En las y los compañeros que defendemos un feminismo de clase existe una idea muy clara: las opresiones que las mujeres y otras identidades vivimos diariamente se generan a partir de la alianza criminal entre el capitalismo y el patriarcado; si bien este último ha existido como sistema político-cultural desde la antigüedad, el capitalismo –como sistema económico que propicia la propiedad privada– ha encontrado en él una herramienta poderosísima que justifica las dinámicas de poder ya no sólo entre clases sociales, sino también entre géneros. De esta forma, la opresión económica no únicamente corre de la burguesía hacia la clase trabajadora, sino que continúa hasta alcanzar a la mujer trabajadora como el último eslabón de la cadena.

A partir de este esquema, se generan otros supuestos: el binarismo de género hombre-mujer que facilita el establecimiento de la familia como institución destinada a la herencia de la propiedad privada (en el caso de la clase dominante) y a la reproducción de la fuerza de trabajo (en el caso de la clase trabajadora); los roles de género que sitúan al hombre como sujeto político de la sociedad y el espacio público, en tanto la mujer queda relegada al ámbito privado y familiar; la implementación del sistema heteropatriarcal como única forma válida de relacionarse.

Cuestionar alguno de estos supuestos conlleva poner en jaque las bases mismas del sistema heteropatriarcal y capitalista, que anula cualquier posibilidad alterna de vida fuera de sus rígidos moldes para preservar sus intereses. Por eso, se debe tener claro que las violencias machistas contra las que lucha el feminismo se han originado precisamente al interior y en beneficio del capitalismo, y que la violencia patriarcal no desaparecerá si no se pugna también por una transformación del sistema económico que lo cobija.

Luchar contra esa violencia implica necesariamente el reconocimiento hacia la diversidad e identidades fuera de la heteronorma y el binarismo. La violencia feminicida comparte bases con los crímenes de odio, los transfeminicidios y las terapias de conversión; por eso resulta alarmante, paradójico y peligroso que dentro del feminismo hegemónico se alberguen discursos que nieguen estas identidades utilizando argumentos biologicistas que caen, de nueva cuenta, en el binarismo impuesto por el sistema, asignando géneros y roles según el sexo de nacimiento. 

La diversidad sexual, especialmente la comunidad trans, sufre día a día las consecuencias de una sociedad moldeada a partir de estereotipos y prejuicios. No se debe olvidar que la esperanza de vida para las mujeres trans ronda los 35 años, ni que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial en número de transfeminicidios, sin mencionar las casi nulas oportunidades laborales, o el acceso a servicios médicos o educativos. Si no se tiene claro el origen de esta violencia hacia las identidades trans –el mismo de la opresión hacia la mujer trabajadora–, resulta sencillo esgrimir argumentos como el supuesto “borrado de mujeres”, que únicamente fortalece al sistema y debilita la lucha feminista.

El feminismo de clase lucha por los derechos y el fin de la opresión de las mujeres trabajadoras, lo cual por supuesto incluye a las mujeres trans. Las narrativas transexcluyentes que se posicionan en contra de las leyes de identidad de género están ejerciendo violencias que niegan un derecho básico: el reconocimiento legal de la identidad. El problema es que negar la identidad de una persona impide su reconocimiento como sujeto de derecho, y por tanto, la vulnera aún más. Detrás de cualquier categoría abstracta, existe una persona a la cual estructuralmente se le están negando derechos humanos y la posibilidad de un desarrollo pleno. En un contexto como el que vivimos actualmente, donde feminicidios y transfeminicidios son el pan de cada día, defender estos discursos de odio no tiene cabida, y mucho menos bajo la bandera del feminismo.

El feminismo revolucionario rechaza estas narrativas que sostienen una única forma de ser mujer; la transfobia no se puede justificar como “libertad de expresión”, porque perpetúa ideas que luego se traducen en violencias de todo tipo. Nos parece preocupante que desde la academia y otros espacios de privilegio que parten de una análisis pequeñoburgués se les siga dando difusión a estas ideas que únicamente estigmatizan, revictimizan y vulneran a la comunidad trans y otras identidades. Los derechos no se pueden prestar a debate, y el feminismo no debe ser usado para oprimir a otrxs.

Todas estas ideas solo hacen el juego a las fuerzas más retrógradas y tratan de esconder, tras su supuesta posición academicista y científica, una profunda y reaccionaria transfobia que no tiene nada que ver con una posición de izquierdas comprometida. Defender la opresión no es un rasgo de progreso.

Esta argumentación es reaccionaria y muestra una frivolidad y un desprecio terrible por la opresión que sufre este colectivo, y también por la violencia machista  y la justicia patriarcal que padecemos las y los oprimidos. La comunidad trans no es el problema, no es la fuente de nuestra opresión. Al contrario, están en nuestra misma barricada.

Las múltiples victorias y el auge que ha tenido nuestro movimiento en los últimos años se han llevado a cabo mediante la lucha organizada y continua en las calles donde las disidencias han tenido un papel también importante. Seguiremos movilizándonos para continuar esta batalla y conseguir una vida digna libre de opresiones; de la mano van también las demandas de la diversidad sexual, pues nuestro enemigo común es este sistema que nos asfixia y no nos permite vivir con libertad y plenitud. ¡Basta de fortalecer al sistema con discursos de odio!

 ¡Queremos ser lo que somos!

 ¡Por un feminismo anticapitalista, combativo e incluyente!


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