Las masas haitianas están protagonizando un levantamiento popular que ha puesto contra las cuerdas al gobierno proimperialista de Michel Martelly. El desencadenante ha sido un nuevo caso de fraude electoral, pero lo que late detrás de este movimiento es la protesta contra unas insoportables condiciones de vida. Hasta tal extremo llega la miseria, que gran parte de la población se ve obligada a comer unas tortas hechas de manteca vegetal, sal y… barro.

Y en medio de la miseria, el pasado octubre se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Las masas, hastiadas de promesas incumplidas, dieron la espalda a estas. Tan sólo participó un 27% de los censados.

Dos candidatos pasaron a la segunda vuelta: el oficialista Jovenal Moise y Jude Célestin que conserva un tímido vínculo con Jean-Bertrand Aristide, el único presidente haitiano querido, ya que adoptó ciertas medidas progresistas, siendo por ello tumbado por EEUU en 2004. Pero en mitad del proceso electoral para la segunda vuelta, Célestin anunció que se retiraba de la contienda denunciando un fraude masivo y dejando como único candidato a Moise, el hombre de Martelly. Las masas haitianas decidieron que ese era el momento de echarse a las calles.

Gracias a su historia, riquísima en episodios revolucionarios, saben que la única forma de trasformar las cosas es interviniendo directa y masivamente en los acontecimientos. No es posible confiar en nada más: ni en las podridas instituciones del país, ni en las élites explotadoras, nativas o extranjeras, ni en los corruptos partidos. Y un enorme movimiento, proveniente de los barrios pobres, fue inundando Puerto Príncipe con cánticos y reivindicaciones, y posteriormente las demás localidades importantes del país.

Primera victoria

Las manifestaciones masivas se sucedieron diariamente, exigiendo la dimisión del presidente Martelly y que se suspendiese la celebración de la segunda vuelta, prevista para el 24 de enero. Y lo que empezó como una protesta contra el fraude se fue convirtiendo en un auténtico estallido contra la corrupción, la miseria y muy especialmente, la ocupación imperialista que sufre el país.

Tras el secuestro del presidente Aristide en 2004 a manos de EEUU, la ONU envió tropas para “democratizar” la isla. Se trató de la misión MINUSTAH, liderada por Brasil y con EEUU en la sombra, que ha dejado tras de sí una terrible estela de asesinatos, violaciones e incluso contagios del cólera.

Cuando las manifestaciones llegaron a las zonas de la élite económica haitiana, Petion-Ville y a la sede del gobierno, la policía y las tropas de la MINUSTAH reprimieron con brutalidad a los manifestantes. Pero el movimiento no se detuvo y el gobierno se tambaleó al tiempo que el Consejo Electoral Provisional, comenzaba a desintegrarse, a raíz de destituciones por corrupción y dimisiones. Y en medio de esta situación llegó la noticia: la segunda vuelta de las elecciones quedaba suspendida. El júbilo se apoderó de las masas.

Riesgo de intervención exterior

El pueblo ha logrado una primera victoria, que le infunde ánimo, pero ahora otros actores están entrando en escena. Martelly, cuyo mandato debía finalizar el 7 de febrero, afirma ahora que está dispuesto a quedarse indefinidamente. Por otro lado, los partidos políticos de la oposición —el “Grupo de los 8”— cuyo protagonismo ha sido muy secundario en la revuelta, maniobran para ponerse a la cabeza del movimiento y exigen un gobierno de transición que cuente con ellos. También la contrarrevolución asoma sus garras: Guy Philippe, un narcotraficante reclamado por EEUU, que fue uno de los protagonistas del golpe contra Aristide ha dicho que está “listos para la guerra” y que sus milicias combatirán a “los anarquistas”.

Por su parte, la Organización de Estados Americanos, que avala la ocupación encubierta de la isla, ha anunciado que enviará una misión de observadores “a petición del presidente”. Y por supuesto, el departamento de Estado de EEUU amenaza: “Como ya ha pasado en otras ocasiones, Estados Unidos observa con gran interés el desarrollo de las elecciones en Haití y espera que las personas responsables de la intimidación, y violencia electoral, rindan cuentas conforme a las leyes haitianas…”.

Las masas haitianas han demostrado su fuerza en las calles. Pero se enfrentan a un enemigo poderoso. Para hacerle frente es necesario convertir ese estallido espontáneo en un movimiento organizado, que gane a más sectores de la población, que conquiste la solidaridad internacional y que luche por expulsar a las tropas imperialistas y por expropiar a las seis familias dueñas del país.


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