El 3 de noviembre, en medio de una verdadera rebelión de las masas oprimidas y extrema polarización social, Estados Unidos enfrentó las elecciones más trascendentales y con mayor participación en su historia

El triunfo de Biden y Kamala Harris han significado una estocada a Trump y la ultraderecha en EEUU. Sin embargo, este resultado no es consecuencia de una campaña exitosa o de un Biden triunfador y fuerte, sino que es la derivación del hartazgo y la fuerza de la clase trabajadora, que desde antes de las elecciones ya había salido a las calles a denunciar la crisis sanitaria que agudizó la COVID-19.

Crisis engendrada por un sector salud totalmente privatizado, catalogado como el más caro de todo el mundo y que ha supuesto que ahora mismo sea el país con mayor número de casos y muertes con cerca de 266 mil fallecimientos. También vimos un pueblo que denunció la crisis económica que ha dejado a millones de personas en medio del desempleo, la pobreza extrema, los desalojados de sus hogares y sin siquiera tener para la canasta básica.

El periodo de gobierno de Trump ha estado marcado por multitudinarias marchas de mujeres, manifestaciones de la juventud en contra de las políticas antimigrantes, el cambio climático, destacando las últimas marchas y manifestaciones en cientos de ciudades contra la violencia racista de la policia tras el asesinato de George Floyd y de Jacon Blake ―a este último le dispararon por la espalda 7 veces, delante de sus 3 hijos―. A esto se le añaden otros actos de militares matando o violentando a ciudadanos por su color de piel. Mientras, los seguidores de Trump podían salir a las calles y disparar a cualquiera apoyados por la policía, él mismo justificó los asesinatos y condenó las protestas masivas exaservando el ambiente xenofóbo que creó desde su primer día de campaña electoral.

La campaña de odio, desinformación y culpabilización hacia factores externos ante la crisis económica y sanitaria, quizás pudieron conseguir la confusión y desmoralización entre un sector de la clase media y baja. Sin embargo, no le alcanzó ni a Trump, ni a sus fieles aliados ―la ultraderecha, un sector de la burguesia, sectores envenenados y envueltos en la idea de supremacía racial― para imponerse con la victoria.

Todo esto, ha alimentado un clima de polarización y muestra el enorme descontento de millones de afroamericanos, latinos, trabajadores y sectores de las capas medias empobrecidas. De hecho, el discurso racista no permeo en sectores importantes de trabajadores blancos, que participaron y apoyaron las protestas.  

El voto latino deja claro el mensaje: ¡Fuera Trump y sus políticas xenófobas!

Sin duda, el gobierno de Trump ha sido el peor para los Latinos con su política xenofóba, racista y antimigrante, por lo que los sectores más empobrecidos y golpeados se movilizaron masivamente en las urnas, convirtiendose en un factor clave para sacarlo de la contienda. Incluso en Florida ―aunque al final la ganaron los republicanos, hecho que se explica por la composición de inmigrantes ricos y derechistas―, en Texas, Houston, Dallas, San Antonio y Austin, incluso Arizona pese a ser un estado muy conservador. En todos ellos el voto de la clase trabajadora migrante fue contundente contra Trump.    

Muchos connacionales vieron este momento como la oportunidad de echar a quien desde 2016 los ha estigmatizado, detenido y deportado, golpeando duramente a miles de familias que dependen de ellos. Hemos presenciado, desde la presión para detener la migración con mano dura, pasando por llamarnos narcotraficantes, violadores y más, hasta la separación de las familias de las que muchos menores fueron las principales víctimas. Algunas situaciones tan extremas como el enjaulamiento en condiciones infrahumanas de miles de migrantes, tampoco olvidamos las esterilizaciones forzadas a mujeres migrantes y, aunado a esto, en los últimos días hemos visto cómo los primeros en pagar con creces la crisis sanitaria y económica han sido los inmigrantes y, entre ellos especialmente, las mujeres latinas.

Esto explica el por qué a Trump tampoco le sirvió la visita de López Obrador, que con el pretexto de firmar el T-MEC, la utilizó ampliamente para ganar simpatía entre los votantes mexicanos. Esta visita no fue un simple error de AMLO, sino una demostración de la continuidad de una política de sumisión ante la política imperialista más reaccionaria que hemos visto en los últimos años hacia los migrantes. Este acto provocó descontento e indignación en la población mexicana y en los más de 40 millones de mexicanos que viven en EEUU y que ven claramente las concesiones que le dio AMLO a este xenófobo, como si los miles de víctimas que ha cobrado su política no existieran. La misma política la vemos con su reticencia a reconocer públicamente el triunfo de Biden, este intento de lavarle la cara a Trump, alegando un símil al fraude que se cometió contra él en las elecciones pasadas, no tiene pies ni cabeza.

Joe Biden también es un lacayo del sistema capitalista y difícilmente sus intereses estarán de lado de los derechos de la clase trabajadora estadounidense o latina para una vida digna.  El demócrata que cuenta con un apoyo de 131 multimillonarios, que recibe ingentes cantidades de dinero por las farmacéuticas y con declaraciones como que “no se debe disparar a matar, sino que se debe disparar en las piernas”. Biden se enfrenta a un horizonte sombrío, los trabajadores y los migrantes no tienen grandes ilusiones en él y no se mantendran de brazos cruzados ante los intentos de continuar con la misma política que su antecesor.

Por una alternativa revolucionaria a favor de los trabajadores

La batalla esta lejos de terminar, Biden continuará el plan de salvar al sistema y los grandes monopolios, aprobando los planes de “rescate”, comprando deuda ―exactamente como hizo Obama―. Los capitalistas demócratas tratarán de calmar los ánimos a través de una política conciliadora y nacionalista, pero del otro lado tenemos a las masas, que lejos de sentirse derrotadas, conservan grandes reservas para volver a las calles, ya sea para responder a más ataques del gobierno ahora bajo el mando de Biden, o para seguir enfrentando a los vestigios Trumpistas que no pararan en intentos por reoganizarse.

Ahora más que nunca necesitamos una política internacionalista de solidaridad con nuestros hermanos de clase de aquel lado de la frontera, así como un partido revolucionario que rompa con las divisiones nacionales y luche de norte a sur por  los derechos de los oprimidos, rompiendo totalmente con el yugo imperialista, con la derecha y ultraderecha, derrumbando los muros y prejuicios nacionalistas.


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