La pandemia del nuevo coronavirus ha dejado claras las consecuencias de los recortes en los sistemas de salud pública en Europa, y está mostrando de forma cruel lo que significa la salud privada para las masas en Estados Unidos. Pero ahora, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), África puede convertirse en el próximo epicentro de la pandemia, lo que significará una catástrofe aún mayor que la conocida en Europa y los Estados Unidos.

La crisis sanitaria en África

África es hoy el segundo continente más poblado del mundo, con 1.300 millones de habitantes y sigue urbanizándose rápidamente. En el continente hay multitud de ciudades con millones de habitantes de las que Lagos en Nigeria y El Cairo en Egipto son las dos mayores.

El desarrollo del capitalismo mundial en África conduce no sólo al mantenimiento del monocultivo de exportación (establecido desde el colonialismo), sino también al control de esta agricultura por gigantescas multinacionales de la biotecnología como Bayer-Monsanto. Estas empresas patentan sus semillas modificadas genéticamente y obligan a los agricultores a comprarles nuevas semillas y pesticidas cada año, llevando cada vez a más pequeños campesinos a la ruina. Junto con desastres provocados por el cambio climático, como sequías, inundaciones o la plaga de langostas que actualmente está destruyendo las cosechas en África oriental, esta es una de las principales fuerzas que empuja una masa creciente del campesino a los centros urbanos. En las ciudades, los campesinos, en su mayoría jóvenes, se integran en una masa de pobres que oscila entre trabajos precarios y desempleo. Son millones de vidas sacudidas por el caos de la producción capitalista.

La práctica inexistencia de inversión pública y planificación urbana en los Estados africanos significa que se abandonan a la "iniciativa privada" todos los aspectos de la vida social. Las condiciones sanitarias son extremadamente precarias en las ciudades, con favelas laberínticas que se extienden por interminables kilómetros, pequeñas casas en las que viven docenas de personas, vastas zonas sin agua canalizada o sistema de alcantarillado, mercados callejeros abarrotados de gente, tráfico caótico y, como resultado, una contaminación asfixiante. En Lagos, que se presenta a las demás metrópolis africanas como una imagen del futuro, las infecciones respiratorias son ya la principal causa de muerte, según el Institute for Health Metrics and Evaluation.

Otro problema central en la lucha contra todas las enfermedades, que es grave en las zonas rurales, es la falta de acceso al agua potable y al saneamiento básico. Según la OMS, en los 35 países considerados como África subsahariana solo el 20% de la población tiene acceso a agua potable en casa. El otro 80% tiene que desplazarse, a veces durante horas, para acceder a ella, y una parte de esta población depende de fuentes de agua contaminada para vivir. Medidas tan básicas como lavarse las manos son simplemente imposibles.

Del mismo modo, el distanciamiento social y el confinamiento no pueden realizarse en África de la misma forma que en los países europeos. El FMI estima que el 34% de la economía en África es "informal", pero esta cifra supera el 50% en Egipto, el 65% en Nigeria y un impresionante 83% en Kenia. En resumen, en muchos países africanos, la mayoría de los trabajadores reciben el salario diariamente, semanalmente o a destajo, y trabajan sin ningún derecho, lo que hace completamente imposible una parada de la economía sin crear inmediatamente una situación de hambre generalizada entre la clase trabajadora. Peor aún, las familias pobres dependen de los mercados callejeros para tener acceso a alimentos y bienes de primera necesidad. En estos mercados, el "distanciamiento social", es completamente imposible.

Por último, en la mayoría de los países del continente los sistemas de salud están terriblemente degradados. Existen hospitales privados con el equipamiento adecuado para hacer frente a la pandemia, pero accesibles únicamente a una minúscula minoría de ricos.

Para la aplastante mayoría de la población el contacto con un médico es un acontecimiento extraordinario.

De hecho, es en África donde se concentran los países con las cifras más bajas de médicos por millar de habitantes. En el país más industrializado del continente, Sudáfrica, la ratio es sólo de 0,91, y en más de 20 países no llega ni siquiera a 0,1. Para que haya una escala de comparación, es útil indicar que la ratio de médicos por cada mil habitantes de Italia y del Estado español, ambos países devastados por el virus, es del 4,09 y 4,07, respectivamente.

Con el número de camas, la situación no es mejor. También en más de 20 países, entre los que se encuentra Nigeria, la cifra no llega a 1 cama por cada 1.000 habitantes. Libia estaba una vez más a la cabeza de la lista, con 3,7, y Sudáfrica tiene 2,8 camas.

Por otro lado los hospitales funcionan con equipos antiguos e insuficientes y en la mayoría de los países sufren interrupciones frecuentes de suministro de energía, lo que dificulta la refrigeración de medicamentos y el funcionamiento de aparatos como los ventiladores que son indispensables para tratar a los pacientes de COVID-19.

Además de todo esto, estos débiles sistemas sanitarios ya están muy sobrecargados con otras enfermedades como la malaria, el sida, el ébola, el cólera, la tuberculosis, el sarampión... la lista es interminable. África vive en permanente crisis sanitaria.

En el momento de escribir este artículo, los casos detectados de infección por el coronavirus en países africanos son relativamente pocos (unos 20.000), pero las previsiones de la OMS son de 10 millones de infectados en los próximos tres a seis meses y, en el peor de los casos, de 3,3 millones de muertos este año.

La respuesta de los Gobiernos africanos

Las respuestas sobre el terreno de los Gobiernos africanos también han sido similares a las de los europeos. Desde la gran e industrial Sudáfrica hasta la pequeña y rural Guinea-Bissau, se cierran las fronteras y los aeropuertos, se decreta la cuarentena con diversas medidas de control de los movimientos de la población y confinamiento, se pide el lavado de manos, se establecen estados de emergencia, se realiza una cantidad claramente insuficiente de pruebas... y no se hace nada en relación con las condiciones de higiene y vivienda de la mayoría de la población.

También en África, los jefes de Estado apelan a la "unidad nacional" y al "espíritu de sacrificio" del pueblo, mientras salvaguardan los intereses del capital imperialista, contemplan tranquilamente los despidos masivos, aprovechan las medidas de excepción para reprimir ferozmente a los trabajadores y preparan un regreso temprano a la producción.

En uno de los países con más casos diagnosticados hasta ahora, Sudáfrica, el presidente, Cyril Ramaphosa, ha añadido a sus discursos de "unidad nacional" una furiosa condena moral por la ola de crímenes que atraviesa el país. Y mientras llora lágrimas de cocodrilo por las mujeres agredidas y violadas durante la pandemia, aprovecha para condenar simultáneamente crímenes como el robo de comida o electricidad e ignora convenientemente la violencia salvaje de la policía.

En Kenia, el Gobierno actúa de la misma manera. Al Jazeera informó el 10 de abril que la policía keniana está siendo más mortal que el virus. En Nairobi, la capital, la violencia ha adquirido perfiles espantosos, con muertes a tiros, incluyendo la de un niño de 13 años en un barrio pobre de la ciudad. En todas las grandes ciudades africanas, el escenario es similar: trabajadores, comerciantes callejeros y todos los pobres, de los mayores a los niños, son víctimas de la violencia de la policía.

Esta violencia de Estado no es una casualidad, sino que es fundamental para la clase dominante en todo el mundo, como forma de sembrar el terror en los oprimidos e intentar aplastar desde ahora mismo los levantamientos populares que la catástrofe sanitaria y social va, sin duda, a provocar.

Un continente atravesado por las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución

 Ahora bien, en África, como en la mayor parte del mundo neocolonial, un sector fundamental de la pequeña burguesía son los funcionarios de las ONG, un ejército de burócratas y mercenarios de la "ayuda humanitaria", bien pagados y muy útil a los capitalistas. Muchas ONG no solo sustituyen a la organización de las masas, actuando como analgésicos sociales, sino que además desempeñan el papel de sustituir las funciones de los Estados que no son capaces de garantizar ni siquiera la infraestructura necesaria para la explotación privada de los recursos naturales, como las carreteras, por ejemplo. Estas ONG son las que, financiadas con dinero público o con donaciones de filántropos, preparan diversas regiones para recibir capital imperialista.

La ideología de las ONG, hoy totalmente fusionada con la izquierda reformista, ha salido del guion que los ideólogos de las burguesías imperialistas han redactado minuciosamente durante décadas y que las empresas de medios de comunicación de todo el mundo han difundido.

El elemento de pobreza utilizado en esta propaganda, como hemos dejado claro, es una realidad indiscutible. Pero este retrato de un continente negro, desnudo y arrodillado ante la caridad de los países "desarrollados" y blancos es un ataque ideológico contra los trabajadores de todo el mundo.

En primer lugar, es una mentira sobre el origen del subdesarrollo de los países africanos, que no se debe a gobernantes diabólicos, a "rasgos culturales" o a cualquier otra explicación de los ideólogos de la burguesía. Se debe a la posición de estos países en la división internacional del trabajo, es decir, en el sistema capitalista mundial. Lo que se produce, cómo se produce, cuándo se produce y para quién se produce, son decisiones tomadas desde Washington, Londres, Bruselas y, cada vez más, Pekín... de acuerdo con los intereses del capital imperialista.

El control político sobre los Estados africanos, a su vez, se hace con el garrote de la deuda. Los préstamos del FMI, además de impagables, se contraen mediante acuerdos de "ajuste económico": liberalización de toda la economía, privatizaciones, recortes del gasto público.

En última instancia, por supuesto, la situación de los países africanos se mantiene por la fuerza, recurriendo a la policía y a los ejércitos nacionales o, en los casos más graves, a los ejércitos de los países imperialistas, a los cascos azules y a la OTAN.

Para tener un ejemplo de lo que esto significa para los trabajadores de África, no tenemos que retroceder ni siquiera una década. En Sudáfrica, en agosto de 2012, una huelga de mineros por el aumento de los salarios en la mina Marikana terminó con el asesinato de más de 40 obreros por el fuego de ametralladoras de la policía, para defender los beneficios de Lonmin, la multinacional británica que explota las minas de la región. Se podrían dar ejemplos similares para cualquiera de los otros 53 países.

En segundo lugar, mienten quienes presentan a las masas africanas como víctimas pasivas. Las masas africanas ya han sido protagonistas de grandes revoluciones, y el continente está constantemente atravesado por las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución.

Inmediatamente después de la Gran Recesión de 2008, estalló la llamada "Primavera Árabe", que se extendió rápidamente a Oriente Próximo y fue un importante catalizador de la lucha de clases en Europa. En Argelia, Túnez, Egipto, Libia, se han producido manifestaciones de masas y crisis revolucionarias que, en estos tres últimos casos, han hecho caer regímenes de décadas en el espacio de días. Extendiéndose hacia el sur en 2014, esta ola revolucionaria hizo caer a la dictadura en Burkina Faso.

Desde la "Primavera Árabe" hasta 2019, las huelgas — como la ya mencionada huelga en Marikana — y las manifestaciones masivas — como el gigantesco movimiento estudiantil contra las tasas de matriculación también en Sudáfrica, el movimiento #FeesMustFall — atravesaron el continente. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, estuvo marcado por marchas de mujeres también en varias ciudades africanas. Por último, durante el año 2019, las masas argelinas derrocaron a su Gobierno con manifestaciones masivas y, en Sudán, una crisis revolucionaria también hizo caer el régimen de 30 años de Omar Al-Bashir.

Los marxistas sabemos que existen amplias razones para confiar en el poder revolucionario y creador de las masas de trabajadores y campesinos pobres en África.

¡Es necesario construir las fuerzas del marxismo internacional en África!

La juventud africana que ha vivido la Gran Recesión de la última década va a vivir ahora la que será la mayor crisis de la historia del capitalismo hasta nuestros días. Independientemente de la dimensión que tome la pandemia en África, la crisis económica, citando una advertencia del propio FMI, "no perdonará a ningún país". Las conclusiones alcanzadas en los grandes choques de la lucha de clases que ha habido en África en los últimos años se consolidarán y profundizarán durante el próximo período entre la juventud explotada y oprimida del continente más joven del mundo, con seis décimas partes de la población por debajo de los 25 años.

Al igual que la ola revolucionaria que atravesó simultáneamente los países de América Latina, estas experiencias de la lucha de los trabajadores y campesinos han dejado claro que las masas oprimidas tienen una energía y una determinación revolucionarias suficientes para el triunfo de docenas de revoluciones. Pero también han dejado claro lo indispensable que es el partido revolucionario para el triunfo de una revolución socialista. Sin los trabajadores y oprimidos organizados en un partido armado con el programa marxista y con influencia de masas, la toma del poder es imposible.

La clase dominante, en cada una de las crisis revolucionarias que se abrieron en la última década, sintió que se le escapaba el poder entre los dedos, y es muy consciente del peligro que corre con la nueva crisis capitalista. Si hasta ahora ha sido capaz de recuperar el control, lo ha hecho con enormes desequilibrios y con cada vez menos confianza en sí misma. El próximo periodo estará repleto de nuevas oportunidades para transformar la sociedad.

Para conseguirlo es necesario y urgente construir un partido revolucionario que armado con el programa del marxismo sea capaz de canalizar toda la energía de las masas africanas hacia el derrocamiento del capitalismo, poner así fin a la barbarie que asola al continente africano y construir un mundo nuevo.


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