Ahora resulta que la energía del sol radiante tiene precio; las empresas lograron conformar una industria “emergente” que “ayudará” en la lucha contra el cambio climático. El tratamiento de la energía solar alcanza hoy por hoy ocho millones de dólares de acuerdo a datos de la Asociación Nacional de Energía Solar (ANES). Sólo que su incipiente uso llega a unos cuantos porque aún no beneficia del todo a la mayoría de población. 

El traslado de un tipo de energía a otra tiene una dificultad objetiva tanto de carácter técnico como en su aspecto financiero. Esto, en determinado momento, hace que los ricos parezcan más ecológicos que los pobres. La fabricación de autos ostentosos, el mantenimiento de los jets y la producción de yates emite carbono y la manufactura de este material resulta cara.

La conversión de una energía a otra tiene dos aspectos que contradice la finalidad que les dio origen: por un lado en la conducta, por ejemplo, los cambios en los hábitos de compra entre los consumidores y los cambios laborales en el proceso de producción; y por otro, el aspecto financiero, por ejemplo la adquisición de paneles solares sobrepasa los 10 mil pesos por unos cuantos metros; artefactos de esa naturaleza no serían muy populares.

El común de la gente no tenemos acceso a los beneficios de las tecnologías ahorradoras de energía. El consumo de los nuevos materiales y sus aditamentos o artefactos exóticos implica aspectos ideológicos de cara al estatus social en quien lo adquiere, precisamente como lujo.

La fabricación de “supercasas” requiere miles de metros cuadrados de montes devastados, las empresas de tecnologías verdes son irónicamente los principales enemigos de los bosques: una “supercasa” requiere 380 árboles.  

El costo de los autos híbridos es elevadísimo, y no hay que olvidar las cargas de electricidad requeridas para manejarlo. ¿De dónde viene esa electricidad? El incremento de las tarifas domésticas para la mayoría de la sociedad podría ser la respuesta. Parece que las tecnologías verdes están dividiendo a la población entre los que pueden comprar un auto a base de gasolina y los otros que acceden a automóviles eléctricos.

Las tecnologías verdes del trasporte no son accesibles para mayoría de la población: el Altima de Nissan, Hyundai, Jaguar y Bently son los más comunes pero muy caros.

El 10 por ciento de los más ricos del mundo causan el cambio climático global. El 50 por ciento de emisiones de carbono son causadas por 10 por ciento de los millonarios; mientras, el común de la gente, o sea 3,500 millones de personas, son responsables sólo de 10 por ciento de las emisiones. Oxfam difundió que el uno por ciento de los más pudientes emite 175 veces más carbono a través de sus empresas que los menos ricos.

Los cambios climáticos se originan en medio de esta desigualdad, y está sujeta a las empresas relacionadas con el procesamiento del carbono, con lo que se calienta rápidamente la atmósfera, aunque desgraciadamente las economías emergentes se basan en esta industria. (figura1)

Los efectos del cambio climático están desproporcionalmente distribuidos en el mundo. Mientras el impacto más severo del cambio es considerado como “global”, en realidad, los países más pobres resultan ser los más vulnerables. (figura 3)

Existe un abismo en la actividad del carbono entre la industria de los países avanzados respecto de los países coloniales. La diferencia principal puede estar entre los que producen barato y los que consumen caro respecto a la explotación ambiental y la laboral de los países donde se procesa el carbono. La industria verde tiene una logica capitalista, como cualquier otra industria, busca invertir con menor esfuerzo e inducir el consumo de sus productos e ideas. Por un lado Estados Unidos (EU) excede en 40 por ciento el consumo individual, centrado en los más ricos, pero en los países pobres que se maquila y produce la tecnología verde (en algunos casos como la India) solamente es de un 10 por ciento.

El rescate y cuidado del medio ambiente dependerá de la intervención obrera en las empresas de tecnologías alternativas, para rentabilizarlas y popularizarlas no con base en el beneficio de unos cuantos, sino del planeta y de la mayoría de la población; de donde menos podemos esperar una solución al cambio climático es de las inversiones en el sector, porque no beneficia ni a la población local, ni mucho menos al ambiente, ya lo vemos en la amazonia brasileña y en la contaminación del río Santiago de Jalisco.


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