Antes de que estallara la huelga indefinida, el 20 de abril de 1999, el movimiento sostuvo un debate intenso al respecto de cuál era la forma más adecuada de evitar el aumento de cuotas. Previo a que el movimiento adoptara la táctica del paro indefinido, se convocaron asambleas, marchas, mítines, brigaderos, foros de discusión, paros de 24 horas y luego de 48 horas. En ese inicio se ve claramente que no hubo esquematismos para inmediatamente llamar al paro indefinido, lo que hubo fue un recorrido de experiencias previas donde los estudiantes fueron ganando experiencia política, capacidad organizativa, donde fueron poniendo a prueba cada táctica. De haberse abortado –con las acciones prematuras de los “ultras”- ese proceso acescente y paciente de participación, la huelga no hubiera sido tan sólida como fue en sus primeros meses.

Los primeros meses de la huelga dieron cuenta de una participación que se contaba por miles en cada escuela. La huelga contaba con un respaldo social formidable. La solidaridad económica, los víveres y el apoyo moral provenían a raudales de la clase trabajadora, así como de los militantes de los sindicatos y las bases del PRD (que por aquellos entonces había ganado al PRI por vez primera la capital del país). La táctica del paro indefinido si bien era un síntoma de la radicalidad y determinación del movimiento juvenil, muy pronto mostró sus lados débiles. Conforme pasaron las semanas y los meses, el grueso de la masa estudiantil se vio imposibilitada para sostener la dinámica de los activistas, los cuales, literalmente vivían en las escuelas.

Para el segundo mes de huelga, el apoyo social a la lucha seguía siendo contundente, no así la participación en las guardias en las escuelas. Tan fue así que la Rectoría se atrevió a realizar los primeros intentos por levantar la huelga por medio de la fuerza, al mismo tiempo que planteaba una propuesta de “solución” que en el fondo no era sino hacer pasar su ataque, ante lo que percibían como debilidad del movimiento.

Cada intento de levantar la huelga, era precedido por una radicalización de los activistas que con más empeño la sostenían. Así, en el ceno del movimiento fue fraguándose lo que a la postre derivó en una tendencia “ultraizquierdista”, para la cual la huelga ya no era un medio para alcanzar las demandas, sino el fin mismo de la lucha. Es fundamental señalar que un factor decisivo que agrupó a los ultraizquierdistas fue la política reformista de un sector de los grupos estudiantiles (algunos de ellos ligados al PRD), para los cuales el objetivo fundamental era acabar con la huelga lo más pronto posible, también al margen de si se habían conseguido o no las demandas y de cuál era fuerza del movimiento. Así, a la claudicación de los reformistas un sector de los activistas respondía con el ultraizquierdismo. El resultado más importante de ello fue la caída en la participación del grueso de los estudiantes.

Esta dinámica se extendió durante meses, y con toda la Universidad sostenidas exclusivamente por unas centenas de activistas, el gobierno pudo acabar con el movimiento por medio de la fuerza, al mismo tiempo que se vio obligado a conceder las demandas fundamentales del mismo. El factor decisivo que obligó al gobierno a retroceder fue el enorme apoyo social a la lucha, así como su debilidad para solamente reprimir (cinco meses después de concluir la huelga el PRI perdería por vez primera en 71 años las elecciones presidenciales) sin conceder. La derecha temía que la agitación estudiantil conectara con la contienda electoral. La gratuidad de la UNAM es uno de los triunfos históricos del movimiento estudiantil de 1999-2000, sin embargo, lejos de hacer una apología del mismo, es fundamental aprender de él para en el futuro adoptar sus aciertos y evitar sus errores.


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