La madrugada del 3 de enero Estados Unidos asesinaba al general Qasem Soleimani, hombre fuerte de la política exterior iraní y considerado el número dos del régimen tras el ayatolá Ali Jamenei. También caía Abu Mahdi al Muhandis, jefe adjunto de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), la coalición de milicias proiraníes en Iraq. Inmediatamente, el régimen iraní prometía una “dura venganza”. El imperialismo vuelve a echar gasolina al polvorín de Oriente Medio.

 Cinco días después, 22 misiles impactaban contra dos bases iraquíes con presencia de tropas estadounidenses, al tiempo que Jamenei aseguraba que “no es suficiente” y blandía su demagogia nacionalista señalando como su objetivo la expulsión de las tropas de EEUU de la región, y el parlamento iraquí exigía su retirada del país.

El recrudecimiento de la disputa interimperialista por la hegemonía regional con EEUU e Irán —respaldado por China y Rusia— como protagonistas principales, y la irrupción del movimiento de masas en la zona contra sus propias oligarquías corruptas, levantando reivindicaciones económicas y sociales de clase y rompiendo con las divisiones sectarias, están en el transfondo de la situación.

Lucha por la hegemonía regional

La invasión de Iraq en 2003 tuvo un resultado desastroso para el imperialismo norteamericano: Irán fue quien salió fortalecido, con una influencia decisiva en el Gobierno iraquí, y con EEUU teniendo que basarse en ellos para salir de Iraq y terminar con la sangría de recursos que significababa la ocupación. Lo mismo ha ocurrido con la reducción de las tropas estadounidenses del norte de Siria, dejando el camino despejado para el avance de Turquía o Irán.

Esta situación empujó a Trump a reforzar a sus aliados en la zona (Israel y Arabia Saudí) para tratar de contener la creciente influencia iraní. Esto es lo que está detrás de la retirada del acuerdo nuclear por parte de la Administración Trump en 2018, reestableciendo las sanciones económicas como principal vía para debilitar al país persa.

Desde entonces la tensión no ha cesado, pues Teherán ha respondido con distintos ataques —con Soleimani como principal artífice— a intereses estadounidenses en la región. El último de ellos, y desencadenante de la actual situación, se produjo el pasado 27 de diciembre en Iraq: disparos de mortero contra una base militar se saldaron con un contratista estadounidense muerto. En respuesta, dos días después EEUU bombardeó cinco bases de Kataib Hezbolá (una de las milicias chiíes iraquíes respaldadas por Irán) en Iraq y Siria, con un balance de 25 muertos. En protesta, el 1 de enero una multitud de milicianos proiraníes entró en la superprotegida Zona Verde de Bagdad, sin resistencia alguna, y asedió durante horas la embajada norteamericana. Finalmente, el viernes 3, Trump ordenaba el ataque en el que moría Soleimani.

Esta acción, y el anuncio del Pentágono del envío de 3.500 militares, —en contradicción con las palabras del presidente norteamericano: “es hora de salir de estas ridículas guerras sin fin”— es el intento de Trump de dar un golpe sobre la mesa y tratar de mostrar músculo ante sus rivales en el tablero internacional. En casa, con el impeachment en marcha y en año electoral, podría servirle, según sus cálculos, para desviar la atención de la crisis interna.

Tampoco hay que perder de vista que este ataque en Bagdad permite al imperialismo azuzar nuevamente los odios sectarios y tratar así de descarrilar las rebeliones sociales en marcha en estos países en beneficio de los distintas camarillas y de los Gobiernos tanto de Iraq como Irán. Los imperialistas prefieren el caos, la destrucción y la guerra antes que permitir la victoria de un movimiento revolucionario que se convierta en un referente y ponga en jaque su sistema de dominación.

Sin embargo, la apuesta es muy arriesgada y puede conseguir nuevamente lo contrario de lo que persigue. Por un lado, las manifestaciones en Iraq e Irán contra el ataque de EEUU y en homenaje a Soleimani han sido masivas: más de un millón de personas en Teherán y cientos de miles en decenas de ciudades. Así, el régimen iraní sale temporalmente fortalecido, cerrando filas en torno al Gobierno y desviando la atención de los problemas internos apelando al enemigo exterior. Por otro lado, en la situación económica, social y política que vive EEUU la huida hacia delante de una intervención de mayor intensidad en Oriente Medio tendría efectos directos en la lucha de clases. Un síntoma han sido las manifestaciones con miles de personas celebradas el 4 de enero en más de 80 ciudades estadounidenses exigiendo la retirada de EEUU de Iraq y el grito de “¡No a la guerra y a las sanciones contra Irán!”, reflejando los límites del imperialismo.

La respuesta de Trump a los misiles lanzados por Irán ha sido muy contenida —de hecho, los estadounidenses habían sido avisados del ataque por el Gobierno iraquí— y centrada en endurecer las sanciones. Todo indica que ni Trump ni el reaccionario régimen iraní quieren una guerra abierta, pero todos se ven obligados a hacer movimientos para mantener su dominio y debilitar a sus enemigos, y eso tiene su propia dinámica.

El levantamiento de masas rompe el equilibrio imperialista

No menos importante para entender la espiral bélica desatada es señalar la irrupción del movimiento de masas en Líbano e Iraq, que ha roto el equilibrio imperialista en la zona. Ambos países están viviendo un levantamiento popular sin precedentes en décadas, cuyo eje es el cuestionamiento de todo el régimen político sectario establecido por el imperialismo así como la injerencia de Irán —a través de Hezbolá en un caso y de las milicias proiraníes en el caso iraquí— junto a la exigencia de unas condiciones de vida dignas, y que ha arrancado la dimisión de los primeros ministros de ambos países. Esto es precisamente lo que empujó a Irán a orquestar diferentes ataques contra objetivos estadounidenses en Iraq, para intentar cambiar el eje de las movilizaciones.

Esta oleada de protestas ha llegado también a Irán, desatándose a mediados de noviembre el movimiento de masas más importante en 40 años contra el régimen reaccionario y teocrático de los ayatolás. La entrada en escena de la clase trabajadora iraní al frente de la lucha, particularmente la juventud obrera en gran parte desempleada o subempleada, y las nulas ilusiones en el sector reformista liberal del régimen son dos caraterísticas clave en la situación y desvela también la crisis y el talón de Aquiles del Gobierno iraní. Dialécticamente, la hegemonía iraní en Oriente Medio, lejos de ser un factor de estabilidad interna, se ha convertido en una fuente de problemas para el régimen.

La magnitud de la movilización obligó al Gobierno a emplear a fondo la represión pues en algunas ciudades, como Shiraz, perdió el control sobre ellas. Se estima en torno a 1.500 muertos y en miles, los heridos y detenidos.

¡Fuera los imperialistas de Oriente Medio!

La única garantía para conjurar la amenaza de una guerra imperialista y sectaria es la acción independiente de la clase trabajadora y las masas oprimidas de todo Oriente Medio, empezando por Iraq e Irán, que exija la retirada de las fuerzas de ocupación imperialistas y los gobiernos títeres en que se apoyan.

Frente a la barbarie que Irán, Estados Unidos y los Gobierno reaccionarios representan para las masas, la tarea urgente de los jóvenes y trabajadores es la de construir un partido revolucionario que unifique al conjunto de los oprimidos en la lucha contra sus opresores, independientemente de su nacionalidad o credo, y los dote de una alternativa revolucionaria. Un partido que defienda la expulsión del imperialismo, derrocando las oligarquías en las que se apoya, y la expropiación de las palancas fundamentales de la economía poniéndolas bajo el control democrático de la población.


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