El pasado 18 de diciembre, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM) estableció un aumento del 4.1% al salario mínimo que percibirá el proletariado mexicano a partir del 1° de enero de 2011. De esta manera, el salario mínimo para la zona geográfica A, a la que pertenece el DF y área metropolitana, pasará de 57.46 a 59.80 pesos diarios, es decir, un aumento de 2.34 pesos con respecto al año 2010; la zona geográfica B pasará de tener un salario mínimo de 55.84 a 58.10 pesos, mientras que la zona C pasará de 54.47 a 56.75 pesos por día. Resulta irrisorio para un obrero tal aumento, a pesar de los argumentos en contra de un incremento mayor por parte de la representación patronal y del gobierno (así como de algunos líderes sindicales). Podríamos preguntarnos, ¿por qué si los productos básicos como alimentos, transporte, vivienda, entre otros, han aumentado tanto su precio, el salario apenas aumenta un miserable 4.1%? Según un estudio del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, los salarios mínimos han perdido más del 47% de su poder adquisitivo en lo que va del sexenio de Calderón (La Jornada, 2/12/2010), esto significa que un obrero puede adquirir en 2010 lo equivalente a la mitad de lo que podía comprar con su salario en 2006. Incluso la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha alertado sobre el riesgo de tensiones sociales en el mundo, dados los aumentos salariales que se han reducido a la mitad por los efectos de la crisis económica; en el caso de México, los aumentos de 2007 a 2009 no han significado incrementos en las percepciones de los obreros, sino retrocesos gracias a las cifras de la inflación, que sitúa los incrementos salariales de 2009 en -0.6% (La Jornada, 16/12/2010). Además, el salario mínimo de México mensual es de 136.5 dólares, y se encuentra muy por debajo de países como Colombia, Brasil, Ecuador o Venezuela, donde los salarios son de 252, 286.5, 240 y 247.5 dólares al mes respectivamente. Para conocer más a fondo la situación real de los salarios es necesario tomar en cuenta varios aspectos que trataremos de plantear en el presente artículo.

La canasta básica y la inflación

El Banco de México (Banxico) establece el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), por medio del cual calcula el aumento de los productos necesarios para la subsistencia del obrero; es este índice el que nos permite medir la inflación anual y mensual de la canasta básica, compuesta de sólo algunos de los 315 artículos y servicios medidos por el INPC. Aunque la inflación se mide con la totalidad de bienes y servicios del INPC, es importante destacar que la canasta básica se ha ido reduciendo en sus componentes año con año, y de esta manera, la aparente capacidad del salario para adquirir la totalidad de la canasta básica no responde a un aumento del poder adquisitivo, sino a una disminución de las mercancías a comprar. Además, es de notar que las cifras de inflación se refieren a un promedio de los aumentos de todos los productos, es decir, un promedio general. Si, por ejemplo, tomamos el aumento de la canasta básica en 4.13%, que es la cifra oficial de inflación de 2010 con respecto a 2009, no todas las mercancías sufrieron tal aumento: las frutas y verduras reportan una inflación superior al 11%, al igual que la gasolina; la electricidad reporta un aumento del 4.1%, entre otros. Esto quiere decir que un promedio no nos dice mucho sobre el comportamiento real de los precios, pues si tomamos el claro ejemplo del boleto del metro, este tuvo un aumento del 50%, es decir 1 peso, lo cual neutraliza casi la mitad del aumento del salario mínimo que fue de 2.34 pesos, a pesar de que el promedio de inflación se mantuvo en 4.13% (sin tomar en cuenta la inflación acumulada desde 2000 a la fecha, cuya cifra es superior al 58%, según datos oficiales).

Otro claro ejemplo son los precios de los alimentos como el limón, la tortilla, el jitomate, o el ya permanente aumento del huevo, en donde la inflación de noviembre de 2009 al mismo mes de 2010 ha sido del 2.64% en las carnes y el huevo. Estos dos índices son ya de por sí superiores a los 2.34 pesos que se aprobaron como incremento al salario mínimo; siendo un promedio, podríamos esperar que el resto de mercancías hayan no aumentado, sino disminuido su precio para equilibrar el precio de la canasta básica, sin embargo, sólo el transporte aéreo presenta un índice de inflación de -12.41%, es decir, una reducción de precio, y esta por demás decir que este tipo de servicio es inaccesible a un obrero. El promedio general de la inflación es un dato relativo, que nada nos dice sobre los precios reales, y sobre todo, sobre las dificultades por las que atraviesa un obrero para subsistir, de tal manera que un aumento de salario basado en el porcentaje de la inflación se verá rebasado por el aumento real de las mercancías.

Lo mismo sucede cuando nos situamos en la inflación por ciudades: de noviembre de 2009 a noviembre de 2010 ciudades como Campeche (Camp), Córdoba y Veracruz (Ver), Guadalajara (Jal), Hermosillo y Huatabampo (Son), Villahermosa (Tab), Tehuantepec (Oax) y Mexicali (B.C.) han tenido un índice de inflación superior al 5%, lo que significa que para el proletariado de estas regiones el aumento al salario de 4.1% es una broma de mal gusto.

Una situación similar sucede cuando analizamos la situación de los trabajadores por rama productiva: el capitalismo es incapaz de generar un desarrollo homogéneo de la industria; de hecho la reciente crisis económica es una demostración palpable del freno que representan las relaciones sociales de producción capitalista para el desarrollo de las fuerzas productivas. Los capitales no se invierten por igual en todas las ramas, sino en aquellas más rentables y son en estas ramas donde podríamos encontrar salarios más elevados. Por otro lado, los obreros de las ramas menos rentables, tienen salarios más bajos y su situación sigue empeorando. De esta manera, un aumento general de salarios en el mejor de los casos modestamente mejoraría la situación de algunos obreros, normalmente de aquellos situados en las ramas más rentables, sin embargo para la mayoría de trabajadores el incremento no significará absolutamente nada; sin embargo, a pesar de los discursos triunfales sobre la recuperación económica, la realidad es que la gran parte de la industria sigue en crisis, de tal manera que la gran mayoría de los obreros continúan recibiendo salarios de miseria. Nuevamente, un porcentaje limita por mucho la comprensión de la situación real.

El pánico de los salarios altos

Otro aspecto a tomar en cuenta en torno a la inflación, es el argumento que constantemente retoma el sector empresarial y el Estado, así como algunos líderes de las centrales obreras, como Carlos Aceves del Olmo, miembro de la dirección de la CTM y también presidente de la Comisión del Trabajo del Senado, quien descartó la posibilidad de que en México se concrete un incremento salarial de emergencia, pues “sería un fracaso, debido a que esto propiciaría una escalada de precios, lo que agudizaría la espiral inflacionaria y una mayor pérdida del poder adquisitivo de la clase obrera”; el mismo argumento sostiene José Luis Carazo, representante del sector obrero en la CNSM.

Ya Marx desde 1865 en la conferencia titulada Salario, precio y ganancia (texto al que remitimos al lector) explicaba lo ridículo de este argumento: una subida general de salarios lo que podría provocar a lo sumo es un aumento temporal de mercancías, mismo que sería pasajero, pues los precios se estabilizarían nuevamente; expliquemos esto con más detalle. Con un aumento general de salarios, la clase obrera tendría más acceso a los productos básicos, los que ahora son inaccesibles pero que no dejan de ser indispensables, tales como la carne, el pescado, educación superior, e incluso la recreación cultural; la demanda de estas mercancías aumentaría, de manera que su oferta disminuiría, es decir, sus precios se elevarían, ¿porqué sucede esto? Porque el sector de la burguesía que produce las mercancías más básicas vería disminuida su tasa de ganancia, de manera que se vería obligada a desplazar sus capitales, a invertir en las ramas industriales más rentables, es decir, que de las ganancias de sectores como los productores de carne, pescado, u otras que son ahora accesibles al obrero, tendrían que salir las ganancias de la gran mayoría de la burguesía: el aumento de precios no es consecuencia directa del aumento de los salarios, sino de la pérdida de ganancia de algunos sectores de la burguesía. Pero después de este aumento temporal, los precios se irían regulando nuevamente, pues la sobreproducción obligaría a la burguesía a desplazar nuevamente sus capitales a otras ramas, mismo desplazamiento que se opera en el poder adquisitivo de los consumidores, de manera que los precios generales nuevamente se equilibrarían, no sin dejar una profunda huella en la ganancia general de la clase burguesa, que se ve disminuida constantemente, incapaz de generar un avance general de la industria, se ve limitada a incrementar sólo ciertos sectores de la industria, y que sean sólo estos sectores prósperos los que tengan que mantener el ocio y los lujos de todos los empresarios.

¿Qué es lo que esconde realmente el argumento de que un gran aumento de salarios produciría un elevado índice de inflación? El descenso real de la tasa de ganancia de la burguesía, lo cual no desean ni los empresarios ni el Estado, ni los líderes sindicales que se ponen del lado de la patronal y no de sus representados. Y aun si una subida de salarios provocara un alarmante aumento de la inflación, ¿no surtiría el mismo efecto un súbito aumento de otras mercancías? El salario es el precio de la fuerza de trabajo, y si el precio de esta mercancía aumenta, ¿por qué año con año los servicios otorgados por el estado como agua, predial, tramites, entre otros aumentan lo mismo que la inflación? El argumento de los empresarios es: si aumenta el precio de una mercancía, aumentan los precios del resto de mercancías, pues bien, si hay un índice de inflación tan alto, ¿por qué no hay un aumento de salarios considerable?

Es así que en la actual crisis económica, la política de la burguesía y su Estado es la de cargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores, para evitar el brutal descenso de la tasa de ganancia de los capitalistas, y por ello vemos recortes en los salarios, aumentos de jornadas laborales, recortes a los subsidios y prestaciones sociales, así como ataques a los derechos ganados en las luchas anteriores por los obreros organizados. Un argumento de la CNSM para justificar el raquítico 4.1% de aumento fue el de “preservar la planta productiva, los empleos y evitar presiones inflacionarias adicionales y alentar además la inversión” (La Jornada, 19/12/2010). Ya tratamos el tema de los empleos y la inflación, ¿qué pasa con la inversión? La realidad es que gran parte de la tasa de ganancia no se dedica a la inversión, sino a la sola acumulación; en la actual crisis económica mucho de este dinero y mercancías acumuladas no se convierten en capital pues provocaría mayor sobreproducción que la ya existente. Resulta paradójico que mientras millones de personas mueren de hambre, la ganancia de la burguesía no sólo sea extraordinaria, sino que se vea aumentada por la explotación a la clase trabajadora. Por ello, la única alternativa para mejorar las condiciones de vida de la sociedad es abolir la propiedad privada, la expropiación de los medios de producción y el control obrero de la industria, esta es la consigna que debe acompañar la demanda de mayores salarios.

Las implicaciones políticas

La CNSM es producto de un pacto en el que se reúnen representantes de empresarios, trabajadores y del Estado para fijar el aumento de salarios, y no es más que la vestidura legal de la explotación capitalista que año con año disminuye los ingresos de los obreros. Muchas declaraciones han surgido en torno a la eliminación de la CNSM, tanto del lado de las representaciones obreras como incluso de representantes del Estado, como la bancada del PRI en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, que “propuso que la Comisión de Trabajo y Previsión Social de la Cámara de Diputados tenga la facultad de fijar los salarios mínimos”. Lo cierto es que la CNSM y cualquier otra instancia o procedimiento legal que implique una negociación del salario desenmascara la naturaleza de clase del Estado como un administrador de los negocios de la burguesía, como una herramienta de opresión de la clase trabajadora, y cualquier tipo de negociación, por más democrática y justa que parezca no traerá ningún beneficio a los trabajadores, pues la función del Estado es la de proteger el capital. Esto no implica que renunciemos a las negociaciones salariales que año con año realizan los sindicatos, sino simplemente que, dado el carácter del capitalismo, para resarcir el descenso de la tasa de ganancia de la burguesía esta posee a la disminución de la masas salarial como una de sus herramientas favoritas, ya sea por medio de despidos o recortes francos a los niveles de ingresos de los obreros, de manera tal que en cada negociación los aumentos caerán a cuentagotas y no mejorarán en nada el nivel de vida de la clase trabajadora con una canasta básica que ha sufrido un aumento de 93% tan sólo en lo que va del sexenio del espurio Calderón, mientras el salario ha caído un 82.2% de su valor desde que se estableció la CNSM.

Las negociaciones salariales sólo pueden ir acompañadas de la movilización en las calles, de huelgas en cada fábrica y deben cristalizar en una huelga general del proletariado mexicano, de esta manera, los trabajadores demostraremos quienes somos de verdad los productores de la riqueza, y daremos un paso importante para luchar por una sociedad socialista, única capaz de resolver los problemas de la sociedad.

Los sindicatos y la lucha por los salarios: Es necesaria la lucha política

El ímpetu de lucha no ha faltado en la clase trabajadora, los trabajadores una y otra vez hemos estado dispuestos a salir a las calles, sin embargo, en algunos casos nuestras representaciones sindicales no han estado a la altura de las circunstancias; los casos más lamentables son aquellos donde, como lo expresamos anteriormente, los líderes sindicales se ponen del lado de la patronal y el Estado, y no de nuestros intereses como proletarios; es por ello de vital importancia luchar por la democratización de los sindicatos, que sus representantes sean elegidos por las bases, sin presiones de ningún tipo por parte de las autoridades ni la patronal. Sin embargo, es necesario comprender también la naturaleza de lucha del sindicato, que bajo el capitalismo sólo puede darse por reivindicaciones económicas; el sindicato es una herramienta de vital importancia para la lucha de los trabajadores, pero esta lucha sólo la puede dar en contra de la voracidad de los empresarios en cada fábrica o sector de la industria, y se limita a mejorar las condiciones de salarios de los trabajadores, que en muchas ocasiones sólo puede dar una lucha defensiva. Dado el carácter del Estado burgués, es importante que nuestra lucha no se circunscriba a reivindicaciones económicas, sino que se convierta en una lucha política contra los representantes de la burguesía en el gobierno. Por ello es de vital importancia la organización del proletariado como clase, es decir, el papel del partido como vanguardia de la clase trabajadora. Por eso desde Militante hacemos un llamado a la clase trabajadora, a los sindicatos y otros sectores explotados de la sociedad a dar también la batalla política a través del movimiento de AMLO, y dar la lucha por la recuperación del PRD como un auténtico partido de los trabajadores. La victoria del proletariado sólo puede darse bajo un programa socialista, que implique no sólo las demandas más básicas de los trabajadores, pues los empresarios y el Estado han dejado en claro que ni siquiera esas demandas están dispuestos a cumplir; una economía planificada, la expropiación de los medios de producción, el control obrero de la industria, la conquista del poder político, esas son las demandas que pondrán fin a la explotación del obrero.

¡Compañero trabajador, únete a Militante y lucha por el socialismo!


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