La oleada huelguística en las maquilas de Matamoros que ha derivado en la lucha por construir un sindicato independiente, así como la reciente formación de la Confederación Internacional de Trabajadores, encabezada por Napoleón Gómez Urrutia dirigente vitalicio del Sindicato Minero, ha reavivado el debate sobre la historia del movimiento obrero mexicano y del corporativismo. El triunfo de Andrés Manuel el pasado 1 de julio ha desatado una ola de confianza sobre el movimiento obrero como no ocurría desde mediados de los ochenta, cuando la crisis del 82 precedida por la insurrección sindical encabezada por la Tendencia Democrática levantó un poderoso movimiento en contra de que la crisis se cargara a las espaldas de los trabajadores y que sería uno de los antecedentes más importantes de la lucha contra el fraude de 1988.

El corporativismo ha sido una política impulsada desde el carrancismo en 1914, para organizar a la sociedad en sectores a partir de sus intereses de clase en diferentes corporaciones como las cámaras industriales y empresariales, las centrales obreras y las confederaciones o centrales campesinas. Así buscaron, a partir de tomar el control de su organización, controlar a estos sectores para intentar su conciliación. Por lo tanto, el corporativismo fue la forma en que se organizó el Estado mexicano concluida la Revolución mexicana, incorporando las demandas obreras y campesinas, pero sin satisfacerlas a cabalidad. Sobre esta base, los diferentes regímenes intentaron a su modo organizar al movimiento obrero para impulsar el desarrollo capitalista. Esto explica en gran parte la confusión predominante hasta nuestros días entre las conquistas del movimiento y los intentos por utilizarlas por parte del Estado como mecanismos de control.

El origen del charrismo sindical se ubica en 1948 cuando en medio de un conflicto laboral por mejoras salariales, el gobierno encabezado por el entonces presidente Miguel Alemán Valdés impuso a Jesús Díaz de León, apodado “El Charro” por su afición a la charrería, en la Secretaria General del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la Republica Mexicana. Entonces este era uno de los pocos sindicatos nacionales de industria, como el de petroleros o mineros, con más agremiados activos y con una importante tradición de combate organizada alrededor de los comunistas, encabezados principalmente por Valentín Campa, quienes desde finales de los años veinte habían agrupado y organizado a este sector de trabajadores y dirigido sus principales luchas desde finales de los años veinte y hasta la descapitalización de Ferrocarriles Nacionales a mediados de la década de los setenta. Además de ser un sindicato con una posición estratégica en el contexto de la industrialización del país iniciada al concluir la Segunda Guerra Mundial, pues entonces el ferrocarril era clave para el traslado de mercancías como el petrolero y los minerales estratégicos en el proceso industrial del periodo.

La imposición de Diaz de León o charrazo se hizo por medio de la fuerza del Estado, desde la recién creada Dirección Federal de Seguridad hasta elementos del Estado Mayor Presidencial ocupando los locales sindicales de los ferrocarrileros el 14 de octubre de 1948, imponiendo a Díaz de León y a un nuevo comité ejecutivo del sindicato mediante una reunión secreta en abril de 1949 y con la persecución de los dirigentes como Campa, quien pasaría desde octubre de 1948 cerca de un año en la clandestinidad y sería acusado mediante montajes policiales por boicot a los ferrocarriles nacionales, por lo que pasaría 8 años en la cárcel. La patronal, en principio tuvo que hacer algunas concesiones a las demandas de aumentos salarial que habían comenzado el conflicto con el objetivo de disminuir las presiones y así apaciguar a los ferrocarrileros mientras perseguía a sus dirigentes combativos, permitiendo la consolidación del charrazo.

El charrismo se consolido de este modo, con el apoyo económico y político del Estado, como la corriente dominante del sindicalismo mexicano en el periodo de sustitución de importaciones o del milagro mexicano. De ahí la confusión de muchos activistas que consideran erróneamente charros a todos los dirigentes sindicales, por su larga permanencia en la dirección sindical o bien por le hegemonía que ejercen en los sindicatos.

El charrismo como corriente dominante del sindicalismo mexicano entro en crisis a finales de los años setenta con la llamada Insurgencia Sindical encabezada por la Tendencia Democrática del SUTERM, así como el impulso de medidas de reestructuración del capitalismo mexicano y el desarrollo de un capitalismo orientado a la exportación, conocido en México como neoliberalismo. Un ejemplo de ello es el crecimiento de los sindicatos blancos o de protección patronal, asociaciones no pertenecientes al Congreso del Trabajo, que agrupo desde mediados de los sesenta a los sindicatos charros, pasando del 4.19% en 1986 al 46.8% en el año 2000. O bien el decrecimiento de la CTM para el año 2011 de cerca del 60% con respecto a su situación en los años noventa.

En el último periodo, lo que ha prevalecido es el sindicalismo de protección patronal en el que autonombrados dirigentes depositan contratos en las juntas de conciliación sin ningún aval de los trabajadores reunidos en asamblea y por tanto contratos que no son revisados periódicamente. Incluso en muchos casos, los trabajadores desconocen la existencia del sindicato en su centro de trabajo.

Más reciente a raíz de la derrota del prianismo en las elecciones de 2018, las centrales sindicales históricas como la CTM se encuentran en una agudización de la crisis con la desafiliación de varios trabajadores, la aplicación del convenio 98 de la OIT en México que abre la puerta a la libre reorganización sindical y la reciente lucha de los obreros de Matamoros que ha mostrado el grado de putrefacción del sindicalismo charro y mermado considerablemente su imagen.


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