La prueba de la bomba norcoreana del pasado 3 de septiembre, la más poderosa hasta la fecha, y la belicosa reacción de EEUU, subrayan la situación volátil y peligrosa que existe en la península y en toda la región.

La enorme explosión en el norte del país se sintió en Corea del Sur y China. El régimen anunció que se trataba de una bomba de hidrógeno, catorce veces más poderosa que la última bomba probada. Horas después Corea del Sur, con el apoyo de EEUU, llevó a cabo ejercicios militares y lanzó misiles en lo que fue un ataque simulado a Corea del Norte. En medio del arranque de la retórica belicista entre ambas partes Corea del Norte espera realizar nuevas pruebas con misiles en los próximos días.

Muchos en la región y en todo el mundo comprensiblemente temen que las acciones agresivas de EEUU y el programa de armamento de Corea del Norte puedan llevar a un conflicto armado, a propósito o por ‘casualidad’, e incluso a una guerra nuclear, con el coste de numerosas vidas y la destrucción medioambiental, una perspectiva que correctamente horroriza a millones de personas.

No obstante, aunque asombre el programa armamentístico de Corea del Norte, éste no es nada comparado con las 7.000 cabezas nucleares que posee la superpotencia norteamericana. Además, EEUU es el único país que ha utilizado armas nucleares sobre las ciudades japonesas de Nagasaki e Hiroshima en 1945, asesinando a cientos de miles de personas. Al mismo tiempo que Trump condena la amenaza que representa Corea del Norte para la “paz mundial”, es la superpotencia estadounidense la que ha soltado más de 6.000 bombas en diversos países en lo que va de 2017, asesinando a cientos de miles.

La administración Trump dio una respuesta escalofriante a la prueba nuclear de Corea del Norte. Cuando le preguntaron “¿Atacará Corea del Norte?” la respuesta de Trump fue: “Ya veremos”. El Secretario de Defensa norteamericano, James (Perro Rabioso) Mattis, avisó que, ante cualquier amenaza a EEUU o sus aliados, Corea del Norte se enfrentará a una “masiva respuesta militar”, y veríamos la “aniquilación total” de Corea del Norte. Al mismo tiempo, reflejando las opciones tan limitadas que tiene la Casa Blanca y sus posiciones contradictorias, Mattis declaró que EEUU no tenía planes para “cambiar el régimen”.

Sanciones y relaciones entre las superpotencias

La embajadora de EEUU en la ONU, Nikki Haley, declaró que Kim Jong-un estaba “mendigando la guerra” y pidió el final de todos los lazos económicos con Corea del Norte. Se están discutiendo nuevas sanciones (las primeras sanciones de EEUU contra Corea del Norte fueron en 1950), incluida la paralización de todos los suministros petroleros, frenar la salida de trabajadores norcoreanos a terceros países (se calcula que más de 50.000 norcoreanos trabajan en China y Rusia), impedir la devolución de divisas a Pyongyang y bloquear todas las transacciones financieras. Estas sanciones son una amenaza directa a los intereses de China, que es el principal socio comercial con Corea del Norte y su primer suministrador de petróleo.

Corea del Norte ya sufre las sanciones de la ONU, incluida la prohibición de exportar carbón, plomo y marisco por valor de 1.000 millones de dólares anuales o un tercio de sus ingresos anuales. En un reciente tweet, Trump amenazó con “paralizar todo el comercio con cualquier país que haga negocios con Corea del Norte”. De cumplirse tal cosa sería un suicidio político, pues llevándolo al pie de la letra significaría acabar con el comercio entre EEUU y China, las dos economías más grandes del mundo, desencadenando guerras comerciales y hundiendo a la economía global en el caos y en una más que probable severa depresión. El régimen chino calificó de “error” la última prueba nuclear norcoreana y pidió que la crisis se resolviera “pacíficamente”.

La propuesta de Rusia y China de que EEUU y Corea del Sur paralizaran los masivos ejercicios militares en las fronteras de Corea del Norte, a cambio de que Pyongyang detuviera las pruebas nucleares y de misiles y aceptará el inicio de conversaciones, ha sido descartada por la Casa Blanca. Tanto China como Rusia imitan a Corea del Norte y compiten con EEUU en Eurasia. Y si critican el programa de armas nucleares de Puyongyang, en parte es porque da al imperialismo norteamericano el pretexto de incrementar su poder militar en la península de Corea. Al mismo tiempo, China y Rusia se oponen firmemente a sanciones severas, incluidos los embargos de petróleo, porque podrían llevar al caos social en Corea del Norte o incluso al colapso del régimen de Pyongyang, con millones de refugiados entrando en China e incluso Rusia. Temen el fin del papel ‘amortiguador’ de Corea del Norte y que esto permitiera la creación de una Corea ‘reunificada’ dominada por EEUU, con un gran arsenal de armas de destrucción masiva en el umbral de su puerta apuntando hacia ellos. Es probable que China y Rusia intenten suavizar las propuestas de sanciones que EEUU y sus aliados llevarán a la ONU.

El presidente ruso Putin respondió enojado a la amenaza de sanciones y dijo que Kim Jung-un no es un “loco”, como describen con frecuencia los medios de comunicación occidentales al dictador norcoreano, sino que está actuando de manera racional. “Todos recuerdan muy bien lo que sucedió en Iraq y con Sadam Hussein. Hussein abandonó la producción de armas de destrucción masiva… Y también lo saben y lo recuerdan bien en Corea del Norte (…) ¿Creen que Corea del Norte abandonará por algunas sanciones?”.

En realidad, el régimen de Kim Jong-un parece haber acelerado su programa de armas nucleares para que sirva como fuerza ‘disuasoria’ contra un ataque dirigido por EEUU. Gadafi, el dictador libio, abandonó su programa nuclear en 2003 a cambio de las promesas de integración económica y acuerdos de seguridad con occidente. Pero EEUU y sus aliados apoyaron a los rebeldes contra Gadafi en 2011, llevando a la caída de su régimen y a su espeluznante final.

Cualesquiera que sean las sanciones que impongan a Corea del Norte, serán los trabajadores los que sufrirán, pues el régimen de Pyongyang considera las armas nucleares como su única ficha real de negociación y la oportunidad de sobrevivir.

El imperialismo estadounidense y la guerra de Corea

Las pruebas de las bombas y misiles del régimen norcoreano ciertamente aumentan el riesgo de un conflicto, pero el principal culpable de crear esta peligrosa situación en el noreste de Asia es de la administración agresiva y temeraria de Trump.

El régimen norcoreano es una forma particularmente grotesca de estalinismo pero su desarrollo se ha influenciado mucho por las décadas de amenaza militar del imperialismo norteamericano.

El imperialismo japonés se anexionó Corea por la fuerza en 1910 y en los años treinta el movimiento de independencia de Corea se convirtió en resistencia armada. El abuelo de Kim Jong-un, Kim Il-sung, encabezó una lucha que duró trece años y que terminó con Japón renunciando al control de Corea en 1945. Cuando estaba a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial, a EEUU le aterrorizaba que los soldados soviéticos, que estaban entrando en la parte norte de la península junto con las docenas de miles de las fuerzas guerrilleras coreanas bajo la dirección del Partido Comunista Coreano, tomaran el control de toda Corea. Los estrategas del Departamento de Estado estadounidense eligieron el paralelo 38 para dividir Corea y 25.000 soldados norteamericanos entraron al sur de la península para establecer un gobierno militar brutal.

Después de una serie de incursiones surcoreanas en el norte, la guerra estalló el 25 de junio de 1950. El general norteamericano McArthur se mostró partidario de arrojar 20 o 30 bombas nucleares sobre el norte, y por este “desliz” el mismo Eisenhower lo relevó del cargo. Bajo la bandera de la ONU, incluidas 60.000 tropas británicas, el imperialismo estadounidense comenzó el bombardeo brutal del norte, la región más industrializada de todo Corea, provocando la muerte de dos millones de civiles y la destrucción masiva de la infraestructura del país. Al mismo tiempo, el régimen militar del sur llevaba a cabo una violenta represión contra cualquiera que fuera considerado simpatizante de la izquierda. Se calcula que al menos 300.000 personas fueron detenidas, ejecutadas o ‘desaparecieron’ en el sur en los primeros meses de la guerra. Muchos de los responsables habían servido a los gobernantes japoneses y fueron puestos de nuevo en el poder por los norteamericanos.

La guerra de Corea terminó en 1953 con la misma división fronteriza con la que empezó frontera, sin un tratado formal de paz y con EEUU negándose a reconocer la República Popular Democrática de Corea.

La guerra y las décadas de amenaza militar norteamericana llevaron a que Corea del Norte se convirtiera en una forma de estalinismo cada vez más aislado y monolítico. Kim Jong-un es un líder hereditario de un régimen conocido por su xenofobia, culto a la personalidad y por la falsa ideología ‘Juche’ (que proclama la autarquía completa del país). El régimen totalitario mantiene a miles de prisioneros políticos en campos de trabajo.

Pero el reaccionario régimen burgués de Corea del Sur, y la continua amenaza militar del imperialismo, dio espacio al régimen estalinista para justificar su actuación. EEUU, con el ‘control operativo’ del ejército surcoreano, apoyó dos golpes militares de derechas en Corea del Sur, en 1961 y 1980.

En las primeras décadas de su existencia Corea del Norte, sobre la base de una economía planificada, también fue capaz de superar al sur económicamente, aumentando significativamente los niveles de vida, la alfabetización, la sanidad y los niveles de educación. Se convirtió en un país en gran parte urbanizado e industrializado.

Sin embargo, como todos los estados estalinistas, el control burocrático y la ausencia de democracia obrera socavaron las conquistas de la economía planificada y se convirtió en una barrera fundamental para un desarrollo mayor. El aparato militar, con aproximadamente un millón de soldados y su masivo arsenal de armas convencionales, es una carga excesiva para la economía.

La economía de Corea del Norte

La economía sufrió un duro golpe por el colapso de la Unión Soviética después de 1990, que hasta entonces había favorecido a Corea del Norte suministrando mercancías baratas. La situación se agravó debido a las inundaciones de 1995-1996 que provocaron una gran hambruna. Al final, Kim Jong-il (hijo de  Kim Il-sung y padre del actual presidente) permitió el crecimiento de mercados abastecidos por agricultores privados y en 2002 el régimen anunció el desarrollo de dos Zonas Económicas Especiales.

Tanto los mercados formales como informales se han desarrollado, además de la empresa privada. En 2013, Kim Jong-un anunció su ‘doctrina byungjin’, una política de desarrollo simultáneo de la economía y las armas nucleares. Se dieron permisos para 400 mercados, además de los mercados no oficiales que suponen entre el 70 y 90 por ciento del total de los ingresos familiares. El banco central surcoreano afirmó el mes pasado que la economía del norte creció en 2016 un 3,9%, el mayor en diecisiete años. Sin embargo, según el profesor Byung-Yeon Kim de la Universidad Nacional de Seúl, la economía está “lejos de recuperar los resultados económicos previos a la crisis”. Los capitalistas en todo el Este asiático están entusiasmados, no podía ser menos, con la posibilidad de explotar la mano de obra barata norcoreana.

Sólo con el genuino control y gestión democrática de todos los aspectos de la economía y la vida social en Corea del Norte por parte de los trabajadores, se podría materializar todo el potencial de la economía planificada. Esto implica el derrocamiento del régimen despótico de Kim Jung-un y vincularse con la clase obrera de Corea del Sur en su lucha contra el capitalismo y el imperialismo.

La cuestión nuclear y su utilización política

Mientras Trump despotrica contra las ambiciones nucleares de Corea del Norte, EEUU las introdujo en la península coreana en 1958, aunque tras el colapso de la Unión Soviética las retiraron. Desde 1991, EEUU ha realizado vuelos regulares de bombarderos con capacidad nuclear en el espacio aéreo surcoreano y los submarinos norteamericanos con frecuencia llevan armas nucleares y navegan por las aguas circundantes. EEUU también mantiene una presencia militar ‘convencional’ masiva en Corea del Sur.

Como respuesta a esta situación, Corea del Norte se embarcó en el largo camino a la capacidad nuclear y probó su primer misil de medio alcance en 1992 y el primer cohete de largo alcance en 1998. Utilizó la amenaza de las armas nucleares y su amplio arsenal convencional para obligar a la superpotencia norteamericana a mantener negociaciones. El régimen necesitaba concesiones económicas para evitar el colapso y buscaba terminar con el asedio estratégico impuesto por EEUU desde el final de la Guerra de Corea.

El presidente Bill Clinton admitió que “en realidad elaboramos planes para atacar Corea del Norte y destruir sus reactores, y les dijimos que les atacaríamos a menos que terminaran con su programa nuclear”. Pero los hechos desnudos apuntaban directamente al imperialismo estadounidense: la guerra en la península causaría más de un millón de muertos, incluidos más de 100.000 norteamericanos y costaría billones; así que la política de EEUU giró y negoció un “Acuerdo Marco’ con Corea del Norte.

Según el acuerdo, Corea del Norte suspendería su programa de armas nucleares, EEUU le proporcionaría ayuda económica en forma de petróleo, alimentos y la construcción de dos reactores de ‘agua ligera’ (no produce plutonio) para generar electricidad, y procedería a la “completa normalización de las relaciones políticas y económicas”.

El acuerdo logró ocho años de congelación (1994-2002) de todas las instalaciones de plutonio de Corea del Norte y de manera paulatina tendría que ocurrir lo mismo en su producción de misiles. Pero EEUU nunca cumplió sus promesas y eso hizo que Corea del Norte en secreto renovara su política de armas nucleares.

Un gran sector de la clase capitalista de Corea del Sur está a favor de llegar a un acuerdo con el norte para evitar su colapso y una crisis masiva de refugiados. El resultado de ello fue una cumbre entre los regímenes del norte y el sur en junio de 2000.

Pero la administración de George W. Bush abandonó el Acuerdo Marco y rompió las conversaciones con Corea del Norte. En su infame discurso sobre el Estado de la Unión, Bush declaró que Corea del Norte era parte del ‘eje del mal’.

A pesar de todo, en 2003 comenzó el ‘Diálogo de los Seis’ entre Corea del Norte y el Sur, EEUU, Rusia, China y Japón. A Corea del Norte se le proporcionaría ayuda económica a cambio de un compromiso de renunciar a las armas nucleares. En julio de 2007 la Agencia Internacional de Energía Atómica confirmó que el reactor productor de plutonio de Yongbyon y la planta de ensamblaje estaban cerrados.

Pero la sospecha y la desconfianza mutuas entre Corea del Norte y EEUU son insalvables. Corea del Norte mostró su enojo por las interminables demandas de información sobre su programa nuclear y EEUU denunció que Corea del Norte continuaba en secreto con el programa de enriquecimiento de uranio.

Con la administración Obama, a pesar de la atenuación de la retórica belicista, no hubo un cambio importante en la política hacia Corea del Norte. La llegada de la temeraria y agresiva administración Trump ha llevado, una vez más, a un peligroso incremento de las tensiones entre los dos países.

Las opciones limitadas del imperialismo de EEUU

Trump se enfrenta a las mismas opciones limitadas que los anteriores presidentes norteamericanos, más aún, porque ahora Corea del Norte parece que está a punto de conseguir misiles armados con armas nucleares (que Pyongyang pretende alcanzarán suelo norteamericano).

Poco antes de ser despedido de la Casa Blanca, Steve Bannon, el antiguo asesor ultraderechista de Trump, describía las relaciones de Corea del Norte y EEUU como un indicador de la “guerra económica” de EEUU con China y espetó: “No hay solución militar” que pare el programa nuclear y de misiles de Corea del Norte.

“Olvídelo” le dijo a la revista American Prospect el 16 de agosto: “Hasta que alguien resuelva la parte de la ecuación que me demuestre que no morirían diez millones de personas en Seúl en los primeros 30 minutos de armas convencionales, no sé realmente de qué estamos hablando, aquí no hay solución militar, nos tienen pillados”.

Con una masiva artillería ya alineada en la frontera entre el norte y el sur, los analistas militares estimaban que 100.000 personas en Seúl podrían morir en los primeros días del conflicto. Y no hay garantía de que un ataque militar norteamericano pudiera destruir todos los lugares ocultos donde Corea del Norte lleva a cabo sus programas nucleares.

La opinión de Bannon es compartida por muchos veteranos funcionarios estadounidenses. “Tiene absolutamente razón”, decía el antiguo negociador nuclear con Corea del Norte, Joel S. Wit. “[un primer ataque de EEUU] no es una amenaza creíble y realmente ha sido así desde los años noventa. Hemos estado pretendiendo que es creíble, pero realmente no lo es”.

En una editorial del 5 de septiembre The Financial Times admite con franqueza: “El mundo no tiene elección sino vivir con una Corea del Norte con armas nucleares. EEUU… no puede cambiar este hecho sin correr riesgos catastróficos”.

En agosto, el presidente sur coreano Moon Jae-in hizo comentarios similares: “Con confianza puedo decir que no habrá de nuevo guerra en la Península coreana”

Después de la prueba de la bomba norcoreana del 3 de septiembre, Trump acusó a Corea del Sur de  “apaciguamiento” y expresó dudas sobre continuar con el acuerdo de libre comercio Corea del Sur-EEUU, una declaración muy provocadora de la que pronto tuvo que alejarse la Casa Blanca.

Moon Jae-in se enfrenta a la presión interna porque llegó al cargo después de protestas masivas de la población que obligaron al impeachment de su predecesor de derechas. Jae-in prometió revocar las leyes represivas de seguridad, avanzar en la reconciliación con Corea del Norte y que Seúl adoptará una política exterior más independiente de EEUU. Al mismo tiempo, bajo la intensa presión para que acepte instalar más misiles norteamericanos, ha respondido que su gobierno está considerando desarrollar su propio programa de armas nucleares.

Volátil y peligroso

A pesar de los abrumadores hechos en contra de un primer ataque de EEUU, la situación es volátil y peligrosa ya que implica a dos líderes impredecibles, Kim Jong-un y Donald Trump. The New York Times avisa que Trump necesita iniciar conversaciones con Kim Jung-un, “antes de que a propósito o por un cálculo erróneo se desencadene una guerra”. Acciones militares ‘tácticas’, escaramuzas o incidentes ‘casuales’ mal juzgados pueden llevar a un conflicto más amplio y devastador.

Secciones del establishment norteamericano aconsejan una acción más agresiva. En una fanática editorial el Wall Street Journal pedía el despliegue de armas nucleares en Corea del Sur y animaba a las “elites a desertar o preparar un golpe interno” en Corea del Norte. Continuó defendiendo despiadadamente la hambruna de masas como un arma contra Pyongyang: “retener la ayuda alimentaria para derribar a un gobierno normalmente sería poco ético, pero Corea del Norte es un caso excepcional”. (WSJ. 5/9/17)

Un conflicto armado en la península coreana provocaría protestas contra la guerra y antiimperialistas en todo el mundo, incluso movimientos revolucionarios, no menos en EEUU donde la administración Trump ya es profundamente aborrecida por grandes sectores de la población norteamericana.

Esta semana hubo protestas en Corea del Sur contra la instalación de nuevos misiles norteamericanos. La clase trabajadora surcoreana tiene una orgullosa tradición de luchas de masas contra la militarización y para derrocar las anteriores dictaduras militares.

A largo plazo, EEUU probablemente tendrá que enfrentarse a la perspectiva de iniciar una negociación con Corea del Corte y alcanzar algún tipo de acuerdo para intentar ‘contener’ a una Corea del Norte con armas nucleares. The Washington Post informa que EEUU y Corea del Norte han mantenido un “canal diplomático reservado durante los últimos meses que podría ser utilizado para establecer negociaciones más sustanciales”.

Sin embargo, la única manera de garantizar la paz y la estabilidad a largo plazo en la región es con el desarrollo de una fuerte oposición internacional de la clase obrera a la agresión de la administración Trump, contra la militarización de la península coreana y por el desmantelamiento de todas las armas nucleares en el mundo.

Unido a esto, está la lucha por un cambio fundamental de sociedad, que debe encabezar la clase obrera de la península coreana. La unificación de Corea sobre bases socialistas auténticas y la creación de una federación socialista voluntaria e igualitaria en la región verían el final de la explotación de clase y las guerras.