La economía capitalista ha entrado en estado de pánico. En las últimas semanas las bolsas de todo el mundo se han hundido perdiendo casi un 20% de su valor, y el barril de Brent ha caído en un solo día más de un 20%, una situación no vista desde la guerra del Golfo en 1991. Los datos económicos se revisan a la baja cada semana, y la patronal bancaria ha dicho que el crecimiento mundial se quedará en el 1%, lo que implica una situación de recesión global.

Sectores como el de las aerolíneas se enfrenta a pérdidas de hasta 102.000 millones de euros, habiendo quebrado ya una gran compañía. La epidemia de coronavirus está poniendo en evidencia la debilidad de la economía y las enormes contradicciones y desequilibrios acumulados durante años, que ahora amenazan con estallar virulentamente. Sin embargo, este virus es solo el accidente que ha hecho enfermar gravemente a una economía senil.
La enorme crisis de legitimidad del capitalismo, a consecuencia de un crecimiento acelerado de la desigualdad y la miseria en todo el mundo, ha llevado a que uno de sus portavoces tradicionales, el Financial Times, plantee la necesidad de resetear el capitalismo, cuestionado “por centrarse en maximizar las ganancias y el valor para los accionistas”. Son los mismos que en medio de la gran recesión de 2007-2008 abogaban por refundarlo, frenar sus abusos y humanizarlo. El problema, sin embargo, como ya señalaron Marx y Engels, son las propias leyes bajo las que opera el mercado, que hacen inviable un capitalismo de rostro humano.

Una recesión de consecuencias imprevisibles

La agenda capitalista desplegada para conjurar la crisis de 2008 ha sido incapaz de responder al desafío y ha empeorado las contradicciones estructurales que afloraron una década atrás. 2019 cerró con un crecimiento del comercio del 1% frente al 4% de 2018, el ritmo más bajo de la última década. Ahora, tras el estallido de la epidemia, el interrogante es hasta dónde puede llegar esta crisis.

China, que ha aportado un tercio del crecimiento mundial durante los últimos diez años, se enfrenta a su menor aumento en casi 30 años, un 4%, según el Instituto de Finanzas Internacionales, tras contabilizar ya parte del efecto del coronavirus. El gigante asiático se ha convertido en un actor central. Su fulgurante expansión económica, que ha supuesto también la acumulación de enormes desequilibrios y contradicciones, dio mucha estabilidad al capitalismo, pero ahora todo esto parece convertirse en su contrario.

El crecimiento para EEUU, ya moderado en 2019, ha sido revisado a la baja: un pírrico 1,3% para 2020, por el momento. Su sector industrial, a pesar de las promesas de Trump, continúa en declive. En 2019, 16.000 trabajadores del cinturón del acero en EEUU perdieron su empleo. El presidente estadounidense ha tenido que levantar el pie del acelerador en la guerra arancelaria con China, ya que, entre otros factores, el 77% de las exportaciones chinas corresponde a productos semielaborados para producir mercancías en industrias norteamericanas. El hecho de que en el reciente Foro de Davos se haya señalado, por primera vez, la política norteamericana como uno de los principales factores de inestabilidad mundial es un buen reflejo de las debilidades de su economía y del tipo de recuperación a la que hemos asistimos.

La Unión Europea (UE), que enfrentaba una situación de estancamiento, entrará abiertamente en recesión, destacando Alemania, con una caída constante de su producción industrial. La locomotora europea se enfrenta a un retroceso agudo de sus exportaciones, que aportaban en 2018 el 47,4% de su PIB. La producción de coches ha registrado la cifra más baja desde 1997, con las exportaciones cayendo un 13% en una industria que exporta el 77% de su producción. Unos datos que ponen en jaque a la economía alemana, especialmente por la abrupta interrupción del comercio mundial. Por otro lado, Italia enfrenta una situación de completa parálisis económica, con un enorme endeudamiento que podría estallar en cualquier momento. La posición de Europa en el mundo sigue en retroceso.

Endeudamiento récord y especulación financiera

Esta crítica situación se combina con un crecimiento exponencial de la deuda y de una especulación financiera completamente desbocada. La deuda global alcanza cada año nuevos récords, muy por encima de las cifras previas al estallido de la gran recesión. La deuda pública, empresarial y de las familias en el mundo llegó hasta los 253,6 billones de dólares, el 322% del PIB mundial, con un nuevo ascenso en 2019 de casi 8 billones de dólares. El 60% del incremento de la deuda mundial corresponde a China y EEUU, y el 70% del aumento de la deuda empresarial corresponde a multinacionales norteamericanas. Por otro lado, los países “emergentes” incrementaron su deuda hasta los 72,5 billones, un 223% de su PIB, la ola “más grande, rápida y generalizada” desde 1970, según el Banco Mundial.

Esta situación completamente anómala estalló en septiembre pasado en el conocido como mercado de recompra (repo) en EEUU, donde bancos y operadores de bolsa acuden diariamente para obtener préstamos. Ante la escasez de dinero en efectivo, se produjo una subida de los tipos de interés del 2,21% al 10%, y la Reserva Federal (Fed) se vio obligada a proporcionar en una semana 203.000 millones de dólares, la mayor inyección de liquidez desde 2008. Desde entonces ha tenido que introducir otros 60.000 millones mensuales y a reducir los tipos, que ante los efectos del coronavirus, han vuelto a recortarse, quedando al borde del 1% y reduciendo enormemente el margen de maniobra futuro. Christine Lagarde, presidenta del BCE, ha reconocido que se están quedando sin munición tras haberse instalado los tipos negativos en la eurozona, especialmente en Alemania. Una situación sin precedentes que sostiene artificialmente una parte importante de la economía capitalista, impulsando una espiral especulativa descontrolada que amenaza con estallar en cualquier momento.

La capitalización de las bolsas internacionales también ha alcanzado cifras récord, 86 billones de dólares, el 100% del PIB mundial. Este crecimiento histórico de los beneficios en los mercados bursátiles no se corresponde con un avance de la economía real, dando paso, ante el pánico, a pérdidas multimillonarias. Nos encontramos ante una expansión del capital ficticio mientras la inversión productiva continúa estancada o colapsada, destacando el papel de la recompra de acciones en dichas subidas: solo Apple ha gastado 239.000 millones de dólares en los últimos diez años. Nos encontramos ante el sueño del capital: obtener dinero del dinero sin pasar por el proceso de producción. Algo que inevitablemente termina chocando con la economía real.

La dictadura del capital financiero y de los monopolios

Desde la gran recesión la concentración de la riqueza y la propiedad ha dado un salto sin precedentes, confirmándose las tendencias monopolísticas innatas al desarrollo capitalista. Recientemente se ha producido la fusión bancaria más importante desde 2008 entre BB&T (BBT) y SunTrust (STI), que dará lugar a la sexta entidad financiera más grande de los EEUU. Estos seis grandes bancos y entidades financieras acapararán más del 65% de todos los activos financieros y depósitos del país. También se ha producido la fusión entre Charles Schwab y TD Ameritrade, la primera y tercera mayores empresas de corretaje bancario y bursátil (brokers) estadounidenses. Gestoras de fondos de inversión como BlackRock, actualmente la mayor del mundo, gestiona capitales por valor de 6,3 billones de dólares, el equivalente al PIB combinado de Alemania y Francia.

Cuando se produjo la crisis de las subprime, sesudos analistas y economistas burgueses señalaron como uno de los principales problemas la existencia de bancos y entidades financieras de inmensas dimensiones. Diez años después, la concentración del capital financiero es aún mayor. Este proceso de concentración y monopolización, que echa por tierra el mito capitalista de la “libre competencia”, se ha extendido a todos los sectores de la actividad económica. La revista Nature1 en un reciente estudio sobre el cambio climático confirmaba hasta qué punto los recursos naturales del planeta, y la producción agropecuaria, mineral, farmacéutica o de cualquier otro sector, se han concentrado en manos de un puñado ínfimo de grandes monopolios.

Numerosos economistas burgueses, y especialmente los dirigentes reformistas, muestran su frustración frente a la deriva actual del capitalismo, añorando tiempos mejores en que el capital se comportaba de forma “responsable” permitiendo una competencia “justa”. Sin embargo, como ya señaló el marxismo, hace tiempo que las bases materiales de ese capitalismo ideal desaparecieron: “La eliminación de la competencia por el monopolio marca el comienzo de la desintegración de la sociedad capitalista. La competencia era el principal mecanismo creador del capitalismo y la justificación del capitalista. Por lo mismo, la eliminación de la competencia marca la transformación de los accionistas en parásitos sociales”2.

Proteccionismo y guerra comercial

Desde los medios de comunicación burgueses se culpa de esta situación a la guerra comercial. A pesar de que todos están de acuerdo en que una escalada arancelaria y proteccionista es negativa para el conjunto de la economía capitalista, y que podría llevar a una recesión e incluso a una depresión económica, tal y como ocurrió durante los años treinta del siglo pasado, las tendencias objetivas del capitalismo empujan inexorablemente en dicha dirección. La burguesía desearía frenar este proceso, pero las leyes que rigen su sistema lo hacen harto complicado. La recesión fortalecerá esas tendencias, prevaleciendo el sálvese quien pueda.

Las políticas proteccionistas no son una invención de Trump. Desde 2008 países de todo el mundo han aprobado 10.035 normas de proteccionismo económico frente a 3.544 medidas liberalizadoras. Esta dinámica, como en otros momentos de la historia, se ha impuesto fruto de la crisis de sobreproducción y de la necesidad de las distintas burguesías de competir más ferozmente por el mercado mundial.

En el año 2000 China solo superaba a EEUU como principal socio comercial en Cuba, Paraguay, Iraq, Irán, una decena de países africanos y sus países fronterizos en el sudeste asiático. Hoy se ha convertido en el principal socio comercial y exportador de todos los países de África, Asia y Oceanía, y de la mayor parte de Europa y América Latina. EEUU mantiene su preeminencia únicamente respecto a Canadá y México, en Europa con Gran Bretaña, Irlanda, Francia y Suiza, en un par de países en África, y en Centroamérica, Colombia y Ecuador. Este enorme retroceso del imperialismo norteamericano explica el agravamiento de la guerra comercial y la apuesta estratégica de la burguesía estadounidense por librar esta batalla.

La supuesta tregua alcanzada entre EEUU y China es pura propaganda. Este tipo de acuerdos solo pueden ser parciales y temporales, amenazados ante cualquier nuevo acontecimiento, ya que asistimos a una pugna decisiva por la supremacía mundial entre estos dos actores. Sin embargo, la vociferante retórica nacionalista de Trump no debe llevarnos a confusión. La realidad concreta es que en estos cuatro años de presidencia, su Gobierno y la burguesía norteamericana no han sido capaces de avanzar un ápice en la esfera internacional. Al revés, todos sus intentos de revertir los retrocesos del imperialismo estadounidense han fracasado.

Por eso mismo, semanas después de la firma de la supuesta tregua, el enfrentamiento ha vuelto a estallar en torno a Huawei, acusada ahora por el Gobierno norteamericano de organización criminal por el robo de propiedad intelectual. En 2019 Huawei desplazó a Apple del segundo al tercer puesto mundial en venta de móviles, y en la actualidad cinco de las diez mayores compañías de Internet y telefonía son chinas, mientras que en 2009 las diez eran norteamericanas. Uno de los puntos de mayor enfrentamiento es el desarrollo de la nueva tecnología 5G. China ya ha instalado 400.000 estaciones de 5G, diez veces más que EEUU; ha firmado acuerdos con 60 países para el desarrollo de esta nueva red, muchos de ellos aliados de EEUU; y se calcula que en 2025 dispondrá de 650 millones de usuarios, el 40% a escala mundial. Los temas centrales de conflicto, los subsidios de Pekín a determinadas industrias, la propiedad intelectual y la guerra tecnológica, han quedado fuera de los acuerdos. El Departamento de Defensa de los EEUU ha advertido que “China se apresta a repetir con el 5G lo que ocurrió con la 4G en EEUU”, transformando “una economía manufacturera intensiva en capital y trabajo, en un sistema liderado por la innovación y el consumo, con una dependencia cada vez menor de la inversión y la tecnología extranjera”.

Polarización social y desigualdad

Toda esta precaria situación en la economía mundial se combina con un crecimiento de la miseria y la desigualdad sin precedentes, confirmándose los vaticinios de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista. El último informe anual de Intermon Oxfam señala que el 1% más rico de la población tiene el doble de riqueza que 6.900 millones de personas. Al mismo tiempo que se ha duplicado el número de multimillonarios.

La precarización generalizada de la fuerza de trabajo y los bajos salarios han dado lugar en los países desarrollados a la proliferación de la figura del trabajador que, a pesar de tener uno o dos empleos, se mantiene al borde de la pobreza o en la pobreza. Así lo refleja dicho informe: “un trabajador que hoy está ubicado en el 10% de los trabajadores más pobres, debería trabajar tres siglos y medio para conseguir el mismo rédito que un trabajador que se ubica en el 10% de los trabajadores más ricos”. Mientras el 10% de los trabajadores con mejores sueldos reciben casi el 50% de la masa salarial mundial, el 20% con peores retribuciones no llegan al 1%.

Es esta situación la que está detrás de las explosiones y levantamientos revolucionarios en buena parte del planeta, desde Chile o Bolivia, pasando por Argelia, Líbano, Iraq, hasta Francia o Catalunya. Países como EEUU o Gran Bretaña, bastiones en el pasado de la estabilidad capitalista, están corroídos por una polarización social extrema, dando lugar a fenómenos como el de Bernie Sanders. La lucha de clases no da tregua y de ahí el profundo pesimismo existente entre la clase dominante. Las condiciones de la revolución están completamente maduras, pero la ausencia del factor subjetivo, de un partido revolucionario de masas capaz de canalizar la energía, rabia y frustración de la clase obrera y la juventud, no permite culminar el derrocamiento del capitalismo. ¡Esa es por tanto la tarea del momento!

  1. Cuatro multinacionales controlan el 84% del mercado de pesticidas, diez el 56% del de fertilizantes, otras diez el 83% del farmacéutico para ganado y tres compañías el 60% del mercado de semillas. En la minería, cinco multinacionales acaparan el 91%, 88% y 62% de la producción mundial de platino, paladio y cobalto, y diez multinacionales el 64%, 52%, 50% y 45% de la producción de níquel, hierro, cobre y zinc respectivamente, así como el 34% y 30% de la de plata y oro. El 72% de las reservas de petróleo y el 51% de las de gas están en manos de una decena de compañías multinacionales, mientras que otras tantas producen el 30% del cemento mundial. También son diez las que acaparan el 25% de la producción mundial de papel y cartón, y trece las que concentran entre el 11 y el 16% de la pesca mundial y entre el 20 y el 40% de las reservas pesqueras. Cinco multinacionales controlan el 90% del comercio mundial de aceite de palma, otras tres el 60% de la producción de cacao, diez el 40% de la producción de café, ocho el 54% de la de soja, tres el 42% de la producción de plátano y cinco el 48% de la producción de salmón.
  2. Fundamentos de economía marxista. El marxismo en nuestro tiempo, León Trotsky. Fundación Federico Engels, 2019.

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