El  7 de diciembre el Parlamento peruano, dominado por los partidos de la derecha y ultraderecha, destituía al presidente Pedro Castillo, elegido en junio de 2021 tras dar una enorme sorpresa y encauzar las esperanzas de millones de peruanos para romper con el orden capitalista y oligárquico. Sin embargo, tras 18 meses de presidencia errática, sus renuncias a basarse en la movilización popular, y sus constantes incumplimientos de las promesas electorales, le han llevado a un callejón sin salida frente a la ofensiva reaccionaría.

Ya consciente de que el golpe era inevitable, en lugar de apelar a la lucha de masas Castillo recurrió a utilizar el aparato del Estado capitalista en su beneficio. Intentó disolver el Parlamento, anunciando que gobernaría por decreto, y prometió elecciones a una asamblea constituyente en 9 meses. Pero esta maniobra ha tenido un recorrido muy corto.

En pocas horas, esos mismos jefes policiales y militares en los que intentaba apoyarse le detenían, mientras los medios de comunicación burgueses en Perú e internacionalmente, están aprovechando la coyuntura para lanzar una intensa campaña mediática ocultando el golpe de Estado fraguado por la oligarquía peruana durante año y medio, y denunciando sin pudor a Castillo como un “golpista de izquierdas apoyado por Podemos, AMLO y otros representantes de la nueva izquierda”.

La burguesía peruana y sus voceros mediáticos presentan los graves problemas económicos y sociales que sufre el país andino, consecuencia de la crisis capitalista, del sabotaje empresarial, y de la renuncia de Castillo a aplicar medidas socialistas, como el resultado de votar por la izquierda.  

Esta campaña se apoya, además, en que la práctica totalidad de los personajes que integraban el Ejecutivo de Castillo en sus inicios, con la vicepresidenta Dina Boluarte a la cabeza, no han dudado en cambiar de bando, pactando con los golpistas la formación de un “Gobierno de unidad nacional”.

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Los personajes que integraban el Ejecutivo de Castillo en sus inicios, con la vicepresidenta Dina Boluarte a la cabeza, no han dudado en cambiar de bando, pactando con los golpistas la formación de un “Gobierno de unidad nacional”. 


Crónica de una destitución anunciada

Lo ocurrido en estas últimas jornadas es el resultado de la táctica, presentada como hábil por muchos dirigentes de la izquierda reformista, de renunciar a políticas revolucionarias y pactar con diferentes sectores de la burguesía y la derecha supuestamente moderada. Castillo ha llenado su Gobierno de carreristas y arribistas procedentes de distintos partidos de izquierda que rompieron sus vínculos con las masas hace mucho tiempo, y de políticos burgueses supuestamente “aliados”. Unos y otros no han tardado cinco minutos en darle una puñalada por la espalda.

Pedro Castillo y el partido por el que se presentó, Perú Libre (PL), una fuerza que se declaraba marxista-leninista, carecía de representación parlamentaria hasta hace año y medio y tras las elecciones se convirtió en el principal grupo del nuevo Parlamento, ganando las elecciones de manera sorpresiva tras iniciar la carrera presidencial con un 2% de intención de voto.

Pero esta sorpresa tiene explicación. El maestro y sindicalista Castillo anunció un giro drástico a la izquierda, prometiendo medidas que recuperarían el control estatal del gas, las minas y el petróleo, una reforma agraria que diese tierra a los campesinos, trabajo digno y salarios decentes, y aumentar los gastos en educación y sanidad públicas del 3 al 10% para hacer frente a la crisis de la pandemia y décadas de privatización y recortes.

Este programa movilizó a millones de oprimidos y oprimidas que derrotaron el intento de fraude organizado por la clase dominante, y posteriormente el llamamiento de la candidata ultraderechista derrotada, Keiko Fujimori, a que los militares impidiesen el reconocimiento de Castillo.

Una vez llegado al poder, Castillo ha enfrentado el sabotaje de esos mismos capitalistas a los que llamaba insistentemente a pactar. La burguesía no ha cesado en sus intentos reiterados de derrocarle combinando la violencia callejera con la utilización del mecanismo de la “vacancia presidencial”, que permite al Parlamento destituirle argumentando incapacidad, enajenación mental y otras situaciones similares.

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El maestro y sindicalista Castillo ganó las elecciones prometiendo medidas que recuperarían el control estatal del gas, las minas y el petróleo, una reforma agraria que diese tierra a los campesinos, trabajo digno, etc. 


Tras fracasar en dos tentativas anteriores, este 7 de diciembre los golpistas consiguieron superar ampliamente los votos requeridos en el Parlamento para destituirle.

Durante meses, miles de trabajadores y campesinos pidieron a Castillo en mítines y asambleas de masas que aplicase las políticas de izquierdas prometidas y se basase en su organización y movilización para acabar con el sabotaje del Parlamento de derechas. Pero Castillo se negó y desaprovechó una tras otras todas las oportunidades de pasar a la ofensiva.

Cuando presionados por las masas y el sabotaje de la burguesía, ministros de Perú Libre le llamaron a nacionalizar el gas, Castillo los cesó y ofreció garantías a la clase dominante de respetar la propiedad y las leyes capitalistas. Tras un vertido de petróleo de la multinacional Repsol que ocasionó daños irreparables, las movilizaciones de pescadores, comunidades y trabajadores indignados exigiendo retirarle la concesión fueron contestadas por Castillo con otro jarro de agua fría: ofreciendo garantías a Repsol y demás multinacionales de que sus contratos no serían tocados.

El fracaso del reformismo impulsa a la ultraderecha 

La aceptación del capitalismo como único sistema posible ha llevado a Castillo, como alertamos los marxistas de Izquierda Revolucionaria Internacional que ocurriría, a deslizarse por una pendiente fatal que le ha llevado cada vez más a la derecha.

Tras negarse a defender el derecho al aborto y otras reivindicaciones feministas y LGTBI básicas, cediendo a la presión de los sectores más reaccionarios de la iglesia católica y las iglesias evangélicas, Castillo llegó al extremo de suscribir alianzas sin principios con elementos reaccionarios, machistas y homófobos para garantizar su apoyo en el Parlamento. El resultado fue alejar y desmovilizar a decenas de miles de jóvenes, mujeres y trabajadores y trabajadoras que habían desempeñado un papel clave para derrotar los planes golpistas de la derecha fujimorista y del “Bolsonaro peruano”, Pérez Aliaga (actual alcalde Lima), que hacen bandera del machismo y la LGTBIfobia.

Paralelamente, la agudización de la crisis como resultado de la guerra de Ucrania y el crecimiento desbocado de los precios de los alimentos y combustibles provocó diferentes luchas y movilizaciones sociales. Estas fueron contestadas por Castillo, exdirigente sindical del magisterio, sacando la policía y el ejército a la calle. Aunque la inmensa mayoría de estas luchas obreras y sociales, al tiempo que mostraban su oposición a los planes golpistas de la derecha, le exigían un giro de 180º y “volver a mirar a la izquierda”, Castillo decidió darles la espalda y profundizar aún más su giro a la derecha, asfaltando así el camino al golpe que le ha derrocado.

Levantar una alternativa revolucionaria para derrotar los planes de la oligarquía

Aunque sectores de la ultraderecha más militante insisten en un Gobierno controlado por ellos, la burguesía y el imperialismo han apoyado entusiasmados por el momento la formación de un Gobierno de unidad nacional liderado por la vicepresidente Boluarte, exdirigente de PL, que mantiene posiciones oportunistas y derechistas.

En un contexto de crisis económica y política profunda, que obliga a los capitalistas a aplicar políticas de ajuste salvaje, estos son conscientes de que los factores que llevaron a millones a votar por Castillo se mantienen y, tras el shock provocado por sus garrafales errores, pueden desatar una respuesta en las calles.

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Para derrotar el golpe e impedir que se consolide tenemos que levantar una izquierda revolucionaria que rompa con la colaboración de clases y defienda una política socialista consecuente. 


Con la presencia de “ministros de Castillo” junto a representantes directos de la clase dominante en el nuevo Gobierno, pretenden desmoralizar y dividir a las masas, dificultar esa respuesta y asegurar el control de la situación.

Tras el nombramiento de Boluarte, las noticias hablan de manifestaciones de rechazo al nuevo Ejecutivo en Lima y sobre todo en los estados más pobres del interior donde Castillo tuvo más apoyo. Pero el problema es que ninguna de las organizaciones que llevaron al poder a Castillo, empezando por PL, plantea una alternativa clara por la izquierda ni un plan de lucha. Este es el punto clave que explica por qué el malestar creciente con su giro a la derecha y aislamiento no se haya traducido en una alternativa revolucionaria de masas a su izquierda y está pudiendo ser rentabilizado por la burguesía, la derecha y los fascistas.

Los dirigentes de PL han oscilado entre el apoyo a Castillo frente a las maniobras golpistas de la derecha y criticar en abstracto sus políticas procapitalistas, pero renunciando a plantear un programa socialista y una política de independencia de clase.

Su alternativa es convocar una Asamblea Constituyente, que obviamente no se moverá fuera de los límites del orden capitalista actual, aplazando a un futuro indeterminado la lucha por la expropiación de los bancos, la tierra, el gas, el petróleo y las minas, bajo control de los trabajadores, y que es el único camino para resolver los problemas de las masas.

Lo que vemos en Perú es una luz de alarma para toda la izquierda. Gestionar el capitalismo, buscar alianzas con la supuesta derecha democrática, renunciar a basarse en la organización y movilización de las masas por abajo para enfrentar a la oligarquía, y abandonar la lucha por el socialismo, por un Estado y una economía dirigidos por los trabajadores y el pueblo, solo puede llevar al desastre.

Para derrotar el golpe e impedir que se consolide culminando una derrota trágica para la clase obrera y los oprimidos, tenemos que levantar una izquierda revolucionaria que rompa totalmente con la colaboración de clases y defienda una política socialista consecuente.


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