El petróleo es ahora una de las batallas más importantes de la economía mundial. Es uno de los elementos más importantes sobre los que se extiende la amenaza económica del COVID-19. La caída de los precios se dio antes de la expansión mundial de la enfermedad y resultará peor por el parón industrial y comercial que está obligando. A partir de una serie de anuncios de Estados Unidos, Arabia Saudí y Rusia se ha recuperado el precio, pero no necesariamente son buenas noticias.

Demasiado petróleo

El problema de fondo es que hay demasiado petróleo. La superproducción creó un excedente que no tiene a dónde ir. Las cisternas están repletas, buques superpetroleros están llenos, pero no hay destino de compra, las refinerías bajan su producción o cierran porque no hay demanda. El cierre de actividades industriales, la caída en el comercio mundial y la caída en la demanda que conlleva está empeorando las cosas. La crisis del COVID-19 acelera la velocidad con que el mundo se dirige a la crisis, pero el precipicio fue abierto desde antes por el petróleo y la sobreproducción mundial.

La posibilidad de un acuerdo para reducir la producción en los principales países petroleros y la compra de crudo por parte de China para aumentar sus reservas ha aliviado de momento las presiones en el mercado petrolero, provocando una recuperación en las bolsas y una “sorprendente” recuperación del precio por barril. Sin embargo, esa espuma puede deshacerse tan rápido como subió, el mundo sigue inundado de petróleo y el capitalismo es incapaz de auto restringirse en la producción por mucho tiempo.

¿Colapso ahora o después?

La baja de precios provocada por la presión de Arabia Saudí aumentando la producción a principios de año provocó una primera caída de los precios. Pero ahora las compañías estatales y privadas que dominan el mercado se enfrentan a un dilema: dejar de producir para aumentar los precios y evitar el colapso de la industria o seguir produciendo, aunque sea a precios de pérdida para evitar un colapso posterior. La decisión no da para más y la peor parte no la llevarán los dueños, los altos ejecutivos o las castas gobernantes sino los trabajadores de la industria, la humanidad y el planeta.

La alternativa actual, bajar la producción, asegura que los precios van a aumentar, pero sobre todo estamos hablando de los precios especulativos, es decir, de los juegos bursátiles que se hacen sobre las ventas a futuro. La reducción propuesta equivale para Rusia y Arabia reducir casi el 45% de su producción ¿están dispuestos, durante cuánto tiempo? Y el problema es que, aunque baje la producción, la demanda ha caído y conforme se prolongue la crisis sanitaria seguirá cayendo y no hay ninguna seguridad de cómo se recuperará. Además, la producción actual mantiene una alta demanda para almacenar lo que no se está vendiendo y si esas reservas salen y baja la demanda el desequilibrio será para las empresas que aseguran depósitos en tierra, oleoductos, buques cisterna, etc. La otra opción, seguir como hasta ahora, viene de que algunas empresas prefieren seguir con la producción actual esperando paliar los bajos precios con el volumen de ventas y evitando los altos costos técnicos y de inversión que supone el cierre de yacimientos.

Expropiación y control obrero

Como vemos, para el capitalismo no hay opción; prefiere arruinar a la humanidad antes que dejar de ganar. El problema con la opción de bajar la producción es que el capitalismo es incapaz de autorregularse, produce para el beneficio privado no para asegurar a miles de millones una vida digna. Para ganar, las empresas no dejan de producir y a mediano plazo una disminución autoimpuesta o un acuerdo multinacional saldrá volando por los aires.

Y en esta misma opción o en la otra, cuando las pérdidas se extiendan en el tiempo, las empresas tomarán medidas para “reducir costos” despidiendo empleados y cerrando plantas y cuando eso pase nuevamente las pérdidas saldrán del bolsillo de sus trabajadores. Todas sus opciones, incluso la compra de crudo por parte de China no hace más que preparar nuevos desequilibrios en la industria y más calamidades para los explotados y para el planeta.

Por eso, las y los explotados sólo tenemos una opción. Toda la cadena industrial del petróleo y derivados debe ser expropiada bajo control de sus trabajadores y las comunidades. Un trabajo enorme de organización social y sindical con una orientación anticapitalista que apunte al problema. Sólo así, planificando la producción de acuerdo a las necesidades de la población y orientando la industria hacia las energías no contaminantes evitaremos el desastre económico, social y ecológico que supone la propiedad privada sobre los energéticos y sobre toda la industria.


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