Medioambiente

Que las cumbres del clima son una mentira hace tiempo que es un secreto a voces. Cita tras cita observamos que los desastres medioambientales se extienden y sus consecuencias para la vida en el planeta se agravan: desde olas de calor con registros de temperatura récord, incluyendo zonas árticas, pasando por inundaciones, sequías históricas o la aceleración del derretimiento de grandes masas de hielo —casi 500 glaciares, según la Unesco, desaparecerán en las próximas tres décadas—, hasta la muerte cada año de siete millones de personas en el mundo por la contaminación del aire.

Los incendios forestales han batido este verano un nuevo récord de devastación. La superficie calcinada por ejemplo, en el Estado Español, en lo que llevamos de 2022 —casi 300.000 hectáreas— supera el total de los últimos cuatro años. Pero lo más grave es que esta ola de incendios extremos no es un hecho aislado o una desgraciada casualidad. Es una más de las terribles consecuencias del cambio climático que avanza aceleradamente ante la completa pasividad de los gobiernos y de los grandes poderes económicos de todo el mundo.

Seguimos encadenando catástrofes ambientales en todo el planeta. La ola de calor que recorre Europa y todo el hemisferio norte en las últimas semanas es muestra de ello. Los meses de junio y julio han registrado temperaturas récords en países como Francia, Alemania, Suiza o Rusia —incluidas ciudades situadas en el círculo polar ártico—, por primera vez en su historia Gran Bretaña ha superado los 40 grados, y la Península Ibérica, Grecia y Francia están siendo asoladas por graves y numerosos incendios. Según un reciente estudio de la Universidad Estatal de Washington, estas olas simultáneas y cada vez más tempranas “se han multiplicado por siete” desde la década de 1980, pasando de tener una duración “de 20 a 143 días”.

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El pasado 24 de septiembre cientos de miles de jóvenes hemos vuelto a las calles en más de 1.400 movilizaciones a lo largo y ancho del planeta.

La catástrofe ecológica no se detiene. Los pavorosos incendios que arrasan Grecia, Turquía, Túnez o el norte de California, el deshielo de Groenlandia, las lluvias torrenciales en China o las inundaciones en Alemania y Bélgica no son plagas divinas. Son el resultado directo de la actuación destructiva del modo de producción capitalista sobre la naturaleza, y de la connivencia de los Gobiernos serviles.

Durante los últimos años se ha agravado la crisis ambiental y de escasez de recursos naturales no renovables estratégicos para la vida como el agua, y es por ello una cuestión clave y urgente cuidarla y defenderla de los intereses capitalistas que la ambicionan para obtener ganancias acosta de las necesidades humanas.

El pasado 7 de diciembre, el agua, un bien indispensable para la vida en la Tierra, se convirtió en una mercancía más para la especulación. Al igual que el petróleo, el oro o el trigo, el agua ya cotiza en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street según informó el CME Group. 

El 5 de agosto se filtró una grabación de Víctor Toledo, Secretario de la SEMARNAT, donde señala las posiciones enfrentadas dentro del gabinete de la 4T, y hasta del propio presidente. Por un lado, la SEMARNAT aboga por la agroecología, mientras que, por el otro, y de la mano de Alfonso Romo, las secretarías de Agricultura y Desarrollo Rural, Economía y Energía, impulsan proyectos desde la agroindustria.

Tanto la derecha como la dirigencia zapatista del CNI denuncian el proyecto del Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, como uno de los megaproyectos de la 4T, esto es una verdad a medias. Sí, López Obrador ha dicho que el proyecto transístmico, que incluye la modernización del Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec (FIT), es uno de los megaproyectos que invertirá para el sexenio, sin embargo, estos deseos no se planean de un día para otro, menos de un sexenio a otro.

A la expectativa dejamos un 2019 devastador con el planeta, arrancamos un 2020 con una bofetada de crudeza y crisis en las narices. Los que serían efectos que se esperaban con más tardanza, se presentaron como una llamada de atención ante la emergencia climática y la crisis humanitaria desatada por la depredación capitalista surgida hace más de un siglo.

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