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Dentro del capitalismo la mujer trabajadora siempre ha sido presa de una doble explotación: laboral, en primer lugar por las relaciones de producción entre el asalariado y el patrón, en las que el primero vende su fuerza de trabajo obteniendo una remuneración por debajo de la riqueza producida, y en segundo lugar la domestica por la labor no remunerada en el hogar. La vida de la mujer trabajadora en el capitalismo se limita a procurar su existencia para luego seguir laborando, y también en asegurar la producción y reproducción de la mano de obra del hombre, a veces de la familia completa.

La mujer trabajadora adopta entonces un carácter sumamente rentable para el capitalismo por lo que la condena y perpetua su estado de explotación y opresión. La emancipación de la mujer es inherente a la del hombre y la sociedad completa.

Rumbo a la vida laboral el primer reto con el que se encuentra la mujer es encontrar trabajo. Muchas mujeres están en desventaja debido a falta de estudio ya sea por pobreza, por cánones culturales o ambas; por ejemplo, en algunas regiones aun no es socialmente aceptado que las mujeres asistan a la escuela. Sin embargo, la mayor parte que no sale de casa a trabajar si lo hace en su casa pero este trabajo no es considerado como actividad económica. Algunos analistas creen que la suma del tiempo en que la mujer está fuera de labor por maternidad, también juega un papel para estar en desventaja frente a la experiencia y disponibilidad con la que cuenta un hombre, también es el caso de la movilidad, pues por lo general las mujeres tienen más ataduras que le impiden viajar o estar un largo periodo fuera del hogar.

Al final de cuentas las desventajas de la mujer en el ámbito laboral se reducen al rol que les impone la sociedad y que muchas veces no están en condición de elegir. Además de esta carga extra, la mujer, al igual que los hombres, se enfrenta a la competencia que el capitalismo impone como forma de selección, al ser incapaz de ofrecer trabajo para todos. A nivel mundial el número de desempleados en 2008 era de 193 millones, 112 millones eran hombres, y 81 millones eran mujeres; en 10 años de 1998 a 2008 el empleo  de la mujer adulta con respecto a la población total aumento solo 1.2 puntos porcentuales, llegando al 40.4 por ciento de los 3,000 millones de empleados en todo el mundo. La mujer trabajadora sin lugar a dudas juega hoy un papel fundamental en la economía mundial. La mayor parte de las trabajadoras se localizan en la agricultura, seguida por los servicios y solo 18.3 por ciento en la industria, en comparación con el 26.6 por ciento de los hombres. 

A finales del 2008 y debido a la crisis económica el desempleo aumento 4.9 por ciento,  el porcentaje de desempleo masculino llegó a 6.6 por ciento, en las economías desarrolladas y la Unión Europea, y a 6.8 en el caso de las mujeres. Esto significa según la misma OIT, de donde hemos obtenido este dato, que en 2008 se produjo una disminución de la brecha de género en la tasa de desempleo, pero sólo debido a que la situación de los hombres en el mercado de trabajo empeoró más que la de las mujeres.” Sin embargo, en México, en el tercer trimestre de 2009, las mujeres registraron un 6.13 por ciento de desempleo frente a los 5.7 puntos del sector masculino. En el global según datos proporcionados por la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, son 170 mil 840 desempleados a nivel nacional, de los cuales 57.9 por ciento son hombres y 42.1 por ciento son mujeres. La cifra de mujeres parcialmente ocupadas asciende hasta los 16.15 puntos porcentuales, dato que casi dobla al de los hombres.

Pero una vez que una mujer es contratada se enfrenta a una discriminación salarial, las mujeres ganan en promedio un 15 por ciento menos que los hombres por cada hora trabajada (Report on equality between women and men - 2007, Comisión Europea, Dirección General de Empleo, Asuntos Sociales e Igualdad de Oportunidades, febrero de 2007). Según la OIT, en zonas urbanas de Brasil, Chile, El Salvador y México, el salario por hora de las mujeres se situaba en torno al 80 por ciento del de los hombres, en 2008, sin embargo el informe del Foro Económico Mundial afirma que en México la brecha salarial llega al 53 por ciento de menor precepción económica de la mujer con respecto al hombre. En Nuevo León, es de 30 por ciento según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 2008 del INEGI. Pero esta brecha llega hasta un 39 por ciento en Rusia y en Ucrania a un 28 por ciento.  Esta situación no tiene otra justificación más que asegurar mayor rentabilidad al capitalismo.

Durante la Segunda Guerra Mundial se mandaron a mujeres y niños a laborar con una paga menor a la de un hombre, cuestión que se justificaba mediante el argumento de que dicha “fuerza de trabajo empleada era de menor rendimiento físico” que la de un hombre maduro, sin embargo, actualmente muchos trabajos se han modificado por el avance tecnológico e industrial, requiriendo menor esfuerzo físico. Con la ayuda tecnológica las mujeres producen igual que un hombre pero gana menos. Esto puede ser tentador para los contratos y en algunos casos se aplica, pero otro aspecto por lo que se quiere justificar la diferencia salarial es por los gastos que implican las prestaciones referentes a la maternidad, según algunas leyes y convenios como el convenio sobre protección a maternidad creado en octubre de 1919 y sin grandes modificaciones desde entonces, o la ley para la mujer trabajadora, que no se respeta, ni se vigila su cumplimiento. También existe un Convenio sobre igualdad de remuneración que data de 1951, que partía de que a igual trabajo se debía pagar igual salario, sin embargo, esto tampoco se aplica, el mismo caso para el Convenio contra la discriminación en materia de ocupación y empleo de 1958 e incluso la Ley Federal del Trabajo de 1931.

Y es cierto, las prestaciones de maternidad son una inversión especial que los patrones no están dispuestos a dar, como muchas otras que implican a hombres y mujeres.

Por otro lado, al capitalismo le es útil la mujer en casa, es un salario que no pagan y sin embargo  le ayuda a “restablecer” la fuerza de trabajo masculina, mediante las tareas del hogar, así el hombre no tiene que llegar a hacerse de comer, a lavar la ropa, a planchar, etc. Así solo llegará a comer y descansar para recuperar su fuerza para la siguiente jornada es benéfico para el patrón.

De modo que la mujer lucha contra la corriente de las costumbres creadas a partir de esta relación material sin olvidar todas las adiciones ideológicas, culturales, religiosas, etc. que lo respaldan.

En el balance global el capitalismo siempre gana, no tiene necesidad de que la mujer labore. Demagógicamente se pueden decir muchos discursos e incluso se pueden elaborar algunas leyes, en los hechos la mujer no ha visto una mejora en su situación laboral. La mujer trabaja por necesidad, muchos hogares no pueden mantenerse con tan solo un miembro trabajando y requieren salir dos o hasta más. O la situación se complica cuando la mujer es la cabeza de la familia y tiene que hacerse cargo de su manutención sola, por ejemplo en Nuevo León 1 de cada 5 hogares en dicha entidad son comandados por una mujer sola, según la proyección del Censo de Población y Vivienda de 2010. Este número sufrirá un ascenso considerable, debido a dos factores en especial: el aumento en la incidencia de divorcios y la crisis económica.

 

Es una necesidad como clase social que la mujer salga a laborar para la supervivencia, esta misma necesidad creada por el capitalismo la lleva a involucrarse con la vida laboral, y la relación con la producción le da fuerza para luchar como parte de la clase.

Debemos luchar en primer lugar por igualdad de condiciones en la contratación, igual salario a igual trabajo, también debemos exigir las prestaciones de maternidad y condiciones laborales adecuadas y seguras, todas estas demandas van de la mano con la de nuestros compañeros que también nos afectan. Las mujeres trabajadoras históricamente han jugado un papel muy importante en la lucha de clases, fundamentalmente por su doble o hasta triple jornada laboral, sin duda alguna la entrada cada vez mayor de mujeres al mundo laboral y la lucha por estas demandas junto con una mayor igualdad en la participación de las tareas del hogar, es el primer paso para la lucha por su emancipación del sistema capitalista, hombro a hombro con sus compañeros de clase.

 


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