En 1910, la dirigente marxista Clara Zetkin presentó ante la Segunda Conferencia de Mujeres Socialistas la propuesta de establecer el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y conmemorar así la lucha de miles de mujeres que en distintas partes del mundo impulsaban una batalla encarnizada contra un sistema que ejercía (y sigue ejerciendo) una brutal opresión de clase unida a la de género.

Desde finales del siglo XIX las consecuencias del insaciable engranaje capitalista ya se podían observar en las condiciones laborales de las y los trabajadores: jornadas de hasta 12 horas, salarios insuficientes y cuotas de producción inalcanzables que consumían su vida. En el contexto de un hartazgo generalizado, las mujeres enfrentaban paralelamente la doble carga del cuidado del hogar, una brecha salarial enorme con respecto a sus compañeros, y una violencia sexual impune y constante en sus centros de trabajo.

Dentro de las huelgas y movimientos más significativos se encuentran los levantamientos de trabajadoras de la industria textil en Estados Unidos en 1908 en Chicago, cuando nombraron el primer “Woman’s day” en un intenso episodio de lucha donde exigían disminución de la jornada laboral y mejores condiciones de trabajo. Más tarde, entre 1909 y 1910, las obreras de la ciudad de Nueva York salieron a defender sus derechos en reyertas que terminaron con fuertes represiones policiales. En esa misma ciudad, el 25 de marzo del siguiente año tuvo lugar una de las masacres más despiadadas que colmó definitivamente el vaso de la clase obrera, específicamente de las mujeres; el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, donde murieron más de 120 trabajadoras debido a los cerrojos que impidieron su huida del fuego, los cuales habían sido colocados por la patronal para no interrumpir el flujo de trabajo.

Por otra parte, el 8 de marzo de 1911 se produjeron grandes movilizaciones en Alemania, Suiza, Austria y Dinamarca, en donde se exigía el derecho de la mujer al voto, a la ocupación de cargos públicos, al trabajo y a la formación profesional. El siguiente año el movimiento se extendió a Francia, Países Bajos y Suecia, y posteriormente, a Rusia; en 1917 las trabajadoras pararon las fábricas textiles en San Petersburgo y salieron a las calles.

A pesar de que con el transcurso de los años se ha conquistado el reconocimiento de varios derechos fundamentales y de que las directrices han variado, está claro que el movimiento se fundamenta como un proceso de lucha obrera, y que la denuncia de la opresión hacia la mujer está indudablemente ligado a la opresión de clase. Somos las mujeres trabajadoras quienes continuamos afrontando la mayor precariedad; quienes sufrimos la opresión no únicamente por parte de los hombres, sino también por mujeres instauradas en posiciones de poder.

Bajo palabras de Lenin, la sociedad burguesa no puede conducir hacia la emancipación de la mujer porque funciona bajo un modelo económico que prioriza la propiedad privada, a la que protege mediante diversos mecanismos e instituciones -todas ellas consignadas bajo la tela de la “legalidad”, como el matrimonio o el divorcio-, y que coloca a la mujer trabajadora en el último eslabón de la cadena. Expresa que: “no puede existir, no existe ni existirá jamás verdadera libertad mientras las mujeres se hallen atrapadas por los privilegios legales de los hombres, mientras los obreros no se liberen del yugo del capital, mientras los campesinos trabajadores no se liberen del yugo del capitalista, del terrateniente y del comerciante”.[1]

            En el contexto actual, en el que la violencia machista y la precarización laboral se han recrudecido de forma brutal bajo la pandemia, más que nunca debemos luchar por una vida digna, por la reivindicación de nuestros derechos políticos, laborales y económicos. Bajo ninguna circunstancia debemos olvidar que el 8 de marzo no es una celebración, sino una conmemoración por la lucha de miles de mujeres trabajadoras en favor del reconocimiento de nuestros derechos, y un aliciente para seguir denunciando la monstruosa maquinaria en la que capitalismo y patriarcado conviven y luchar por su derrocamiento.

 

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[1] Lenin, V. “El poder soviético y el papel de la mujer” en Obras Completas, tomo 39, Editorial Progreso, Moscú, 1981. Disponible en:  https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1919/noviembre/06.htm


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