Cerca de 500 manifestantes asesinados y una cifra de detenidos que podrían superar las 10.000 personas es el balance represivo, a 11 de enero, del levantamiento popular que recorre Irán y que ha puesto contra las cuerdas al régimen de los Mulás. La rebelión, que está atravesando a toda la sociedad, tiene implicaciones colosales para Oriente Medio y el mundo, en un momento de lucha encarnizada por la hegemonía mundial entre China y EEUU.
Igual que ocurrió con la intervención militar estadounidense en Venezuela, y los desarrollos inmediatos que hemos conocido, debemos abordar un análisis de clase e internacionalista a la hora de tratar los acontecimientos iraníes, levantando una alternativa socialista frente a las maniobras y la propaganda de los diferentes bloques imperialistas.
Como es conocido las protestas comenzaron el pasado 28 de diciembre, cuando los comerciantes del Gran Bazar de Teherán, históricamente el sector social que más ha apoyado al régimen de los Mulás salieron a las calles de esa ciudad en protesta por el auge de los precios y la devaluación meteórica de la moneda nacional, el rial. La irrupción de miles de comerciantes animó inmediatamente a otros sectores de la población que jugaron un papel destacado en las anteriores movilizaciones, especialmente la juventud y las mujeres, provocando la extensión de las protestas a escala nacional. Según diversos informes las manifestaciones han prendido en más de 100 ciudades repartidas por las 31 provincias.

La dureza de los enfrentamientos en las calles, donde se ha podido ver a manifestantes armados respondiendo a las fuerzas policiales, revelan un paso adelante respecto al levantamiento de 2022 desatado tras la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, una joven kurda que fue detenida por la policía moral por no llevar correctamente su hijab. En aquella ocasión la represión ejercida por las fuerzas de seguridad también fue extremadamente violenta, con un saldo de más de 550 personas asesinadas y otras 20.000.
La potencia de la actual rebelión ha sido alimentada desde diferentes flancos. Por un lado, el régimen intentó realizar algunas concesiones para intentar aplacar los ánimos, como pagar un subsidio mensual de 7 dólares a 71 millones de personas para hacer frente al costo de la vida. Pero esta concesión, irrisoria cuando la inflación está desbocada, fue vista como una limosna y encendió aún más la protesta.
La furia de los cientos de miles que se movilizan en las calles ha sido alimentada por años de privaciones, retrocesos sociales y represión durísima de los derechos democráticos más básicos. De hecho, entre la juventud la adhesión a los “valores” religiosos y fundamentalistas del régimen capitalista de los Mulás es muy escasa frente al rechazo generalizado a la corrupción gubernamental. Cada vez más, la base social de la dictadura teocrática se ha estrechado y deja al Gobierno sin más apoyo que el aparato militar y policial.
La alianza con China no logra frenar la crisis del capitalismo iraní
Todas las sacudidas a lo largo de los últimos quince años tienen como origen la profunda crisis del capitalismo iraní, crisis que la alianza política y económica con China no ha conseguido revertir.
Por un lado, la caída de los precios del petróleo, por otro la dureza de las sanciones impuestas por el imperialismo estadounidense, y unido a estos factores el carácter parasitario de la burguesía iraní, alineada decididamente con los Mulás, ha llevado a una situación límite. Para preservar los beneficios de la clase dominante, el régimen de los Mulás insiste en que la crisis la pague la población con una política de constantes recortes sociales y ataques a sus condiciones de vida, imprescindible además para sostener un Estado policiaco que consume enormes recursos.
Aunque las sanciones impuestas por EEUU causan un importante prejuicio, la economía iraní lleva mucho tiempo estancada. Según los datos del Banco Mundial, su PIB podría contraerse un 4,4% en 2025, tras una caída del 0,6% en 2024. Teniendo en cuenta que toda la economía iraní se ha readaptado en torno a India, Rusia y China, países que no reconocen las sanciones y que asumen el 80% del petróleo que exporta Teherán, la caída de los precios la ha golpeado frontalmente: de vender en 2023 el barril a 100 dólares ha pasado a venderlo en la actualidad a 55. Si a esto sumamos los descuentos de en torno al 8% necesario para que lo compren sus socios comerciales, China fundamentalmente, podremos hacernos una idea de la brutal sangría de ingresos que representa.
Desde hace años, Irán sufre una reducción exponencial de los dólares que entran en su economía, y esto es lo que está detrás de la devaluación salvaje de su moneda nacional y de la hiperinflación que sufre la población. El resultado final es que desde noviembre de 2025, la tasa cambiaria en el mercado era de 600.000 riales por dólar, y en enero de 2026 es de 1,4 millones de riales por dólar, lo que supone una caída de casi el 75% de su valor. Aunque la tasa de inflación oficial señala un aumento cercano al 40%, en la vida cotidiana los precios de los productos esenciales se han duplicado o triplicado.

Ante la caída de los ingresos en divisas y el aumento del déficit del Estado el Gobierno respondió imponiendo una política de austeridad y recortes en 2024-25 que agravó la situación. El presupuesto de 2026-27, que subió el impuesto a las pymes y recortó sueldos a funcionarios y pensionistas, ha sido la gota que ha colmado el vaso del descontento, sumándose a otros factores que han generado las condiciones para esta explosión social: una crisis energética crónica debido a la baja inversión en infraestructuras eléctricas, que condujo a apagones a lo largo y ancho del país y restó capacidad productiva, y una sequía pertinaz fruto de la crisis climática que ha llevado al Gobierno plantearse cambiar la capital del país, Teherán, a otro emplazamiento más favorable para garantizar el suministro de agua.
Irán es un aliado estratégico clave para China, con el que ha llegado a firmar inversiones de 400.000 millones de dólares para los próximos diez años, uno de sus suministradores clave de petróleo, y en la lucha por la hegemonía mundial, en el reparto de áreas de influencia, la caída del Gobierno iraní y su sustitución por otro dócil con los intereses de EEUU sería un golpe excepcionalmente duro para China.
En el trasfondo de esta situación hay que destacar un hecho objetivo. Los vínculos tejidos con China no han aliviado la situación del pueblo iraní, lo que contesta una vez más a todos los que pretenden presentar al gigante asiático como una potencia no imperialista, regida por un “socialismo de mercado” dinámico y solidario con los pueblos. El seísmo de descontento actual es también una respuesta a esta izquierda que no quiere ver más allá de sus narices y que se acaba de llevar la sorpresa de su vida con los acontecimientos en Venezuela, de los que China y Rusia han sido cómplices pasivos.
Por una salida socialista contra el régimen de los Mulás y la intervención del imperialismo occidental
Poco tiempo después del ataque imperialista a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, Trump amenazó de nuevo al Gobierno iraní afirmando que “si mata violentamente a manifestantes pacíficos, Estados Unidos de América vendrá a rescatarlos” añadiendo “que estaba listo para actuar y preparado para ello”. Todo esto siete meses después de que fuerzas israelíes y estadounidenses bombardearan instalaciones nucleares iraníes en una guerra de 12 días, y de protagonizar un genocidio en Gaza que se ha cobrado la vida de cientos de miles de palestinos.
Los comunistas revolucionarios rechazamos contundentemente los planes de intervención imperialista en Irán, igual que la actuación de agentes de la CIA y del Mossad dentro del país para orientar estas movilizaciones hacia sus intereses políticos y geoestratégicos. Igualmente nos posicionamos rotundamente contra los intentos de instrumentalización por parte de la oposición de derechas del exterior, que ha vuelto a levantar la demanda de restauración de la dinastía del Sha. El imperialismo estadounidense y sus lacayos en Irán son enemigos jurados del pueblo, por tanto, no se puede aceptar ningún tipo de colaboración o de apoyo, directo o indirecto, a estas fuerzas reaccionarias.

Las declaraciones de Trump han servido además al régimen de los Mulás como justificación para ahondar la represión, acusando a los manifestantes de actuar en sintonía con los enemigos del régimen. Pero lejos de atemorizar a la población, las declaraciones oficiales encendieron aún más los ánimos y avivaron las movilizaciones.
El Gobierno teocrático de Irán no tiene ni un átomo de progresista, defiende de un modo agresivo los intereses de la burguesía iraní y los privilegios de una casta de funcionarios atrincherados en un aparato estatal omnipresente, en el que los mandos del ejército, y particularmente los Guardianes de la Revolución, explotan en su beneficio, saqueándolos, los recursos del país, manteniendo bajo su control, como un Estado dentro de un Estado, sectores como el petróleo, el mercado de divisas, las telecomunicaciones, la producción de armamento, así como la ingeniería y la construcción.
Las próximas semanas dirán si el movimiento toma un carácter insurreccional, o consigue ser controlado por el régimen al precio de una sangría monumental. La clase obrera iraní, sus sectores más avanzados y de vanguardia, deben levantar una política de independencia de clase: rechazar las amenazas de intervención del imperialismo norteamericano, que de materializarse supondrían retraer al país a la época colonialista bajo el Sha. Y, por otro lado, entender que solo se derrotará al régimen de los Mulás en beneficio del pueblo, tomando el poder bajo la bandera de la revolución socialista y derrocando el capitalismo. La revolución iraní en líneas socialistas reataría el nudo de la historia interrumpido en 1979, y lanzaría un aldabonazo para los pueblos oprimidos de Oriente Medio y de todo el mundo.












