Hong Kong está viviendo estas últimas semanas las mayores protestas desde que dejó de ser una colonia británica en 1997. El motivo es la reforma de la Ley de Extradición que permitiría la entrega de ciudadanos hongkoneses a las autoridades de China y Taiwán. Esto ha generado una enorme indignación porque el régimen chino podría utilizar esta ley para extraditar a cualquiera de sus oponentes políticos para juzgarlos y encarcelarlos según las leyes chinas. Al mismo tiempo esa misma ley no incluye a aquellas personas que cometan delitos fiscales.

Las protestas comenzaron el pasado mes de febrero y desde entonces el descontento ha ido en aumento hasta convertirse en un movimiento de masas. El 9 de junio un millón de personas llenaron las calles de la ciudad y una semana después, el 16 de junio, dos millones de personas participaron en las protestas, una cuarta parte de los 7,8 millones de habitantes que tiene Hong Kong. Ese día, cuando los manifestantes intentaban ocupar el centro financiero de la ciudad se encontraron con una dura represión policial que dejó casi un centenar de heridos.

Al principio, la mayoría de los participantes eran jóvenes y estudiantes, pero el 16 de junio la protesta experimentó un salto cualitativo con la incorporación masiva de trabajadores que secundaron en muchos sectores la huelga convocada por sindicatos de autobuses, enseñanza, hospitales, aviación o asistencia social. La Confederación de Sindicatos de Hong Kong y varias asociaciones estudiantiles pidieron a sus afiliados que participaran en la huelga y las protestas. Aunque no se dieron datos oficiales de seguimiento en las redes sociales se publicó una lista con más de mil empresas que participaron en la huelga.

Después de esta impresionante muestra de fuerza, la jefa del gobierno autónomo de Hong Kong, Carrie Lam, anunció que posponía la aprobación de la ley. Esperaba que con este anuncio la gente volvería satisfecha a sus casas, pero los jóvenes y trabajadores no se dejan engañar con tácticas dilatorias o buenas palabras. Y aunque es una victoria del movimiento de masas, estas quieren que se satisfagan sus peticiones: la retirada definitiva de la ley y la dimisión de Carrie Lam.

Las protestas continúan, se han radicalizado y se han vuelto más audaces. El 21 de junio miles de personas rodearon el cuartel general de la policía de Hong Kong para denunciar la represión policial, exigir la liberación de los detenidos y la dimisión del Secretario de Seguridad de la ciudad. También han decidido continuar con las protestas hasta la cumbre del G20 que se celebrará a finales de este mes en Japón e iniciar una campaña masiva de desobediencia civil.

La huelga y las protestas han demostrado el potencial de la clase obrera y la juventud y aunque públicamente se ha discutido el tema de la huelga general, incluso se barajó la posibilidad de convocarla el 17 de junio, finalmente la Confederación de Sindicatos de Hong Kong no lo ha hecho, dejando la iniciativa a la dirección oficial conocida como los pan-demócratas, que sólo pretende tener más autonomía del Estado chino para continuar con sus negocios y beneficios habituales.

Extrema desigualdad social

Este estallido de las masas hongkonesas no sólo es un reflejo de la oposición a la ley de extradición, también expresa la rabia subyacente entre jóvenes y trabajadores con las enormes disparidades sociales que existen en la ciudad, donde una élite superrica dicta la política y disfruta de todos los beneficios, mientras la mayoría de la población lucha por sobrevivir.

Hong Kong es uno de los principales centros financieros internacionales, es una de las zonas más prósperas y al mismo tiempo una de las ciudades socialmente más desiguales del mundo. Según datos oficiales más de una quinta parte de la población o 1,38 millones de personas, viven en la pobreza. Los trabajadores además afrontan unas condiciones de trabajo durísimas, con unas jornadas laborales de las más largas del mundo.  Un estudio de UBS en 2015 encontró que los hongkoneses trabajaban una media de 50,1 horas semanales, un 38% por encima de la media mundial. Los datos del gobierno en 2016 pintaban una imagen más negra, con 3,43 millones de personas, el 11% de la fuerza laboral excluyendo a los empleados domésticos, que trabajaban al menos 60 horas semanales.

Otro de los problemas es la grave crisis inmobiliaria de la ciudad provocada por la falta de espacio y los precios inmobiliarios más elevados del mundo. El coste medio de una vivienda equivale a 19,4 veces el ingreso medio de una familia. Esta situación obliga a que decena de miles de personas vivan en unas condiciones infrahumanas en lo que eufemísticamente el gobierno califica de “pisos de subsistencia”. Son las llamadas “casas jaula”, “casas ataúd” o la última novedad, las “casas tubería” fabricadas en hormigón, todos son espacios comprendidos entre 1,5 y 9 metros cuadrados carentes de medidas de higiene o seguridad.

Alarma en el régimen chino

No sólo los capitalistas hongkoneses están conmocionados por la situación, también el régimen chino está alarmado por la magnitud y la determinación del movimiento hongkonés, y especialmente por el potencial que tiene para radicalizar a los trabajadores en China, en un momento en que la clase obrera china ha comenzado a expresarse a través de numerosas luchas industriales en el sur del país.

Al primer ministro chino Xi Jinping todo esto no le pilla en su mejor momento, se enfrenta a muchas críticas internas por la guerra comercial con EEUU y podría obstaculizar las negociaciones con Taiwán para que acepte formar parte de China con un estatus similar al de Hong Kong. El movimiento de masas en Hong Kong por ahora mantiene toda su fuerza y determinación, comprenden que la cuestión de la extradición es un paso más en la subordinación de sus derechos al régimen dictatorial chino.


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