren Buffet.

3. El crecimiento económico ha acentuado el carácter exportador de China: el consumo doméstico ha pasado de un 49% del PIB en 1990 al 35% en 2008.

4. “La nueva fase del milagro chino”, María Esperanza Sánchez, BBC, 21/ 01/ 11.

El pasado 18 de diciembre, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM) estableció un aumento del 4.1% al salario mínimo que percibirá el proletariado mexicano a partir del 1° de enero de 2011. De esta manera, el salario mínimo para la zona geográfica A, a la que pertenece el DF y área metropolitana, pasará de 57.46 a 59.80 pesos diarios, es decir, un aumento de 2.34 pesos con respecto al año 2010; la zona geográfica B pasará de tener un salario mínimo de 55.84 a 58.10 pesos, mientras que la zona C pasará de 54.47 a 56.75 pesos por día. Resulta irrisorio para un obrero tal aumento, a pesar de los argumentos en contra de un incremento mayor por parte de la representación patronal y del gobierno (así como de algunos líderes sindicales). Podríamos preguntarnos, ¿por qué si los productos básicos como alimentos, transporte, vivienda, entre otros, han aumentado tanto su precio, el salario apenas aumenta un miserable 4.1%? Según un estudio del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, los salarios mínimos han perdido más del 47% de su poder adquisitivo en lo que va del sexenio de Calderón (La Jornada, 2/12/2010), esto significa que un obrero puede adquirir en 2010 lo equivalente a la mitad de lo que podía comprar con su salario en 2006. Incluso la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha alertado sobre el riesgo de tensiones sociales en el mundo, dados los aumentos salariales que se han reducido a la mitad por los efectos de la crisis económica; en el caso de México, los aumentos de 2007 a 2009 no han significado incrementos en las percepciones de los obreros, sino retrocesos gracias a las cifras de la inflación, que sitúa los incrementos salariales de 2009 en -0.6% (La Jornada, 16/12/2010). Además, el salario mínimo de México mensual es de 136.5 dólares, y se encuentra muy por debajo de países como Colombia, Brasil, Ecuador o Venezuela, donde los salarios son de 252, 286.5, 240 y 247.5 dólares al mes respectivamente. Para conocer más a fondo la situación real de los salarios es necesario tomar en cuenta varios aspectos que trataremos de plantear en el presente artículo.

La canasta básica y la inflación

El Banco de México (Banxico) establece el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), por medio del cual calcula el aumento de los productos necesarios para la subsistencia del obrero; es este índice el que nos permite medir la inflación anual y mensual de la canasta básica, compuesta de sólo algunos de los 315 artículos y servicios medidos por el INPC. Aunque la inflación se mide con la totalidad de bienes y servicios del INPC, es importante destacar que la canasta básica se ha ido reduciendo en sus componentes año con año, y de esta manera, la aparente capacidad del salario para adquirir la totalidad de la canasta básica no responde a un aumento del poder adquisitivo, sino a una disminución de las mercancías a comprar. Además, es de notar que las cifras de inflación se refieren a un promedio de los aumentos de todos los productos, es decir, un promedio general. Si, por ejemplo, tomamos el aumento de la canasta básica en 4.13%, que es la cifra oficial de inflación de 2010 con respecto a 2009, no todas las mercancías sufrieron tal aumento: las frutas y verduras reportan una inflación superior al 11%, al igual que la gasolina; la electricidad reporta un aumento del 4.1%, entre otros. Esto quiere decir que un promedio no nos dice mucho sobre el comportamiento real de los precios, pues si tomamos el claro ejemplo del boleto del metro, este tuvo un aumento del 50%, es decir 1 peso, lo cual neutraliza casi la mitad del aumento del salario mínimo que fue de 2.34 pesos, a pesar de que el promedio de inflación se mantuvo en 4.13% (sin tomar en cuenta la inflación acumulada desde 2000 a la fecha, cuya cifra es superior al 58%, según datos oficiales).

Otro claro ejemplo son los precios de los alimentos como el limón, la tortilla, el jitomate, o el ya permanente aumento del huevo, en donde la inflación de noviembre de 2009 al mismo mes de 2010 ha sido del 2.64% en las carnes y el huevo. Estos dos índices son ya de por sí superiores a los 2.34 pesos que se aprobaron como incremento al salario mínimo; siendo un promedio, podríamos esperar que el resto de mercancías hayan no aumentado, sino disminuido su precio para equilibrar el precio de la canasta básica, sin embargo, sólo el transporte aéreo presenta un índice de inflación de -12.41%, es decir, una reducción de precio, y esta por demás decir que este tipo de servicio es inaccesible a un obrero. El promedio general de la inflación es un dato relativo, que nada nos dice sobre los precios reales, y sobre todo, sobre las dificultades por las que atraviesa un obrero para subsistir, de tal manera que un aumento de salario basado en el porcentaje de la inflación se verá rebasado por el aumento real de las mercancías.

Lo mismo sucede cuando nos situamos en la inflación por ciudades: de noviembre de 2009 a noviembre de 2010 ciudades como Campeche (Camp), Córdoba y Veracruz (Ver), Guadalajara (Jal), Hermosillo y Huatabampo (Son), Villahermosa (Tab), Tehuantepec (Oax) y Mexicali (B.C.) han tenido un índice de inflación superior al 5%, lo que significa que para el proletariado de estas regiones el aumento al salario de 4.1% es una broma de mal gusto.

Una situación similar sucede cuando analizamos la situación de los trabajadores por rama productiva: el capitalismo es incapaz de generar un desarrollo homogéneo de la industria; de hecho la reciente crisis económica es una demostración palpable del freno que representan las relaciones sociales de producción capitalista para el desarrollo de las fuerzas productivas. Los capitales no se invierten por igual en todas las ramas, sino en aquellas más rentables y son en estas ramas donde podríamos encontrar salarios más elevados. Por otro lado, los obreros de las ramas menos rentables, tienen salarios más bajos y su situación sigue empeorando. De esta manera, un aumento general de salarios en el mejor de los casos modestamente mejoraría la situación de algunos obreros, normalmente de aquellos situados en las ramas más rentables, sin embargo para la mayoría de trabajadores el incremento no significará absolutamente nada; sin embargo, a pesar de los discursos triunfales sobre la recuperación económica, la realidad es que la gran parte de la industria sigue en crisis, de tal manera que la gran mayoría de los obreros continúan recibiendo salarios de miseria. Nuevamente, un porcentaje limita por mucho la comprensión de la situación real.

El pánico de los salarios altos

Otro aspecto a tomar en cuenta en torno a la inflación, es el argumento que constantemente retoma el sector empresarial y el Estado, así como algunos líderes de las centrales obreras, como Carlos Aceves del Olmo, miembro de la dirección de la CTM y también presidente de la Comisión del Trabajo del Senado, quien descartó la posibilidad de que en México se concrete un incremento salarial de emergencia, pues “sería un fracaso, debido a que esto propiciaría una escalada de precios, lo que agudizaría la espiral inflacionaria y una mayor pérdida del poder adquisitivo de la clase obrera”; el mismo argumento sostiene José Luis Carazo, representante del sector obrero en la CNSM.

Ya Marx desde 1865 en la conferencia titulada Salario, precio y ganancia (texto al que remitimos al lector) explicaba lo ridículo de este argumento: una subida general de salarios lo que podría provocar a lo sumo es un aumento temporal de mercancías, mismo que sería pasajero, pues los precios se estabilizarían nuevamente; expliquemos esto con más detalle. Con un aumento general de salarios, la clase obrera tendría más acceso a los productos básicos, los que ahora son inaccesibles pero que no dejan de ser indispensables, tales como la carne, el pescado, educación superior, e incluso la recreación cultural; la demanda de estas mercancías aumentaría, de manera que su oferta disminuiría, es decir, sus precios se elevarían, ¿porqué sucede esto? Porque el sector de la burguesía que produce las mercancías más básicas vería disminuida su tasa de ganancia, de manera que se vería obligada a desplazar sus capitales, a invertir en las ramas industriales más rentables, es decir, que de las ganancias de sectores como los productores de carne, pescado, u otras que son ahora accesibles al obrero, tendrían que salir las ganancias de la gran mayoría de la burguesía: el aumento de precios no es consecuencia directa del aumento de los salarios, sino de la pérdida de ganancia de algunos sectores de la burguesía. Pero después de este aumento temporal, los precios se irían regulando nuevamente, pues la sobreproducción obligaría a la burguesía a desplazar nuevamente sus capitales a otras ramas, mismo desplazamiento que se opera en el poder adquisitivo de los consumidores, de manera que los precios generales nuevamente se equilibrarían, no sin dejar una profunda huella en la ganancia general de la clase burguesa, que se ve disminuida constantemente, incapaz de generar un avance general de la industria, se ve limitada a incrementar sólo ciertos sectores de la industria, y que sean sólo estos sectores prósperos los que tengan que mantener el ocio y los lujos de todos los empresarios.

¿Qué es lo que esconde realmente el argumento de que un gran aumento de salarios produciría un elevado índice de inflación? El descenso real de la tasa de ganancia de la burguesía, lo cual no desean ni los empresarios ni el Estado, ni los líderes sindicales que se ponen del lado de la patronal y no de sus representados. Y aun si una subida de salarios provocara un alarmante aumento de la inflación, ¿no surtiría el mismo efecto un súbito aumento de otras mercancías? El salario es el precio de la fuerza de trabajo, y si el precio de esta mercancía aumenta, ¿por qué año con año los servicios otorgados por el estado como agua, predial, tramites, entre otros aumentan lo mismo que la inflación? El argumento de los empresarios es: si aumenta el precio de una mercancía, aumentan los precios del resto de mercancías, pues bien, si hay un índice de inflación tan alto, ¿por qué no hay un aumento de salarios considerable?

Es así que en la actual crisis económica, la política de la burguesía y su Estado es la de cargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores, para evitar el brutal descenso de la tasa de ganancia de los capitalistas, y por ello vemos recortes en los salarios, aumentos de jornadas laborales, recortes a los subsidios y prestaciones sociales, así como ataques a los derechos ganados en las luchas anteriores por los obreros organizados. Un argumento de la CNSM para justificar el raquítico 4.1% de aumento fue el de “preservar la planta productiva, los empleos y evitar presiones inflacionarias adicionales y alentar además la inversión” (La Jornada, 19/12/2010). Ya tratamos el tema de los empleos y la inflación, ¿qué pasa con la inversión? La realidad es que gran parte de la tasa de ganancia no se dedica a la inversión, sino a la sola acumulación; en la actual crisis económica mucho de este dinero y mercancías acumuladas no se convierten en capital pues provocaría mayor sobreproducción que la ya existente. Resulta paradójico que mientras millones de personas mueren de hambre, la ganancia de la burguesía no sólo sea extraordinaria, sino que se vea aumentada por la explotación a la clase trabajadora. Por ello, la única alternativa para mejorar las condiciones de vida de la sociedad es abolir la propiedad privada, la expropiación de los medios de producción y el control obrero de la industria, esta es la consigna que debe acompañar la demanda de mayores salarios.

Las implicaciones políticas

La CNSM es producto de un pacto en el que se reúnen representantes de empresarios, trabajadores y del Estado para fijar el aumento de salarios, y no es más que la vestidura legal de la explotación capitalista que año con año disminuye los ingresos de los obreros. Muchas declaraciones han surgido en torno a la eliminación de la CNSM, tanto del lado de las representaciones obreras como incluso de representantes del Estado, como la bancada del PRI en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, que “propuso que la Comisión de Trabajo y Previsión Social de la Cámara de Diputados tenga la facultad de fijar los salarios mínimos”. Lo cierto es que la CNSM y cualquier otra instancia o procedimiento legal que implique una negociación del salario desenmascara la naturaleza de clase del Estado como un administrador de los negocios de la burguesía, como una herramienta de opresión de la clase trabajadora, y cualquier tipo de negociación, por más democrática y justa que parezca no traerá ningún beneficio a los trabajadores, pues la función del Estado es la de proteger el capital. Esto no implica que renunciemos a las negociaciones salariales que año con año realizan los sindicatos, sino simplemente que, dado el carácter del capitalismo, para resarcir el descenso de la tasa de ganancia de la burguesía esta posee a la disminución de la masas salarial como una de sus herramientas favoritas, ya sea por medio de despidos o recortes francos a los niveles de ingresos de los obreros, de manera tal que en cada negociación los aumentos caerán a cuentagotas y no mejorarán en nada el nivel de vida de la clase trabajadora con una canasta básica que ha sufrido un aumento de 93% tan sólo en lo que va del sexenio del espurio Calderón, mientras el salario ha caído un 82.2% de su valor desde que se estableció la CNSM.

Las negociaciones salariales sólo pueden ir acompañadas de la movilización en las calles, de huelgas en cada fábrica y deben cristalizar en una huelga general del proletariado mexicano, de esta manera, los trabajadores demostraremos quienes somos de verdad los productores de la riqueza, y daremos un paso importante para luchar por una sociedad socialista, única capaz de resolver los problemas de la sociedad.

Los sindicatos y la lucha por los salarios: Es necesaria la lucha política

El ímpetu de lucha no ha faltado en la clase trabajadora, los trabajadores una y otra vez hemos estado dispuestos a salir a las calles, sin embargo, en algunos casos nuestras representaciones sindicales no han estado a la altura de las circunstancias; los casos más lamentables son aquellos donde, como lo expresamos anteriormente, los líderes sindicales se ponen del lado de la patronal y el Estado, y no de nuestros intereses como proletarios; es por ello de vital importancia luchar por la democratización de los sindicatos, que sus representantes sean elegidos por las bases, sin presiones de ningún tipo por parte de las autoridades ni la patronal. Sin embargo, es necesario comprender también la naturaleza de lucha del sindicato, que bajo el capitalismo sólo puede darse por reivindicaciones económicas; el sindicato es una herramienta de vital importancia para la lucha de los trabajadores, pero esta lucha sólo la puede dar en contra de la voracidad de los empresarios en cada fábrica o sector de la industria, y se limita a mejorar las condiciones de salarios de los trabajadores, que en muchas ocasiones sólo puede dar una lucha defensiva. Dado el carácter del Estado burgués, es importante que nuestra lucha no se circunscriba a reivindicaciones económicas, sino que se convierta en una lucha política contra los representantes de la burguesía en el gobierno. Por ello es de vital importancia la organización del proletariado como clase, es decir, el papel del partido como vanguardia de la clase trabajadora. Por eso desde Militante hacemos un llamado a la clase trabajadora, a los sindicatos y otros sectores explotados de la sociedad a dar también la batalla política a través del movimiento de AMLO, y dar la lucha por la recuperación del PRD como un auténtico partido de los trabajadores. La victoria del proletariado sólo puede darse bajo un programa socialista, que implique no sólo las demandas más básicas de los trabajadores, pues los empresarios y el Estado han dejado en claro que ni siquiera esas demandas están dispuestos a cumplir; una economía planificada, la expropiación de los medios de producción, el control obrero de la industria, la conquista del poder político, esas son las demandas que pondrán fin a la explotación del obrero.

¡Compañero trabajador, únete a Militante y lucha por el socialismo!

El sistema capitalista ha experimentado una profunda transformación. La recesión mundial, en realidad una crisis de sobreproducción sin precedentes desde 1929 agudizada por el desplome del sector financiero y la explosión de deuda pública en los países capitalistas más poderosos como consecuencia de la aplicación generalizada de planes de rescate, ha sacudido los cimientos económicos y políticos del capitalismo internacional. Los fundamentos de la ideología burguesa predominante en estas últimas décadas y los pronósticos de los estrategas del capital han sido desmentidos por los hechos. La idea de un futuro de prosperidad y democracia, repetida insistentemente en los medios de comunicación, en las tribunas parlamentarias, universidades y en los aparatos reformistas de las organizaciones de la clase obrera, han dejado paso al desconcierto y las previsiones más sombrías. Todas las certezas del periodo anterior se han hecho añicos, mientras en los foros de la clase dominante se discute sobre la viabilidad de la UE, la nueva escalada de proteccionismo económico, el enconamiento del enfrentamiento interimperialista por el mercado mundial y, lo más importante, los efectos de la crisis en la lucha de clases.

La virulencia de la actual recesión hunde sus raíces en el boom precedente. Éste se basó, entre otros aspectos, en factores derivados de las derrotas del movimiento obrero en Europa, EEUU y América Latina en los años setenta y ochenta, y la posterior restauración capitalista en los antiguos países estalinistas (URSS, China, Este de Europa), que permitieron incrementar globalmente la explotación de la fuerza de trabajo y reducir los salarios reales, propiciando una nueva división del trabajo internacional. Otros factores, como la caída del precio de las materias primas o el desarrollo de la economía china, contrarrestaron las tendencias a la recesión existentes en occidente facilitando la expansión del comercio mundial. En el periodo más intenso del anterior boom económico (2003/2007), la economía china se convirtió en la primera receptora de inversión de capital extranjero de todo el mundo, en la principal fuente de financiación del consumo privado de los EEUU (en mayo de 2009 llegó a acumular 800.000 millones de dólares en bonos del tesoro norteamericano) y también en el mayor proveedor del mercado doméstico norteamericano.

El crecimiento del comercio mundial y una intensa explotación de la clase obrera gracias al aumento de la jornada laboral, la intensificación de los ritmos de trabajo, la precarización y desregulación del mercado laboral y la caída de los salarios, contribuyó al abaratamiento de los costes de producción, contrarrestando la tendencia decreciente de la tasa de ganancias. También jugó un papel relevante en este sentido las privatizaciones en el sector productivo estatal, las telecomunicaciones y los servicios sociales, que aceleraron la acumulación capitalista de los grandes monopolios estadounidenses y europeos. La aplicación de la nueva tecnología de la información también sostuvo esta dinámica.

 Capital financiero y crisis de sobreproducción

No obstante, si el boom en las economías centrales del capitalismo se prolongó durante tanto tiempo fue debido a otro factor esencial: el recurso generalizado al crédito, que además de impulsar actividades puramente especulativas mantuvo el consumo doméstico de la principal economía del mundo (EEUU) e, indirectamente, la producción de una parte importante de las manufacturas mundiales. Pero lo que en un periodo reforzó el ciclo alcista de la economía y tiró de la producción, ensanchando el mercado mundial, en un momento determinado se convirtió en la fuente de contradicciones poderosas: el crédito barato generó una espectacular burbuja bursátil e inmobiliaria que atrajo miles de millones de euros acumulados en los años anteriores (finales de los noventa). Debido a la desregulación masiva del sector financiero, al incremento espectacular de la actividad bursátil y la especulación inmobiliaria, se obtuvieron plusvalías excepcionales sin la necesidad de pasar por la inversión productiva. El crédito masivo también creó las condiciones para un endeudamiento privado y empresarial sin precedentes que se cubría con más deudas. Estas deudas multimillonarias, gracias a la ingeniería financiera, se transformaron en activos financieros que cotizaban al alza frenéticamente, hasta que todo el sistema estalló el verano de 2007 a raíz de los impagos generalizados de las hipotecas subprime en EEUU.

Los grandes capitalistas, monopolios y bancos hicieron negocios multimillonarios en este período. La tasa media de beneficios empresariales en EEUU y Europa pasó de un 12-14% entre 1975-1982, a valores superiores al 20% desde finales de los años noventa hasta mediados de la década de 2000, tasas similares a las obtenidas en la época dorada del capitalismo occidental durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX. La diferencia fundamental con aquellos años prodigiosos del capitalismo norteamericano y europeo es que mientras el grueso de la acumulación capitalista se efectuaba a través de la reinversión de capital en la producción, en estas últimas dos décadas una parte sustancial de los beneficios del capital se han logrado mediante la especulación financiera. La brecha entre la producción real y el capital ficticio en estos años aumentó en proporciones desconocidas (el 90-95% de los movimientos de capital no responden a operaciones comerciales o de inversión, sino a movimientos puramente especulativos) .

Cuando el sistema financiero de los EEUU se vio afectado por el retroceso de la economía real y el crecimiento del desempleo, el desplome de los grandes bancos de inversión, comprometidos hasta los tuétanos con la especulación inmobiliaria y bursátil, se precipitó. El sistema financiero mundial se vio amenazado por un colapso generalizado (especialmente tras la caída Lehmann Brothers en septiembre de 2008). Esto tuvo efectos inmediatos provocando que la crisis de sobreproducción latente emergiera a la superficie con virulencia y empeorara aún más la situación insostenible del sistema financiero. Estalló entonces una crisis clásica del sistema capitalista, de sobreproducción de mercancías, bienes y servicios, precisamente en el pico del boom económico. Una crisis que ha vuelto a poner de relieve el carácter reaccionario del Estado nacional y la propiedad privada de los medios de producción, que actúan como una camisa de fuerza sobre las fuerzas productivas.

Los planes gubernamentales para salvar el sistema financiero: sus consecuencias

Los planes de salvamento público orientados al estímulo de la demanda y sobre todo al rescate del sistema financiero - una nacionalización general de las deudas bancarias bajo presupuestos capitalistas- , han supuesto la inyección, en poco más de tres años, de 20 billones de dólares en las economías de EEUU, Japón, China y la UE ¡Prácticamente un tercio del PIB mundial! No obstante, y a pesar de un desembolso de ayudas públicas sin parangón en la historia del capitalismo, incluyendo los periodos de reconstrucción posteriores a las dos guerras mundiales,  la crisis no sólo no ha sido conjurada, sino que nuevos desequilibrios han irrumpido en la escena introduciendo más incertidumbre respecto a las perspectivas para la recuperación. La explosión de deuda pública soberana, la bancarrota de las economías más débiles de Europa, la crisis del euro o el fracaso de la coordinación de la política económica de las grandes potencias mundiales, por citar algunas, han puesto de manifiesto que la utilización del Estado para salvar la economía de mercado ha cosechado resultados limitados, y en muchos casos adversos. Ello prueba la profundidad de la crisis y las enormes dificultades estructurales que encuentra la clase dominante para salir del pantano.

La deuda masiva, pública y privada, que condicionará las perspectivas generales para el próximo periodo se ha intentado contrarrestar por parte de los gobiernos capitalistas, sean abiertamente derechistas o socialdemócratas, con planes salvajes de austeridad que pretenden acabar con cualquier vestigio del llamado Estado del bienestar y anular las conquistas históricas del movimiento obrero. Planes que están actuando como una receta acabada para una explosión de la lucha de clases como no se veía desde la década de los años setenta del siglo pasado, incluso en muchos aspectos semejante a los efectos que se vivieron en los treinta, induciendo paralelamente a la continuidad de la recesión y, por tanto, alejando la posibilidad de una recuperación a corto plazo.

Los informes elaborados por los organismos económicos mundiales (FMI, BM, OCDE) a finales de 2009 afirmaban que lo peor de la crisis había pasado y en 2010 asistiríamos al fin de la recesión global. Durante meses desataron una campaña propagandística tremenda, con los famosos "brotes verdes" como eje. Dicha campaña reveló el pavor a las consecuencias políticas y sociales de la crisis. En aquellos meses pretendían convencer a la población de que se vislumbraba el final del túnel, intentando crear la ilusión de que aceptando más sacrificios, recortes en los gastos sociales, rebajas salariales, mayor precariedad laboral, se crearían las condiciones para un futuro mejor. Pero la propaganda burguesa choco con la realidad de los hechos. Los brotes verdes no se consolidaron, y la burguesía afiló el cuchillo pasando a la ofensiva.

En estos años ha aflorado con toda crudeza una paradoja que ilustra el carácter reaccionario del capitalismo. Si el Estado nacional se ha convertido en un armatoste que obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas y está completamente superado por la realidad del mercado mundial, no es menos cierto que ese mismo Estado nacional es esencial para garantizar los intereses capitalistas en momentos de crisis. La burguesía nacional necesita a su Estado para defenderse de los competidores extranjeros (proteccionismo); necesita al Estado para mantener la solvencia del capital financiero; necesita al Estado para amortiguar las graves consecuencias de los conflictos políticos y sociales que se derivan de la crisis...En palabras de Federico Engels: "...El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una maquinaria esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total...".  La envergadura de la crisis obligó a los gobiernos de las naciones más desarrolladas a adoptar medidas drásticas. Pero a pesar de lo que digan los defensores del neokeynesianismo, los planes de salvamento público han servido, esencialmente, para rescatar al sistema financiero a través de una masiva nacionalización de las perdidas mientras el ciclo recesivo se mantiene. El déficit presupuestario y la deuda se han disparado en todos los países a niveles históricos, en el momento en que los ingresos de los Estados, debido a la recesión, se reducen drásticamente. Y además, por increíble que parezca, este gigantesco trasvase de dinero público ha alentado un nuevo proceso de acumulación capitalista dónde el máximo beneficiario está siendo, como no, el mismo sistema financiero que precipitó la gran recesión. Estos son los magros resultados de las llamadas a "regular el mercado" auspiciadas por Obama, y secundados, con entusiasmo, por los líderes socialdemócratas europeos.

Cuando se habla de crisis de liquidez para explicar lo que está ocurriendo, hay que responder que este tipo de argumentos no tienen nada que ver con la realidad. No es un problema de liquidez de capitales, que por otra parte han sido concedidos a manos llenas a la banca por el conjunto de los estados capitalistas, sino de la incapacidad del mercado mundial por absorber el exceso de mercancías, bienes y servicios, en un contexto de deudas masivas de la población y desempleo galopante. Bajo el capitalismo, la inversión productiva de capital sólo tiene sentido si proporciona ganancias tangibles al capitalista. Cuando la capacidad productiva instalada está funcionando a mínimos históricos en los EEUU, en la UE, en Japón; cuando la demanda interna se reduce dramáticamente a consecuencia del paro masivo, las deudas multimillonarias y los planes de austeridad, y el comercio mundial se contrae ¿Para que invertir en ampliar la producción, en construir nuevas fábricas, en contratar más trabajadores?

La liquidez monetaria, que ha fluido masivamente desde los bancos centrales a la banca privada a través de créditos concedidos a tipos de interés fronterizos al 0%, no se ha orientado a impulsar la producción, ni al consumo de las familias, ha sido utilizada para sanear los números rojos de la gran banca y garantizar su solvencia, permitiendo, al mismo tiempo, que el sector financiero coseche beneficios fabulosos en el mercado de deuda pública y desvíen parte de estos fondos a operaciones especulativas en bolsa y en los mercados de materias primas. La aparición de una nueva burbuja bursátil es una realidad en todo el mundo: el mercado mundial de derivados que movía a mediados de 2007 en torno a 500.000 millones de dólares, en 2009 se acercaba a 600.000 millones; así mismo, los 25 gestores más ricos de fondos de altos riesgos, en pleno pico de la crisis (2009), lograron unas ganancias globales de más de 25.000 millones de dólares, más del doble que el año anterior. La existencia de una gran masa de capital especulativo supone un riesgo latente. La explosión de la especulación bursátil e inmobiliaria en China, o los ataques especulativos contra el euro y la deuda soberana de Gracia, Irlanda, Portugal o España son signos evidentes de esta realidad.

El capital financiero, que domina con puño de hierro la economía de mercado, obligó al conjunto de la sociedad a penetrar en el corralito de las deudas hipotecarias. Sobre la base del endeudamiento masivo, público y privado, los grandes bancos y fondos de inversión se apropiaron de la plusvalía de cientos de millones de personas. Como ahora es imposible continuar con el festín de la misma manera, el capital financiero se beneficia de plusvalías multimillonarias a través de los planes de salvamento público y, por alucinante que parezca, de financiar la gigantesca deuda pública que estos mismos planes de salvamento han generado. La deuda soberana de los 30 países más avanzados del mundo en 2010 alcanzará en promedio el 100% de su PIB. En el caso de EEUU el pago de intereses de la deuda pública supone ya la cuarta partida de su presupuesto anual. Sólo en 2009, los títulos de obligaciones emitidos en Alemania alcanzaron la cifra de 1 billón 692.000 millones de euros. En el conjunto de la UE se emitieron en 2008 más de 650.000 millones de euros en deuda pública; en 2009 fueron más de 900.000 millones y en 2010, según estimaciones conservadoras, será de 1,1 billones. El conjunto de los estados de la UE tiene ya más de 8 billones de euros en deuda pública.

La deuda pública se ha convertido en el gran negocio del momento. Pero ¿de dónde saldrán las multimillonarias retribuciones a la banca privada por la deuda pública? ¿Cómo se obtendrán los recursos necesarios para recortar drásticamente el déficit presupuestario de los Estados? La respuesta es obvia: de la sangre, el sudor y las lágrimas de la clase trabajadora a través de los llamados planes de austeridad.

 La economía norteamericana en el pantano

Muchos "analistas" pronosticaron una rápida salida de la crisis en EEUU. Pensaban que era difícil descender mucho más. No obstante, como demostró la depresión de 1929 la caída puede ser muy grande, y la recuperación lenta y débil, arrastrándose penosamente durante años.

En las dos últimas décadas el consumo fue el pilar fundamental en el que se sustentó el boom económico norteamericano, llegando a aportar más de 2/3 partes del crecimiento del PIB (un 77,3% en 2007). Este fenómeno se apoyó en el crédito indiscriminado. Ahora todo el edificio se ha venido abajo y el consumo interno está completamente deprimido, aplastado por una montaña de deudas imposibles de pagar para millones de familias. La lacra del desempleo desalienta aún más el gasto doméstico. Los datos son elocuentes: entre junio de 2007 y finales de 2008 la pérdida de riqueza de las familias, combinando activos tangibles y activos financieros, rozó el total del PIB estadounidense (14 billones de dólares). Partiendo de estas circunstancias, las formulas que el gobierno Obama ha llevado a cabo para reactivar el consumo interno se han estrellado contra un muro. El paquete de 800.000 millones de dólares de ayudas públicas aprobado a principios de 2009 por la administración demócrata, tuvo una eficacia extremadamente modesta (se calcula que pudo inducir la creación de poco más de medio millón de empleos). Y este es un aspecto importante, pues a pesar de las teorías de los neokeynesianos del tipo Krugman, la inversión estatal sólo puede tener -en el caso de las economías más fuertes- un efecto limitado a la hora de paliar algunas consecuencias negativas de la recesión, o ayudar a estimular el auge cuando las condiciones objetivas para ello existen. Pero la inversión estatal no determina el ciclo económico. Para sortear la recesión y transitar la senda de la recuperación es necesario que la inversión de capital privado se reactive ante la perspectiva clara de un aumento de la demanda.

A la luz de los datos y previsiones, la crisis no ha terminado en EEUU. Todos los sectores están afectados por la sobreproducción: automóvil, construcción, acero, cemento, máquina herramienta, química, comercio...La capacidad productiva de la industria manufacturera está siendo utilizada por debajo del 72%, la tasa más baja desde el establecimiento de la serie estadística en 1948 (un 26% inferior a la media entre 1972-2008), y la inversión empresarial sigue cayendo. La destrucción de empleo no cesará a corto plazo: la recesión ha eliminado 8,2 millones de puestos de trabajo desde diciembre del 2007, alcanzando un 10, 2% de desempleo y la histórica cifra de 15,7 millones de desempleados, la mayor en 26 años. Según estudios del banco Goldman Sachs, la economía de EEUU necesitaría crecer durante los próximos cinco años a una tasa anualizada del 5% para lograr que el empleo volviese a la situación previa a la crisis. Paralelamente, la ofensiva contra los salarios se recrudece, aumentando la desvalorización de la fuerza de trabajo en un contexto favorable para los empresarios dónde el ejército de reserva crece con fuerza. Pero las cosas pueden empeorar. La exposición del sector financiero estadounidense a la crisis inmobiliaria -que continua tras las caída persistente de venta de viviendas de segunda mano en un 20% de promedio a lo largo de 2010-, ha sido subrayado por el Fondo de Garantías de Depósito de los EEUU, que calcula en 552 las entidades financieras que pueden quebrar en los próximos dos años (lo que significaría una pérdida de 250.000 millones de dólares).

La perspectiva de un nuevo descenso a los infiernos para la economía norteamericana no es ningún invento. El corresponsal de El País en EEUU, Sandro Pozzi, lo fundamentaba así en un artículo del pasado 28 de agosto: "El que iba a ser el verano de la esperanza se está convirtiendo en el del miedo a que EEUU tropiece, vuelva a caer en la recesión y se lleve por delante la recuperación en todo el mundo. Ante tanta incertidumbre, el cónclave en Jackson Hole (Wyoming, EEUU) de economistas y banqueros centrales internacionales ha cobrado especial relevancia, con un mensaje de nubes y claros. ‘Esta crisis durará casi 10 años en los países más endeudados -tanto EEUU como España están entre ellos-, y apenas llevamos tres desde que estalló', explicó en una entrevista con este diario Carmen Reinhart, de la Universidad de Maryland (...) En la calle, con 14,6 millones de parados y otros 2,4 millones que ni siquiera buscan empleo en la situación actual, la respuesta parece ser afirmativa. En EEUU hay también 8,5 millones de personas que no tienen más remedio que trabajar a tiempo parcial, lo que se traduce en menos ingresos. Y 40 millones de personas con bajos recursos que acuden a las ayudas públicas para poder comer, a los conocidos food stamps: para todos ellos, la vida es una especie de depresión contenida. Tampoco hay buenas noticias para las empresas, que ven cómo la demanda vuelve a bajar. Ni en el sector de la vivienda, donde las ventas avanzan al menor ritmo en cinco décadas...".

La situación a mediados de 2010 era tan grave que Obama aprobó un nuevo plan de "estímulo" de 50.000 millones de dólares destinados a la inversión en infraestructuras públicas y ayudas fiscales a las empresas. Pero esto era 16 veces menos que su plan de hace año y medio, un plan que fracasó a la hora de sacar a la economía del agujero. Economistas como Krugman exigen más ambición y un plan de estímulo mayor, pero ¿para invertir en qué y de dónde saldrá el dinero? Si se aumenta la inversión pública de algún sitio tienen que salir los recursos. ¿De los impuestos a los ricos? Sería una alternativa... pero Obama, presionado por los malos resultados en las elecciones de noviembre, ha decidido prorrogar las exenciones fiscales a las grandes fortunas que aprobó el gobierno Bush y que vencían en diciembre de 2010. Su argumento es el mismo que el que utiliza su colega Zapatero, que después de amagar con aumentar la fiscalidad a las grandes fortunas ha reculado vergonzosamente aduciendo que eso podría provocar fugas de capitales y empeorar la situación. Así es la lógica implacable del capitalismo, incluso para sus feligreses más piadosos y bienintencionados.

La persistencia de la recesión en los EEUU, el fiasco de los planes de salvamento y estimulo de la administración Obama, el desencanto general entre la población con sus medidas, han dado fuerza al sector dominante del capital estadounidense que exige cambios drásticos en la estrategia para salir de la crisis. Cambios que agudizarán el enfrentamiento del imperialismo norteamericano con sus competidores en la lucha por cada palmo de mercado mundial

 El desplome europeo

Si la situación de EEUU es adversa, el desarrollo de la recesión en el viejo continente ha hecho saltar por los aires todas las creencias en la solidez de la Unión Europea abriendo un agrio debate sobre su futuro. En este mismo número de Marxismo Hoy dedicamos un artículo específico a la crisis de la UE, del euro y de los efectos de los planes de austeridad en la lucha de clases. Pero en cualquier caso es necesario señalar algunos aspectos de los acontecimientos en Europa para entender la dinámica general de la recesión mundial y su poderosa influencia en las perspectivas generales. 

Después del terremoto de mayo de 2010 en el que el hundimiento de la economía griega desató la mayor crisis de credibilidad del euro y puso en tela de juicio los acuerdos políticos de años anteriores, las medidas adoptadas para garantizar la solvencia de los bancos alemanes, franceses y británicos comprometidos por sus inversiones en deuda soberana de los países periféricos, han sido incapaces de frenar la crisis. Al crack de la economía griega ha seguido sin apenas interrupción la bancarrota de las finanzas irlandesas, la amenaza de una nueva bancarrota en Portugal y, lo más importante, la posibilidad de un plan de rescate para la economía española, que convertiría en un juego de niños lo ocurrido anteriormente. El Estado español representa el 10% del PIB comunitario, y un plan de intervención sobrepasaría los fondos de rescate aprobados en mayo -la prensa financiera alemana señala que serían necesarios 500.000 millones de euros para el caso español- requiriendo de acuerdos bilaterales con Alemania, Francia y Gran Bretaña. El semanario Der Spiegel anunciaba en su edición del pasado 28 de noviembre que "si cae España, cae el euro". El mismo pronóstico lo contemplaba el Financial Times Deutchland: "Si una economía tan grande como la española tuviera que recurrir a los bomberos financieros, el futuro del euro estaría en serio peligro". Esta perspectiva, totalmente factible, ha suministrado muchos argumentos a importantes sectores de la burguesía alemana que ven en la bancarrota de las economías más débiles un lastre imposible de soportar y una amenaza a la estabilidad de la economía germana. Y la posibilidad de nuevas bancarrotas está en el orden del día, incluyendo países como Italia y Bélgica, mientras la presión sobre la deuda soberana de Portugal y el Estado español continua intensificándose.

La profundidad de la crisis europea ha puesto de relieve las enormes dificultades para la unificación económica y política del viejo continente, abriendo la caja de pandora para la vuelta del viejo discurso del nacionalismo económico, esgrimido con fuerza por las autoridades alemanas, y que reflejan, en última instancia, que la idea de una Europa unida en bases capitalistas es una quimera reaccionaria. El hecho es evidente: las economías nacionales de Europa alcanzaron un grado de integración muy importante en los años de crecimiento económico, dónde el desarrollo desigual de las mismas podía ser paliado parcialmente gracias a los fondos europeos desembolsados por las potencias más fuertes. En el momento en que la recesión se ha hecho una realidad permanente, estas contradicciones latentes han aflorado con fuerza, alimentando las tendencias centrifugas tendentes a disolver los acuerdos de integración. Nadie quiere salvar a su vecino a costa de empeorar las cosas en casa.

La jerga oficial habla ya de una Europa a dos velocidades, en todo, y lo peor es que a pesar de poner en marcha planes de ajuste y austeridad de caballo en la mayoría de las naciones, las posibilidades de que arranque la recuperación son cada vez más inciertas. Como ocurre en EEUU, las tasas de desempleo en la UE están en cotas históricas: según las cifras de Eurostat, la zona euro acabará el 2010 en el 10%, un máximo de los últimos 12 años, con más 16 millones de personas en paro en la eurozona. La economía francesa está en encefalograma plano como la italiana, la inglesa sigue descendiendo, y la alemana, que es una clara excepción y que puede acabar el año con una tasa de crecimiento que doble la medida europea, es pasto de desequilibrios y zonas oscuras que puede arrastrar al conjunto de Europa, empezando por la situación nada fiable que atraviesa su sistema bancario.

El crecimiento alemán se ha basado en su músculo exportador, que se ha beneficiado durante meses de la debilidad del euro, de la caída de los salarios, de la precariedad creciente del mundo laboral alemán y, una razón de mucho peso, de la pujanza de la economía china y los planes de inversión estatal de su gobierno, que ha aumentado significativamente las importaciones de maquinaria y tecnología alemana. Una dinámica que está condicionada por factores adversos, tal como señalaba el corresponsal del diario catalán La Vanguardia: "El nivel de dependencia exterior de Alemania es la clave de su éxito y también su talón de Aquiles. Su cuota de exportación supera el 40% en sectores como el del automóvil y la máquina herramienta, y el 50% o 60% en la industria electrónica o farmacéutica. Alemania depende como pocos de la coyuntura internacional, algo que se parece a unas arenas movedizas, porque el panorama general está dominado por la incertidumbre...".  El crecimiento de las exportaciones alemanas, que ya representan el 50% de su PIB, tienen consecuencias muy importantes: alienta las tensiones con sus supuestos socios europeos y, sobre todo, agudiza el enfrentamiento con los EEUU. En las cumbres del G-20 en Ontario y Seúl los norteamericanos han clamado con vehemencia no sólo contra la política exportadora y monetaria de China, también Alemania, y por ende Europa, han sido el centro de sus críticas. De todas maneras, la escalada de descalificaciones y ataques no va en una sola dirección: el gobierno alemán, tanto su Ministro de finanzas como la Presidenta Angela Merckel, han arremetido con dureza contra las medidas de la administración Obama, especialmente contra su decisión de devaluar el dólar a través de la emisión de más de 600.000 millones de dólares por parte de la Reserva Federal (FED) para comprar bonos del tesoro, asunto del que nos ocuparemos más adelante.

El otro punto débil de la economía europea sigue localizado en el sector financiero. Hace unos meses que se hicieron los test de estress para evaluar la solvencia de los principales bancos europeos y calmar a los "mercados". Los bancos españoles salieron aparentemente airosos, a pesar de que llevan años incorporando a sus balances, como si fueran activos, todo el pasivo de la crisis inmobiliaria, con préstamos concedidos al sector por valor de 600.000 millones, y una morosidad que supera los 100.000 millones de euros. Pero lo más irónico es que el mismo resultado positivo obtuvieron los bancos irlandeses que meses después entraron en quiebra y precipitaron la declaración de rescate por parte del gobierno y la puesta en marcha de un plan salvaje de recortes del gasto público, despido de miles de empleados públicos y reducción de las pensiones, entre otras medidas..  La situación es tan grave que incluso China ha tenido que llegar en auxilio de la maltrecha economía europea buscando también su propio respiro: desde 2006 la Unión Europea es el principal destinatario de las exportaciones chinas y viceversa. Por este motivo, el gobierno chino ha intentado tranquilizar a los especuladores internacionales declarado que apoyan los planes de austeridad europeos y que no reducirán su participación en bonos soberanos europeos. Pero a pesar de todo la economía europea se encuentra en un callejón.

Los planes de austeridad aprobados en Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Italia, Portugal, Grecia, Alemania, en el Estado Español, que buscan garantizar la cuenta de resultados de los grandes bancos, los grandes fondos de inversión y las grandes empresas, los denominados eufemísticamente "mercados" en la jerga oficial, no van a sacar la economía de la UE del hoyo en el que se encuentra, pero si van a desencadenar una rebelión social en todo el continente, rebelión que ya ha escrito sus primeros capítulos con las grandes movilizaciones de masas, huelgas generales, movilizaciones estudiantiles que se han sucedido país tras país. La posibilidad de que este panorama remita y se vuelva al anterior equilibrio capitalista es muy improbable. El capitalismo europeo ha entrado en una nueva coyuntura histórica preparando las condiciones para una guerra de clases prolongada.

 El capitalismo chino frente a la recesión mundial

El desarrollo explosivo de las fuerzas productivas en China ha convertido a este país en protagonista indiscutible de la escena mundial. Todos los factores que juegan un papel decisivo para dificultar o ayudar a la estabilidad del capitalismo -crisis de sobreproducción, relaciones entre las potencias, guerra de divisas- están influenciados por el gigante asiático. El estallido de la recesión en el verano de 2007 ha supuesto un importante jalón en la historia del peculiar capitalismo chino, que arroja luz sobre la solidez de sus cimientos y sus perspectivas.

A diferencia de sus homólogos americanos y europeos, los dirigentes chinos consiguieron sortear lo peor de la recesión mundial: el PIB chino creció en 2009 un 8,7% y superó el 10% en 2010. Las enormes reservas acumuladas gracias a décadas de un robusto crecimiento -entre 1980 y 2005 el PIB chino creció alrededor de un 9% de media, alcanzando en 2007 un espectacular 13%- permitieron al régimen responder al cambio de ciclo en la economía mundial con un generoso plan de estímulo, aprobado en 2008, de 580.000 millones de dólares, equivalente a más del 12% del PIB del país. La abundancia de capitales no ha sido la única ventaja con la que han contado el gobierno chino. También han podido disponer de un poderoso instrumento para aplicar sus plan anticrisis: una economía férreamente centralizada -nos referimos tanto a la gran industria como a los recursos naturales y la banca- controlada con mano firme por el Estado, y el hecho de que los planes de estimulo se dirigieran en buena medida a la inversión productiva. Pero a pesar de las apariencias positivas, las contradicciones del capitalismo de Estado chino son muchas, y la mayor de ellas sigue siendo que su economía depende esencialmente del mercado mundial y de su capacidad exportadora.

Mientras en occidente el grueso de los planes estatales ha sido destinado al rescate de la banca privada, en China se han orientado fundamentalmente a inversiones en infraestructuras -la inversión en este sector se incrementó un 73% en los dos primeros años de la crisis-, consiguiendo una recuperación de la producción industrial, determinada en buena parte por esta inyección de dinero público.  Por otro lado, con el objetivo de estimular el consumo, el gobierno aumentó el dinero en circulación a través del crédito, hasta el punto que en el primer semestre de 2009 se superó en un 50% el volumen total de créditos de 2008. Buena prueba de la importancia adquirida del recurso al crédito, fue que el mero anuncio de una restricción crediticia el 20 de enero de 2010 provocó una caída generalizada de las bolsas.

Sin embargo, esta recuperación no debería ocultar que la recesión mundial ha hecho aflorar las debilidades estructurales de la economía china, muy dependiente del mercado mundial. Según datos gubernamentales, la crisis destruyó más de 20 millones de puestos de trabajo aunque para la Academia de Ciencias Sociales del país fueron 40 millones, es decir, una cifra equivalente al 40% del desempleo mundial provocado durante el primer año y medio de crisis. El retroceso de la actividad económica en 2008 y 2009 fue consecuencia de una caída en el crecimiento ininterrumpido de sus exportaciones. El potencial exportador de China, clave de su meteórico avance, se vio gravemente afectado por la contracción de la demanda mundial, especialmente del mercado doméstico estadounidense y europeo. Tras alcanzar, entre 2000 y 2007, un superávit comercial de más del 20%, en 2009 hubo una caída del comercio exterior del 13,9% respecto al año anterior. Por el momento, la demanda estadounidense y europea no da síntomas de recuperación lo que sumado a las medidas proteccionistas de las potencias occidentales, supone una espada de Damocles que amenaza a la llamada fábrica del mundo.

No podemos perder de vista que establecer comparaciones mecánicas entre el gigante asiático y otras grandes economías puede inducir a error. La economía china necesita crecer anualmente entre un 8% y 9% del PIB para absorber alrededor de 10 millones de nuevos trabajadores que se incorporan todos los años al mercado laboral. Un crecimiento que para otras potencias, como EEUU o Alemania, representaría un enorme avance, en China simplemente impide el aumento del desempleo. De ahí, la comparación del crecimiento chino con la estabilidad de una bicicleta. Un vehículo de tres o cuatro ruedas puede ir a baja velocidad e incluso permanecer detenido sin venirse abajo, una bicicleta precisa alcanzar una determinada velocidad para mantenerse estable y evitar su caída.

La recesión mundial ha dejado al descubierto el talón de Aquiles de la economía china: la debilidad de su consumo interno y su extraordinaria dependencia de las exportaciones. Desde un punto de vista teórico, no es un problema irresoluble. Podría superarse consiguiendo que las mercancías que no absorbe el mercado mundial sean consumidas dentro del mercado doméstico chino. Pero semejante transformación se enfrenta con enormes dificultades, puesto que entra en abierta contradicción con las bases sobre las que se ha desarrollado el capitalismo chino las últimas décadas. En primer lugar, el carácter exportador de la economía china no ha hecho sino aumentar exponencialmente en el último período. Entre 2001 y 2007, China elevó del 20 al 36% el peso de los intercambios comerciales en su PIB. El consumo doméstico, que representaba un 49% del PIB en 1990 disminuyó al 35% en 2008. En dólares constantes, el PIB chino en 2007 es muy superior al de 1990 y, por tanto, el mercado interno se ha ensanchado. Pero, aún así, el consumo interno sigue muy por detrás de las exportaciones en lo que a riqueza generada se refiere, contrastando con el 70% del PIB que representa en países como EEUU.

Las masas chinas sólo podrán consumir más si disponen de mayor poder adquisitivo. No obstante, el factor más importante a la hora de explicar porqué las manufacturas chinas han sido tan competitivas en el mercado mundial son los bajos costes laborales. Salarios bajos a cambio de jornadas de trabajo inhumanas, combinados con la ausencia de derechos sindicales. Es más, aunque entre 2000 y 2006 el PIB per cápita chino se duplicó, pasando aproximadamente de 1.000 dólares a 2.000, sigue muy lejos de los registros que se dan en las principales potencias: en EEUU el PIB per capita multiplica por 22 el de China (en 2006 era de 44.000 dólares).  Incluso existe la posibilidad de que China vea reducida su competitividad como consecuencia del encarecimiento relativo de su mano de obra, como está ocurriendo por la explosión de huelgas y conflictos laborales que recorren el país, y por el aumento del desempleo a escala mundial que provoca un abundante excedente de fuerza de trabajo en las naciones con las que compite y que, como cualquier otra mercancía, se ve sometida a un proceso de depreciación.

¿Podrá China convertirse en la locomotora de la economía mundial?

Aunque las grasas acumuladas por el capitalismo chino son abundantes y permiten al régimen un mayor margen de maniobra, no debemos olvidar que en una parte decisiva provienen del superávit comercial. Los intercambios comerciales del dragón rojo con el resto del mundo han estado sometidos a constantes vaivenes desde el inicio de la recesión y siguen sin estabilizarse. Tras un crecimiento anual de más del 20% entre 2000 y 2007, en agosto de 2009 se registró una caída del superávit comercial del 45% respecto al mismo mes de 2008.  Posteriormente hubo una fase de recuperación que volvió a sufrir un nuevo bache en marzo de 2010- en el primer trimestre de ese año se alcanzaron 10.700 millones de euros de superávit pero supusieron un 70% menos que en el mismo período de 2009-. La balanza comercial del capitalismo chino no ha sido capaz de recuperar, al menos hasta el momento, la forma de una clara curva ascendente como en el período de boom. No es de extrañar, pues el grueso del crecimiento económico chino se produjo en un período de auge de los intercambios comerciales, que entre 1970 y 2002 se multiplicaron por veinte. El panorama actual del comercio mundial es totalmente distinto, a lo que hay que sumar las tendencias proteccionistas. Si éstas se intensificasen podrían dar al trates con la expectativas de recuperación estable de la economía china.

Sobre estas bases podemos empezar a responder a la  pregunta de si China puede sustituir el papel del capitalismo estadounidense en la economía mundial. Desde nuestro punto de vista, es un error pensar que la hegemonía de EEUU está amenazada a corto plazo. Su poderío todavía es muy superior al chino y su participación en el PIB mundial prácticamente multiplica por seis a la de China. La economía estadounidense absorbía, justo antes del estallido de la crisis, mercancías por valor de 9,7 billones de dólares, mientras China, con una población que multiplica por cuatro la estadounidense, lo hacía por valor de 1,7 billones. En estas condiciones, China no puede sustituir a los EEUU ni a la UE como motor decisivo de la economía mundial.

La fortaleza de las finanzas chinas ha sido un argumento manejado por algunos economistas para subrayar su liderazgo en la futura recuperación. China posee las mayores reservas mundiales de divisas: 2,7 billones de dólares, tres cuartas partes de ellos invertidos en activos denominados en dólares y casi un billón  directamente en deuda pública norteamericana. Sin embargo, la actual situación del dólar expone a China a serias dificultades. A pesar de las amenazadoras declaraciones por parte de las autoridades chinas exigiendo limitar la hegemonía de la divisa estadounidense, lo cierto es que el debilitamiento del dólar supone una desvalorización de su propia riqueza en divisas. Sin olvidar que una depresión mayor en EEUU afectaría decisivamente el potencial exportador chino. Esta es la razón de que Hillary Clinton, número dos de la Administración Obama, se preguntaba a finales de marzo de 2009: "¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?", en clara referencia a la dependencia de la financiación china de la deuda estadounidense. Este "equilibrio del terror" financiero entre China y EEUU se mantendrá: aunque ambos son competidores en el mercado mundial, se necesitan, por lo menos en el corto plazo. La dependencia mutua entre ambas economías es una confirmación práctica de la ley dialéctica sobre la unidad y lucha de contrarios.

Por otra parte, al calor de los planes de estímulo estatales, se ha abierto un nuevo debate en el que algunas voces comienzan a hablar de una vuelta atrás en la restauración capitalista en China. No compartimos dicha afirmación. La intervención estatal china, con todas sus particularidades, no difiere, en su naturaleza de clase, de la desarrollada por los estados capitalistas europeos o norteamericanos. La cuestión clave es que la clase dominante está utilizando los recursos estatales para salvaguardar las bases capitalistas del sistema, intentando evitar un colapso de consecuencias sociales y políticas incalculables. La historia del capitalismo conoce enérgicas intervenciones estatales. Las experiencias del capitalismo europeo y japonés tras la Segunda Guerra Mundial, en Corea del Sur o Brasil en los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, son aleccionadoras. En China, la empresas estatales y la banca pública, son instrumentos utilizados en beneficio de la nueva clase de capitalistas -muchos de ellos con carné del PCCh- que se lucran explotando a millones de trabajadores, privatizando empresas públicas, estableciendo acuerdos con las multinacionales imperialistas y participando en el mercado mundial, una vez liquidado el monopolio estatal del comercio exterior. Gracias a las filtraciones de wikileaks hemos conocido como el antiguo primer ministro Li Peng y su familia controlan el sector eléctrico; el miembro del Comité Permanente del Politburó, Zhou Yongkang, y sus socios dominan el petrolero; la familia de Chen Yun, antiguo líder comunista de la época de Mao, el sector bancario; Jia Quinglin, presidente de la Conferencia Consultiva Política del Parlamento, controla el sector inmobiliario en Pekín; el yerno de Hu Jintao dirige la página web sina.com, una de las más importantes, y la esposa del primer ministro, Wen Jiabao, el de las piedras preciosas.

Los aprietos económicos de 2008 obligaron al capitalismo chino a recurrir a un tipo de recetas que, junto a los positivos resultados iniciales que hemos expuesto, ya demostraron sus efectos perniciosos a largo plazo cuando fueron aplicadas por potencias más veteranas. El recurso excesivo al crédito, como respuesta a la crisis de sobreproducción, ha alimentado las tendencias especulativas en China. Un 20% de los 1,39 billones de dólares que los bancos chinos concedieron en nuevos créditos en 2009 -el doble que el año anterior- fueron a parar al sector inmobiliario. De hecho, la burbuja inmobiliaria china no ha dejado de crecer. Según datos oficiales la inversión en bienes inmuebles aumentó un 75% ese mismo año, en el que la  especulación bursátil tampoco fue a la zaga: la bolsa de Shanghai se disparó hasta un 90%. Otro dato enormemente preocupante es el crecimiento de un 5,1% de la inflación en 2010, una media, que como tantos otros valores estadísticos, pretende enmascarar que los alimentos básicos incrementaron sus precios en casi un 11%, ejerciendo una enorme presión sobre las familias trabajadoras. 

Esta situación ha llevado al régimen a imprimir un giro en su política económica a finales del año 2010. Se ha limitado el volumen de dinero en circulación incrementando las reservas de la banca y elevando los tipos de interés. A su vez, para aliviar la presión que puede provocar un estallido de la burbuja inmobiliaria, se ha limitado la compra de viviendas y oficinas tanto a nativos como a extranjeros, así como la concesión de suelo para nuevas construcciones. Pero si la política expansiva ha demostrado ya sus riesgos, un recorte excesivo puede provocar resultados igual de negativos. El sector inmobiliario ha sido uno de los motores del crecimiento en los últimos años, alimentando una parte considerable del crecimiento del PIB, sin olvidar que el arrendamiento de terreno a largo plazo se ha convertido en una fuente de ingresos vital para las administraciones locales -en 2009 obtuvieron ingresos por valor de 150.000 millones de euros por este concepto-, sobre las que pesa una deuda de 900.000 millones de dólares. Por otra parte, los recursos estatales destinados a infraestructuras que permitieron recuperar el aliento del sector productivo tras el primer golpe de la recesión, se han agotado. Es importante destacar, que este plan de estímulo no ha servido para resolver los problemas de sobrecapacidad productiva instalada. La intervención del Estado, que ha garantizado durante un período de tiempo la demanda de la producción de los sectores nacionales más afectados por la crisis, ha aplazado la expresión de este problema en forma de paro y cierres de fábricas. En la actualidad es palpable la incertidumbre creada por las nuevas medidas destinadas a enfriar la economía, que ha impedido hasta el momento la adopción de un nuevo plan de estímulo.

En paralelo a todos estos procesos económicos el proletariado chino ha empezado a estirar sus músculos. Durante 2009, tuvimos un anticipo del carácter que adoptará la lucha de clases en China. En julio, los 30.000 obreros de la fábrica Tonghua Iron & Steel se movilizaron contra la privatización de su empresa. Secuestraron al representante de la empresa, le lincharon e hicieron frente a miles de antidisturbios que intentaron disolver los piquetes de forma violenta. El régimen tuvo que dar marcha atrás. Una lucha similar, que también acabó en victoria, se produjo en agosto en la fábrica Linzhou Steel Corporation. En 2010 trabajadores del sector privado de numerosas empresas se sumaron a la movilización y conquistaron importantes mejoras salariales. Lo más importante es que despertando a la lucha por mejoras económicas, ya hay sectores, como los trabajadores de Honda, que se adentran en un terreno más político, oponiendo al modelo sindical del régimen sindicatos democráticos con elección directa y control sobre sus representantes. El proletariado chino está forjando su conciencia en base a una dura experiencia de explotación y derrotas. La burocracia capitalista que dirige el PCCh, aunque sigue hablando de socialismo y envolviéndose con la bandera roja, ha destruido las conquistas de la revolución. Pese a todos los obstáculos, capitalismo es sinónimo de lucha de clases, y el proceso de toma de conciencia empieza a abrirse camino a través de la bruma de la contrarrevolución capitalista. Probablemente, un proceso generalizado de ascenso de la lucha de clases en China tarde todavía un tiempo y, seguramente, adoptará formas peculiares debido a las características políticas y económicas tan particulares en que se ha gestado el capitalismo chino. En cualquier caso, al calor del crecimiento explosivo del capitalismo en China, la clase llamada a derrocarlo se ha visto enormemente fortalecida.

El imperialismo chino se vuelve más audaz

Todo lo dicho anteriormente no contradice que China pueda seguir fortaleciendo sus posiciones en el ranking mundial, no tanto por su capacidad para solucionar sus propios desequilibrios como por la debilidad creciente de sus competidores. Claro exponente de ello fue la forma en que desplazó a Alemania como primera potencia exportadora del planeta. Realmente, ambas economías sufrieron un retroceso en el volumen total de sus exportaciones, la diferencia fue que la economía germana lo hizo mucho más que la asiática.

China se ha convertido en un serio desafío para las potencias imperialistas occidentales, disputando abiertamente el control de sus fuentes de materias primas y cuotas de mercado tradicionales. Es ya el primer socio comercial de la UE, el segundo de América Latina y el tercero de África. Como ilustra el cuadro, la correlación de fuerzas en el mercado mundial se está transformando por la irrupción del gigante asiático, alimentando las tensiones y conflictos entre las potencias como ha puesto de manifiesto la guerra de devaluaciones competitivas entre las divisas.

Porcentaje de participación en el total de exportaciones mundiales de mercancías

Año/País

1948

1973

2006

EEUU

21.7

12.3

8.8

Alemania

1.4

11.6

9.4

Japón

0.4

6.4

5.5

China

0.9

1.0

8.2

Fuente OMC

En tiempos de boom la audacia de la expansión imperialista china provocó mucha tensión, en un momento en el que el planeta ya estaba repartido -aunque este reparto fuera inestable y cambiante- entre las grandes potencias. La contracción del mercado mundial provocada por la recesión no ha hecho más que alimentar la voracidad del capitalismo chino y prácticamente ninguna de las grandes economías ha dejado de sentirse amenazada por este proceso. Junto a la reactivación de viejos conflictos con Japón -la pugna por la soberanía de las islas Senkaku-, y el desafío que desde hace años representan sus avances en América Latina y África para EEUU y Europa, se están gestando nuevos conflictos: con Rusia en Asia Central - debido a los contratos que empresas chinas han arrebatado a Gazprom en Kazajistán y Uzbekistán-; con Alemania en Europa Oriental -provocado por las inversiones chinas en Polonia, Rumania y Hungría-. Pero es en Asia dónde se localiza actualmente el punto más caliente. El conflicto militar entre las dos Coreas iniciado en noviembre del pasado año, es un nuevo síntoma del grado de tensión al que han llegado las relaciones económicas y militares entre EEUU y China. El capitalismo estadounidense no se conforma con la pequeña Corea del Sur, consciente de que el avance chino necesita un oponente de mayor envergadura, y espera encontrar ese poderoso aliado en India. La clase dominante de este gigantesco país, con 1.000 millones de habitantes y unas tasas de crecimiento comparables a las chinas, parece encantada de aceptar esta invitación a fortalecer la alianza anti-china. No es ninguna casualidad que las hostilidades militares entre las Coreas coincidieran con un viaje de Obama a este país, durante el cual el presidente de EEUU se mostró favorable a la entrada de India en el Consejo de Seguridad de la ONU. Semejante reconocimiento fue agradecido por los anfitriones del presidente de EEUU con el desplazamiento de 36.000 soldados indios a su zona fronteriza con China.

El capitalismo chino se enfrenta a una nueva etapa plagada de contradicciones. Como siempre hemos explicado los marxistas, las perspectivas no son una ciencia matemática. Los factores que determinan una previsión son múltiples y no sólo de carácter económico. Tal es el caso de la lucha de clases, que puede empujar al régimen chino a desarrollar medidas económicas en diferentes sentidos, dependiendo de la presión social a que esté sometido. De lo que no cabe duda es que la actual recesión ha puesto en marcha una lucha de alcance histórico por el mercado mundial en la que China jugará un papel decisivo.

 Proteccionismo y devaluaciones competitivas: la lucha por el mercado mundial se recrudece

El pesimismo económico ha encontrado otro punto de anclaje en la situación que atraviesa la economía japonesa. Sumergida en una deflación que no termina, con la mayor tasa de paro desde el final de la Segunda Guerra Mundial (en torno al 5%), con un yen más fuerte que nunca y que afecta muy negativamente a sus exportaciones, el gobierno japonés ha intentado insuflar vida en el organismo económico a través de constantes inyecciones de ayudas públicas. Aunque sigue siendo la segunda economía del mundo y cuenta con uno de los mayores patrimonios financieros y la industria más automatizada (con un altísimo valor añadido), Japón sigue sin levantar cabeza. Oficialmente salió de una acusada recesión en el segundo trimestre de 2009, pero su crecimiento sigue siendo muy modesto. Estos resultados, decepcionantes como en el resto de países avanzados, se han alcanzado gracias a planes de estímulo público que rozaron en dos años el 4% del PIB. Lejos de retirar este estímulo estatal, la burguesía japonesa se vio obligada a aprobar un nuevo plan de cerca de 55.000 millones de euros en el año 2010. Pero hasta ahora las medidas gubernamentales no han servido para reactivar la actividad, la deuda pública se acerca al 200% del PIB mientras la polarización social y las desigualdades se incrementan: miles de jóvenes que pernoctan en los cibercafés porque no pueden permitirse pagar un alquiler o los ancianos obligados a sobrevivir con pensiones míseras inflan cada vez más las filas de los pobres de Japón.

La profundidad y virulencia de la recesión no sólo está destruyendo las anteriores certezas, también ha arruinado los discursos con que intentaron tranquilizar a la opinión pública en los primeros momentos. No hace mucho tiempo los gobiernos de todo el mundo se llenaban la boca de solemnes declaraciones afirmando haber tomado nota de las causas de la crisis para no repetir errores anteriores. Ese fue el mensaje de la administración Obama en cuantas cumbres económicas se han celebrado en estos tres años. Y sin embargo, para desgracia de Obama y de sus mentores, los viejos fantasmas del crack de 1929 han hecho su aparición para recordar que los intereses contradictorios de las diferentes burguesías nacionales pueden empujar a la economía mundial a una depresión aún mayor. Primero fue el fracaso de la cumbre del G-20 a finales del mes de junio de 2010 en Ontario, y aquel retroceso, que abrió las puertas a las salidas nacionales frente a una recesión desbocada, se ha ratificado en la cumbre de Seúl del pasado mes de noviembre.

La prensa burguesa ha intentado presentar el enfrentamiento del imperialismo estadounidense contra China y la UE como un debate doctrinal entre los partidarios de mantener los estímulos fiscales y aquellos que defienden las medidas de ajustes y austeridad para frenar el crecimiento de la deuda pública y atajar el déficit presupuestario. Pero esta explicación oculta, como no podía ser de otra forma, las auténticas causas que alimentan la disputa. Decir que Obama es un defensor de la inversión pública, en sentido coloquial para entendernos, es lisa y llanamente mentira, tal como los hechos se están encargando de demostrar. La administración demócrata ha aprobado planes de ayuda estatales por valor de varios billones de dólares que han sido destinados, en su mayor parte, a salvar al sistema financiero estadounidense, sostener a los grandes monopolios de la automoción (gracias a las subvenciones a fondo perdido otorgadas generosamente por Obama, por ejemplo a General Motors), subsidiar la venta de casas, y continuar con los gastos multimillonarios en materia de seguridad interior y en las intervenciones militares en curso (las guerras de Iraq y Afganistán). Pero las inversiones productivas, en infraestructuras, en obra pública, en sanidad, en educación, para crear empleo y estimular el consumo, han brillado por su ausencia. Más bien habría que señalar que los ataques a los gastos sociales, a las pensiones, a los empleados públicos (en las administraciones de los estados y en los ayuntamientos se han destruido 69.000 y 247.000 puestos de trabajo respectivamente desde agosto de 2008), a la sanidad y la educación, también se suceden a buen ritmo en los EEUU. Las ventajas fiscales para los ricos y los beneficios estratosféricos que los grandes bancos están obteniendo, son parte del panorama económico estadounidense igual que en Europa o Japón. 

En realidad, la causa del enfrentamiento entre los EEUU y la UE, también del enfrentamiento con China, no es otro que la lucha brutal por el mercado mundial. EEUU, que atraviesa una fase depresiva en su consumo, no puede convertirse en el destinatario de las mercancías baratas de todo el mundo y hundir aún más sus industrias manufactureras. Esto va directamente en contra de los beneficios del capital norteamericano. Al contrario, la burguesía estadounidense necesita resituarse en el mercado mundial, incrementar el volumen de sus exportaciones para salir de una crisis que se prolonga y vender mucho más en el exterior. En la capital de Corea del Sur, el imperialismo norteamericano ha dejado claro que está dispuesto a pelear con fuerza contra sus competidores y no dejarse arrebatar el liderazgo mundial, independientemente de las consecuencias que sus decisiones, y las de sus adversarios, provoquen.

Es importante señalar que la reunión de Seúl estuvo precedida por dos acontecimientos de enorme significado. Primero, la derrota de Obama en las elecciones legislativas parciales de noviembre. El triunfo de los republicanos, gracias a un aumento tremendo de la abstención en las ciudades, ha dado aún más confianza al sector decisivo del capital estadounidense que quiere respuestas contundentes. Los grandes monopolios y transnacionales estadounidenses, han dicho que es hora de pasar a la ofensiva en el terreno de la economía mundial. Y este es el segundo acontecimiento significativo: el gran capital estadounidense que mostró abiertamente sus intenciones durante la crisis del euro en mayo de 2010 y en la cumbre del G-20 en Ontario un mes después, han dado un puñetazo en la mesa buscando fortalecer su posición en el mercado mundial a costa de sus competidores. Es el capital estadounidense el que ha impuesto, con el beneplácito de Obama, la mayor devaluación competitiva del dólar de los últimos cuarenta años, horas antes de la cumbre del G-20 en Seúl, mediante una gigantesca operación de impresión de dólares, denominada en la propaganda oficial con el término eufemístico de "expansión cuantitativa". Con esta decisión, el gobierno de EEUU pondrá en circulación 650.000 millones de dólares para comprar bonos del tesoro e impulsar, este es uno de los fines de la operación, la exportación de las manufacturas norteamericanas a los mercados mundiales, intentando recuperar su predominio en el mercado doméstico.

Los imperialistas norteamericanos han puesto punto final a la época de las palabras y las buenas intenciones. Hay una guerra económica para salir de la crisis y quieren ganarla. Obviamente en la base esta estrategia se encuentra la profundidad de la crisis económica en los EEUU y la certeza de que las medidas adoptadas hasta el momento no permiten salir del atolladero. Además de los datos que hemos señalado anteriormente, con un déficit presupuestario y una deuda soberana en niveles históricos (11,1% del PIB y 65,8% del PIB respectivamente), la situación es realmente alarmante si consideramos que las necesidades de financiación de EEUU requieren de 350.000 millones de dólares al año y que la compra de bonos del tesoro por parte de los inversores extranjeros está disminuyendo acusadamente. China, que en 2007 adquirió el 47% de las nuevas emisiones de bonos norteamericanos a diez años, las redujo en 2008 a la mitad, en torno al 20%, cifra que en 2009 tan sólo representó un 5% del total de bonos emitidos. Las debilidades del capitalismo norteamericano, que se refuerzan por la precaria situación de un sistema financiero que puede sufrir nuevas recaídas, están detrás de esta orientación hostil contra sus competidores.

El escenario dibujado en la cumbre del G-20 en Seúl no deja lugar a dudas. Las lecciones del pasado no han sido asimiladas, y no pueden serlo por una razón evidente: el capitalismo es un sistema anárquico, no puede ser planificado ni regulado. El motor que lo hace funcionar no es la satisfacción de las necesidades sociales de la mayoría, sino el beneficio de las grandes empresas y bancos que determinan la política de los gobiernos y deciden sobre la vida de miles de millones. Esta clase de plutócratas, los famosos "mercados", no tienen más solidaridad entre ellos que la de sus cuentas de resultados y, frente a esta crisis de sobreproducción, estos monopolios, que en una economía mundializada siguen manteniendo su base nacional, luchan con uñas y dientes por mantener sus beneficios a costa del vecino, desalojándolos de sus mercados y posiciones estratégicas. Es la misma contradicción que Marx señaló hace 150 años: las fuerzas productivas que han dejado de tener una base nacional para adquirir un carácter mundial, chocan contra la camisa de fuerza de la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional.

¿Recaída en la recesión?

Las perspectivas para la recuperación son inciertas y están muy condicionadas por las enormes contradicciones que enfrentan a unas potencias contra otras. Las reuniones del G-20 no han servido más que para evidenciar el fiasco en el empeño de coordinar las políticas económicas. Todos los problemas estructurales derivados del anterior periodo de boom económico, y acentuados calamitosamente en esta fase de recesión, han abierto las puertas a una nueva configuración del capitalismo mundial, en el que la lucha por la supervivencia y la primacía tendrá efectos en todos los planos: en la lucha de clases por supuesto, pero también en las relaciones internacionales donde la pugna entre las diferentes potencias imperialistas se expresará también en el frente militar de una forma más acusada.

En la gran depresión de 1929, uno de los factores que recrudeció la espiral destructiva fue que las grandes potencias económicas acometieron medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas de sus monedas. Un escenario que se está repitiendo milimétricamente a pesar de todos los deseos en contra, confirmando la incapacidad de resolver esta crisis de sobreproducción con recetas capitalistas. Según informes de la Organización Mundial del Comercio (OMC) las medidas proteccionistas no sólo se circunscriben a la devaluación competitiva de las divisas, se extienden con la aplicación de leyes para proteger distintos sectores económicos en diferentes países: subidas de aranceles, endurecimiento de normas de importación, subsidios públicos a sectores productivos como el automóvil, acero o calzado, iniciativas legislativas para obstaculizar el comercio internacional.

A las medidas proteccionistas y la guerra de devaluaciones competitivas hay que sumar que la caída de los ingresos fiscales del Estado y la depresión de la demanda interna, que será el resultado inevitable de la aplicación de los planes de austeridad, no hacen más próxima la recuperación de la economía. Por otra parte, el saneamiento de los bancos mundiales todavía no ha terminado. El FMI estima en 3,5 billones de dólares las pérdidas seguras de la banca mundial hasta finales de 2010; pero la cantidad puede ser muy superior y seguir lastrando la recuperación. Tomados en conjunto todos los factores mencionados, se pone de relieve el carácter extraordinario de la recesión económica. Según algunos estudiosos de la historia económica, la producción industrial, los mercados bursátiles y el comercio mundial cayeron en este último año y medio con más fuerza que en los inicios de la Gran Depresión. Hay que retroceder a la Segunda Guerra Mundial para encontrar una caída del PIB de los países industrializados tan importante. Exactamente igual se puede decir del desempleo, aunque en este caso las referencias hay que tomarlas directamente de la depresión de los años treinta: las economías de la OCDE (las 30 naciones más industrializadas), superarán los 60 millones de desempleados, casi el doble que al inicio de la crisis. Los datos son impresionantes, pero igual de significativo es la sincronización y simultaneidad de la recesión en todas las economías del planeta (algo que tardó en 1929). Este hecho ratifica lo que los marxistas hemos explicado en los últimos años: el peso aplastante del mercado mundial y la estrecha interrelación de todas las economías, un fenómeno que se reforzó en el periodo de boom y que, como explicamos, tendría consecuencias tremendas cuando la crisis de sobreproducción hiciese su aparición.

Los organismos internacionales hablan de que la producción industrial podría remontar en 2011, pero esto es poco probable, mucho menos cuando en numerosos países aprueban recortes salvajes de la inversión estatal. La clave sigue siendo la inversión de capital privado, que está por los suelos, y el crecimiento de la demanda interna, el consumo privado, que supone la parte decisiva del PIB en los países avanzados. Hay motivos serios para pensar que la recuperación tan cacareada podría sufrir un traspié importante y que la fase recesiva se prolongará, incluso podría empeorar. En cualquier caso una cosa es clara, las tasas de crecimiento de años precedentes está completamente descartada.

Un nuevo periodo histórico. Ruptura del equilibrio capitalista

Lo fundamental es entender que hemos entrado en una época diferente de la historia del capitalismo. Un periodo que no comienza con la recesión sino, precisamente, durante la fase de crecimiento económico. En la última década hemos vivido grandes acontecimientos que, tomados en conjunto, marcan un punto de ruptura en la historia mundial. En primer lugar, el desarrollo de la revolución en América Latina, que tiene una significación histórica. Pese a las cifras macroeconómicas de crecimiento, desde finales de los años noventa asistimos a movimientos revolucionarios en América Latina que supusieron un cambio profundo respecto a los ochenta y primeros años noventa, marcados por derrotas: La revolución bolivariana, el movimiento revolucionario de las masas en Bolivia, Ecuador, el Argentinazo, el movimiento contra el fraude en México en 2006, la respuesta al golpe en Honduras...

La influencia de estos procesos en la política mundial es obvia, pero lo más significativo es su duración en el tiempo, lo que demuestra la correlación de fuerzas extraordinariamente favorable para la clase obrera, los límites del imperialismo para abortar estos procesos, y la precariedad política de la burguesía nativa. Por otro lado, esta prolongación también es consecuencia de la ausencia de una dirección marxista con autoridad entre las masas capaz de completar estas revoluciones. Otro elemento de primer orden en este cambio de época es la crisis de poder e influencia del imperialismo norteamericano. Las relaciones mundiales están experimentando cambios muy agudos, determinados por la sacudida de la crisis y la competencia feroz de las potencias imperialistas por los mercados. La escalada del enfrentamiento entre China y EEUU, en el plano económico, político y militar, y entre EEUU y la UE marcarán el próximo periodo. Hay una lucha por el dominio de Asia, África, y de las fuentes esenciales de materias primas estratégicas.

En definitiva, dos décadas después del colapso del estalinismo, el nuevo escenario tiene unas características muy diferentes al periodo anterior. Trotsky señaló una idea que puede ser bastante útil para abordar las características de esta nueva fase de la lucha de clases y de la historia mundial: "Las épocas de enérgico desarrollo capitalista deben poseer formas -en política, en leyes, en filosofía, en poesía- agudamente diferentes de aquellas que corresponden a la época de estancamiento o de declinación económica. Aún más, una transición de una época de esta clase a otra diferente debe producir necesariamente las más grandes convulsiones en las relaciones entre clases y entre Estados (...) No es difícil demostrar que en muchos casos las revoluciones y guerras se esparcen entre la línea de demarcación de dos épocas diferentes de desarrollo económico". 

En la compleja ecuación política que atraviesa el capitalismo mundial, el papel de las masas, su irrupción en escena y su proceso de toma de conciencia (contradictorio, y no lineal), sigue siendo el factor decisivo. Como marxistas rechazamos cualquier esquema basado en una lucha constante y permanente de la clase obrera. Cuando las oportunidades no se aprovechan son inevitables derrotas, repliegues y retiradas. En función del carácter y profundidad de éstas, el retroceso será de un tipo u otro (diversos factores influyen: la política de las direcciones de las organizaciones obreras, la situación económica, etc.). Pero lo primero que debemos señalar es el papel que la clase obrera ha jugado en los últimos años, incluso en el periodo de boom. Zanjar esta cuestión diciendo que la conciencia de las masas en los países capitalistas desarrollados ha retrocedido, como se repite como un lugar común entre los intelectuales izquierdistas, sectarios o ex marxistas, representa una visión unilateral y sesgada. En primer lugar, no es posible obviar las derrotas políticas de los años setenta. Entonces, ligados directamente a la recesión, asistimos a movimientos revolucionarios en Europa occidental (España, Portugal, Grecia), y a un auge tremendo de la lucha de clases en Francia, Gran Bretaña, EEUU.... Los efectos políticos de estas derrotas fueron muy severos. Sus consecuencias se vieron reforzadas posteriormente por el colapso del estalinismo y la restauración capitalista en la URSS, Europa Oriental y China. El boom de los años noventa estuvo directamente relacionado con estas precondiciones políticas.

Generalmente un boom económico restablece las esperanzas en el futuro y, teóricamente, aumenta la confianza en el sistema. Indudablemente, este fenómeno se repitió en buena medida en el anterior periodo de crecimiento. Pero el boom de las dos últimas décadas, en EEUU, Japón, la UE (no digamos otros países) ha quemado parte importante de las grasas acumuladas, atacando la cohesión social y el estado de bienestar. Ciertamente, sectores de la pequeña burguesía se beneficiaron mucho de la especulación inmobiliaria y bursátil; incluso sectores del proletariado trabajando duro y agachando la cabeza, empujados a esa situación por la política de colaboración de clases de las direcciones reformistas, pudieron aumentar sus ingresos y someterse de por vida a los créditos hipotecarios. Pero no fue un boom como otros anteriores de la historia del capitalismo, que desarrollaron grandes ilusiones incluso entre sectores amplios de trabajadores.

Es importante hacer un balance cuidadoso del periodo anterior y no caer en simplificaciones que expresan el punto de vista, no del marxismo, sino de capas desmoralizadas de activistas. La experiencia acumulada por la clase obrera (especialmente la juventud obrera) durante los años de boom es fundamental para entender las perspectivas para el próximo periodo. Las masas han accedido a mercancías a bajo coste, disfrutado de la compra a crédito de coches, televisores de plasma y otros bienes, pero el fermento de crítica al sistema empezó a incubarse durante el boom, con el incremento de la jornada laboral, la precariedad, el enorme endeudamiento de las familias, etc. Estos factores estaban detrás de los movimientos de masas contra la guerra, las sacudidas huelguísticas en Europa, etc. ¿Cuál fue la historia de la última década en los países capitalistas avanzados? ¿Hemos vivido sólo un periodo de reacción y reflujo? Evidentemente el desarrollo no ha sido uniforme (Gran Bretaña lo prueba), pero la mayoría de países vivieron importantes movilizaciones de la clase obrera y la juventud. Esto ha marcado la conciencia de cientos de miles de trabajadores, aunque no se haya traducido inmediatamente en el surgimiento de tendencias reformistas de izquierdas de masas o centristas algo que no debería sorprendernos. Desarrollos de ese tipo son característicos de situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias.

Obviamente hay un retraso de la conciencia respecto a la situación objetiva. Pero el factor decisivo para explicarlo no es la "fortaleza del boom" pasado, sino la política de los dirigentes reformistas, que se ha transformado en un factor objetivamente reaccionario, el más importante de todos. Un factor que no encuentra contrapeso por el momento en las fuerzas del marxismo, que siguen siendo muy débiles, lo que hará que esta situación contradictoria se prolongue -con todo tipo de distorsiones, pasos adelante y atrás- por un periodo bastante amplio.

La teoría marxista excluye la existencia de una crisis final del capitalismo. La dinámica interna del sistema, recorrida por fases periódicas de boom y recesión, fue analizada por Marx en obras como El Capital y Teorías sobre la Plusvalía. También Lenin y Trotsky abordaron este asunto. Cuando tratamos con la dinámica del ciclo económico y la caracterización de una época histórica determinada, el marxismo no sólo considera los factores derivados propiamente del proceso de producción y circulación, toma muy en cuenta todos aquellos aspectos políticos e ideológicos que forman parte de la superestructura de la sociedad y adquieren relevancia en el desarrollo económico e histórico (derrotas huelguísticas y fracaso de movimientos revolucionarios; guerras entre naciones e intervenciones imperialistas; etc.). La relación entre lucha de clases y ciclo económico es estrecha, compleja y dialéctica. Las ecuaciones "boom igual a reacción" o "recesión igual a revolución", simplifican groseramente esta relación. La experiencia de los últimos años es rica al respecto. Hablando de las perspectivas generales, evidentemente hemos entrado de lleno en un periodo extremadamente turbulento de la historia. La actual recesión no es cualquier recesión, sino una profunda crisis de sobreproducción. La curva de desarrollo capitalista ha entrado en una dinámica declinante. Aunque haya fases de recuperación de los índices macroeconómicos (algo que no será homogéneo) la posibilidad de tasas de crecimiento global como en la última década y media es poco probable. Lo fundamental es entender que el capitalismo, tal como se configuró en las décadas posteriores al colapso del estalinismo, ha dejado paso a otra realidad diferente. Ésta se caracterizará por años de estancamiento y débil crecimiento, altas tasas de desempleo y austeridad brutal; y tendrá efectos políticos trascendentales. La lucha de clases entra en una fase de mayor dureza, polarización entre las clases y choques sociales sin precedentes desde los años setenta. La conciencia de la clase trabajadora, a diferentes ritmos, avanzará martilleada por estos acontecimientos.

¡Construir las fuerzas del marxismo!

Los planes de austeridad que han puesto en marcha los gobiernos capitalistas representan una ofensiva sin cuartel contra las conquistas históricas del movimiento obrero. Por ahora, la ofensiva patronal auspiciada por los gobiernos, ya sean de derechas o socialdemócratas, ha tenido éxito. Pero esto ha sido posible, en gran medida, gracias a la política errática de los dirigentes reformistas de los sindicatos obreros, que siguen optando por la línea de la concertación y la colaboración de clases, aunque cada día con más dificultades y presiones para llevarla a la práctica. Pero la recesión también ha tenido otros efectos, y el más importante es que refuerza la pérdida de confianza por parte de millones de trabajadores y jóvenes en este reformismo sin reformas, que ya venía desgastándose en los últimos años.

En una crisis económica de proporciones históricas como la actual, la lucha sindical limitada empresa a empresa es impotente. La batalla por defender las conquistas del movimiento y frenar la sangría del desempleo, se tiene que transformar en una amplia, extensa y contundente lucha política por transformar de raíz la sociedad. Defender condiciones dignas para la vida de millones de familias obreras, entra en contradicción con los fundamentos del sistema capitalista. Por eso cualquier lucha defensiva tiene que adoptar una estrategia anticapitalista y socialista, un enfoque que aumentaría el grado de conciencia y organización de la clase trabajadora y la juventud. Sin esa estrategia no puede extrañar que el miedo a perder el empleo, el chantaje empresarial para imponer recortes salariales o aumentar la jornada laboral, se haya abierto camino temporalmente. Sin embargo, es necesario situar todas las caras de la realidad para hacer un análisis equilibrado y no unilateral.

A pesar de todas estas dificultades existe un fermento de descontento creciente entre capas muy amplias de la clase trabajadora y la juventud, y en algunos países de abierta furia. El proceso de deslegitimación del sistema no está disminuyendo, sino aumentando, y lo hace al calor de una crisis que está poniendo en claro que los sacrificios sólo los soporta una parte de la sociedad mientras los auténticos responsables del actual caos se enriquecen a manos llenas.  Como siempre hemos explicado, la conciencia tiende a reflejar el pasado y va con retraso respecto a los acontecimientos. No se puede tener una visión simplista o mecánica al respecto, la conciencia sufre cambios bruscos y traumáticos. Dado el carácter profundo y probablemente prolongado de la actual crisis, el camino de la lucha de clases, la organización y la movilización es la única alternativa para defender el nivel de vida de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Teniendo en cuenta las particularidades específicas de cada país, que los ritmos no serán homogéneos y habrá retrocesos y repliegues, este es el horizonte para los próximos años.

Lo más destacable es que se ha producido un cambio en el sentido general de la corriente. Este nuevo periodo histórico estará caracterizado por fluctuaciones muy bruscas, cambios abruptos en la economía, la política, las relaciones internacionales. Y aunque la debilidad de las fuerzas del marxismo es un factor decisivo en la ecuación que hará que los procesos se prolonguen, con todo tipo de distorsiones, alzas y repliegues, el cambio de tendencia, la creciente polarización social y política, impulsara la polítización de secciones cada día más amplias de la juventud y el movimiento obrero abriendo grandes posibilidades a las fuerzas del marxismo.

La gran recesión de la economía ha sido el ariete para que el equilibrio capitalista se rompa. En el plano político muchos de los fundamentos que daban credibilidad a la democracia burguesa están en cuestión porque la experiencia de estos años ha desvelado la brutal dictadura del capital financiero que domina el mundo. Por otra parte, la inestabilidad será la constante en el próximo periodo, donde las dificultades de la burguesía y de sus aparatos políticos por mantener cohesionada a su base social van a aumentar. La crisis del gobierno de Sarkozy y del entramado político liderado por Berlusconi son síntomas de lo que está por venir. Pero sobre todo, estamos en los inicios de una era de lucha de clases, muy dura y radicalizada. Es el comienzo, pero vaya comienzo: huelgas generales masivas en Grecia, que no tienen precedentes en la historia del país heleno; el movimiento de los trabajadores y la juventud en Francia, que ha paralizado el país como no se conocía desde mayo de 1968; la mayor huelga general de los últimos treinta años en Portugal; huelga general en el Estado español, y una perspectiva de recrudecimiento de la lucha a pesar de todas las vacilaciones de las direcciones sindicales; movilizaciones de masas en Irlanda, en Italia, en Gran Bretaña en las que la juventud juega un papel de vanguardia anticipando la entrada en escena de los grandes batallones del movimiento obrero. Movimientos revolucionarios del proletariado en Centroamérica, América Latina, en el subcontinente indio; una explosión de la lucha de clases en Túnez, Argelia, El Sahara y Marruecos...

Este auge de la lucha de masas, con sus flujos y reflujos, tendrá efectos demoledores sobre el modelo sindical reformista y de paz social que ha dominado el panorama de los últimos años. El mayor pilar con el que ha contado la burguesía para garantizar sus grandes negocios y la estabilidad de su sistema en los últimos treinta años, esto es, la colaboración de los dirigentes de los sindicatos y los partidos de la izquierda, se agrietará por la presión de la clase obrera. Este panorama de abierta guerra social, tendrá un impacto tremendo en la conciencia de millones de trabajadores, mucho más después de transcurridos tres años de crisis y de certificar que las esperanzas de volver a la situación del pasado aceptando sacrificios, recortes salariales, pérdida de derechos, no ha servido de nada salvo para envalentonar a la burguesía. Un cambio radical en la psicología y la actitud de millones de trabajadores, jóvenes y desempleados se está preparando, en el que el cuestionamiento del capitalismo, de las instituciones de la democracia burguesa, de la política oficial crece día a día con fuerza.

La expresión de este proceso de polarización, radicalización y politización adquirirá formas muy diversas, y en muchos casos distorsionadas, debido a la ausencia de una alternativa marxista de masas. Pero una cosa está clara: el divorcio mayúsculo de la política de los partidos tradicionales de la izquierda y de los sindicatos respecto a las aspiraciones fundamentales de la población, cristalizará en una crisis histórica de la política reformista y los sacudirá de arriba abajo, creando las condiciones para un trabajo exitoso de los marxistas en el seno de las organizaciones de los trabajadores. La tarea de los marxistas revolucionarios y los trabajadores avanzados es comprender la dinámica contradictoria de este proceso y prepararnos para los futuros acontecimientos, ganando posiciones en las organizaciones sindicales y en las empresas, entre la juventud, en las organizaciones políticas tradicionales del proletariado. Pero sobre todo construyendo paso a paso las fuerzas del marxismo. Ligarnos a estas organizaciones, ser reconocidos como parte del movimiento, implica en primer lugar intervenir enérgicamente en la lucha de clases y una labor de educación política de los cuadros, que no depende de las condiciones objetivas, sino de una firme política principista y métodos proletarios basados en las tradiciones del bolchevismo.

En estas grandes luchas defensivas frente a los planes de austeridad, la clase obrera y la juventud sacarán las conclusiones necesarias para avanzar hacia una alternativa acabada frente a la crisis. Una alternativa que no es otra que el programa por la transformación socialista de la sociedad, por la expropiación de la banca y los monopolios bajo el control democrático de los trabajadores, poniendo fin a la dictadura del capital y estableciendo las bases para la auténtica democracia, la democracia obrera. Las ideas del socialismo revolucionario, del marxismo, volverán a convertirse en el programa de millones de oprimidos en todo el mundo. 

¡Únete a la Corriente Marxista Revolucionaria!

¡Por una alternativa marxista a la crisis del capitalismo!

banner libres y combativas

banner revolutionary left

banner sindicato de estudiantes

banner 2032

banner revolucion rusa

Teoria Marxista

enlaceClasicos