La huelga de Minnesota abre una nueva etapa en la lucha de clases
Estados Unidos está viviendo una rebelión masiva contra un régimen despótico y autoritario. La huelga general del 23 de enero en el estado de Minnesota, con una manifestación en Minneapolis de más de 60.000 soportando unas temperaturas gélidas, lanzó un potente obús contra la Administración Trump y la represión salvaje del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Siete días más tarde fueron 100.000 en otra gran jornada de lucha en Minneapolis, con réplicas por toda la geografía del país. Bajo la consigna “ICE Out of Minnesota”, la movilización obrera contra el trumpismo está provocando un punto de inflexión en la lucha de clases estadounidense.

Una Gestapo para un proyecto totalitario
Trump ha convertido al ICE en uno de los ejes de su proyecto totalitario. Con una partida extraordinaria de 75.000 millones de dólares para cuatro años, se ha transformado en el cuerpo policial mejor financiado del Gobierno federal, integrado por miles de fascistas y lúmpenes que solo rinden cuentas ante los responsables de seguridad del presidente.
Es imposible de ocultar que el ICE actúa como un grupo de choque paramilitar para sembrar el terror y la violencia contra la población trabajadora inmigrante y los colectivos de la izquierda militante que han salido a plantarles cara. Su plantilla ha pasado de 10.000 a 22.000 efectivos en apenas un año gracias a una política de reclutamiento a golpe de talonario: bonos de 50.000 dólares por alistarse, primas de hasta el 25% por detenciones, condonación de deudas de hasta 60.000 dólares de préstamos estudiantiles… Una maquinaria diseñada para atraer a mercenarios neonazis y desclasados que les otorga impunidad total.
La operación Metro Surge en Minnesota, en la que han intervenido 3.000 agentes, se convirtió en el campo de pruebas. Con un saldo de más de 2.000 detenciones en pocas semanas, los métodos de estos encapuchados, sin identificaciones y armados hasta los dientes, recuerda a los operativos brutales de las camisas pardas y las SS nazis: secuestro de niños a los que separan de sus familias, arrestos con una violencia salvaje y sin órdenes judiciales en viviendas, coches, en los supermercados, en los lugares de trabajo o en los colegios de sus hijos y delante de ellos. Las víctimas de estos operativos son los trabajadores y trabajadoras inmigrantes convertidos en el chivo expiatorio de la extrema derecha trumpista, como la comunidad judía lo fue con Hitler y sus secuaces.
Nada de lo que está sucediendo es casual. Trump ha sido claro en su intención de socavar la propia democracia burguesa y el entramado constitucional de los EEUU, recurriendo a una forma de gobernar bonapartista mediante Directivas Presidenciales que sorteen cualquier impedimento legislativo o judicial. Y esto lo necesita para la guerra que ha declarado contra el enemigo interior, esto es, la clase obrera y la izquierda. Su agenda la está desarrollando a la vista de todos con absoluta arrogancia.
Cuando el martes 30 de septiembre se celebró un encuentro con más de 800 generales y almirantes en la base naval de Quantico, Virginia, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el mismo Trump, plantearon sin ambigüedad sus objetivos políticos y el papel de los militares en ellos.
Hegseth se comprometió a reparar “décadas de decadencia” por lo que repetidamente denominó “el departamento woke”. Apuntó contra los "políticos tontos e imprudentes" que profesan la subordinación militar al liderazgo civil. “Se acabaron las ideologías políticas”, “no más adoración al cambio climático, no más divisiones, distracciones o delirios de género”. Bravuconeó contra “la basura ideológica de la justicia social y lo políticamente correcto”, y adelantó que restituiría al ejército su grandeza: “Ustedes como forma de ganarse el pan matan gente y rompen cosas”, para acabar de esta manera: “Retírense y abran fuego porque somos el Departamento de Guerra”.

Trump usó su intervención para apuntar a las ciudades que “son gobernadas por los demócratas de la izquierda radical”, incluyendo San Francisco, Chicago, Nueva York y Los Ángeles. “Vamos a enderezarlas una a una. Y esto va a ser una gran tarea para algunas personas en esta sala”, dijo. “Esa también es una guerra. Es una guerra interna”, “y deberíamos usar algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento para nuestras fuerzas armadas”. Su hoja de ruta fue rotunda: “Estamos sufriendo una invasión interna, igual que con un enemigo extranjero, pero más difícil en muchos sentidos, porque no llevan uniforme; al menos cuando llevan uniforme, se les puede sacar de combate; esta gente no lleva uniforme”, dijo Trump. “Pero estamos sufriendo una invasión interna y la estamos deteniendo rápidamente”.
El despliegue de miles de efectivos de la Guardia Nacional y de los Marines en Los Ángeles el pasado verano, en Washington DC, y en otras ciudades, concuerda perfectamente con lo dicho en esa reunión: es el “enemigo interior” el que hay que batir en esta guerra de clases. Pero la respuesta de millones para detener esta ofensiva reaccionaria demuestra que la correlación de fuerzas para una dictadura fascista en EEUU no es favorable. Un triunfo contrarrevolucionario de esa envergadura solo se podrá coronar después de aplastar en sangre a la clase obrera y la juventud estadounidense.
La huelga política de Minneapolis es un salto cualitativo
El 23 de enero no fue una jornada más de movilizaciones. Fue una demostración de la importancia política del frente único para responder con contundencia a los ataques del ICE y las políticas de Trump, impulsando la paralización de la actividad productiva y social del estado, sorteando innumerables obstáculos, y colocando la acción directa en las calles como el eje fundamental de la resistencia.
La huelga general política fue convocada por una coalición de más de 50 sindicatos, asociaciones comunitarias, parroquias y colectivos estudiantiles. El llamamiento era claro: no iremos a trabajar, ni a la escuela, ni a comprar; lo bloqueamos todo. Una convocatoria que, aunque finalmente fue respaldada por la AFL-CIO, surgió desde abajo y se construyó con la implicación de miles de activistas sindicales, jóvenes y trabajadores que durante semanas se autoorganizaron para extender esta convocatoria y plantar cara al ICE.
Uno de los impulsores centrales del paro fue una sección del SEIU (Sindicato Internacional de Empleados de Servicios), con 8.000 miembros en Minnesota principalmente trabajadores migrantes de la limpieza, y que sufrieron la detención de 20 de sus afiliados por el ICE. El Local 26 fue otro de los primeros en convocar el paro tras la detención de al menos 36 de sus miembros en operativos del ICE durante el último año. Movilizó a 8.000 trabajadores de servicios (limpieza, seguridad…) y se estima que cerca de 4.000 conserjes se sumaron directamente al paro, afectando a más de 100 edificios comerciales e institucionales en el área metropolitana de las Twin Cities (Minneapolis y St Paul).
En supermercados y cooperativas se produjeron votaciones de emergencia y amenazaron con piquetes si la gerencia intentaba abrir con personal administrativo. En almacenes logísticos que abastecen a Amazon o Target, los supervisores enviaron mensajes declarando el 23 como “día de asistencia obligatoria”, pero la respuesta de muchos trabajadores fue contundente: se organizaron “caravanas de huelga”, recogiendo a compañeros para garantizar el ausentismo total y evitar represalias individuales.
También se organizaron piquetes móviles de persuasión, las llamadas “Brigadas de Solidaridad”, que recorrieron tiendas y cafeterías abiertas para convencer a los trabajadores de cerrar.

El impacto en el transporte fue demoledor. Aunque la legislación limita el derecho a huelga de empleados públicos, el ATU Local 1005 organizó un sick-out masivo: Más del 70% de las rutas regulares de autobús no iniciaron servicio o fueron suspendidas y durante las horas punta el sistema operó a menos del 20% de su capacidad habitual. Metro Transit intentó contratar servicios privados, pero muchos conductores —afiliados o simpatizantes de la Teamsters— se negaron en solidaridad.
El Metropolitan Council amenazó con medidas disciplinarias. Sin embargo, ante la magnitud de la movilización se vio obligado a suspender cualquier represalia y no pudieron despedir ni sancionar a un solo conductor. El impacto estimado fue de 12 millones de dólares en productividad perdida solo en transporte.
En el aeropuerto se registraron 182 vuelos cancelados y más de 300 retrasos significativos, según datos oficiales y rastreadores como FlightAware. Además, la falta de personal de servicios de tierra (limpieza, catering, carga) y el bloqueo de accesos paralizó parcialmente la actividad.
En el distrito de Minneapolis, el 92% de los maestros afiliados al MFT Local 59 no se presentó a trabajar, obligando a declarar un “día de aprendizaje remoto” que en la práctica fue una huelga total. En la Universidad de Minnesota, se estima que el 80% de las clases de humanidades y ciencias sociales fueron canceladas por decisión de los propios docentes en apoyo al paro.
Además, se registraron cierres de más de 800 establecimientos comerciales y de la hostelería, muchos de ellos por la presión de los propios trabajadores quienes en asambleas de emergencia y amenaza de piquetes, impidieron abrir a los que pretendían hacerlo.
El resultado fue una huelga general de facto, organizada al margen de la legalidad laboral vigente. Estudiantes que no tienen derecho a huelga paralizaron clases. Comercios cerraron por presión popular. Se organizaron boicots a supermercados y acciones para ralentizar el transporte. No era una huelga por salarios ni convenios. Era una huelga política, en solidaridad con la población inmigrante y contra la represión brutal del ICE y la agenda autoritaria de Trump.
Y esa demostración de fuerza culminó en una manifestación con más de 60.000 personas llenando Minneapolis a las 14h con temperaturas de entre -30 y -25º C. En definitiva, una jornada de huelga política que logró que el 38% de la fuerza laboral no acudiera a su puesto de trabajo según una reciente encuesta de Blue Rose Research, a pesar del boicot y sabotaje de la burocracia de la AFL-CIO, que provocó pérdidas económicas estimadas en 140 millones de dólares, y el apoyo y solidaridad de cientos de miles de personas en todo EEUU, con huelgas estudiantiles masivas y manifestaciones por todo el país.
Una jornada que ha puesto encima de la mesa la entrada en acción de una clase obrera que ha roto las divisiones raciales que ha intentado imponer Trump, logando la unidad entre los trabajadores nativos y extranjeros.
30 de enero, la marea antifascista vuelve a recorrer EEUU
Si el asesinato de Renée Good, el 7 de enero, después de recibir tres tiros de un agente del ICE fue la gota que colmó el vaso de la indignación, la ejecución a sangre fría del enfermero Alex Pretti, justo un día después de la huelga general, desató una ola de furia imparable. Los once disparos a quemarropa descargados por estos neonazis convencieron a millones de que lo que está en juego es demasiado serio y trascendental.
Así, el 30 de enero la movilización de Minneapolis se extendió a 300 ciudades en 47 de los 50 estados: protestas, manifestaciones, paros laborales, y una huelga estudiantil histórica que cerró miles de institutos y cientos de universidades en todo EEUU.

En el caso de Minneapolis, el llamamiento fue respondido en las calles con una manifestación a las 14h de más de 100.000 personas, uno de cada cuatro habitantes, demostrando nuevamente que la movilización ha llegado para quedarse, pero en esta ocasión con la idea de que una huelga general en todo EEUU es una necesidad. Y esto no es ningún detalle. Que tras décadas de ofensiva neoliberal y retroceso sindical, la huelga general esté en boca de millones y se apodere de la conciencia de un amplio sector de los trabajadores es un hecho histórico.
Esta rebelión por abajo también ha dejado en evidencia el papel del Partido Demócrata, el otro partido capitalista e imperialista de la clase dominante. Aunque llevan meses haciendo declaraciones muy grandilocuentes, en los hechos están acatando la agenda trumpista y colaborando con la Administración republicana en aspectos clave, como el acuerdo que han suscrito para apoyar la financiación del ICE a cambio de que los agentes lleven cámaras, no se tapen la cara y necesiten de una orden de registro para allanar una vivienda.
Es decir, ¡a cambio de que no se salten la ley como hacen a diario! Pero ninguna restricción legal les ha impedido actuar y asesinar, porque cuentan con el respaldo de la Casa Blanca. No es extraño que muchas de las manifestaciones del 30 de enero se desarrollaran frente a instituciones estatales y Ayuntamientos controlados por los Demócratas, poniendo en evidencia su demagogia cínica.
La profundidad de las conclusiones políticas y del salto en la conciencia que estamos viendo en EEUU se refleja también en que la disposición de decenas de miles de personas a participar en primera línea no se limita a jornadas puntuales.
Durante estos meses, pero especialmente en este mes de enero en Minneapolis, han surgido cientos de redes de apoyo mutuo y brigadas de autodefensa contra el ICE. Equipos de jóvenes y trabajadores que patrullan por las calles, documentan vehículos del ICE, ponen su cuerpo para defender a las familias inmigrantes, alertan mediante redes sociales, acompañan a familias y organizan distribución de alimentos a quienes no se atreven a salir de casa. Miles de docentes implicados directamente en esta batalla organizan protocolos de protección con estudiantes y familias, iglesias y centros comunitarios que funcionan como nodos logísticos…
De aquí nace también el éxito de la huelga del 23 de enero. De la implicación directa de miles de vecinos que llevan semanas autoorganizándose a través de grupos de signal y comités de barrios. Ya son cientos los grupos creados por barrios para proteger a la comunidad migrante de las redadas racistas.
No se trata de “solidaridad” en abstracto. Es la solidaridad de clase en acción frente a un aparato represivo armado hasta los dientes. Es la comprensión de que nadie va a salvarnos si no nos organizamos nosotros mismos. Es la clase trabajadora y la juventud, cada vez más consciente de su fuerza, avanzando en su respuesta al orden totalitario que pretende imponer Donald Trump y su séquito de fanáticos ultraderechistas.

La autoorganización está siendo extraordinaria, pero no es suficiente. El desafió planteado en estas movilizaciones de masas lleva implícita otra tarea no menos importante, pero si más crucial: la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera que obtenga el apoyo de millones. Y las condiciones para dar pasos decisivos en este sentido, rompiendo definitivamente cualquier atadura con los demócratas, están más que maduras.
Para derrotar definitivamente al trumpismo no basta con resistir. Es necesario pasar a la ofensiva con un programa socialista claro y métodos de lucha clasistas: por la disolución inmediata del ICE y el reconocimiento de plenos derechos de ciudadanía para toda la población migrante; acabar con la militarización de las calles y la persecución política a la izquierda política y sindical combativa; por la nacionalización bajo control obrero de los grandes monopolios y bancos, por la ruptura con la política imperialista, y por la Huelga General en todo el país para derrotar la estrategia totalitaria de Trump.
EEUU está minado por contradicciones brutales e irresolubles. La guerra de clases ha llegado y debemos prepararnos seriamente para ganarla.












