Del 20 de noviembre al 18 de diciembre se celebrará el mundial de fútbol en Qatar. Esta cita está captando la atención de millones de personas, no sólo por una motivación deportiva sino también por la gran indignación y rechazo que está provocando su celebración.

Qatar 2022 pasará a la historia como el mayor escándalo de corrupción, especulación y blanqueamiento de una brutal dictadura asociados a un evento futbolístico. En este espectáculo de sangre y explotación –más de 6.500 trabajadores han muerto en la construcción de los estadios– la violación permanente de los derechos humanos por parte del régimen catarí es innegable. Y una de las más claras señas de identidad de este emirato es la opresión y tutela medieval que se ejerce sobre las mujeres.

La vida de las mujeres depende de un hombre

No es una exageración. Las mujeres en Qatar no pueden tomar decisiones sobre sus vidas ni tienen independencia para nada. El informe de Human Rights Watch (HRW) titulado “Todo lo que tengo que hacer está ligado a un hombre”. Las mujeres y las normas de tutela masculina en Qatar”, que examina 27 leyes gubernamentales y se basa en entrevistas con decenas de mujeres, es devastador.

Las mujeres tienen “guardianes”. Según las leyes qataríes, estas necesitan obtener el permiso de sus tutores masculinos para casarse o divorciarse, independientemente de su edad. Una vez casada, se puede considerar que la mujer es “desobediente” si no obtiene el permiso de su marido antes de trabajar o viajar, o si abandona el hogar o se niega a mantener relaciones sexuales con él sin una “razón legítima”. Los hombres pueden estar casados hasta con cuatro mujeres al mismo tiempo, por supuesto, sin necesidad de ningún permiso externo.

Las mujeres tampoco pueden ser tutoras principales de sus propios hijos e hijas en ningún momento. No tienen autoridad para tomar decisiones independientes respecto de los documentos, finanzas, viajes o escolarización y tratamiento médico. Incluso si una mujer está divorciada y un juez ha ordenado que sus hijos vivan con ella, o si el padre de las criaturas ha fallecido, si el hijo no tiene un familiar varón que pueda desempeñarse como tutor, el Gobierno asume esa función.

Todas ellas necesitan el permiso de su “guardián” para conseguir becas o poder acceder a la educación superior. La Universidad de Qatar segrega por sexo y, por ejemplo, para que una estudiante pueda entrar o salir del campus en taxi, vivir en una residencia universitaria o realizar excursiones escolares, también necesita el permiso de un hombre.

Que tu padre o tu marido te prohíba viajar, es algo común. Muchas mujeres, en 2020, fueron detenidas por funcionarios aeroportuarios y hasta que no comprobaron que “no estaban escapando” no fueron puestas en libertad. Las mujeres inmigrantes en Qatar (en un país donde el 88% de la población es extranjera) también son objeto de controles similares: necesitan permiso para obtener una licencia de conducir o para trabajar.

Evidentemente, en Qatar no hay ninguna ley contra la violencia machista ni ningún tipo de control sobre el abuso que sufren centenares de miles de mujeres. Muchas de ellas soportan durante años situaciones intolerables en sus hogares. Por si todo esto fuera poco, las relaciones fuera del matrimonio pueden ser castigadas con hasta 7 años de cárcel y 100 latigazos, si un violador aduce ser amante de la mujer agredida, puede ser ella incluso la que vaya a la cárcel.

Un infierno para las personas LGTBI

Para las relaciones no heterosexuales y la comunidad LGTBI, la situación legal es peor si cabe. Como si el país siguiera estancado en el siglo XII, el Código Penal de Qatar tipifica las relaciones homosexuales entre hombres como un delito punible con hasta siete años de prisión. Así queda recogido: “conducir, instigar o seducir a un varón de cualquier manera para que comenta sodomía o disipación” e “inducir o seducir a un varón o a una mujer de cualquier manera para que cometa acciones ilegales o inmorales” es un delito.

“Vivimos en la clandestinidad. Las autoridades de mi país consideran que una persona como yo no existe, que en Qatar no hay personas gays, pero es porque si eres visible es tu condena a muerte”, denunciaba una persona homosexual qatarí.

En otro informe de HRW, se ha acusado a las fuerzas de seguridad de Qatar de arrestar arbitrariamente a lesbianas, gays, bisexuales, personas trans, y someterlas a palizas y detenciones antes del Mundial.

La FIFA, esta institución corrupta que alega ser defensora de los derechos humanos, incluso ha prohibido a los capitanes de las selecciones europeas el triste y simbólico gesto (que ha sido abandonado ya por muchos futbolistas) de llevar el brazalete arcoíris en los partidos. Es lamentable.

No son “tradiciones” ni “cosas de musulmanes”… es el patriarcado y el capitalismo

Ante esta realidad abrumadora, han sido muchas las voces que han tratado de justificar la violencia y opresión contra la mujer y comunidad LGTBI en Qatar como “tradiciones que hay que respetar aunque no nos gusten” fruto de una “mentalidad atrasada de árabes y musulmanes”. Una actitud que supura racismo, colonialismo europeísta y misoginia.

Mientras todo esto ocurre, los bancos y empresas occidentales, la propia FIFA, los Gobiernos de 32 países participantes e instituciones internacionales, están haciendo un negocio fabuloso. Es especialmente bochornoso el caso de Gobiernos que se declaran de izquierdas (como el de Pedro Sánchez) que no se han diferenciado en nada a la hora de participar en este evento que se ha construido sobre la sangre de miles de trabajadores y la opresión de millones.

El mundial de Qatar está sacando a la luz la hipocresía del gran negocio del futbol profesional, corrompido por un sistema en decadencia. El listado eterno de futbolistas de élite condenados por malos tratos y violaciones, los cánticos machistas y racistas que se profieren en muchos estadios, incluso la relación entre la violencia física y los propios partidos (por ejemplo en Inglaterra, donde las agresiones machistas se disparan un 36% cuando la selección pierde)… son algunos ejemplos.

Capitalismo, patriarcado, explotación y corrupción van de la mano. Las feministas revolucionarias en el Estado español enviamos nuestra fuerza a las mujeres qatarís y levantamos la bandera de la solidaridad internacionalista. Para que las mujeres en todo el mundo podamos ser libres, vivir sin tutelas y tomar las riendas de nuestras vidas, necesitamos terminar con este sistema capitalista enfermo.


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