Economía

El pasado 18 de diciembre, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM) estableció un aumento del 4.1% al salario mínimo que percibirá el proletariado mexicano a partir del 1° de enero de 2011. De esta manera, el salario mínimo para la zona geográfica A, a la que pertenece el DF y área metropolitana, pasará de 57.46 a 59.80 pesos diarios, es decir, un aumento de 2.34 pesos con respecto al año 2010; la zona geográfica B pasará de tener un salario mínimo de 55.84 a 58.10 pesos, mientras que la zona C pasará de 54.47 a 56.75 pesos por día. Resulta irrisorio para un obrero tal aumento, a pesar de los argumentos en contra de un incremento mayor por parte de la representación patronal y del gobierno (así como de algunos líderes sindicales). Podríamos preguntarnos, ¿por qué si los productos básicos como alimentos, transporte, vivienda, entre otros, han aumentado tanto su precio, el salario apenas aumenta un miserable 4.1%? Según un estudio del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, los salarios mínimos han perdido más del 47% de su poder adquisitivo en lo que va del sexenio de Calderón (La Jornada, 2/12/2010), esto significa que un obrero puede adquirir en 2010 lo equivalente a la mitad de lo que podía comprar con su salario en 2006. Incluso la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha alertado sobre el riesgo de tensiones sociales en el mundo, dados los aumentos salariales que se han reducido a la mitad por los efectos de la crisis económica; en el caso de México, los aumentos de 2007 a 2009 no han significado incrementos en las percepciones de los obreros, sino retrocesos gracias a las cifras de la inflación, que sitúa los incrementos salariales de 2009 en -0.6% (La Jornada, 16/12/2010). Además, el salario mínimo de México mensual es de 136.5 dólares, y se encuentra muy por debajo de países como Colombia, Brasil, Ecuador o Venezuela, donde los salarios son de 252, 286.5, 240 y 247.5 dólares al mes respectivamente. Para conocer más a fondo la situación real de los salarios es necesario tomar en cuenta varios aspectos que trataremos de plantear en el presente artículo.

La canasta básica y la inflación

El Banco de México (Banxico) establece el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), por medio del cual calcula el aumento de los productos necesarios para la subsistencia del obrero; es este índice el que nos permite medir la inflación anual y mensual de la canasta básica, compuesta de sólo algunos de los 315 artículos y servicios medidos por el INPC. Aunque la inflación se mide con la totalidad de bienes y servicios del INPC, es importante destacar que la canasta básica se ha ido reduciendo en sus componentes año con año, y de esta manera, la aparente capacidad del salario para adquirir la totalidad de la canasta básica no responde a un aumento del poder adquisitivo, sino a una disminución de las mercancías a comprar. Además, es de notar que las cifras de inflación se refieren a un promedio de los aumentos de todos los productos, es decir, un promedio general. Si, por ejemplo, tomamos el aumento de la canasta básica en 4.13%, que es la cifra oficial de inflación de 2010 con respecto a 2009, no todas las mercancías sufrieron tal aumento: las frutas y verduras reportan una inflación superior al 11%, al igual que la gasolina; la electricidad reporta un aumento del 4.1%, entre otros. Esto quiere decir que un promedio no nos dice mucho sobre el comportamiento real de los precios, pues si tomamos el claro ejemplo del boleto del metro, este tuvo un aumento del 50%, es decir 1 peso, lo cual neutraliza casi la mitad del aumento del salario mínimo que fue de 2.34 pesos, a pesar de que el promedio de inflación se mantuvo en 4.13% (sin tomar en cuenta la inflación acumulada desde 2000 a la fecha, cuya cifra es superior al 58%, según datos oficiales).

Otro claro ejemplo son los precios de los alimentos como el limón, la tortilla, el jitomate, o el ya permanente aumento del huevo, en donde la inflación de noviembre de 2009 al mismo mes de 2010 ha sido del 2.64% en las carnes y el huevo. Estos dos índices son ya de por sí superiores a los 2.34 pesos que se aprobaron como incremento al salario mínimo; siendo un promedio, podríamos esperar que el resto de mercancías hayan no aumentado, sino disminuido su precio para equilibrar el precio de la canasta básica, sin embargo, sólo el transporte aéreo presenta un índice de inflación de -12.41%, es decir, una reducción de precio, y esta por demás decir que este tipo de servicio es inaccesible a un obrero. El promedio general de la inflación es un dato relativo, que nada nos dice sobre los precios reales, y sobre todo, sobre las dificultades por las que atraviesa un obrero para subsistir, de tal manera que un aumento de salario basado en el porcentaje de la inflación se verá rebasado por el aumento real de las mercancías.

Lo mismo sucede cuando nos situamos en la inflación por ciudades: de noviembre de 2009 a noviembre de 2010 ciudades como Campeche (Camp), Córdoba y Veracruz (Ver), Guadalajara (Jal), Hermosillo y Huatabampo (Son), Villahermosa (Tab), Tehuantepec (Oax) y Mexicali (B.C.) han tenido un índice de inflación superior al 5%, lo que significa que para el proletariado de estas regiones el aumento al salario de 4.1% es una broma de mal gusto.

Una situación similar sucede cuando analizamos la situación de los trabajadores por rama productiva: el capitalismo es incapaz de generar un desarrollo homogéneo de la industria; de hecho la reciente crisis económica es una demostración palpable del freno que representan las relaciones sociales de producción capitalista para el desarrollo de las fuerzas productivas. Los capitales no se invierten por igual en todas las ramas, sino en aquellas más rentables y son en estas ramas donde podríamos encontrar salarios más elevados. Por otro lado, los obreros de las ramas menos rentables, tienen salarios más bajos y su situación sigue empeorando. De esta manera, un aumento general de salarios en el mejor de los casos modestamente mejoraría la situación de algunos obreros, normalmente de aquellos situados en las ramas más rentables, sin embargo para la mayoría de trabajadores el incremento no significará absolutamente nada; sin embargo, a pesar de los discursos triunfales sobre la recuperación económica, la realidad es que la gran parte de la industria sigue en crisis, de tal manera que la gran mayoría de los obreros continúan recibiendo salarios de miseria. Nuevamente, un porcentaje limita por mucho la comprensión de la situación real.

El pánico de los salarios altos

Otro aspecto a tomar en cuenta en torno a la inflación, es el argumento que constantemente retoma el sector empresarial y el Estado, así como algunos líderes de las centrales obreras, como Carlos Aceves del Olmo, miembro de la dirección de la CTM y también presidente de la Comisión del Trabajo del Senado, quien descartó la posibilidad de que en México se concrete un incremento salarial de emergencia, pues “sería un fracaso, debido a que esto propiciaría una escalada de precios, lo que agudizaría la espiral inflacionaria y una mayor pérdida del poder adquisitivo de la clase obrera”; el mismo argumento sostiene José Luis Carazo, representante del sector obrero en la CNSM.

Ya Marx desde 1865 en la conferencia titulada Salario, precio y ganancia (texto al que remitimos al lector) explicaba lo ridículo de este argumento: una subida general de salarios lo que podría provocar a lo sumo es un aumento temporal de mercancías, mismo que sería pasajero, pues los precios se estabilizarían nuevamente; expliquemos esto con más detalle. Con un aumento general de salarios, la clase obrera tendría más acceso a los productos básicos, los que ahora son inaccesibles pero que no dejan de ser indispensables, tales como la carne, el pescado, educación superior, e incluso la recreación cultural; la demanda de estas mercancías aumentaría, de manera que su oferta disminuiría, es decir, sus precios se elevarían, ¿porqué sucede esto? Porque el sector de la burguesía que produce las mercancías más básicas vería disminuida su tasa de ganancia, de manera que se vería obligada a desplazar sus capitales, a invertir en las ramas industriales más rentables, es decir, que de las ganancias de sectores como los productores de carne, pescado, u otras que son ahora accesibles al obrero, tendrían que salir las ganancias de la gran mayoría de la burguesía: el aumento de precios no es consecuencia directa del aumento de los salarios, sino de la pérdida de ganancia de algunos sectores de la burguesía. Pero después de este aumento temporal, los precios se irían regulando nuevamente, pues la sobreproducción obligaría a la burguesía a desplazar nuevamente sus capitales a otras ramas, mismo desplazamiento que se opera en el poder adquisitivo de los consumidores, de manera que los precios generales nuevamente se equilibrarían, no sin dejar una profunda huella en la ganancia general de la clase burguesa, que se ve disminuida constantemente, incapaz de generar un avance general de la industria, se ve limitada a incrementar sólo ciertos sectores de la industria, y que sean sólo estos sectores prósperos los que tengan que mantener el ocio y los lujos de todos los empresarios.

¿Qué es lo que esconde realmente el argumento de que un gran aumento de salarios produciría un elevado índice de inflación? El descenso real de la tasa de ganancia de la burguesía, lo cual no desean ni los empresarios ni el Estado, ni los líderes sindicales que se ponen del lado de la patronal y no de sus representados. Y aun si una subida de salarios provocara un alarmante aumento de la inflación, ¿no surtiría el mismo efecto un súbito aumento de otras mercancías? El salario es el precio de la fuerza de trabajo, y si el precio de esta mercancía aumenta, ¿por qué año con año los servicios otorgados por el estado como agua, predial, tramites, entre otros aumentan lo mismo que la inflación? El argumento de los empresarios es: si aumenta el precio de una mercancía, aumentan los precios del resto de mercancías, pues bien, si hay un índice de inflación tan alto, ¿por qué no hay un aumento de salarios considerable?

Es así que en la actual crisis económica, la política de la burguesía y su Estado es la de cargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores, para evitar el brutal descenso de la tasa de ganancia de los capitalistas, y por ello vemos recortes en los salarios, aumentos de jornadas laborales, recortes a los subsidios y prestaciones sociales, así como ataques a los derechos ganados en las luchas anteriores por los obreros organizados. Un argumento de la CNSM para justificar el raquítico 4.1% de aumento fue el de “preservar la planta productiva, los empleos y evitar presiones inflacionarias adicionales y alentar además la inversión” (La Jornada, 19/12/2010). Ya tratamos el tema de los empleos y la inflación, ¿qué pasa con la inversión? La realidad es que gran parte de la tasa de ganancia no se dedica a la inversión, sino a la sola acumulación; en la actual crisis económica mucho de este dinero y mercancías acumuladas no se convierten en capital pues provocaría mayor sobreproducción que la ya existente. Resulta paradójico que mientras millones de personas mueren de hambre, la ganancia de la burguesía no sólo sea extraordinaria, sino que se vea aumentada por la explotación a la clase trabajadora. Por ello, la única alternativa para mejorar las condiciones de vida de la sociedad es abolir la propiedad privada, la expropiación de los medios de producción y el control obrero de la industria, esta es la consigna que debe acompañar la demanda de mayores salarios.

Las implicaciones políticas

La CNSM es producto de un pacto en el que se reúnen representantes de empresarios, trabajadores y del Estado para fijar el aumento de salarios, y no es más que la vestidura legal de la explotación capitalista que año con año disminuye los ingresos de los obreros. Muchas declaraciones han surgido en torno a la eliminación de la CNSM, tanto del lado de las representaciones obreras como incluso de representantes del Estado, como la bancada del PRI en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, que “propuso que la Comisión de Trabajo y Previsión Social de la Cámara de Diputados tenga la facultad de fijar los salarios mínimos”. Lo cierto es que la CNSM y cualquier otra instancia o procedimiento legal que implique una negociación del salario desenmascara la naturaleza de clase del Estado como un administrador de los negocios de la burguesía, como una herramienta de opresión de la clase trabajadora, y cualquier tipo de negociación, por más democrática y justa que parezca no traerá ningún beneficio a los trabajadores, pues la función del Estado es la de proteger el capital. Esto no implica que renunciemos a las negociaciones salariales que año con año realizan los sindicatos, sino simplemente que, dado el carácter del capitalismo, para resarcir el descenso de la tasa de ganancia de la burguesía esta posee a la disminución de la masas salarial como una de sus herramientas favoritas, ya sea por medio de despidos o recortes francos a los niveles de ingresos de los obreros, de manera tal que en cada negociación los aumentos caerán a cuentagotas y no mejorarán en nada el nivel de vida de la clase trabajadora con una canasta básica que ha sufrido un aumento de 93% tan sólo en lo que va del sexenio del espurio Calderón, mientras el salario ha caído un 82.2% de su valor desde que se estableció la CNSM.

Las negociaciones salariales sólo pueden ir acompañadas de la movilización en las calles, de huelgas en cada fábrica y deben cristalizar en una huelga general del proletariado mexicano, de esta manera, los trabajadores demostraremos quienes somos de verdad los productores de la riqueza, y daremos un paso importante para luchar por una sociedad socialista, única capaz de resolver los problemas de la sociedad.

Los sindicatos y la lucha por los salarios: Es necesaria la lucha política

El ímpetu de lucha no ha faltado en la clase trabajadora, los trabajadores una y otra vez hemos estado dispuestos a salir a las calles, sin embargo, en algunos casos nuestras representaciones sindicales no han estado a la altura de las circunstancias; los casos más lamentables son aquellos donde, como lo expresamos anteriormente, los líderes sindicales se ponen del lado de la patronal y el Estado, y no de nuestros intereses como proletarios; es por ello de vital importancia luchar por la democratización de los sindicatos, que sus representantes sean elegidos por las bases, sin presiones de ningún tipo por parte de las autoridades ni la patronal. Sin embargo, es necesario comprender también la naturaleza de lucha del sindicato, que bajo el capitalismo sólo puede darse por reivindicaciones económicas; el sindicato es una herramienta de vital importancia para la lucha de los trabajadores, pero esta lucha sólo la puede dar en contra de la voracidad de los empresarios en cada fábrica o sector de la industria, y se limita a mejorar las condiciones de salarios de los trabajadores, que en muchas ocasiones sólo puede dar una lucha defensiva. Dado el carácter del Estado burgués, es importante que nuestra lucha no se circunscriba a reivindicaciones económicas, sino que se convierta en una lucha política contra los representantes de la burguesía en el gobierno. Por ello es de vital importancia la organización del proletariado como clase, es decir, el papel del partido como vanguardia de la clase trabajadora. Por eso desde Militante hacemos un llamado a la clase trabajadora, a los sindicatos y otros sectores explotados de la sociedad a dar también la batalla política a través del movimiento de AMLO, y dar la lucha por la recuperación del PRD como un auténtico partido de los trabajadores. La victoria del proletariado sólo puede darse bajo un programa socialista, que implique no sólo las demandas más básicas de los trabajadores, pues los empresarios y el Estado han dejado en claro que ni siquiera esas demandas están dispuestos a cumplir; una economía planificada, la expropiación de los medios de producción, el control obrero de la industria, la conquista del poder político, esas son las demandas que pondrán fin a la explotación del obrero.

¡Compañero trabajador, únete a Militante y lucha por el socialismo!

El sistema capitalista ha experimentado una profunda transformación. La recesión mundial, en realidad una crisis de sobreproducción sin precedentes desde 1929 agudizada por el desplome del sector financiero y la explosión de deuda pública en los países capitalistas más poderosos como consecuencia de la aplicación generalizada de planes de rescate, ha sacudido los cimientos económicos y políticos del capitalismo internacional. Los fundamentos de la ideología burguesa predominante en estas últimas décadas y los pronósticos de los estrategas del capital han sido desmentidos por los hechos. La idea de un futuro de prosperidad y democracia, repetida insistentemente en los medios de comunicación, en las tribunas parlamentarias, universidades y en los aparatos reformistas de las organizaciones de la clase obrera, han dejado paso al desconcierto y las previsiones más sombrías. Todas las certezas del periodo anterior se han hecho añicos, mientras en los foros de la clase dominante se discute sobre la viabilidad de la UE, la nueva escalada de proteccionismo económico, el enconamiento del enfrentamiento interimperialista por el mercado mundial y, lo más importante, los efectos de la crisis en la lucha de clases.

La virulencia de la actual recesión hunde sus raíces en el boom precedente. Éste se basó, entre otros aspectos, en factores derivados de las derrotas del movimiento obrero en Europa, EEUU y América Latina en los años setenta y ochenta, y la posterior restauración capitalista en los antiguos países estalinistas (URSS, China, Este de Europa), que permitieron incrementar globalmente la explotación de la fuerza de trabajo y reducir los salarios reales, propiciando una nueva división del trabajo internacional. Otros factores, como la caída del precio de las materias primas o el desarrollo de la economía china, contrarrestaron las tendencias a la recesión existentes en occidente facilitando la expansión del comercio mundial. En el periodo más intenso del anterior boom económico (2003/2007), la economía china se convirtió en la primera receptora de inversión de capital extranjero de todo el mundo, en la principal fuente de financiación del consumo privado de los EEUU (en mayo de 2009 llegó a acumular 800.000 millones de dólares en bonos del tesoro norteamericano) y también en el mayor proveedor del mercado doméstico norteamericano.

El crecimiento del comercio mundial y una intensa explotación de la clase obrera gracias al aumento de la jornada laboral, la intensificación de los ritmos de trabajo, la precarización y desregulación del mercado laboral y la caída de los salarios, contribuyó al abaratamiento de los costes de producción, contrarrestando la tendencia decreciente de la tasa de ganancias. También jugó un papel relevante en este sentido las privatizaciones en el sector productivo estatal, las telecomunicaciones y los servicios sociales, que aceleraron la acumulación capitalista de los grandes monopolios estadounidenses y europeos. La aplicación de la nueva tecnología de la información también sostuvo esta dinámica.

 Capital financiero y crisis de sobreproducción

No obstante, si el boom en las economías centrales del capitalismo se prolongó durante tanto tiempo fue debido a otro factor esencial: el recurso generalizado al crédito, que además de impulsar actividades puramente especulativas mantuvo el consumo doméstico de la principal economía del mundo (EEUU) e, indirectamente, la producción de una parte importante de las manufacturas mundiales. Pero lo que en un periodo reforzó el ciclo alcista de la economía y tiró de la producción, ensanchando el mercado mundial, en un momento determinado se convirtió en la fuente de contradicciones poderosas: el crédito barato generó una espectacular burbuja bursátil e inmobiliaria que atrajo miles de millones de euros acumulados en los años anteriores (finales de los noventa). Debido a la desregulación masiva del sector financiero, al incremento espectacular de la actividad bursátil y la especulación inmobiliaria, se obtuvieron plusvalías excepcionales sin la necesidad de pasar por la inversión productiva. El crédito masivo también creó las condiciones para un endeudamiento privado y empresarial sin precedentes que se cubría con más deudas. Estas deudas multimillonarias, gracias a la ingeniería financiera, se transformaron en activos financieros que cotizaban al alza frenéticamente, hasta que todo el sistema estalló el verano de 2007 a raíz de los impagos generalizados de las hipotecas subprime en EEUU.

Los grandes capitalistas, monopolios y bancos hicieron negocios multimillonarios en este período. La tasa media de beneficios empresariales en EEUU y Europa pasó de un 12-14% entre 1975-1982, a valores superiores al 20% desde finales de los años noventa hasta mediados de la década de 2000, tasas similares a las obtenidas en la época dorada del capitalismo occidental durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX. La diferencia fundamental con aquellos años prodigiosos del capitalismo norteamericano y europeo es que mientras el grueso de la acumulación capitalista se efectuaba a través de la reinversión de capital en la producción, en estas últimas dos décadas una parte sustancial de los beneficios del capital se han logrado mediante la especulación financiera. La brecha entre la producción real y el capital ficticio en estos años aumentó en proporciones desconocidas (el 90-95% de los movimientos de capital no responden a operaciones comerciales o de inversión, sino a movimientos puramente especulativos) .

Cuando el sistema financiero de los EEUU se vio afectado por el retroceso de la economía real y el crecimiento del desempleo, el desplome de los grandes bancos de inversión, comprometidos hasta los tuétanos con la especulación inmobiliaria y bursátil, se precipitó. El sistema financiero mundial se vio amenazado por un colapso generalizado (especialmente tras la caída Lehmann Brothers en septiembre de 2008). Esto tuvo efectos inmediatos provocando que la crisis de sobreproducción latente emergiera a la superficie con virulencia y empeorara aún más la situación insostenible del sistema financiero. Estalló entonces una crisis clásica del sistema capitalista, de sobreproducción de mercancías, bienes y servicios, precisamente en el pico del boom económico. Una crisis que ha vuelto a poner de relieve el carácter reaccionario del Estado nacional y la propiedad privada de los medios de producción, que actúan como una camisa de fuerza sobre las fuerzas productivas.

Los planes gubernamentales para salvar el sistema financiero: sus consecuencias

Los planes de salvamento público orientados al estímulo de la demanda y sobre todo al rescate del sistema financiero - una nacionalización general de las deudas bancarias bajo presupuestos capitalistas- , han supuesto la inyección, en poco más de tres años, de 20 billones de dólares en las economías de EEUU, Japón, China y la UE ¡Prácticamente un tercio del PIB mundial! No obstante, y a pesar de un desembolso de ayudas públicas sin parangón en la historia del capitalismo, incluyendo los periodos de reconstrucción posteriores a las dos guerras mundiales,  la crisis no sólo no ha sido conjurada, sino que nuevos desequilibrios han irrumpido en la escena introduciendo más incertidumbre respecto a las perspectivas para la recuperación. La explosión de deuda pública soberana, la bancarrota de las economías más débiles de Europa, la crisis del euro o el fracaso de la coordinación de la política económica de las grandes potencias mundiales, por citar algunas, han puesto de manifiesto que la utilización del Estado para salvar la economía de mercado ha cosechado resultados limitados, y en muchos casos adversos. Ello prueba la profundidad de la crisis y las enormes dificultades estructurales que encuentra la clase dominante para salir del pantano.

La deuda masiva, pública y privada, que condicionará las perspectivas generales para el próximo periodo se ha intentado contrarrestar por parte de los gobiernos capitalistas, sean abiertamente derechistas o socialdemócratas, con planes salvajes de austeridad que pretenden acabar con cualquier vestigio del llamado Estado del bienestar y anular las conquistas históricas del movimiento obrero. Planes que están actuando como una receta acabada para una explosión de la lucha de clases como no se veía desde la década de los años setenta del siglo pasado, incluso en muchos aspectos semejante a los efectos que se vivieron en los treinta, induciendo paralelamente a la continuidad de la recesión y, por tanto, alejando la posibilidad de una recuperación a corto plazo.

Los informes elaborados por los organismos económicos mundiales (FMI, BM, OCDE) a finales de 2009 afirmaban que lo peor de la crisis había pasado y en 2010 asistiríamos al fin de la recesión global. Durante meses desataron una campaña propagandística tremenda, con los famosos "brotes verdes" como eje. Dicha campaña reveló el pavor a las consecuencias políticas y sociales de la crisis. En aquellos meses pretendían convencer a la población de que se vislumbraba el final del túnel, intentando crear la ilusión de que aceptando más sacrificios, recortes en los gastos sociales, rebajas salariales, mayor precariedad laboral, se crearían las condiciones para un futuro mejor. Pero la propaganda burguesa choco con la realidad de los hechos. Los brotes verdes no se consolidaron, y la burguesía afiló el cuchillo pasando a la ofensiva.

En estos años ha aflorado con toda crudeza una paradoja que ilustra el carácter reaccionario del capitalismo. Si el Estado nacional se ha convertido en un armatoste que obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas y está completamente superado por la realidad del mercado mundial, no es menos cierto que ese mismo Estado nacional es esencial para garantizar los intereses capitalistas en momentos de crisis. La burguesía nacional necesita a su Estado para defenderse de los competidores extranjeros (proteccionismo); necesita al Estado para mantener la solvencia del capital financiero; necesita al Estado para amortiguar las graves consecuencias de los conflictos políticos y sociales que se derivan de la crisis...En palabras de Federico Engels: "...El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una maquinaria esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total...".  La envergadura de la crisis obligó a los gobiernos de las naciones más desarrolladas a adoptar medidas drásticas. Pero a pesar de lo que digan los defensores del neokeynesianismo, los planes de salvamento público han servido, esencialmente, para rescatar al sistema financiero a través de una masiva nacionalización de las perdidas mientras el ciclo recesivo se mantiene. El déficit presupuestario y la deuda se han disparado en todos los países a niveles históricos, en el momento en que los ingresos de los Estados, debido a la recesión, se reducen drásticamente. Y además, por increíble que parezca, este gigantesco trasvase de dinero público ha alentado un nuevo proceso de acumulación capitalista dónde el máximo beneficiario está siendo, como no, el mismo sistema financiero que precipitó la gran recesión. Estos son los magros resultados de las llamadas a "regular el mercado" auspiciadas por Obama, y secundados, con entusiasmo, por los líderes socialdemócratas europeos.

Cuando se habla de crisis de liquidez para explicar lo que está ocurriendo, hay que responder que este tipo de argumentos no tienen nada que ver con la realidad. No es un problema de liquidez de capitales, que por otra parte han sido concedidos a manos llenas a la banca por el conjunto de los estados capitalistas, sino de la incapacidad del mercado mundial por absorber el exceso de mercancías, bienes y servicios, en un contexto de deudas masivas de la población y desempleo galopante. Bajo el capitalismo, la inversión productiva de capital sólo tiene sentido si proporciona ganancias tangibles al capitalista. Cuando la capacidad productiva instalada está funcionando a mínimos históricos en los EEUU, en la UE, en Japón; cuando la demanda interna se reduce dramáticamente a consecuencia del paro masivo, las deudas multimillonarias y los planes de austeridad, y el comercio mundial se contrae ¿Para que invertir en ampliar la producción, en construir nuevas fábricas, en contratar más trabajadores?

La liquidez monetaria, que ha fluido masivamente desde los bancos centrales a la banca privada a través de créditos concedidos a tipos de interés fronterizos al 0%, no se ha orientado a impulsar la producción, ni al consumo de las familias, ha sido utilizada para sanear los números rojos de la gran banca y garantizar su solvencia, permitiendo, al mismo tiempo, que el sector financiero coseche beneficios fabulosos en el mercado de deuda pública y desvíen parte de estos fondos a operaciones especulativas en bolsa y en los mercados de materias primas. La aparición de una nueva burbuja bursátil es una realidad en todo el mundo: el mercado mundial de derivados que movía a mediados de 2007 en torno a 500.000 millones de dólares, en 2009 se acercaba a 600.000 millones; así mismo, los 25 gestores más ricos de fondos de altos riesgos, en pleno pico de la crisis (2009), lograron unas ganancias globales de más de 25.000 millones de dólares, más del doble que el año anterior. La existencia de una gran masa de capital especulativo supone un riesgo latente. La explosión de la especulación bursátil e inmobiliaria en China, o los ataques especulativos contra el euro y la deuda soberana de Gracia, Irlanda, Portugal o España son signos evidentes de esta realidad.

El capital financiero, que domina con puño de hierro la economía de mercado, obligó al conjunto de la sociedad a penetrar en el corralito de las deudas hipotecarias. Sobre la base del endeudamiento masivo, público y privado, los grandes bancos y fondos de inversión se apropiaron de la plusvalía de cientos de millones de personas. Como ahora es imposible continuar con el festín de la misma manera, el capital financiero se beneficia de plusvalías multimillonarias a través de los planes de salvamento público y, por alucinante que parezca, de financiar la gigantesca deuda pública que estos mismos planes de salvamento han generado. La deuda soberana de los 30 países más avanzados del mundo en 2010 alcanzará en promedio el 100% de su PIB. En el caso de EEUU el pago de intereses de la deuda pública supone ya la cuarta partida de su presupuesto anual. Sólo en 2009, los títulos de obligaciones emitidos en Alemania alcanzaron la cifra de 1 billón 692.000 millones de euros. En el conjunto de la UE se emitieron en 2008 más de 650.000 millones de euros en deuda pública; en 2009 fueron más de 900.000 millones y en 2010, según estimaciones conservadoras, será de 1,1 billones. El conjunto de los estados de la UE tiene ya más de 8 billones de euros en deuda pública.

La deuda pública se ha convertido en el gran negocio del momento. Pero ¿de dónde saldrán las multimillonarias retribuciones a la banca privada por la deuda pública? ¿Cómo se obtendrán los recursos necesarios para recortar drásticamente el déficit presupuestario de los Estados? La respuesta es obvia: de la sangre, el sudor y las lágrimas de la clase trabajadora a través de los llamados planes de austeridad.

 La economía norteamericana en el pantano

Muchos "analistas" pronosticaron una rápida salida de la crisis en EEUU. Pensaban que era difícil descender mucho más. No obstante, como demostró la depresión de 1929 la caída puede ser muy grande, y la recuperación lenta y débil, arrastrándose penosamente durante años.

En las dos últimas décadas el consumo fue el pilar fundamental en el que se sustentó el boom económico norteamericano, llegando a aportar más de 2/3 partes del crecimiento del PIB (un 77,3% en 2007). Este fenómeno se apoyó en el crédito indiscriminado. Ahora todo el edificio se ha venido abajo y el consumo interno está completamente deprimido, aplastado por una montaña de deudas imposibles de pagar para millones de familias. La lacra del desempleo desalienta aún más el gasto doméstico. Los datos son elocuentes: entre junio de 2007 y finales de 2008 la pérdida de riqueza de las familias, combinando activos tangibles y activos financieros, rozó el total del PIB estadounidense (14 billones de dólares). Partiendo de estas circunstancias, las formulas que el gobierno Obama ha llevado a cabo para reactivar el consumo interno se han estrellado contra un muro. El paquete de 800.000 millones de dólares de ayudas públicas aprobado a principios de 2009 por la administración demócrata, tuvo una eficacia extremadamente modesta (se calcula que pudo inducir la creación de poco más de medio millón de empleos). Y este es un aspecto importante, pues a pesar de las teorías de los neokeynesianos del tipo Krugman, la inversión estatal sólo puede tener -en el caso de las economías más fuertes- un efecto limitado a la hora de paliar algunas consecuencias negativas de la recesión, o ayudar a estimular el auge cuando las condiciones objetivas para ello existen. Pero la inversión estatal no determina el ciclo económico. Para sortear la recesión y transitar la senda de la recuperación es necesario que la inversión de capital privado se reactive ante la perspectiva clara de un aumento de la demanda.

A la luz de los datos y previsiones, la crisis no ha terminado en EEUU. Todos los sectores están afectados por la sobreproducción: automóvil, construcción, acero, cemento, máquina herramienta, química, comercio...La capacidad productiva de la industria manufacturera está siendo utilizada por debajo del 72%, la tasa más baja desde el establecimiento de la serie estadística en 1948 (un 26% inferior a la media entre 1972-2008), y la inversión empresarial sigue cayendo. La destrucción de empleo no cesará a corto plazo: la recesión ha eliminado 8,2 millones de puestos de trabajo desde diciembre del 2007, alcanzando un 10, 2% de desempleo y la histórica cifra de 15,7 millones de desempleados, la mayor en 26 años. Según estudios del banco Goldman Sachs, la economía de EEUU necesitaría crecer durante los próximos cinco años a una tasa anualizada del 5% para lograr que el empleo volviese a la situación previa a la crisis. Paralelamente, la ofensiva contra los salarios se recrudece, aumentando la desvalorización de la fuerza de trabajo en un contexto favorable para los empresarios dónde el ejército de reserva crece con fuerza. Pero las cosas pueden empeorar. La exposición del sector financiero estadounidense a la crisis inmobiliaria -que continua tras las caída persistente de venta de viviendas de segunda mano en un 20% de promedio a lo largo de 2010-, ha sido subrayado por el Fondo de Garantías de Depósito de los EEUU, que calcula en 552 las entidades financieras que pueden quebrar en los próximos dos años (lo que significaría una pérdida de 250.000 millones de dólares).

La perspectiva de un nuevo descenso a los infiernos para la economía norteamericana no es ningún invento. El corresponsal de El País en EEUU, Sandro Pozzi, lo fundamentaba así en un artículo del pasado 28 de agosto: "El que iba a ser el verano de la esperanza se está convirtiendo en el del miedo a que EEUU tropiece, vuelva a caer en la recesión y se lleve por delante la recuperación en todo el mundo. Ante tanta incertidumbre, el cónclave en Jackson Hole (Wyoming, EEUU) de economistas y banqueros centrales internacionales ha cobrado especial relevancia, con un mensaje de nubes y claros. ‘Esta crisis durará casi 10 años en los países más endeudados -tanto EEUU como España están entre ellos-, y apenas llevamos tres desde que estalló', explicó en una entrevista con este diario Carmen Reinhart, de la Universidad de Maryland (...) En la calle, con 14,6 millones de parados y otros 2,4 millones que ni siquiera buscan empleo en la situación actual, la respuesta parece ser afirmativa. En EEUU hay también 8,5 millones de personas que no tienen más remedio que trabajar a tiempo parcial, lo que se traduce en menos ingresos. Y 40 millones de personas con bajos recursos que acuden a las ayudas públicas para poder comer, a los conocidos food stamps: para todos ellos, la vida es una especie de depresión contenida. Tampoco hay buenas noticias para las empresas, que ven cómo la demanda vuelve a bajar. Ni en el sector de la vivienda, donde las ventas avanzan al menor ritmo en cinco décadas...".

La situación a mediados de 2010 era tan grave que Obama aprobó un nuevo plan de "estímulo" de 50.000 millones de dólares destinados a la inversión en infraestructuras públicas y ayudas fiscales a las empresas. Pero esto era 16 veces menos que su plan de hace año y medio, un plan que fracasó a la hora de sacar a la economía del agujero. Economistas como Krugman exigen más ambición y un plan de estímulo mayor, pero ¿para invertir en qué y de dónde saldrá el dinero? Si se aumenta la inversión pública de algún sitio tienen que salir los recursos. ¿De los impuestos a los ricos? Sería una alternativa... pero Obama, presionado por los malos resultados en las elecciones de noviembre, ha decidido prorrogar las exenciones fiscales a las grandes fortunas que aprobó el gobierno Bush y que vencían en diciembre de 2010. Su argumento es el mismo que el que utiliza su colega Zapatero, que después de amagar con aumentar la fiscalidad a las grandes fortunas ha reculado vergonzosamente aduciendo que eso podría provocar fugas de capitales y empeorar la situación. Así es la lógica implacable del capitalismo, incluso para sus feligreses más piadosos y bienintencionados.

La persistencia de la recesión en los EEUU, el fiasco de los planes de salvamento y estimulo de la administración Obama, el desencanto general entre la población con sus medidas, han dado fuerza al sector dominante del capital estadounidense que exige cambios drásticos en la estrategia para salir de la crisis. Cambios que agudizarán el enfrentamiento del imperialismo norteamericano con sus competidores en la lucha por cada palmo de mercado mundial

 El desplome europeo

Si la situación de EEUU es adversa, el desarrollo de la recesión en el viejo continente ha hecho saltar por los aires todas las creencias en la solidez de la Unión Europea abriendo un agrio debate sobre su futuro. En este mismo número de Marxismo Hoy dedicamos un artículo específico a la crisis de la UE, del euro y de los efectos de los planes de austeridad en la lucha de clases. Pero en cualquier caso es necesario señalar algunos aspectos de los acontecimientos en Europa para entender la dinámica general de la recesión mundial y su poderosa influencia en las perspectivas generales. 

Después del terremoto de mayo de 2010 en el que el hundimiento de la economía griega desató la mayor crisis de credibilidad del euro y puso en tela de juicio los acuerdos políticos de años anteriores, las medidas adoptadas para garantizar la solvencia de los bancos alemanes, franceses y británicos comprometidos por sus inversiones en deuda soberana de los países periféricos, han sido incapaces de frenar la crisis. Al crack de la economía griega ha seguido sin apenas interrupción la bancarrota de las finanzas irlandesas, la amenaza de una nueva bancarrota en Portugal y, lo más importante, la posibilidad de un plan de rescate para la economía española, que convertiría en un juego de niños lo ocurrido anteriormente. El Estado español representa el 10% del PIB comunitario, y un plan de intervención sobrepasaría los fondos de rescate aprobados en mayo -la prensa financiera alemana señala que serían necesarios 500.000 millones de euros para el caso español- requiriendo de acuerdos bilaterales con Alemania, Francia y Gran Bretaña. El semanario Der Spiegel anunciaba en su edición del pasado 28 de noviembre que "si cae España, cae el euro". El mismo pronóstico lo contemplaba el Financial Times Deutchland: "Si una economía tan grande como la española tuviera que recurrir a los bomberos financieros, el futuro del euro estaría en serio peligro". Esta perspectiva, totalmente factible, ha suministrado muchos argumentos a importantes sectores de la burguesía alemana que ven en la bancarrota de las economías más débiles un lastre imposible de soportar y una amenaza a la estabilidad de la economía germana. Y la posibilidad de nuevas bancarrotas está en el orden del día, incluyendo países como Italia y Bélgica, mientras la presión sobre la deuda soberana de Portugal y el Estado español continua intensificándose.

La profundidad de la crisis europea ha puesto de relieve las enormes dificultades para la unificación económica y política del viejo continente, abriendo la caja de pandora para la vuelta del viejo discurso del nacionalismo económico, esgrimido con fuerza por las autoridades alemanas, y que reflejan, en última instancia, que la idea de una Europa unida en bases capitalistas es una quimera reaccionaria. El hecho es evidente: las economías nacionales de Europa alcanzaron un grado de integración muy importante en los años de crecimiento económico, dónde el desarrollo desigual de las mismas podía ser paliado parcialmente gracias a los fondos europeos desembolsados por las potencias más fuertes. En el momento en que la recesión se ha hecho una realidad permanente, estas contradicciones latentes han aflorado con fuerza, alimentando las tendencias centrifugas tendentes a disolver los acuerdos de integración. Nadie quiere salvar a su vecino a costa de empeorar las cosas en casa.

La jerga oficial habla ya de una Europa a dos velocidades, en todo, y lo peor es que a pesar de poner en marcha planes de ajuste y austeridad de caballo en la mayoría de las naciones, las posibilidades de que arranque la recuperación son cada vez más inciertas. Como ocurre en EEUU, las tasas de desempleo en la UE están en cotas históricas: según las cifras de Eurostat, la zona euro acabará el 2010 en el 10%, un máximo de los últimos 12 años, con más 16 millones de personas en paro en la eurozona. La economía francesa está en encefalograma plano como la italiana, la inglesa sigue descendiendo, y la alemana, que es una clara excepción y que puede acabar el año con una tasa de crecimiento que doble la medida europea, es pasto de desequilibrios y zonas oscuras que puede arrastrar al conjunto de Europa, empezando por la situación nada fiable que atraviesa su sistema bancario.

El crecimiento alemán se ha basado en su músculo exportador, que se ha beneficiado durante meses de la debilidad del euro, de la caída de los salarios, de la precariedad creciente del mundo laboral alemán y, una razón de mucho peso, de la pujanza de la economía china y los planes de inversión estatal de su gobierno, que ha aumentado significativamente las importaciones de maquinaria y tecnología alemana. Una dinámica que está condicionada por factores adversos, tal como señalaba el corresponsal del diario catalán La Vanguardia: "El nivel de dependencia exterior de Alemania es la clave de su éxito y también su talón de Aquiles. Su cuota de exportación supera el 40% en sectores como el del automóvil y la máquina herramienta, y el 50% o 60% en la industria electrónica o farmacéutica. Alemania depende como pocos de la coyuntura internacional, algo que se parece a unas arenas movedizas, porque el panorama general está dominado por la incertidumbre...".  El crecimiento de las exportaciones alemanas, que ya representan el 50% de su PIB, tienen consecuencias muy importantes: alienta las tensiones con sus supuestos socios europeos y, sobre todo, agudiza el enfrentamiento con los EEUU. En las cumbres del G-20 en Ontario y Seúl los norteamericanos han clamado con vehemencia no sólo contra la política exportadora y monetaria de China, también Alemania, y por ende Europa, han sido el centro de sus críticas. De todas maneras, la escalada de descalificaciones y ataques no va en una sola dirección: el gobierno alemán, tanto su Ministro de finanzas como la Presidenta Angela Merckel, han arremetido con dureza contra las medidas de la administración Obama, especialmente contra su decisión de devaluar el dólar a través de la emisión de más de 600.000 millones de dólares por parte de la Reserva Federal (FED) para comprar bonos del tesoro, asunto del que nos ocuparemos más adelante.

El otro punto débil de la economía europea sigue localizado en el sector financiero. Hace unos meses que se hicieron los test de estress para evaluar la solvencia de los principales bancos europeos y calmar a los "mercados". Los bancos españoles salieron aparentemente airosos, a pesar de que llevan años incorporando a sus balances, como si fueran activos, todo el pasivo de la crisis inmobiliaria, con préstamos concedidos al sector por valor de 600.000 millones, y una morosidad que supera los 100.000 millones de euros. Pero lo más irónico es que el mismo resultado positivo obtuvieron los bancos irlandeses que meses después entraron en quiebra y precipitaron la declaración de rescate por parte del gobierno y la puesta en marcha de un plan salvaje de recortes del gasto público, despido de miles de empleados públicos y reducción de las pensiones, entre otras medidas..  La situación es tan grave que incluso China ha tenido que llegar en auxilio de la maltrecha economía europea buscando también su propio respiro: desde 2006 la Unión Europea es el principal destinatario de las exportaciones chinas y viceversa. Por este motivo, el gobierno chino ha intentado tranquilizar a los especuladores internacionales declarado que apoyan los planes de austeridad europeos y que no reducirán su participación en bonos soberanos europeos. Pero a pesar de todo la economía europea se encuentra en un callejón.

Los planes de austeridad aprobados en Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Italia, Portugal, Grecia, Alemania, en el Estado Español, que buscan garantizar la cuenta de resultados de los grandes bancos, los grandes fondos de inversión y las grandes empresas, los denominados eufemísticamente "mercados" en la jerga oficial, no van a sacar la economía de la UE del hoyo en el que se encuentra, pero si van a desencadenar una rebelión social en todo el continente, rebelión que ya ha escrito sus primeros capítulos con las grandes movilizaciones de masas, huelgas generales, movilizaciones estudiantiles que se han sucedido país tras país. La posibilidad de que este panorama remita y se vuelva al anterior equilibrio capitalista es muy improbable. El capitalismo europeo ha entrado en una nueva coyuntura histórica preparando las condiciones para una guerra de clases prolongada.

 El capitalismo chino frente a la recesión mundial

El desarrollo explosivo de las fuerzas productivas en China ha convertido a este país en protagonista indiscutible de la escena mundial. Todos los factores que juegan un papel decisivo para dificultar o ayudar a la estabilidad del capitalismo -crisis de sobreproducción, relaciones entre las potencias, guerra de divisas- están influenciados por el gigante asiático. El estallido de la recesión en el verano de 2007 ha supuesto un importante jalón en la historia del peculiar capitalismo chino, que arroja luz sobre la solidez de sus cimientos y sus perspectivas.

A diferencia de sus homólogos americanos y europeos, los dirigentes chinos consiguieron sortear lo peor de la recesión mundial: el PIB chino creció en 2009 un 8,7% y superó el 10% en 2010. Las enormes reservas acumuladas gracias a décadas de un robusto crecimiento -entre 1980 y 2005 el PIB chino creció alrededor de un 9% de media, alcanzando en 2007 un espectacular 13%- permitieron al régimen responder al cambio de ciclo en la economía mundial con un generoso plan de estímulo, aprobado en 2008, de 580.000 millones de dólares, equivalente a más del 12% del PIB del país. La abundancia de capitales no ha sido la única ventaja con la que han contado el gobierno chino. También han podido disponer de un poderoso instrumento para aplicar sus plan anticrisis: una economía férreamente centralizada -nos referimos tanto a la gran industria como a los recursos naturales y la banca- controlada con mano firme por el Estado, y el hecho de que los planes de estimulo se dirigieran en buena medida a la inversión productiva. Pero a pesar de las apariencias positivas, las contradicciones del capitalismo de Estado chino son muchas, y la mayor de ellas sigue siendo que su economía depende esencialmente del mercado mundial y de su capacidad exportadora.

Mientras en occidente el grueso de los planes estatales ha sido destinado al rescate de la banca privada, en China se han orientado fundamentalmente a inversiones en infraestructuras -la inversión en este sector se incrementó un 73% en los dos primeros años de la crisis-, consiguiendo una recuperación de la producción industrial, determinada en buena parte por esta inyección de dinero público.  Por otro lado, con el objetivo de estimular el consumo, el gobierno aumentó el dinero en circulación a través del crédito, hasta el punto que en el primer semestre de 2009 se superó en un 50% el volumen total de créditos de 2008. Buena prueba de la importancia adquirida del recurso al crédito, fue que el mero anuncio de una restricción crediticia el 20 de enero de 2010 provocó una caída generalizada de las bolsas.

Sin embargo, esta recuperación no debería ocultar que la recesión mundial ha hecho aflorar las debilidades estructurales de la economía china, muy dependiente del mercado mundial. Según datos gubernamentales, la crisis destruyó más de 20 millones de puestos de trabajo aunque para la Academia de Ciencias Sociales del país fueron 40 millones, es decir, una cifra equivalente al 40% del desempleo mundial provocado durante el primer año y medio de crisis. El retroceso de la actividad económica en 2008 y 2009 fue consecuencia de una caída en el crecimiento ininterrumpido de sus exportaciones. El potencial exportador de China, clave de su meteórico avance, se vio gravemente afectado por la contracción de la demanda mundial, especialmente del mercado doméstico estadounidense y europeo. Tras alcanzar, entre 2000 y 2007, un superávit comercial de más del 20%, en 2009 hubo una caída del comercio exterior del 13,9% respecto al año anterior. Por el momento, la demanda estadounidense y europea no da síntomas de recuperación lo que sumado a las medidas proteccionistas de las potencias occidentales, supone una espada de Damocles que amenaza a la llamada fábrica del mundo.

No podemos perder de vista que establecer comparaciones mecánicas entre el gigante asiático y otras grandes economías puede inducir a error. La economía china necesita crecer anualmente entre un 8% y 9% del PIB para absorber alrededor de 10 millones de nuevos trabajadores que se incorporan todos los años al mercado laboral. Un crecimiento que para otras potencias, como EEUU o Alemania, representaría un enorme avance, en China simplemente impide el aumento del desempleo. De ahí, la comparación del crecimiento chino con la estabilidad de una bicicleta. Un vehículo de tres o cuatro ruedas puede ir a baja velocidad e incluso permanecer detenido sin venirse abajo, una bicicleta precisa alcanzar una determinada velocidad para mantenerse estable y evitar su caída.

La recesión mundial ha dejado al descubierto el talón de Aquiles de la economía china: la debilidad de su consumo interno y su extraordinaria dependencia de las exportaciones. Desde un punto de vista teórico, no es un problema irresoluble. Podría superarse consiguiendo que las mercancías que no absorbe el mercado mundial sean consumidas dentro del mercado doméstico chino. Pero semejante transformación se enfrenta con enormes dificultades, puesto que entra en abierta contradicción con las bases sobre las que se ha desarrollado el capitalismo chino las últimas décadas. En primer lugar, el carácter exportador de la economía china no ha hecho sino aumentar exponencialmente en el último período. Entre 2001 y 2007, China elevó del 20 al 36% el peso de los intercambios comerciales en su PIB. El consumo doméstico, que representaba un 49% del PIB en 1990 disminuyó al 35% en 2008. En dólares constantes, el PIB chino en 2007 es muy superior al de 1990 y, por tanto, el mercado interno se ha ensanchado. Pero, aún así, el consumo interno sigue muy por detrás de las exportaciones en lo que a riqueza generada se refiere, contrastando con el 70% del PIB que representa en países como EEUU.

Las masas chinas sólo podrán consumir más si disponen de mayor poder adquisitivo. No obstante, el factor más importante a la hora de explicar porqué las manufacturas chinas han sido tan competitivas en el mercado mundial son los bajos costes laborales. Salarios bajos a cambio de jornadas de trabajo inhumanas, combinados con la ausencia de derechos sindicales. Es más, aunque entre 2000 y 2006 el PIB per cápita chino se duplicó, pasando aproximadamente de 1.000 dólares a 2.000, sigue muy lejos de los registros que se dan en las principales potencias: en EEUU el PIB per capita multiplica por 22 el de China (en 2006 era de 44.000 dólares).  Incluso existe la posibilidad de que China vea reducida su competitividad como consecuencia del encarecimiento relativo de su mano de obra, como está ocurriendo por la explosión de huelgas y conflictos laborales que recorren el país, y por el aumento del desempleo a escala mundial que provoca un abundante excedente de fuerza de trabajo en las naciones con las que compite y que, como cualquier otra mercancía, se ve sometida a un proceso de depreciación.

¿Podrá China convertirse en la locomotora de la economía mundial?

Aunque las grasas acumuladas por el capitalismo chino son abundantes y permiten al régimen un mayor margen de maniobra, no debemos olvidar que en una parte decisiva provienen del superávit comercial. Los intercambios comerciales del dragón rojo con el resto del mundo han estado sometidos a constantes vaivenes desde el inicio de la recesión y siguen sin estabilizarse. Tras un crecimiento anual de más del 20% entre 2000 y 2007, en agosto de 2009 se registró una caída del superávit comercial del 45% respecto al mismo mes de 2008.  Posteriormente hubo una fase de recuperación que volvió a sufrir un nuevo bache en marzo de 2010- en el primer trimestre de ese año se alcanzaron 10.700 millones de euros de superávit pero supusieron un 70% menos que en el mismo período de 2009-. La balanza comercial del capitalismo chino no ha sido capaz de recuperar, al menos hasta el momento, la forma de una clara curva ascendente como en el período de boom. No es de extrañar, pues el grueso del crecimiento económico chino se produjo en un período de auge de los intercambios comerciales, que entre 1970 y 2002 se multiplicaron por veinte. El panorama actual del comercio mundial es totalmente distinto, a lo que hay que sumar las tendencias proteccionistas. Si éstas se intensificasen podrían dar al trates con la expectativas de recuperación estable de la economía china.

Sobre estas bases podemos empezar a responder a la  pregunta de si China puede sustituir el papel del capitalismo estadounidense en la economía mundial. Desde nuestro punto de vista, es un error pensar que la hegemonía de EEUU está amenazada a corto plazo. Su poderío todavía es muy superior al chino y su participación en el PIB mundial prácticamente multiplica por seis a la de China. La economía estadounidense absorbía, justo antes del estallido de la crisis, mercancías por valor de 9,7 billones de dólares, mientras China, con una población que multiplica por cuatro la estadounidense, lo hacía por valor de 1,7 billones. En estas condiciones, China no puede sustituir a los EEUU ni a la UE como motor decisivo de la economía mundial.

La fortaleza de las finanzas chinas ha sido un argumento manejado por algunos economistas para subrayar su liderazgo en la futura recuperación. China posee las mayores reservas mundiales de divisas: 2,7 billones de dólares, tres cuartas partes de ellos invertidos en activos denominados en dólares y casi un billón  directamente en deuda pública norteamericana. Sin embargo, la actual situación del dólar expone a China a serias dificultades. A pesar de las amenazadoras declaraciones por parte de las autoridades chinas exigiendo limitar la hegemonía de la divisa estadounidense, lo cierto es que el debilitamiento del dólar supone una desvalorización de su propia riqueza en divisas. Sin olvidar que una depresión mayor en EEUU afectaría decisivamente el potencial exportador chino. Esta es la razón de que Hillary Clinton, número dos de la Administración Obama, se preguntaba a finales de marzo de 2009: "¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?", en clara referencia a la dependencia de la financiación china de la deuda estadounidense. Este "equilibrio del terror" financiero entre China y EEUU se mantendrá: aunque ambos son competidores en el mercado mundial, se necesitan, por lo menos en el corto plazo. La dependencia mutua entre ambas economías es una confirmación práctica de la ley dialéctica sobre la unidad y lucha de contrarios.

Por otra parte, al calor de los planes de estímulo estatales, se ha abierto un nuevo debate en el que algunas voces comienzan a hablar de una vuelta atrás en la restauración capitalista en China. No compartimos dicha afirmación. La intervención estatal china, con todas sus particularidades, no difiere, en su naturaleza de clase, de la desarrollada por los estados capitalistas europeos o norteamericanos. La cuestión clave es que la clase dominante está utilizando los recursos estatales para salvaguardar las bases capitalistas del sistema, intentando evitar un colapso de consecuencias sociales y políticas incalculables. La historia del capitalismo conoce enérgicas intervenciones estatales. Las experiencias del capitalismo europeo y japonés tras la Segunda Guerra Mundial, en Corea del Sur o Brasil en los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, son aleccionadoras. En China, la empresas estatales y la banca pública, son instrumentos utilizados en beneficio de la nueva clase de capitalistas -muchos de ellos con carné del PCCh- que se lucran explotando a millones de trabajadores, privatizando empresas públicas, estableciendo acuerdos con las multinacionales imperialistas y participando en el mercado mundial, una vez liquidado el monopolio estatal del comercio exterior. Gracias a las filtraciones de wikileaks hemos conocido como el antiguo primer ministro Li Peng y su familia controlan el sector eléctrico; el miembro del Comité Permanente del Politburó, Zhou Yongkang, y sus socios dominan el petrolero; la familia de Chen Yun, antiguo líder comunista de la época de Mao, el sector bancario; Jia Quinglin, presidente de la Conferencia Consultiva Política del Parlamento, controla el sector inmobiliario en Pekín; el yerno de Hu Jintao dirige la página web sina.com, una de las más importantes, y la esposa del primer ministro, Wen Jiabao, el de las piedras preciosas.

Los aprietos económicos de 2008 obligaron al capitalismo chino a recurrir a un tipo de recetas que, junto a los positivos resultados iniciales que hemos expuesto, ya demostraron sus efectos perniciosos a largo plazo cuando fueron aplicadas por potencias más veteranas. El recurso excesivo al crédito, como respuesta a la crisis de sobreproducción, ha alimentado las tendencias especulativas en China. Un 20% de los 1,39 billones de dólares que los bancos chinos concedieron en nuevos créditos en 2009 -el doble que el año anterior- fueron a parar al sector inmobiliario. De hecho, la burbuja inmobiliaria china no ha dejado de crecer. Según datos oficiales la inversión en bienes inmuebles aumentó un 75% ese mismo año, en el que la  especulación bursátil tampoco fue a la zaga: la bolsa de Shanghai se disparó hasta un 90%. Otro dato enormemente preocupante es el crecimiento de un 5,1% de la inflación en 2010, una media, que como tantos otros valores estadísticos, pretende enmascarar que los alimentos básicos incrementaron sus precios en casi un 11%, ejerciendo una enorme presión sobre las familias trabajadoras. 

Esta situación ha llevado al régimen a imprimir un giro en su política económica a finales del año 2010. Se ha limitado el volumen de dinero en circulación incrementando las reservas de la banca y elevando los tipos de interés. A su vez, para aliviar la presión que puede provocar un estallido de la burbuja inmobiliaria, se ha limitado la compra de viviendas y oficinas tanto a nativos como a extranjeros, así como la concesión de suelo para nuevas construcciones. Pero si la política expansiva ha demostrado ya sus riesgos, un recorte excesivo puede provocar resultados igual de negativos. El sector inmobiliario ha sido uno de los motores del crecimiento en los últimos años, alimentando una parte considerable del crecimiento del PIB, sin olvidar que el arrendamiento de terreno a largo plazo se ha convertido en una fuente de ingresos vital para las administraciones locales -en 2009 obtuvieron ingresos por valor de 150.000 millones de euros por este concepto-, sobre las que pesa una deuda de 900.000 millones de dólares. Por otra parte, los recursos estatales destinados a infraestructuras que permitieron recuperar el aliento del sector productivo tras el primer golpe de la recesión, se han agotado. Es importante destacar, que este plan de estímulo no ha servido para resolver los problemas de sobrecapacidad productiva instalada. La intervención del Estado, que ha garantizado durante un período de tiempo la demanda de la producción de los sectores nacionales más afectados por la crisis, ha aplazado la expresión de este problema en forma de paro y cierres de fábricas. En la actualidad es palpable la incertidumbre creada por las nuevas medidas destinadas a enfriar la economía, que ha impedido hasta el momento la adopción de un nuevo plan de estímulo.

En paralelo a todos estos procesos económicos el proletariado chino ha empezado a estirar sus músculos. Durante 2009, tuvimos un anticipo del carácter que adoptará la lucha de clases en China. En julio, los 30.000 obreros de la fábrica Tonghua Iron & Steel se movilizaron contra la privatización de su empresa. Secuestraron al representante de la empresa, le lincharon e hicieron frente a miles de antidisturbios que intentaron disolver los piquetes de forma violenta. El régimen tuvo que dar marcha atrás. Una lucha similar, que también acabó en victoria, se produjo en agosto en la fábrica Linzhou Steel Corporation. En 2010 trabajadores del sector privado de numerosas empresas se sumaron a la movilización y conquistaron importantes mejoras salariales. Lo más importante es que despertando a la lucha por mejoras económicas, ya hay sectores, como los trabajadores de Honda, que se adentran en un terreno más político, oponiendo al modelo sindical del régimen sindicatos democráticos con elección directa y control sobre sus representantes. El proletariado chino está forjando su conciencia en base a una dura experiencia de explotación y derrotas. La burocracia capitalista que dirige el PCCh, aunque sigue hablando de socialismo y envolviéndose con la bandera roja, ha destruido las conquistas de la revolución. Pese a todos los obstáculos, capitalismo es sinónimo de lucha de clases, y el proceso de toma de conciencia empieza a abrirse camino a través de la bruma de la contrarrevolución capitalista. Probablemente, un proceso generalizado de ascenso de la lucha de clases en China tarde todavía un tiempo y, seguramente, adoptará formas peculiares debido a las características políticas y económicas tan particulares en que se ha gestado el capitalismo chino. En cualquier caso, al calor del crecimiento explosivo del capitalismo en China, la clase llamada a derrocarlo se ha visto enormemente fortalecida.

El imperialismo chino se vuelve más audaz

Todo lo dicho anteriormente no contradice que China pueda seguir fortaleciendo sus posiciones en el ranking mundial, no tanto por su capacidad para solucionar sus propios desequilibrios como por la debilidad creciente de sus competidores. Claro exponente de ello fue la forma en que desplazó a Alemania como primera potencia exportadora del planeta. Realmente, ambas economías sufrieron un retroceso en el volumen total de sus exportaciones, la diferencia fue que la economía germana lo hizo mucho más que la asiática.

China se ha convertido en un serio desafío para las potencias imperialistas occidentales, disputando abiertamente el control de sus fuentes de materias primas y cuotas de mercado tradicionales. Es ya el primer socio comercial de la UE, el segundo de América Latina y el tercero de África. Como ilustra el cuadro, la correlación de fuerzas en el mercado mundial se está transformando por la irrupción del gigante asiático, alimentando las tensiones y conflictos entre las potencias como ha puesto de manifiesto la guerra de devaluaciones competitivas entre las divisas.

Porcentaje de participación en el total de exportaciones mundiales de mercancías

Año/País

1948

1973

2006

EEUU

21.7

12.3

8.8

Alemania

1.4

11.6

9.4

Japón

0.4

6.4

5.5

China

0.9

1.0

8.2

Fuente OMC

En tiempos de boom la audacia de la expansión imperialista china provocó mucha tensión, en un momento en el que el planeta ya estaba repartido -aunque este reparto fuera inestable y cambiante- entre las grandes potencias. La contracción del mercado mundial provocada por la recesión no ha hecho más que alimentar la voracidad del capitalismo chino y prácticamente ninguna de las grandes economías ha dejado de sentirse amenazada por este proceso. Junto a la reactivación de viejos conflictos con Japón -la pugna por la soberanía de las islas Senkaku-, y el desafío que desde hace años representan sus avances en América Latina y África para EEUU y Europa, se están gestando nuevos conflictos: con Rusia en Asia Central - debido a los contratos que empresas chinas han arrebatado a Gazprom en Kazajistán y Uzbekistán-; con Alemania en Europa Oriental -provocado por las inversiones chinas en Polonia, Rumania y Hungría-. Pero es en Asia dónde se localiza actualmente el punto más caliente. El conflicto militar entre las dos Coreas iniciado en noviembre del pasado año, es un nuevo síntoma del grado de tensión al que han llegado las relaciones económicas y militares entre EEUU y China. El capitalismo estadounidense no se conforma con la pequeña Corea del Sur, consciente de que el avance chino necesita un oponente de mayor envergadura, y espera encontrar ese poderoso aliado en India. La clase dominante de este gigantesco país, con 1.000 millones de habitantes y unas tasas de crecimiento comparables a las chinas, parece encantada de aceptar esta invitación a fortalecer la alianza anti-china. No es ninguna casualidad que las hostilidades militares entre las Coreas coincidieran con un viaje de Obama a este país, durante el cual el presidente de EEUU se mostró favorable a la entrada de India en el Consejo de Seguridad de la ONU. Semejante reconocimiento fue agradecido por los anfitriones del presidente de EEUU con el desplazamiento de 36.000 soldados indios a su zona fronteriza con China.

El capitalismo chino se enfrenta a una nueva etapa plagada de contradicciones. Como siempre hemos explicado los marxistas, las perspectivas no son una ciencia matemática. Los factores que determinan una previsión son múltiples y no sólo de carácter económico. Tal es el caso de la lucha de clases, que puede empujar al régimen chino a desarrollar medidas económicas en diferentes sentidos, dependiendo de la presión social a que esté sometido. De lo que no cabe duda es que la actual recesión ha puesto en marcha una lucha de alcance histórico por el mercado mundial en la que China jugará un papel decisivo.

 Proteccionismo y devaluaciones competitivas: la lucha por el mercado mundial se recrudece

El pesimismo económico ha encontrado otro punto de anclaje en la situación que atraviesa la economía japonesa. Sumergida en una deflación que no termina, con la mayor tasa de paro desde el final de la Segunda Guerra Mundial (en torno al 5%), con un yen más fuerte que nunca y que afecta muy negativamente a sus exportaciones, el gobierno japonés ha intentado insuflar vida en el organismo económico a través de constantes inyecciones de ayudas públicas. Aunque sigue siendo la segunda economía del mundo y cuenta con uno de los mayores patrimonios financieros y la industria más automatizada (con un altísimo valor añadido), Japón sigue sin levantar cabeza. Oficialmente salió de una acusada recesión en el segundo trimestre de 2009, pero su crecimiento sigue siendo muy modesto. Estos resultados, decepcionantes como en el resto de países avanzados, se han alcanzado gracias a planes de estímulo público que rozaron en dos años el 4% del PIB. Lejos de retirar este estímulo estatal, la burguesía japonesa se vio obligada a aprobar un nuevo plan de cerca de 55.000 millones de euros en el año 2010. Pero hasta ahora las medidas gubernamentales no han servido para reactivar la actividad, la deuda pública se acerca al 200% del PIB mientras la polarización social y las desigualdades se incrementan: miles de jóvenes que pernoctan en los cibercafés porque no pueden permitirse pagar un alquiler o los ancianos obligados a sobrevivir con pensiones míseras inflan cada vez más las filas de los pobres de Japón.

La profundidad y virulencia de la recesión no sólo está destruyendo las anteriores certezas, también ha arruinado los discursos con que intentaron tranquilizar a la opinión pública en los primeros momentos. No hace mucho tiempo los gobiernos de todo el mundo se llenaban la boca de solemnes declaraciones afirmando haber tomado nota de las causas de la crisis para no repetir errores anteriores. Ese fue el mensaje de la administración Obama en cuantas cumbres económicas se han celebrado en estos tres años. Y sin embargo, para desgracia de Obama y de sus mentores, los viejos fantasmas del crack de 1929 han hecho su aparición para recordar que los intereses contradictorios de las diferentes burguesías nacionales pueden empujar a la economía mundial a una depresión aún mayor. Primero fue el fracaso de la cumbre del G-20 a finales del mes de junio de 2010 en Ontario, y aquel retroceso, que abrió las puertas a las salidas nacionales frente a una recesión desbocada, se ha ratificado en la cumbre de Seúl del pasado mes de noviembre.

La prensa burguesa ha intentado presentar el enfrentamiento del imperialismo estadounidense contra China y la UE como un debate doctrinal entre los partidarios de mantener los estímulos fiscales y aquellos que defienden las medidas de ajustes y austeridad para frenar el crecimiento de la deuda pública y atajar el déficit presupuestario. Pero esta explicación oculta, como no podía ser de otra forma, las auténticas causas que alimentan la disputa. Decir que Obama es un defensor de la inversión pública, en sentido coloquial para entendernos, es lisa y llanamente mentira, tal como los hechos se están encargando de demostrar. La administración demócrata ha aprobado planes de ayuda estatales por valor de varios billones de dólares que han sido destinados, en su mayor parte, a salvar al sistema financiero estadounidense, sostener a los grandes monopolios de la automoción (gracias a las subvenciones a fondo perdido otorgadas generosamente por Obama, por ejemplo a General Motors), subsidiar la venta de casas, y continuar con los gastos multimillonarios en materia de seguridad interior y en las intervenciones militares en curso (las guerras de Iraq y Afganistán). Pero las inversiones productivas, en infraestructuras, en obra pública, en sanidad, en educación, para crear empleo y estimular el consumo, han brillado por su ausencia. Más bien habría que señalar que los ataques a los gastos sociales, a las pensiones, a los empleados públicos (en las administraciones de los estados y en los ayuntamientos se han destruido 69.000 y 247.000 puestos de trabajo respectivamente desde agosto de 2008), a la sanidad y la educación, también se suceden a buen ritmo en los EEUU. Las ventajas fiscales para los ricos y los beneficios estratosféricos que los grandes bancos están obteniendo, son parte del panorama económico estadounidense igual que en Europa o Japón. 

En realidad, la causa del enfrentamiento entre los EEUU y la UE, también del enfrentamiento con China, no es otro que la lucha brutal por el mercado mundial. EEUU, que atraviesa una fase depresiva en su consumo, no puede convertirse en el destinatario de las mercancías baratas de todo el mundo y hundir aún más sus industrias manufactureras. Esto va directamente en contra de los beneficios del capital norteamericano. Al contrario, la burguesía estadounidense necesita resituarse en el mercado mundial, incrementar el volumen de sus exportaciones para salir de una crisis que se prolonga y vender mucho más en el exterior. En la capital de Corea del Sur, el imperialismo norteamericano ha dejado claro que está dispuesto a pelear con fuerza contra sus competidores y no dejarse arrebatar el liderazgo mundial, independientemente de las consecuencias que sus decisiones, y las de sus adversarios, provoquen.

Es importante señalar que la reunión de Seúl estuvo precedida por dos acontecimientos de enorme significado. Primero, la derrota de Obama en las elecciones legislativas parciales de noviembre. El triunfo de los republicanos, gracias a un aumento tremendo de la abstención en las ciudades, ha dado aún más confianza al sector decisivo del capital estadounidense que quiere respuestas contundentes. Los grandes monopolios y transnacionales estadounidenses, han dicho que es hora de pasar a la ofensiva en el terreno de la economía mundial. Y este es el segundo acontecimiento significativo: el gran capital estadounidense que mostró abiertamente sus intenciones durante la crisis del euro en mayo de 2010 y en la cumbre del G-20 en Ontario un mes después, han dado un puñetazo en la mesa buscando fortalecer su posición en el mercado mundial a costa de sus competidores. Es el capital estadounidense el que ha impuesto, con el beneplácito de Obama, la mayor devaluación competitiva del dólar de los últimos cuarenta años, horas antes de la cumbre del G-20 en Seúl, mediante una gigantesca operación de impresión de dólares, denominada en la propaganda oficial con el término eufemístico de "expansión cuantitativa". Con esta decisión, el gobierno de EEUU pondrá en circulación 650.000 millones de dólares para comprar bonos del tesoro e impulsar, este es uno de los fines de la operación, la exportación de las manufacturas norteamericanas a los mercados mundiales, intentando recuperar su predominio en el mercado doméstico.

Los imperialistas norteamericanos han puesto punto final a la época de las palabras y las buenas intenciones. Hay una guerra económica para salir de la crisis y quieren ganarla. Obviamente en la base esta estrategia se encuentra la profundidad de la crisis económica en los EEUU y la certeza de que las medidas adoptadas hasta el momento no permiten salir del atolladero. Además de los datos que hemos señalado anteriormente, con un déficit presupuestario y una deuda soberana en niveles históricos (11,1% del PIB y 65,8% del PIB respectivamente), la situación es realmente alarmante si consideramos que las necesidades de financiación de EEUU requieren de 350.000 millones de dólares al año y que la compra de bonos del tesoro por parte de los inversores extranjeros está disminuyendo acusadamente. China, que en 2007 adquirió el 47% de las nuevas emisiones de bonos norteamericanos a diez años, las redujo en 2008 a la mitad, en torno al 20%, cifra que en 2009 tan sólo representó un 5% del total de bonos emitidos. Las debilidades del capitalismo norteamericano, que se refuerzan por la precaria situación de un sistema financiero que puede sufrir nuevas recaídas, están detrás de esta orientación hostil contra sus competidores.

El escenario dibujado en la cumbre del G-20 en Seúl no deja lugar a dudas. Las lecciones del pasado no han sido asimiladas, y no pueden serlo por una razón evidente: el capitalismo es un sistema anárquico, no puede ser planificado ni regulado. El motor que lo hace funcionar no es la satisfacción de las necesidades sociales de la mayoría, sino el beneficio de las grandes empresas y bancos que determinan la política de los gobiernos y deciden sobre la vida de miles de millones. Esta clase de plutócratas, los famosos "mercados", no tienen más solidaridad entre ellos que la de sus cuentas de resultados y, frente a esta crisis de sobreproducción, estos monopolios, que en una economía mundializada siguen manteniendo su base nacional, luchan con uñas y dientes por mantener sus beneficios a costa del vecino, desalojándolos de sus mercados y posiciones estratégicas. Es la misma contradicción que Marx señaló hace 150 años: las fuerzas productivas que han dejado de tener una base nacional para adquirir un carácter mundial, chocan contra la camisa de fuerza de la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional.

¿Recaída en la recesión?

Las perspectivas para la recuperación son inciertas y están muy condicionadas por las enormes contradicciones que enfrentan a unas potencias contra otras. Las reuniones del G-20 no han servido más que para evidenciar el fiasco en el empeño de coordinar las políticas económicas. Todos los problemas estructurales derivados del anterior periodo de boom económico, y acentuados calamitosamente en esta fase de recesión, han abierto las puertas a una nueva configuración del capitalismo mundial, en el que la lucha por la supervivencia y la primacía tendrá efectos en todos los planos: en la lucha de clases por supuesto, pero también en las relaciones internacionales donde la pugna entre las diferentes potencias imperialistas se expresará también en el frente militar de una forma más acusada.

En la gran depresión de 1929, uno de los factores que recrudeció la espiral destructiva fue que las grandes potencias económicas acometieron medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas de sus monedas. Un escenario que se está repitiendo milimétricamente a pesar de todos los deseos en contra, confirmando la incapacidad de resolver esta crisis de sobreproducción con recetas capitalistas. Según informes de la Organización Mundial del Comercio (OMC) las medidas proteccionistas no sólo se circunscriben a la devaluación competitiva de las divisas, se extienden con la aplicación de leyes para proteger distintos sectores económicos en diferentes países: subidas de aranceles, endurecimiento de normas de importación, subsidios públicos a sectores productivos como el automóvil, acero o calzado, iniciativas legislativas para obstaculizar el comercio internacional.

A las medidas proteccionistas y la guerra de devaluaciones competitivas hay que sumar que la caída de los ingresos fiscales del Estado y la depresión de la demanda interna, que será el resultado inevitable de la aplicación de los planes de austeridad, no hacen más próxima la recuperación de la economía. Por otra parte, el saneamiento de los bancos mundiales todavía no ha terminado. El FMI estima en 3,5 billones de dólares las pérdidas seguras de la banca mundial hasta finales de 2010; pero la cantidad puede ser muy superior y seguir lastrando la recuperación. Tomados en conjunto todos los factores mencionados, se pone de relieve el carácter extraordinario de la recesión económica. Según algunos estudiosos de la historia económica, la producción industrial, los mercados bursátiles y el comercio mundial cayeron en este último año y medio con más fuerza que en los inicios de la Gran Depresión. Hay que retroceder a la Segunda Guerra Mundial para encontrar una caída del PIB de los países industrializados tan importante. Exactamente igual se puede decir del desempleo, aunque en este caso las referencias hay que tomarlas directamente de la depresión de los años treinta: las economías de la OCDE (las 30 naciones más industrializadas), superarán los 60 millones de desempleados, casi el doble que al inicio de la crisis. Los datos son impresionantes, pero igual de significativo es la sincronización y simultaneidad de la recesión en todas las economías del planeta (algo que tardó en 1929). Este hecho ratifica lo que los marxistas hemos explicado en los últimos años: el peso aplastante del mercado mundial y la estrecha interrelación de todas las economías, un fenómeno que se reforzó en el periodo de boom y que, como explicamos, tendría consecuencias tremendas cuando la crisis de sobreproducción hiciese su aparición.

Los organismos internacionales hablan de que la producción industrial podría remontar en 2011, pero esto es poco probable, mucho menos cuando en numerosos países aprueban recortes salvajes de la inversión estatal. La clave sigue siendo la inversión de capital privado, que está por los suelos, y el crecimiento de la demanda interna, el consumo privado, que supone la parte decisiva del PIB en los países avanzados. Hay motivos serios para pensar que la recuperación tan cacareada podría sufrir un traspié importante y que la fase recesiva se prolongará, incluso podría empeorar. En cualquier caso una cosa es clara, las tasas de crecimiento de años precedentes está completamente descartada.

Un nuevo periodo histórico. Ruptura del equilibrio capitalista

Lo fundamental es entender que hemos entrado en una época diferente de la historia del capitalismo. Un periodo que no comienza con la recesión sino, precisamente, durante la fase de crecimiento económico. En la última década hemos vivido grandes acontecimientos que, tomados en conjunto, marcan un punto de ruptura en la historia mundial. En primer lugar, el desarrollo de la revolución en América Latina, que tiene una significación histórica. Pese a las cifras macroeconómicas de crecimiento, desde finales de los años noventa asistimos a movimientos revolucionarios en América Latina que supusieron un cambio profundo respecto a los ochenta y primeros años noventa, marcados por derrotas: La revolución bolivariana, el movimiento revolucionario de las masas en Bolivia, Ecuador, el Argentinazo, el movimiento contra el fraude en México en 2006, la respuesta al golpe en Honduras...

La influencia de estos procesos en la política mundial es obvia, pero lo más significativo es su duración en el tiempo, lo que demuestra la correlación de fuerzas extraordinariamente favorable para la clase obrera, los límites del imperialismo para abortar estos procesos, y la precariedad política de la burguesía nativa. Por otro lado, esta prolongación también es consecuencia de la ausencia de una dirección marxista con autoridad entre las masas capaz de completar estas revoluciones. Otro elemento de primer orden en este cambio de época es la crisis de poder e influencia del imperialismo norteamericano. Las relaciones mundiales están experimentando cambios muy agudos, determinados por la sacudida de la crisis y la competencia feroz de las potencias imperialistas por los mercados. La escalada del enfrentamiento entre China y EEUU, en el plano económico, político y militar, y entre EEUU y la UE marcarán el próximo periodo. Hay una lucha por el dominio de Asia, África, y de las fuentes esenciales de materias primas estratégicas.

En definitiva, dos décadas después del colapso del estalinismo, el nuevo escenario tiene unas características muy diferentes al periodo anterior. Trotsky señaló una idea que puede ser bastante útil para abordar las características de esta nueva fase de la lucha de clases y de la historia mundial: "Las épocas de enérgico desarrollo capitalista deben poseer formas -en política, en leyes, en filosofía, en poesía- agudamente diferentes de aquellas que corresponden a la época de estancamiento o de declinación económica. Aún más, una transición de una época de esta clase a otra diferente debe producir necesariamente las más grandes convulsiones en las relaciones entre clases y entre Estados (...) No es difícil demostrar que en muchos casos las revoluciones y guerras se esparcen entre la línea de demarcación de dos épocas diferentes de desarrollo económico". 

En la compleja ecuación política que atraviesa el capitalismo mundial, el papel de las masas, su irrupción en escena y su proceso de toma de conciencia (contradictorio, y no lineal), sigue siendo el factor decisivo. Como marxistas rechazamos cualquier esquema basado en una lucha constante y permanente de la clase obrera. Cuando las oportunidades no se aprovechan son inevitables derrotas, repliegues y retiradas. En función del carácter y profundidad de éstas, el retroceso será de un tipo u otro (diversos factores influyen: la política de las direcciones de las organizaciones obreras, la situación económica, etc.). Pero lo primero que debemos señalar es el papel que la clase obrera ha jugado en los últimos años, incluso en el periodo de boom. Zanjar esta cuestión diciendo que la conciencia de las masas en los países capitalistas desarrollados ha retrocedido, como se repite como un lugar común entre los intelectuales izquierdistas, sectarios o ex marxistas, representa una visión unilateral y sesgada. En primer lugar, no es posible obviar las derrotas políticas de los años setenta. Entonces, ligados directamente a la recesión, asistimos a movimientos revolucionarios en Europa occidental (España, Portugal, Grecia), y a un auge tremendo de la lucha de clases en Francia, Gran Bretaña, EEUU.... Los efectos políticos de estas derrotas fueron muy severos. Sus consecuencias se vieron reforzadas posteriormente por el colapso del estalinismo y la restauración capitalista en la URSS, Europa Oriental y China. El boom de los años noventa estuvo directamente relacionado con estas precondiciones políticas.

Generalmente un boom económico restablece las esperanzas en el futuro y, teóricamente, aumenta la confianza en el sistema. Indudablemente, este fenómeno se repitió en buena medida en el anterior periodo de crecimiento. Pero el boom de las dos últimas décadas, en EEUU, Japón, la UE (no digamos otros países) ha quemado parte importante de las grasas acumuladas, atacando la cohesión social y el estado de bienestar. Ciertamente, sectores de la pequeña burguesía se beneficiaron mucho de la especulación inmobiliaria y bursátil; incluso sectores del proletariado trabajando duro y agachando la cabeza, empujados a esa situación por la política de colaboración de clases de las direcciones reformistas, pudieron aumentar sus ingresos y someterse de por vida a los créditos hipotecarios. Pero no fue un boom como otros anteriores de la historia del capitalismo, que desarrollaron grandes ilusiones incluso entre sectores amplios de trabajadores.

Es importante hacer un balance cuidadoso del periodo anterior y no caer en simplificaciones que expresan el punto de vista, no del marxismo, sino de capas desmoralizadas de activistas. La experiencia acumulada por la clase obrera (especialmente la juventud obrera) durante los años de boom es fundamental para entender las perspectivas para el próximo periodo. Las masas han accedido a mercancías a bajo coste, disfrutado de la compra a crédito de coches, televisores de plasma y otros bienes, pero el fermento de crítica al sistema empezó a incubarse durante el boom, con el incremento de la jornada laboral, la precariedad, el enorme endeudamiento de las familias, etc. Estos factores estaban detrás de los movimientos de masas contra la guerra, las sacudidas huelguísticas en Europa, etc. ¿Cuál fue la historia de la última década en los países capitalistas avanzados? ¿Hemos vivido sólo un periodo de reacción y reflujo? Evidentemente el desarrollo no ha sido uniforme (Gran Bretaña lo prueba), pero la mayoría de países vivieron importantes movilizaciones de la clase obrera y la juventud. Esto ha marcado la conciencia de cientos de miles de trabajadores, aunque no se haya traducido inmediatamente en el surgimiento de tendencias reformistas de izquierdas de masas o centristas algo que no debería sorprendernos. Desarrollos de ese tipo son característicos de situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias.

Obviamente hay un retraso de la conciencia respecto a la situación objetiva. Pero el factor decisivo para explicarlo no es la "fortaleza del boom" pasado, sino la política de los dirigentes reformistas, que se ha transformado en un factor objetivamente reaccionario, el más importante de todos. Un factor que no encuentra contrapeso por el momento en las fuerzas del marxismo, que siguen siendo muy débiles, lo que hará que esta situación contradictoria se prolongue -con todo tipo de distorsiones, pasos adelante y atrás- por un periodo bastante amplio.

La teoría marxista excluye la existencia de una crisis final del capitalismo. La dinámica interna del sistema, recorrida por fases periódicas de boom y recesión, fue analizada por Marx en obras como El Capital y Teorías sobre la Plusvalía. También Lenin y Trotsky abordaron este asunto. Cuando tratamos con la dinámica del ciclo económico y la caracterización de una época histórica determinada, el marxismo no sólo considera los factores derivados propiamente del proceso de producción y circulación, toma muy en cuenta todos aquellos aspectos políticos e ideológicos que forman parte de la superestructura de la sociedad y adquieren relevancia en el desarrollo económico e histórico (derrotas huelguísticas y fracaso de movimientos revolucionarios; guerras entre naciones e intervenciones imperialistas; etc.). La relación entre lucha de clases y ciclo económico es estrecha, compleja y dialéctica. Las ecuaciones "boom igual a reacción" o "recesión igual a revolución", simplifican groseramente esta relación. La experiencia de los últimos años es rica al respecto. Hablando de las perspectivas generales, evidentemente hemos entrado de lleno en un periodo extremadamente turbulento de la historia. La actual recesión no es cualquier recesión, sino una profunda crisis de sobreproducción. La curva de desarrollo capitalista ha entrado en una dinámica declinante. Aunque haya fases de recuperación de los índices macroeconómicos (algo que no será homogéneo) la posibilidad de tasas de crecimiento global como en la última década y media es poco probable. Lo fundamental es entender que el capitalismo, tal como se configuró en las décadas posteriores al colapso del estalinismo, ha dejado paso a otra realidad diferente. Ésta se caracterizará por años de estancamiento y débil crecimiento, altas tasas de desempleo y austeridad brutal; y tendrá efectos políticos trascendentales. La lucha de clases entra en una fase de mayor dureza, polarización entre las clases y choques sociales sin precedentes desde los años setenta. La conciencia de la clase trabajadora, a diferentes ritmos, avanzará martilleada por estos acontecimientos.

¡Construir las fuerzas del marxismo!

Los planes de austeridad que han puesto en marcha los gobiernos capitalistas representan una ofensiva sin cuartel contra las conquistas históricas del movimiento obrero. Por ahora, la ofensiva patronal auspiciada por los gobiernos, ya sean de derechas o socialdemócratas, ha tenido éxito. Pero esto ha sido posible, en gran medida, gracias a la política errática de los dirigentes reformistas de los sindicatos obreros, que siguen optando por la línea de la concertación y la colaboración de clases, aunque cada día con más dificultades y presiones para llevarla a la práctica. Pero la recesión también ha tenido otros efectos, y el más importante es que refuerza la pérdida de confianza por parte de millones de trabajadores y jóvenes en este reformismo sin reformas, que ya venía desgastándose en los últimos años.

En una crisis económica de proporciones históricas como la actual, la lucha sindical limitada empresa a empresa es impotente. La batalla por defender las conquistas del movimiento y frenar la sangría del desempleo, se tiene que transformar en una amplia, extensa y contundente lucha política por transformar de raíz la sociedad. Defender condiciones dignas para la vida de millones de familias obreras, entra en contradicción con los fundamentos del sistema capitalista. Por eso cualquier lucha defensiva tiene que adoptar una estrategia anticapitalista y socialista, un enfoque que aumentaría el grado de conciencia y organización de la clase trabajadora y la juventud. Sin esa estrategia no puede extrañar que el miedo a perder el empleo, el chantaje empresarial para imponer recortes salariales o aumentar la jornada laboral, se haya abierto camino temporalmente. Sin embargo, es necesario situar todas las caras de la realidad para hacer un análisis equilibrado y no unilateral.

A pesar de todas estas dificultades existe un fermento de descontento creciente entre capas muy amplias de la clase trabajadora y la juventud, y en algunos países de abierta furia. El proceso de deslegitimación del sistema no está disminuyendo, sino aumentando, y lo hace al calor de una crisis que está poniendo en claro que los sacrificios sólo los soporta una parte de la sociedad mientras los auténticos responsables del actual caos se enriquecen a manos llenas.  Como siempre hemos explicado, la conciencia tiende a reflejar el pasado y va con retraso respecto a los acontecimientos. No se puede tener una visión simplista o mecánica al respecto, la conciencia sufre cambios bruscos y traumáticos. Dado el carácter profundo y probablemente prolongado de la actual crisis, el camino de la lucha de clases, la organización y la movilización es la única alternativa para defender el nivel de vida de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Teniendo en cuenta las particularidades específicas de cada país, que los ritmos no serán homogéneos y habrá retrocesos y repliegues, este es el horizonte para los próximos años.

Lo más destacable es que se ha producido un cambio en el sentido general de la corriente. Este nuevo periodo histórico estará caracterizado por fluctuaciones muy bruscas, cambios abruptos en la economía, la política, las relaciones internacionales. Y aunque la debilidad de las fuerzas del marxismo es un factor decisivo en la ecuación que hará que los procesos se prolonguen, con todo tipo de distorsiones, alzas y repliegues, el cambio de tendencia, la creciente polarización social y política, impulsara la polítización de secciones cada día más amplias de la juventud y el movimiento obrero abriendo grandes posibilidades a las fuerzas del marxismo.

La gran recesión de la economía ha sido el ariete para que el equilibrio capitalista se rompa. En el plano político muchos de los fundamentos que daban credibilidad a la democracia burguesa están en cuestión porque la experiencia de estos años ha desvelado la brutal dictadura del capital financiero que domina el mundo. Por otra parte, la inestabilidad será la constante en el próximo periodo, donde las dificultades de la burguesía y de sus aparatos políticos por mantener cohesionada a su base social van a aumentar. La crisis del gobierno de Sarkozy y del entramado político liderado por Berlusconi son síntomas de lo que está por venir. Pero sobre todo, estamos en los inicios de una era de lucha de clases, muy dura y radicalizada. Es el comienzo, pero vaya comienzo: huelgas generales masivas en Grecia, que no tienen precedentes en la historia del país heleno; el movimiento de los trabajadores y la juventud en Francia, que ha paralizado el país como no se conocía desde mayo de 1968; la mayor huelga general de los últimos treinta años en Portugal; huelga general en el Estado español, y una perspectiva de recrudecimiento de la lucha a pesar de todas las vacilaciones de las direcciones sindicales; movilizaciones de masas en Irlanda, en Italia, en Gran Bretaña en las que la juventud juega un papel de vanguardia anticipando la entrada en escena de los grandes batallones del movimiento obrero. Movimientos revolucionarios del proletariado en Centroamérica, América Latina, en el subcontinente indio; una explosión de la lucha de clases en Túnez, Argelia, El Sahara y Marruecos...

Este auge de la lucha de masas, con sus flujos y reflujos, tendrá efectos demoledores sobre el modelo sindical reformista y de paz social que ha dominado el panorama de los últimos años. El mayor pilar con el que ha contado la burguesía para garantizar sus grandes negocios y la estabilidad de su sistema en los últimos treinta años, esto es, la colaboración de los dirigentes de los sindicatos y los partidos de la izquierda, se agrietará por la presión de la clase obrera. Este panorama de abierta guerra social, tendrá un impacto tremendo en la conciencia de millones de trabajadores, mucho más después de transcurridos tres años de crisis y de certificar que las esperanzas de volver a la situación del pasado aceptando sacrificios, recortes salariales, pérdida de derechos, no ha servido de nada salvo para envalentonar a la burguesía. Un cambio radical en la psicología y la actitud de millones de trabajadores, jóvenes y desempleados se está preparando, en el que el cuestionamiento del capitalismo, de las instituciones de la democracia burguesa, de la política oficial crece día a día con fuerza.

La expresión de este proceso de polarización, radicalización y politización adquirirá formas muy diversas, y en muchos casos distorsionadas, debido a la ausencia de una alternativa marxista de masas. Pero una cosa está clara: el divorcio mayúsculo de la política de los partidos tradicionales de la izquierda y de los sindicatos respecto a las aspiraciones fundamentales de la población, cristalizará en una crisis histórica de la política reformista y los sacudirá de arriba abajo, creando las condiciones para un trabajo exitoso de los marxistas en el seno de las organizaciones de los trabajadores. La tarea de los marxistas revolucionarios y los trabajadores avanzados es comprender la dinámica contradictoria de este proceso y prepararnos para los futuros acontecimientos, ganando posiciones en las organizaciones sindicales y en las empresas, entre la juventud, en las organizaciones políticas tradicionales del proletariado. Pero sobre todo construyendo paso a paso las fuerzas del marxismo. Ligarnos a estas organizaciones, ser reconocidos como parte del movimiento, implica en primer lugar intervenir enérgicamente en la lucha de clases y una labor de educación política de los cuadros, que no depende de las condiciones objetivas, sino de una firme política principista y métodos proletarios basados en las tradiciones del bolchevismo.

En estas grandes luchas defensivas frente a los planes de austeridad, la clase obrera y la juventud sacarán las conclusiones necesarias para avanzar hacia una alternativa acabada frente a la crisis. Una alternativa que no es otra que el programa por la transformación socialista de la sociedad, por la expropiación de la banca y los monopolios bajo el control democrático de los trabajadores, poniendo fin a la dictadura del capital y estableciendo las bases para la auténtica democracia, la democracia obrera. Las ideas del socialismo revolucionario, del marxismo, volverán a convertirse en el programa de millones de oprimidos en todo el mundo. 

¡Únete a la Corriente Marxista Revolucionaria!

¡Por una alternativa marxista a la crisis del capitalismo!

La crisis de la economía capitalista ha destapado la Caja de Pandora en la lucha entablada entre las principales potencias por los mercados mundiales aumentando exponencialmente las tensiones interimperialistas. Una muestra tangible de ello es la tendencia irresistible hacia el proteccionismo económico, en forma de devaluaciones competitivas, que se manifiesta con fuerza al calor de la escalada recesiva: "Japón, Suiza, Estados Unidos, Corea del Sur, Reino Unido y Brasil han aplicado recientemente medidas -con intervenciones directas o de forma más sibilina- que ponen de manifiesto que esos países ven las monedas como una forma menos dolorosa de resolver sus problemas económicos. El dólar, por ejemplo, se ha infravalorado más de un 15% con respecto al euro desde junio del 2010, especialmente después de que la Reserva Federal -el banco central norteamericano- avanzara nuevas medidas extraordinarias. La rebaja de tipos combinada con nuevos fondos para comprar deuda pública en Japón para detener la escalada del yuan han desatado definitivamente las hostilidades". "¡Es la guerra! La pugna entre países por mantener baja la cotización de sus divisas amenaza con retrasar la recuperación de la economía mundial".  Este era el titular de portada del especial Negocios del diario El País del domingo diez de octubre del 2010.

Cambios de fondo en las relaciones internacionales

La clase dominante que dijo haber aprendido de manera definitiva las lecciones del crak de 1929 y que no cometería los mismos errores se está comportando de una manera similar a como lo hizo entonces, protegiendo cada cual su economía y su mercado interno a través de diferentes formas de proteccionismo. Las tremendas medidas de estímulo económico y ayudas a la banca y las grandes empresas que han consumido en apenas unos años la cuarta parte del PIB mundial, han resultado insuficientes para frenar la crisis de sobreproducción. Ha bastado la amenaza de una nueva marea recesiva para que se haya instalado en la economía capitalista el lema "sálvese el que pueda": "Todos contra todos. Ricos contra pobres. EEUU y la UE elevan sus presiones sobre China. Pobres contra ricos: China no se da por aludida y el resto de emergentes elevan la escala de su intervención a pesar de las amenazas. Ricos contra ricos: Alemania se queja de que EEUU sigue inundando de liquidez su economía y acaba haciendo lo mismo que tanto critica, devaluar. Y pobres contra pobres: los países emergentes, asiáticos y latinoamericanos se ven obligados a competir en los mercados para ir más allá en ese carrera por devaluar, por ganar de esa manera, fuertes dosis de competitividad, por imponer controles de capital . Hasta ahora se trata de escarceos, apenas de las primeras hostilidades..." (ibid pag.5. Claudi Pérez). En esta pugna de todos contra todos, los auténticos pesos pesados, EEUU, Japón, Alemania o China, luchan de una forma cada vez más descarnada por hacer prevalecer sus intereses al resto. El fracaso de las cumbres del G-20 son una expresión de ello.

La crisis orgánica del capitalismo se está revelando claramente en el relativo declive de las grandes potencias. En este sentido es patente la pérdida de influencia y peso de  la Unión Europea en la medida que el centro mundial lleva desplazándose hacia el Pacífico desde hace décadas y cuyos países más fuertes que conforman el eje decisivo y dominante, Alemania principalmente y Francia a la zaga, tratan de mantener su influencia en el escenario mundial rodeándose del resto de países que hoy conforman la UE de los 27. La Unión de 27 estados muestra el intento de superar esta debilidad, no su fortaleza. Por otro lado, la desintegración del estalinismo ha balcanizado Europa todavía más, configurando uno de los escenarios del planeta donde se expresan de manera más acusada las tensiones entre las potencias. La lucha por los recursos naturales del Cáucaso, la guerra y división  de Yugoslavia, las tensiones en Georgia, en Chechenia, son elocuentes. Asistimos igualmente al ocaso lento y convulso del imperialismo americano que, liderando al mundo capitalista en todos los terrenos, está acumulando ingentes desequilibrios que ponen en riesgo su posición hegemónica. La pérdida de las guerras de Irak y Afganistán, sus dificultades en Oriente Medio -una zona estratégica de primer orden-, la creciente pugna por los mercados mundiales con China y Alemania, la revolución desatada en Latinoamérica, han puesto a prueba las debilidades actuales del imperialismo estadounidense. Igualmente vemos el declive de Japón con un estancamiento económico que se prolonga por más de dos décadas.

Lo que algunos ven como la configuración de un mundo multipolar "más equilibrado" con la formación de nuevos bloques de poder como el conformado por China, Rusia, India y Brasil (BRIC) no es sino el reflejo de la crisis, la decadencia del capitalismo y la agudización de los antagonismos nacionales, sociales y bélicos en el mundo. Las grandes potencias van a luchar con determinación por su puesto en el escenario mundial y eso va a ser una fuente creciente de conflictos, tensiones y ruptura de todos los equilibrios internacionales. El aumento de la carrera armamentística, hasta alcanzar los niveles más álgidos de la guerra fría, dan fe de ello. Los gastos globales de defensa en 2009 fueron de 1 billón 563.000 millones de dólares en comparación con el billón 50.000 millones del año 2000. Es un aumento cercano al 50%. Por primera vez esa cifra ha sobrepasado el billón 550.000 millones de dólares que gastó todo el mundo en plena Guerra Fría, en 1988, cuando los ejércitos regulares de docenas de países se integraban en los campos de la URSS o de EEUU.

La lista de enfrentamientos es larga y se ampliará en el próximo periodo. El imperialismo americano ha lanzado una fuerte campaña de presión contra China para que revalúe el yuan, en un intento de tener las manos libres en las zonas donde sus intereses chocan. El antagonismo entre EEUU y China es una muestra de este nuevo escenario, pero no es la única. Entre Europa y EEUU, los viejos aliados, las escaramuzas han sido visibles en las últimas reuniones del G20 sobre decisiones estratégicas en materia económica, las tensiones provocadas por la guerra de Iraq (dónde salvando a Gran Bretaña, los europeos no jugaron ningún papel), o más recientemente a causa de la guerra de Afganistán: las exigencias de más tropas europeas de la OTAN por parte estadounidense han chocado con la situación política que viven Alemania o Francia. Oriente Medio es otro foco de enfrentamiento, igual que el mercado del petróleo o la política de cambios de divisas internacionales. La depreciación del dólar y los ataques especulativos contra el euro, son una confirmación de que las contradicciones interimperialistas aumentaran considerablemente en el próximo periodo, provocando más inestabilidad mundial.

Estados Unidos, como potencia capitalista más desarrollada, refleja el declive general del modo de producción capitalista. A lo largo de la historia hemos visto como el mantenimiento de un imperio y sus exigencias (auge del militarismo y gastos derivados del mismo, excesivo endeudamiento) conducía a la crisis y eclipse del mismo. Existen varios ejemplos. El apogeo de la influencia y poder militar del imperio español en los siglos XVI y XVII (guerra contra Inglaterra, Flandes,...) coincidió con sucesivas bancarrotas del estado y marco el definitivo declive del feudalismo español. Ello condujo a desajuste fiscal, déficit, inflación, y una lenta decadencia bizantina durante tres siglos, que a su vez lastró el desarrollo industrial y colocó a la otrora potencia mundial en una posición de subordinación frente a Inglaterra o Francia.

Las relaciones interimperialistas tras la segunda guerra mundial

Tras la segunda guerra mundial, el fortalecimiento del estalinismo y el ascenso de los movimientos revolucionarios en los países coloniales, obligó a los diferentes poderes imperialistas a subordinar sus intereses al gigante norteamericano, baluarte de la reacción mundial. Los imperialistas tuvieron que disciplinarse y coordinarse política, económica y militarmente para evitar que continentes enteros cayeran en manos del estalinismo. Esta situación marcó las relaciones internacionales. Dos potencias, EEUU y la URSS, se equilibraron entre sí durante décadas. De esa correlación de fuerzas surgieron instituciones internacionales (OTAN, ONU, UE,...) que ahora, ante el cambio provocado por la gran recesión mundial, están en crisis.

Con una política bolchevique por parte de la URSS, el capitalismo hubiera tenido sus días contados. Pero la burocracia estalinista buscaba mantener el status quo para asegurar sus privilegios y decidió repartirse durante décadas el mundo con el imperialismo norteamericano. Los estalinistas (coaligados con la socialdemocracia) no querían la revolución socialista pero, reiteradamente, la acción de las masas desbarataba sus planes y en muchas ocasiones les obligaba a ponerse al frente del movimiento. Dónde las circunstancias les eran propicias, los estalinistas no dudaban en sabotear la lucha llevándola a la derrota. Cuando las condiciones eran adversas por que el impulso revolucionario ya había llegado demasiado lejos, la burocracia estalinista presionaba para que no se estableciese un Estado obrero sano sino un régimen de bonapartismo proletario a su imagen y semejanza. Ese fue el caso de la revolución en el mundo colonial (China, Cuba, Mozambique, Angola...).y el modo en que se manifestó la teoría de la revolución permanente, como analizó en profundidad el marxista británico Ted Grant siguiendo los planteamientos elaborados por León Trotsky.

La existencia de la URSS, y sobre todo, la presión de las masas buscando una vía hacia la revolución socialista, con una situación objetiva enormemente favorable, distorsionaron las relaciones interimperialistas. Aunque la lucha imperialista por los mercados mundiales se ha mantenido ininterrumpidamente, la amenaza del estalinismo y el ascenso revolucionario en el mundo colonial produjo una mayor coordinación de las políticas para impulsar el comercio mundial entre las tres grandes potencias capitalistas (EEUU, Alemania y Japón) comandadas por EEUU. Como subproducto, la burguesía europea que había vivido con pavor el estallido de la revolución socialista en los años de posguerra, una revolución que sólo puedo ser derrotada gracias a la política de colaboración de los Partidos Comunistas (Francia, Italia, Grecia...), también emprendió el camino de las reformas. La creación del llamado estado del bienestar, aprovechándose del auge de posguerra, perseguía contrarrestar la amenaza de la URSS y el peligro de revolución. Ese proceso dio lugar a la formación de la CEE y posteriormente de la UE, cuyos pasos más decisivos se produjeron a finales de los años ochenta, tras el colapso de la URSS, y la fuerte competencia del bloque americano (impulsado por el imperialismo estadounidense con los Tratados de Libre Comercio), y el bloque asiático, liderado por Japón y China.

La caída estrepitosa del estalinismo rompió el equilibrio de 40 años, dejando a EEUU como única superpotencia. La clase dominante norteamericana se emborrachó de éxito, creyendo que su poder era irresistible. Intervinieron en los Balcanes, Afganistán, Irak, Somalia,...Las guerras de Irak y Afganistán fueron consecuencia de esa sobreestimación de su poder por parte del imperialismo norteamericano. En otra época, intervenir militarmente en Oriente Medio hubiera provocado un enfrentamiento con la Unión Soviética. De hecho cuando intentaron ir demasiado lejos en el patio trasero de Rusia provocaron la guerra en Georgia, invadida por las tropas rusas para frenar la penetración estadounidense en el Cáucaso, históricamente su área de influencia. Moscú dijo basta, aplastando en pocos días al ejército georgiano armado por la OTAN.

El declive económico estadounidense, cómo vimos históricamente con otras potencias, viene acompañado de un auge de su militarismo y agresividad. Sin duda, asistiremos a una larga época de decadencia del imperialismo norteamericano. Lo que no podrán resolver mediante su potencia económica intentarán resolverlo con su potencia militar, creando nuevos y más profundos desequilibrios. Obama, pese a la demagogia que muestra convocando foros internacionales para el desarme nuclear, aprobó este año el presupuesto militar más grande de la historia estadounidense. No se preparan para un futuro de paz, sino de guerras.

Volvemos a una época más "tradicional" del imperialismo. Un periodo donde diferentes potencias luchan por el mercado mundial a través de guerras regionales, en las que pequeñas naciones son manejadas como marionetas de los intereses imperialistas. Una época que estará caracterizada también por la lucha entre las viejas potencias imperialistas en decadencia, que tratarán por todos los medios de mantener su posición dominante, contra las potencias capitalistas emergentes que buscan más presencia en el mercado mundial. Bandidos grandes y pequeños poniéndose de acuerdo para saquear el mundo y al mismo tiempo luchando entre sí por repartírselo nuevamente, tal como planteaba Lenin en su trabajo El Imperialismo fase superior del capitalismo.

Este nuevo intento de redistribuirse el mundo en esferas de influencia se da, como hemos explicado, en una época de declive general del sistema. Las contradicciones imperialistas antes de la primera guerra mundial, el choque entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la camisa de fuerza del estado nacional y la propiedad privada de los medios de producción, estallaron brutalmente en la guerra imperialista. Hoy es imposible un enfrentamiento directo entre las grandes potencias, pero sí a través de terceros. El mundo multipolar del que hablan los reformistas no es sino la expresión del auge de nuevas potencias imperialistas igual de depredadoras que Estados Unidos. Es en este contexto cuando las disputas entre China, como una nueva potencia imperialista en desarrollo, y los EEUU adquieren su auténtico relieve. Pero las contradicciones se extienden a más países. China está frenando las condenas impulsadas por EEUU en el consejo de seguridad de la ONU contra Irán. Irán entra en contradicción con el imperialismo estadounidense por sus intereses como potencia regional pero al tiempo colabora con éste para repartirse el control de Irak. Brasil se opone a la política del imperialismo norteamericano en Honduras, las bases estadounidenses en Colombia o a la intervención norteamericana en Haití, no por amor a la independencia nacional o la unidad latinoamericana, sino porque tiene sus propios objetivos hegemónicos en el continente. Rusia se opone frontalmente a las maniobras militaristas de los EEUU en su frontera occidental...

No obstante hay que ser cuidadosos a la hora de abordar esta discusión. Es un error afirmar, como se hace en determinados análisis, que la supremacía política y económica estadounidense está amenazada a corto plazo. Ciertamente, EEUU ha pasado de primer acreedor mundial a primer deudor, lo que refleja su decadencia, pero sigue conservando un músculo económico y militar que ninguna otra potencia puede, por el momento, desafiar frontalmente. Lo que resulta evidente es que la situación objetiva del imperialismo estadounidense es radicalmente diferente a la de hace sesenta años. En 1945 salía victorioso de una guerra devastadora controlando el 60% de la producción industrial mundial, un 32,4% del comercio mundial, más del 80% de las reservas de oro y con una perspectiva de desarrollo extraordinario de sus fuerzas productivas. Hoy el escenario es de depresión y declive.

El caso de wikileaks y las contradicciones en el interior de la clase dominante norteamericana.

Las revelaciones de wikileaks, aunque parciales y sesgadas, han puesto al descubierto una parte importante de las maniobras del imperialismo norteamericano, así como la podredumbre general, la corrupción y la doble moral de la política burguesa en todo el mundo. La primera revelación en octubre de 2010 destapó la olla podrida de la guerra de Irak, donde documentos oficiales mostraban los datos de la masacre imperialista y desvelaban las atrocidades cometidas por las tropas norteamericanas. Las segundas revelaciones en noviembre, desvelaban parte del entramado diplomático norteamericano. Difícil es creer que el tamaño de estas revelaciones sea consecuencia de que un soldado aislado (Manning) destinado en Irak y contrariado con la guerra y sus mandos, se confabulara con otro individuo (Assange), hakeara computadoras y obtuviera tal tamaño de información que compromete públicamente la política del gobierno norteamericano. Esto parece más un cuento para consumo de inocentes, papilla del agrado de la opinión publica burguesa y pequeño burguesa, incluidos ciertos sectores de la izquierda.

¿A quién benefician estas revelaciones? La primera revelación de octubre de 2010 golpea directamente al pentágono y al partido de la guerra en EEUU mientras que las segundas lo hacen a la diplomacia norteamericana, al intento de un sector de la burguesía norteamericana de recomponer el equilibrio diplomático de la época anterior.  El carácter de estas revelaciones refleja más que un triunfo de la libertad de expresión, la lucha soterrada de estos dos sectores que utilizan estos documentos como arma interna. Esta lucha expresa las divisiones internas de la burguesía norteamericana sobre cómo mantener su dominio sobre el mundo y como resolver la profunda crisis del capitalismo norteamericano. Los cables de Wikileaks son un barómetro de la crisis de la clase dominante norteamericana, enfrentada a un futuro que no esperaba. Como numerosos informes señalan, Obama y el departamento de Estado no controlan buena parte de los servicios secretos heredados de Bush que siguen bajo la tutela de sus antiguos amos. Estos últimos  apuestan, en América Latina, Asia u Oriente Medio por el uso abierto y creciente del poderío militar norteamericano para mantenerse como potencia dominante. Esa división de la clase dominante se puso de manifiesto claramente durante el golpe de estado en Honduras, donde el departamento de Estado y la embajada no tenía idea de lo que el pentágono y la CIA estaban organizando junto al ejército hondureño -controlado y adiestrado por estos últimos- en sus preparativos para el derrocamiento de Zelaya.

No es la primera vez que secretos de Estado se hacen públicos y se utilizan como arma política interna en los Estados Unidos. El caso Watergate es el ejemplo más claro. La clase dominante publicitó parte de su corruptela interna para deshacerse de un personaje que, como Nixon, había escapado a su control. Los republicanos, que ya han ganado la mayoría en el congreso de EEUU, ganarán de nuevo la presidencia e intentarán volver a los tiempos de Reagan con una política exterior agresiva. Las declaraciones en la prensa en junio de 2010 del General McChrystal comandante en jefe en Afganistán, con sus críticas y su público desprecio a Obama y Biden reflejan lo que piensa buena parte de lo sector más derechista del imperialismo. Estas divisiones en la clase dominante norteamericana, mientras el movimiento obrero no entre en la escena política, jugaran cada vez un papel más importante en la política tanto interna como externa de los Estados Unidos y por tanto en las relaciones internacionales.

El eje del mundo se desplaza hacia el Pacífico

Tal cómo planteó Trotsky en los años treinta del siglo pasado, el eje del mundo se está desplazando del Atlántico al Pacífico. Recientemente China superó a Alemania como primer exportador mundial. Pero la película no ha terminado: la burguesía norteamericana y las burguesías europeas pelearán con todos los medios para impedir que China les arrebate su supremacía económica. La naciente burguesía china, que se funde con la burocracia, necesita para desarrollarse del mercado mundial. Las crecientes inversiones chinas en África, Asia y Latinoamérica son muestra de esto.

La escalada entre China y EEUU se ha recrudecido, aunque ambos son económicamente interdependientes (buena parte de la deuda norteamericana está en manos chinas). La guerra de aranceles para productos como el pollo, neumáticos, tubos para la industria petrolera, acero, etc.; muestra en potencia la guerra comercial soterrada que se está librando entre ambos. Las provocaciones estadounidenses vendiendo armas a Taiwán y recibiendo con honores de jefe de Estado al Dalai Lama son una advertencia a los chinos de que la burguesía norteamericana no aceptará que se cuestione su papel dominante. Pero estas manifestaciones son sólo la punta del iceberg.

El  recrudecimiento del conflicto en la península de Corea es parte importante de la lucha entre EEUU y China. Corea del Norte es un país que depende económicamente de China, sin cuyo apoyo no se podría mantener dos días. El 90 por ciento de la energía y el 40 por ciento de los alimentos que consume el país provienen del gigante asiático. China está utilizando el régimen estalinista de Pyongyang para  mantener en jaque a los imperialistas norteamericanos en el mar de China, y frenar las maniobras en su contra. Este es el sentido de los recientes enfrentamientos entre las dos Coreas. Por encima de la propaganda de la diplomática, con la que los norteamericanos llaman cínicamente a China a "mediar" en los enfrentamientos, ambos utilizan el conflicto coreano para sus intereses particulares en la zona. La burguesía china advierte que si los norteamericanos continúan con su política en la zona utilizaran a Corea del norte para golpear a unos de los principales aliados estadounidenses, Corea del Sur, y crearles problemas, si fuera necesario, incluso con una guerra. En cualquier caso, esta escalada del enfrentamiento chino-estadounidense, con el recrudecimiento del conflicto coreano como telón de fondo, confirma los cambios decisivos que se están produciendo en las relaciones internacionales. Estamos ante una lucha prolongada por el dominio de sectores estratégicos del mercado mundial que tendrá consecuencias políticas de primer orden. Confirma también la idea de que un enfrentamiento militar directo entre potencias imperialistas está descartado de momento, pero la posibilidad de guerras a través de terceros países como marionetas de las grandes potencias, está cada vez más a la orden del día.

La ruptura del equilibrio capitalista y sus consecuencias sociales, políticas y diplomáticas

"El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado, el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, las crisis y las recuperaciones de la actividad constituyen las rupturas y restablecimientos del equilibrio. En el dominio de las relaciones entre las clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, cierres patronales, en la lucha revolucionaria. En el dominio de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio generalmente es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de tarifas aduaneras, la guerra o bloqueo económico. El capitalismo tiene, pues un equilibrio inestable que, de vez en cuando, se rompe y se compone. Al mismo tiempo, semejante equilibrio tiene una gran fuerza de resistencia, la mejor prueba de ello es que aún existe el mundo capitalista"

León Trotsky

La política es la expresión concentrada de la economía. La ruptura de todo tipo de equilibrios en el terreno de la economía mundial y la acción consciente de la burguesía por restablecerlos nuevamente, provoca la ruptura de equilibrios en el terreno social, en el político, diplomático, militar, en la cuestión nacional. De esta manera, el conjunto de las relaciones internacionales se ven sometidas a una creciente inestabilidad donde los distintos factores interactúan unos con otros.  La economía no lo es todo, los conflictos sociales, las guerras, incluso las catástrofes naturales influyen en la economía; sin embargo es necesario analizar lo más detenidamente posible los cambios que se producen en la economía para entender sus consecuencias en las mutaciones que tienen lugar en las relaciones internacionales.

La crisis orgánica del capitalismo es una crisis de sobreproducción de mercancías, de capitales y de mano de obra excedente, de paro orgánico. La caída de la tasa de ganancia producto del incremento de la composición orgánica del capital fue compensada en el periodo anterior, entre otros factores, a través del aumento de la explotación del trabajo, esto es, de la plusvalía absoluta y relativa extraída de clase obrera. Con la caída del estalinismo se incorporaron grandes territorios al mercado mundial e igualmente creció la competencia entre los obreros al doblarse prácticamente la mano de obra disponible, mediante fenómenos como la deslocalización o la amenaza de deslocalización que fue utilizada para presionar a la baja los salarios y las condiciones de vida de la clase trabajadora en los países más avanzados del mundo. Los impresionantes excedentes obtenidos por la burguesía en países centrales del capitalismo durante el periodo de boom, que no se han reinvertido en el aparato productivo debido a la saturación de los distintos mercados, ha ido hinchando la bolsa del capital especulativo.

Parte de dicho capital es capital ficticio que ha sido inyectado durante décadas por las políticas monetarias de diferentes estados, principalmente del imperialismo americano a través de la inyección de dólares sin respaldo real. EEUU tras la segunda guerra mundial poseía las 2/3 partes del oro del mundo imponiendo el cambio del patrón oro por el patrón dólar. La tremenda cantidad de dólares emitidos sin control provocaron que el dólar abandonase la conversión en oro por 35 dólares la onza en los años 70. A pesar de ello, desde entonces el dólar continúa siendo la moneda indiscutida en los intercambios comerciales y financieros otorgando un arma poderosísima al imperialismo americano en sus relaciones con el resto de países. La creación del Euro trató de ofrecer una alternativa al dólar, y supuso un auténtico reto hacia los Estados Unidos de las potencias imperialistas europeas y un intento de frenar su progresiva pérdida de influencia intentando luchar de igual a igual en el mercado mundial, pero Europa no es un Estado, carece de una política única, su fragmentación en distintos estados nacionales es una desventaja objetiva y particularmente en época de crisis aguda. El imperialismo alemán ha sacado la conclusión de que la actual crisis es una oportunidad histórica para emerger públicamente como la única potencia capaz de nuclear a Europa debilitando y sometiendo al resto de países de la Unión en su propio beneficio. Fuera o dentro de la UE, los distintos gobiernos se enfrentan a un escenario como el que vivió Latinoamérica durante los años 80 y 90 con la crisis de la deuda y los recortes promovidos por el FMI. Este es un escenario de pesadilla para Francia en primer lugar y también para los países del sur de Europa.

Los ataques especulativos al euro son consecuencia del intento de preservar el poder de la clase dominante norteamericana  mediante la enorme ventaja de la primacía del dólar. China, Rusia y otras potencias que han invertido en dólares parte de sus recursos y que están siendo por tanto perjudicados por la utilización irresponsable del dólar por parte de la Reserva Federal, han llegado a plantear la creación de una nueva moneda para las transacciones internacionales. Sin el concurso de la burguesía americana no es factible que esto ocurra. Boicotearán cualquier intento como de hecho está ocurriendo con el euro. Otros países como Alemania, que sufrieron la hiperinflacción en el período de entreguerras temen que en algún momento estalle una espiral inflaccionaria incontrolable que dé al traste con el ya muy vapuleado y precario equilibrio financiero internacional.  Si mirar atrás no ofrece ninguna solución, el futuro tal y como se está desarrollando bajo el capitalismo es igualmente desolador.

Como consecuencia de una distribución de la riqueza cada vez más desigual se han creado las bases materiales para una polarización creciente entre las clases. El auge de la lucha de masas se está dando con más fuerza que en ninguna otra parte del mundo en América Latina, con Venezuela al frente. Las explosiones sociales en todo el continente, desde Argentina hasta México, ilustran los procesos que, con sus particularidades, veremos en otras áreas y regiones enteras del globo como Europa, Asia etc. A su vez la lucha de clases, las guerras y las revoluciones provocan cambios bruscos, profundos y duraderos en las relaciones internacionales. La revolución rusa influyó en éstas a lo largo de todo el siglo XX de forma decisiva. Igualmente la revolución venezolana y las guerras de Irak y Afganistán  están provocando importantes cambios a escala mundial en cuanto a las relaciones entre las distintas potencias se refiere.

La agudización de la lucha de clases y el aumento de la inestabilidad política, social y económica en cada país, conlleva a que cada burguesía nacional tienda a resolver sus contradicciones internas en el exterior por diversos medios. Factores que en la época anterior sirvieron para impulsar la economía mundial han desaparecido o se han trasformado en su contrario. Por ejemplo los flujos de inversión de capital hacia el tercer mundo que fueron un factor de crecimiento económico ahora también se han reducido: de 850.000 millones de euros en 2007, pasaron a 505.000 millones de euros en 2008 y 200.000 millones de euros en 2009. No hay precedente de una caída similar. Pero el drama no acaba aquí: las remesas de dinero de los trabajadores del Tercer Mundo en los países "ricos" van por el mismo camino: han caído un 15% a mediados de 2009, lo que supone 6.000 millones de euros provenientes de Europa, 30.000 millones de euros de los EEUU y 7.000 millones de euros del resto del mundo.

América Latina había recuperado en 2005 los niveles de pobreza de 1980 (¡triste logro!). Ahora, la zona ha perdido 4 millones de puestos de trabajo tan sólo en 2009. El presidente del Banco Mundial señalaba que, en 2009, las cifras de pobres a escala mundial se habían incrementado en 46 millones de personas, a sumar a los 138 millones de pobres más que aumentaron en 2008. Otros 100 millones de personas marchan hacia la pobreza, según datos de la ONU y del Banco Mundial, a sumar a los 1.500 millones de personas por debajo de la línea de pobreza en la actualidad. El número de desnutridos es de casi 1.000 millones de personas, un 15% de la población del planeta.

Pero la ruptura del equilibrio también se expresa en otros planos. La burguesía estableció el Estado nacional burgués acabando con el particularismo feudal lo cual fue extraordinariamente progresista para el desarrollo de las fuerzas productivas. En la actualidad sin embargo, el Estado nacional es un obstáculo objetivo para el avance de las fuerzas productivas, una camisa de fuerza que impide su desarrollo armónico y exige la destrucción de una parte de las mismas en épocas de crisis. De la misma manera que las fronteras nacionales se han transformado en una rémora reaccionaria, las instituciones supranacionales creadas por el imperialismo están agrietándose martilleadas por los acontecimientos. No es ninguna casualidad que todas las instituciones establecidas por la burguesía tras la Segunda Guerra Mundial estén ahora en crisis o siendo sometidas a profundos cambios en su configuración: la OTAN, la ONU, el GAT, el G-20... La crisis de la  ONU es hoy particularmente evidente. La socialdemocracia aspiraba a presentarla como el gobierno mundial que velaría por el bienestar de los distintos pueblos mediando en los conflictos y resolviéndolos mediante la aplicación de un derecho internacional global inexistente. Pero la realidad se ha encargado de arruinar estas vanas ilusiones. La ONU se ha mostrado impotente a la hora de resolver ningún conflicto de envergadura, y en la práctica ha actuado como ariete de los planes intervencionistas del imperialismo norteamericano, como la guerra de Iraq y Afganistán han demostrado en los últimos años, introduciendo una mayor inestabilidad y nuevos conflictos en las relaciones internacionales.

Afganistán, trampa para el imperialismo

Tras siete años de ocupación militar, el imperialismo norteamericano ha sido incapaz de crear un gobierno estable en Afganistán que sirva a sus intereses y objetivos. En 2009 y 2010 hubo más ataques y muertos de tropas invasoras que en todos los años anteriores. Karzai sólo gobierna Kabul escoltado por su guardia pretoriana de soldados y mercenarios imperialistas; en Kandahar, segunda ciudad del país, el poder está en la práctica bajo control talibán. Estos años de ocupación han supuesto una sangría económica para el imperialismo norteamericano. La guerra en Irak y Afganistán ha costado a EEUU tres billones de dólares y mantener un soldado en la zona anualmente cuesta cerca de un millón de dólares.

Las divisiones en el seno de la clase dominante norteamericana respecto a cómo mantener el dominio imperialista se han manifestado con fuerza durante la guerra de Afganistán. Las destitución del comandante en jefe de las fuerzas de la OTAN Stanley McChrystal, cuando expresó públicamente sus desavenencias con la administración Obama al mismo tiempo que las diferencias entre el pentágono y el departamento de estado respecto al futuro de Karzai, revelan que los imperialistas no saben cómo salir del atolladero de Afganistán. Por si fuera poco, la intervención ha tenido el efecto de desestabilizar Pakistán, trasladando la guerra afgana a las regiones fronterizas y agudizando los conflictos étnicos y religiosos en toda la región.

Afganistán ocupa una región montañosa donde todas las potencias, desde Gran Bretaña hasta la burocracia estalinista de la URSS, fracasaron en sus intentos de someter al país militarmente. Lo más probable es que los ejércitos imperialistas de Obama sigan el mismo camino que sus antecesores. Están manteniendo parte del país controlado pero a un enorme costo y con una gran inestabilidad. La receta imperialista para Afganistán es más tropas, guerra y sufrimiento para las masas. Obama intenta salir dejando un gobierno títere, pero antes tiene que meter más tropas para estabilizar ese gobierno y construir un aparato estatal. El imperialismo se encuentra entre la espada y la pared.

La guerra de Iraq. El papel de EEUU e Irán

El imperialismo ha conseguido un equilibrio precario en Iraq que puede romperse en cualquier momento e incluso podría provocar una guerra civil. Aplicando la vieja política de "divide y vencerás" estimularon los enfrentamientos religiosos para romper la oposición masiva a la ocupación. Apoyándose en la mayoría de líderes chiítas anteriormente opuestos a Saddam, disciplinaron o eliminaron a los chiítas más díscolos y reprimieron abiertamente a los suníes. Bajo la dictadura de Saddam (suní) fueron reprimidos levantamientos chiítas y kurdos. No obstante, los conflictos en líneas religiosas nunca habían llegado tan lejos como ahora.

Por sí solas, las maniobras estadounidenses serían insuficientes sin la colaboración de la potencia imperialista regional tradicionalmente rival de Iraq: Irán. Al mismo tiempo que tienen un juego diplomático de amenazas mutuas, Irán y EEUU mantienen un acuerdo tácito para controlar Iraq. Las fuerzas militares norteamericanas junto a los 30.000 mercenarios a sueldo del Departamento de Estado, y las fuerzas paramilitares iraníes, garantizan un orden precario el orden mediante la división en líneas religiosas del país.

Mostrando su cinismo e hipocresía respecto a los derechos democráticos, los imperialistas han levantado un nuevo aparato estatal basándose en los dirigentes chiíes (y con la colaboración del propio régimen iraní) que la población suní ve como una imposición. Para las últimas elecciones prohibieron 500 candidaturas suníes acusándolas de lazos con el partido Bath de Saddam Hussein. El padrón electoral se elaboró basándose en la cartilla de aprovisionamiento que reparte el Ministerio de Comercio y 2,4 millones de desplazados del país no pudieron participar. Aún así, ganó la candidatura en líneas no religiosas de Alawi por un reducido número de votos. Esto muestra por un lado el instinto de las masas, contrario a la división religiosa. Con todas las limitaciones y trabas que tenía la población para expresarse, apoyó mayoritariamente la candidatura que aparecía más vinculada a la defensa de la unidad nacional iraquí. Por otro lado, esto también evidencia la presión del imperialismo estadounidense. Tras apoyarse en los chiítas y el régimen iraní para estabilizar Iraq, temen su creciente influencia e intentan reequilibrar fuerzas. La dificultad para formar gobierno en todo el 2010 es una muestra de la inestabilidad de la situación en Irak.

EEUU e Irán tienen intereses contrapuestos en la región y al mismo tiempo se ven obligados a entenderse en toda una serie de cuestiones. Con el programa nuclear, Irán pretende disuadir a los imperialistas e Israel de una agresión y enviarles un mensaje de fuerza. Por otro lado, también busca desviar la atención de las masas de los problemas domésticos y jugar con sus sentimientos antiimperialistas. No obstante, el estallido del movimiento revolucionario de las masas iranís significa que la paciencia de la mayoría de la población, sometida a la dictadura de los mulás, ha llegado a su límite.

La retirada parcial en agosto de este año de las tropas norteamericanas muestra que la política del imperialismo (de exacerbar el conflicto nacional en Iraq y desviar la lucha contra la ocupación hacia una guerra civil sangrienta) obtuvo ciertos resultados. Sin embargo, la situación de inestabilidad en Iraq hace necesaria la presencia de más de 50.000 soldados norteamericanos que vigilan y tutelan el gobierno del país con la promesa de una próxima retirada. El problema nacional también juega un papel central en el futuro del país. Cómo ha pasado durante la ocupación norteamericana, la cuestión nacional tratará de ser utilizada por las diferentes potencias de la zona para defender sus intereses. En el futuro, nuevos enfrentamientos en líneas nacionales están implícitos en la situación. Una escalada de enfrentamientos entre chiítas y suníes, así como las ambiciones secesionistas de los líderes kurdos, contagiaría a otros países. Los dirigentes burgueses kurdos, que colaboran con el imperialismo con los ojos puestos en los campos petrolíferos de Kirkuk y Mosul, no tienen la capacidad para liderar la lucha por la liberación nacional y social de su pueblo. De hecho, se han mostrado completamente impotentes cuando en varias ocasiones los tanques y aviones del ejército turco han invadido su territorio en incursiones represivas contra las fuerzas del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). El Kurdistán fue dividido cruelmente por el imperialismo entre varias potencias regionales (Irak, Irán, Turquía,..). Como marxistas revolucionarios, defendemos el derecho del pueblo kurdo a tener su propia patria pero eso sólo será posible a través del derrocamiento revolucionario del capitalismo en los países citados. Una separación de los kurdos iraquíes estimularía movimientos similares en los países vecinos y podría llevar a una nueva incursión del ejército turco en el norte desestabilizando aún más la región. Otro riesgo si los imperialistas salen de Iraq es que el actual gobierno de Bagdad gire aún más hacia Teherán. Como Afganistán, Iraq se ha convertido en un campo minado para el imperialismo.

La capacidad de los ejércitos imperialistas para invadir y someter naciones como Iraq está limitada por su moral combatiente y la de los pueblos oprimidos. Ambas a su vez están interrelacionadas. Si el imperialismo pudo ocupar Iraq rápidamente y el régimen de Saddam colapsó fue porque nadie estaba dispuesto a dar su vida para defenderlo. El declive del capitalismo ha recortado en EEUU la base social de apoyo al militarismo, que también pudo intervenir en Iraq y Afganistán gracias al shock de los atentados del 11 de septiembre. Actualmente menos del 30% de la población norteamericana apoya la guerra en Afganistán.

La experiencia de estos años de guerra imperialista cruel ha puesto sobre la mesa, una vez más, que la esperanza de los pueblos oprimidos de Oriente Medio para vencer al imperialismo está en un programa de lucha revolucionario e internacionalista que agrupe a las masas por encima de divisiones religiosas o étnicas, dándoles una perspectiva de que cambio radical en sus condiciones de vida es posible. Palestina es un ejemplo dramático de qué ocurre si falta ese programa.

La cuestión Palestina

La cuestión Palestina, pese a las múltiples promesas y planes imperialistas de los últimos años, sigue completamente enquistada y en un callejón sin salida. La debilidad de los regímenes árabes, resultado de la incapacidad y parasitismo de sus burguesías y la ausencia de una alternativa revolucionaria de masas, permite a Israel diseñar su propia hoja de ruta, ampliando los asentamientos de colonos judíos y convirtiendo la llamada Autoridad Nacional Palestina (ANP) en una ficción. La traición de los dirigentes de la ANP, sometiéndose al imperialismo estadounidense, lejos de mejorar un ápice la suerte de los palestinos animó a la burguesía sionista a lanzar la guerra de 2009 sobre Gaza (donde el descontento con la ANP había llevado a los fundamentalistas de Hamás al gobierno) y desarrollar desde entonces una especie de genocidio a cámara lenta contra los palestinos.

La burguesía sionista, apoyada por sectores del propio imperialismo estadounidense, está echando un pulso a Obama. El mismo día que el vicepresidente Biden visitaba Palestina, o cuando Obama demandaba el fin de los asentamientos y prometía un "Estado palestino" (realmente una nueva estafa al pueblo palestino), el presidente israelí, Netanyahu, ordenaba más asentamientos y ataques militares, incumpliendo por enésima vez las resoluciones de la ONU. Como en el caso del golpe en Honduras, esto además de mostrar las contradicciones internas del imperialismo confirma los límites de las promesas de cambio de Obama. También muestra la imposibilidad de resolver el problema palestino sin un programa marxista.

palestina2.jpegLas ideas reaccionarias y fundamentalistas de Hamás, su programa capitalista y sus métodos, refuerzan las barreras y prejuicios religiosos impidiendo levantar un movimiento de masas que contagie no sólo a la población de los países árabes vecinos sino a la propia clase obrera israelí. Sobre bases nacionales o religiosas, sobre el sectarismo, como ya hemos explicado, no hay solución para los palestinos ni para ningún otro pueblo. Sólo una alternativa de clase y revolucionaria que vincule la lucha por la liberación nacional y social de los palestinos con la movilización de la clase trabajadora israelí por cambiar la sociedad, acabando con la burguesía sionista y los demás regímenes capitalistas de la zona y avanzando hacia una Federación Socialista de Oriente Medio, puede resolver el problema palestino.

Mientras la situación en Oriente Medio no se resuelva en líneas socialistas, el escenario para nuevos conflictos militares e inestabilidad generalizada está servido. La amenaza más grave proviene de un conflicto entre Irán e Israel, que constituye el brazo del imperialismo norteamericano en la zona. El desarrollo, con ayuda rusa, del programa nuclear iraní es visto por sectores de la clase dominante israelí como una amenaza de primer orden para su supervivencia. Al mismo tiempo, en la última década Irán se ha transformado en una potencia económica en la zona, equilibrándose entre el imperialismo nortemericano, China y Rusia. Sirva de ejemplo el enorme desarrollo del la industria automovilística, la mayor de oriente medio, con un millón cuatrocientos mil vehículos producidos anualmente. Irán es un poderoso contrincante comercial para la burguesía israelí o de Arabia Saudí,  por ello la idea de un ataque contra Irán va más allá de lo nuclear: consiste sobre todo en debilitar económicamente al régimen de los mulás para neutralizar su papel cada vez más dominante en la zona.

Por estas razones nuevos conflictos y enfrentamientos armados estarán a la orden del día. Por ahora los intentos de la administración de Obama ha sido apaciguar a los israelíes e intentar resolver el enfrentamiento diplomáticamente. Pero estos movimientos diplomáticos no son más que un interludio para una nueva escalada de las hostilidades entre Irán, Siria y Hezbolá frente a Israel y Estados Unidos. La salida de Obama y la llegada de una administración republicana con una línea más abiertamente militarista podría dar el pistoletazo de salida para un enfrentamiento de envergadura. Pero también en este caso, los planes del imperialismo y de los regimenes reaccionarios integristas están condicionados por los acontecimientos de la lucha de clases. Los movimientos revolucionarios de las masas en Irán durante 2009 y el estallido social en el Sahara Occidental en diciembre de 2010 y en Túnez y Argelia en enero de 2011, marcan una dinámica muy clara: la revolución social golpea el mundo árabe con fuerza, y su desarrollo puede dar un giro dramático a los acontecimientos acelerando la crisis del integrismo y obstaculizando los planes imperialistas. En cualquier caso, el movimiento de las masas árabes, espoleado por la crisis general del capitalismo y la bancarrota de los regimenes burgueses que gobiernan estas naciones, busca expresarse en líneas de clase y socialistas, dejando en claro que la oleada de apoyo al integrismo islámico está remitiendo después de que su programa reaccionario haya sido puesto a prueba.

Revolución en Irán

Las movilizaciones masivas contra el fraude electoral del verano de 2009 marcaron un punto de inflexión en Irán. Y aunque el régimen iraní a través de la represión, y por la falta de una dirección marxista del movimiento de las masas, consiguió detener la protesta, la profundidad del movimiento ha dejado una profunda huella en la sociedad iraní marcando el inicio de una oleada revolucionaria ascendente de gran alcance para todo Oriente Medio y el mundo árabe, después de años de derrotas, guerras y auge del fundamentalismo islámico.

La entrada en acción de las masas, que expresa el malestar acumulado, desestabilizó el régimen. La denuncia de fraude de Mousavi desató el movimiento. Éste empezó con los estudiantes y la clase media, y con sectores de los trabajadores participando diluidos en este movimiento. En un primer momento las consignas fueron a favor de la democracia, libertad de expresión, etc. pero en el fondo reflejan los antagonismos sociales dentro de la sociedad iraní y tenderán a plantearse en líneas de clase.

Hay varios rasgos que definen una revolución: la entrada de las masas en la arena política, dispuestas a ir hasta el final; divisiones en la clase dominante, incluido el aparato estatal; virajes a izquierda de sectores de clase media o cuando menos su neutralidad política; y, por último, la existencia de un partido revolucionario. Todos estos puntos se dan en Irán, excepto el fundamental: el partido. El carácter revolucionario del movimiento explicó la cautela que ha mostrado el imperialismo a la hora de apoyarlo, consciente del potencial que abrigaba en su seno.

Durante los meses de lucha callejera y manifestaciones se produjo un cambio fundamental en la psicología de las masas. Ése es el factor determinante de la situación: perdieron el miedo a la represión. El régimen islámico está condenado porque ha perdido su justificación histórica ante los ojos de millones de personas. Cada arbitrariedad, cada crimen, en vez de fortalecerlo lo sepulta un poco más. Las masas no sólo perdieron el miedo, en su rabia se volvieron temerarias. Durante las movilizaciones de la Asura, el 27 de diciembre de 2009, apresaban a policías en los altercados. Demostrando un fino instinto, ante la prohibición de manifestarse contra el fraude utilizaron las fiestas religiosas para mostrar su descontento.

En una revolución las masas no se incorporan a la lucha sincronizadamente. Nuevos sectores se suman y otros, cansados o defraudados, abandonan la escena. La tarea de un partido revolucionario consiste en trabajar previamente organizando a la vanguardia obrera en sus filas, y movilizando unificadamente al proletariado (el sector más homogéneo de las masas) arrastrando tras él a los sectores más heterogéneos de la pequeña burguesía y del resto de los oprimidos. De no hacerlo habrá tentativas desordenadas y parciales que serán derrotadas por la clase dominante. Para recuperar el control la burguesía recurrirá tanto a la represión como al engaño, especialmente utilizando a los dirigentes reformistas.

No es casual que la clase trabajadora y sectores de su vanguardia en Irán fueran  tomados por sorpresa por este movimiento. Los trabajadores desarrollaron en los últimos años numerosas huelgas y movilizaciones donde fueron golpeados especialmente por la represión. La ausencia de una organización nacional que les unifique y dé una perspectiva de lucha por el socialismo facilitó la labor de los Mulás. Sin un partido revolucionario que sepa ganarse su confianza y muestre el camino hacia la revolución socialista, las masas tenderán a nuclearse en torno a los dirigentes del régimen que aparezcan oponiéndose a Ahmanideyad.

Todo tipo de maniobras a espaldas de las masas tendrán lugar para frenarlas. Ante la ausencia por ahora del papel dirigente de la clase trabajadora, la revolución iraní se alargará meses, incluso años, y tomará un carácter contradictorio, con alzas y bajas como vemos en la actualidad. Sin embargo, la represión no ha hecho más que recrudecer y ampliar el odio de la población hacia el régimen fundamentalista, con lo que cualquier accidente puede volver a poner de nuevo a las masas en acción.  Toda una serie de factores internacionales (la crisis económica mundial, la ocupación imperialista de Iraq y Afganistán, nuevos estallidos revolucionarios en la región,...) condicionarán el ritmo y forma de los acontecimientos.

Del derrocamiento de la dictadura a la transformación socialista de Irán

¿Cuáles son las tareas del movimiento revolucionario? ¿Qué programa de lucha puede acabar con la dictadura de los mulás? Desde la CMR defendemos todas las demandas democráticas contra la tiranía: elecciones democráticas, libertad de expresión, libertad de reunión, libertad de organización para la clase trabajadora y la juventud, partidos obreros y sindicatos libres. De esta manera los marxistas nos vinculamos con las demandas por las que luchan millones de personas, sin sectarismos. Pero no constreñimos el potencial del movimiento revolucionario planteando como su único objetivo la consecución  de estas demandas, por importantes que sean, como hacen los estalinistas y todos los defensores de la revolución por etapas.

Los marxistas señalamos con claridad al pueblo de Irán, y especialmente a los trabajadores avanzados y la juventud revolucionaria, que la democracia burguesa no puede resolver los problemas esenciales de los oprimidos. Si queremos salarios dignos, empleo para todos, una sanidad y una educación pública de calidad, luchar contra el atraso en el campo, resolver el problema de la vivienda y lograr un techo para toda la población, suprimir las grandes bolsas de pobreza, acabar con el problema nacional... es necesario que la clase trabajadora luche por la transformación socialista de la sociedad. Las conquistas democráticas se encontrarán permanentemente amenazadas por la burguesía, y sólo se pueden consolidar plenamente ligándolas a la lucha por la expropiación general de los capitalistas y el derrocamiento del Estado burgués e integrista de los mulás. Los marxistas no defendemos la revolución por etapas: primero una fase de democracia burguesa y en el futuro indeterminado el socialismo. Esta posición es una trampa mortal para las masas iranís, un programa envenenado que demostró sus consecuencias funestas en la revolución de 1979, traicionada por los reformistas y usurpada por los integristas.

Advertimos a los trabajadores y al pueblo iraní que el régimen utilizará todo tipo de estrategias para mantener su poder. No tan sólo el fraude electoral y la represión; llegado un momento -si no pueden frenar a los trabajadores y el pueblo- se basarán en los líderes reformistas para frenarles ofreciendo algunas migajas. Tratarán de desviar la lucha al terreno electoral. Ofrecerán promesas de reformas. Intentarán convocar elecciones para maquillar el régimen, aparentarán que todo ha cambiado mientras los mismos empresarios, militares y clérigos burgueses mantienen el poder político y económico.

Los trabajadores y jóvenes iraníes sólo pueden confiar en sus fuerzas. Para derrocar a la dictadura integrista es necesario que los sectores más avanzados del proletariado prepararen una huelga general insurreccional: una acción del conjunto de la clase obrera con todos los oprimidos para paralizar el país y derribar la dictadura capitalista de los Mulás. Esa huelga general debería unificar todas las reivindicaciones progresistas de las masas: mejoras salariales, vivienda, empleo, etc.; plenas libertades democráticas, libertad de expresión y asociación; de tal modo que logre agrupar a todos los oprimidos. Para que esta acción sea victoriosa es necesario la organización de comités de lucha en todas las fábricas, entre el conjunto de las clase trabajadora, en los barrios de las grandes ciudades, entre los estudiantes, y también en el seno del ejército para ganar su base y que no sea utilizado contra los trabajadores. Comités que se deben coordinar a escala local y nacional, y fortalecerse como órganos de poder de los trabajadores y oprimidos, preparando de esta manera la lucha por la transformación socialista de Irán.

Los marxistas somos conscientes de que amplios sectores de  las masas en Irán tienen ilusiones democráticas. La lucha por las demandas democráticas se puede utilizar como una magnifica palanca para derrocar el régimen integrista siempre que se liguen a la lucha por el socialismo; La  democracia plena sólo será posible si se tumba el poder del aparato del estado burgués  y se expropia a los capitalistas. Defendemos una Asamblea Constituyente Revolucionaria, organizada desde la base por esos mismos comités de trabajadores y oprimidos, no para mantener la legislación capitalista y reaccionaria, la propiedad privada de los grandes monopolios y la banca, el control de los capitalistas sobre el petróleo, o la propiedad terrateniente de la tierra. Luchamos por una Asamblea Constituyente Revolucionaria que adopte medidas decisivas en defensa de la mayoría de la población, y eso significa movilizar a todos los oprimidos contra la burguesía y su fuente de poder: el Estado capitalista y la propiedad asfixiante que ejercen sobre las grandes riquezas del país, la banca y la gran industria, que deben pasar inmediatamente al control y a la gestión democrática de la clase trabajadora. Sólo desalojando del poder económico y político a la burguesía iraní y sustituyendo la dictadura tiránica de los mulás por una democracia obrera que abra el camino al socialismo, se podrán resolver definitivamente los problemas de las masas trabajadores y los oprimidos de Irán.

Una revolución socialista victoriosa en Irán tendría un efecto multiplicador en todo el mundo árabe: no sólo significaría liquidar políticamente el integrismo, también barrería a los Estados árabes capitalistas que hoy no son más que marionetas corrompidas del imperialismo estadounidense. El triunfo de  la revolución socialista en Irán cambiaría la historia del mundo.

La cuestión nacional y colonial en la época de decadencia del capitalismo

Como hemos explicado, las dos contradicciones fundamentales del sistema capitalista que impiden el desarrollo armónico de las fuerzas productivas y producen crisis de sobreproducción son la propiedad privada de los medios de producción y las fronteras del estado nacional. El boom posterior a la segunda guerra mundial permitió superar parcialmente ambas mediante la intervención estatal en la economía y el desarrollo del comercio mundial. La división internacional del trabajo y la integración a escala mundial de las distintas economías nacionales alcanzó un punto nunca visto. La otra cara de este proceso es que las clases trabajadoras de todos los países y los países coloniales y semi-coloniales son exprimidas por un puñado de grandes multinacionales imperialistas.

La decadencia orgánica del capitalismo se refleja en la cuestión nacional. La crisis económica alimenta tendencias centrífugas entre las diferentes naciones, rompe equilibrios exteriores y también resquebraja la unidad interna del estado nacional burgués. Las divisiones en la clase dominante son una característica de esta época. En un período de decadencia capitalista la cuestión nacional emerge con mucha más crueldad y virulencia que en ningún otro, amenazando con hundir la civilización humana en la ciénaga de la barbarie. Las atrocidades en Ruanda son una muestra.

Lenin desarrolló ampliamente la postura de los marxistas frente a la cuestión nacional. Todo conflicto nacional encierra un contenido de clase. Para los marxistas, la demanda del derecho a la autodeterminación y la resolución de la cuestión nacional están vinculadas inexorablemente a la lucha de clases y a las perspectivas de la revolución proletaria, y supeditados a ella. Como señalaba Lenin, defendemos el derecho de autodeterminación "en negativo": denunciamos y combatimos la opresión de la clase dominante sobre cualquier nacionalidad al reprimir su lengua, cultura y derechos democráticos y mantenerla sojuzgada contra su voluntad dentro de unas fronteras. Al mismo tiempo explicamos que sólo es posible acabar con esta opresión nacional erradicando el capitalismo mediante la acción unificada del proletariado al frente de todos los explotados superando las fronteras y divisiones que fomenta la burguesía. Las políticas y consignas concretas en cada momento para conseguir estos objetivos dependen de la lucha de clases. Nunca fue un fin absoluto para los marxistas apoyar todos los movimientos nacionalistas exigiendo autodeterminación o incluso autonomía.  Depende de las circunstancias concretas.

La cuestión nacional es un arma de doble filo. Por un lado, es un problema que la clase dominante no puede resolver. Como demostró la política leninista en la revolución rusa, correctamente planteada, vinculando la enorme energía que genera el rechazo a la opresión de las naciones oprimidas con la lucha de la clase trabajadora por acabar con el capitalismo y el imperialismo, es un potente motor en la lucha por transformar la sociedad y construir una Federación Socialista mundial.

Por otro lado, la burguesía y el imperialismo intentan utilizar los conflictos nacionales en su beneficio, azuzando las rivalidades entre naciones, etnias o religiones cuando eso les permite dividir a las masas, descarrilar procesos revolucionarios, extender sus zonas de dominio e influencia,...Incluso son capaces de ondear la bandera de la independencia y el derecho de autodeterminación si les beneficia. El dominio colonial por parte del imperialismo se consumó muchas veces mediante la balcanización de distintos pueblos. América central atomizada, América del sur fragmentada, la división con tiralíneas de África y Asia, la partición de la India, la ruptura de Irlanda, la dispersión del pueblo kurdo...

La desintegración de Yugoslavia y la URSS

La actual pesadilla de colapso económico, guerras y conflictos étnicos y sectarios que viven muchos antiguos países estalinistas es, por un lado, la herencia envenenada de décadas de dominio totalitario de la burocracia y por otro, del intento de las potencias imperialistas y mafias capitalistas locales por desviar la atención de las masas mediante prejuicios y rivalidades nacionalistas. Sin embargo el capitalismo no ofrece salida a ninguno de estos pueblos. La independencia formal bajo el capitalismo ha supuesto romper los lazos que les conectaban a un plan común de producción y ha provocado la ruina económica para amplios sectores de la población.

Los nacionalistas burgueses de diferentes nacionalidades saludaron la desintegración de la URSS y Yugoslavia. Algunos autodenominados marxistas se sumaron al coro. Fue un crimen. La partición de Yugoslavia fue promovida por el imperialismo alemán desarrollando su vieja política de expansión hacia el este. Tras alcanzar la independencia de la mano del imperialismo, Kosovo es un protectorado del imperialismo estadounidense sin capacidad de desarrollo o decisión propia. EEUU y sus aliados, para ampliar la OTAN a las mismas fronteras rusas, alentaron los conflictos en Georgia y otras repúblicas ex soviéticas. Querían hacerse con su petróleo, instalar grandes gasoductos y bases militares permanentes así como enviar un mensaje de fuerza a Putin y el renaciente imperialismo ruso.

Todo esto reafirma que mientras exista el capitalismo ninguna nacionalidad oprimida podrá conseguir su liberación. La clase trabajadora, sobre cuyas espaldas hacen caer todo el peso de la crisis las distintas burguesías nacionales, busca instintivamente la unión y es la única que puede resolver el problema nacional. En las movilizaciones contra la guerra imperialista en Irak participaron, en más de 20 países, alrededor de 150 millones de personas. Sin embargo, para dar forma y cuerpo a esa unión son necesarios el programa y el partido revolucionario. Esa es la tarea de la Internacional marxista. Será imposible unir orgánicamente el cuerpo vivo del proletariado sin una postura escrupulosamente correcta sobre la cuestión nacional.

Recrudecimiento de los conflictos nacionales

Como ya analizamos, el boom se basó en la sobreexplotación de las masas trabajadoras y de los mal llamados países en vías de desarrollo: apertura de fronteras a las multinacionales destrozando su escasa capacidad industrial y hundiendo sus economías, planes de ajuste dictados por el FMI, OMC, etc. que aumentaban la pobreza y violaban su soberanía, recorte drástico de derechos democráticos, aumento del militarismo e intervencionismo,...Dice muy poco de la fortaleza del boom de los últimos años, el aumento de tendencias centrífugas en prácticamente todo el planeta, incluidos países desarrollados donde este problema parecía resuelto. Los antagonismos entre griegos y turcos en Chipre, que han provocado enfrentamientos violentos e incluso guerras en el pasado, siguen enquistados e introducen otro factor potencialmente desestabilizador entre dos países miembros de la OTAN. En Bélgica la tensión entre flamencos y valones, en Gran Bretaña con el conflicto irlandés, sin posibilidad de resolución bajo el capitalismo. Los recientes atentados por parte de escisiones del IRA revelan que el problema sigue latente, al tiempo que la política antiobrera del gobierno de colaboración Sinn Feinn-Unionistas evidencia el fracaso de los acuerdos de Stortmont. Además, reflejando el declive del capitalismo británico el problema nacional se ha agudizado en Escocia y Gales. En Canadá también tenemos la cuestión de Quebec…

Durante los últimos años de boom, el problema nacional en Catalunya, Galiza y sobre todo Euskal Herria, ha sido un elemento central en la creciente polarización política que ha vivido el Estado español. En un período de crisis y mayor polarización veremos recrudecerse esta cuestión. La política de acoso a la izquierda abertzale, el rechazo popular a los ataques a los derechos democráticos del pueblo vasco, la celebración de referendos por la independencia con el beneplácito de la burguesía catalana, son algunos ejemplos. Los ataques del PP a la lengua gallega, que han provocado movilizaciones masivas y una huelga general en la enseñanza convocadas por toda la izquierda, confirman tanto esta perspectiva como el potencial que existe para, si se uniesen las reivindicaciones democrático-nacionales a un programa de clase, utilizar la cuestión nacional contra la burguesía. En otros casos, sectores de la propia burguesía fomentan divisiones y prejuicios chovinistas allí donde no existían, como en Italia con la Liga Norte, inventándose la idea de "la Padania" y estimulando prejuicios chovinistas en el norte, la zona más rica, contra el Sur.

A todos estos conflictos se une la carga explosiva de nuevos problemas como la discriminación contra los inmigrantes o las minorías raciales (negros, latinos,...) en los países avanzados. Incluso en Latinoamérica, intentando quebrar el avance revolucionario, la burguesía ha fabricado artificialmente un problema nacional en Santa Cruz (Bolivia), sacándose de la manga dos supuestas etnias diferenciadas, amenazando con la secesión y promoviendo movimientos fascistas y racistas como la Unión de Juventudes Cruceñas. Con bastante menos éxito, también están fomentando sentimientos regionalistas y consignas autonomistas en Zulia (Venezuela) y Guayas (Ecuador). Como en Bolivia, la oligarquía ecuatoriana también ha intentado utilizar la cuestión nacional para dividir al movimiento obrero y popular y tumbar a Correa. Además de utilizar demagógicamente la cuestión indígena, han intentado desarrollar -con la excusa de la autonomía- un movimiento regionalista en el departamento de Guayas y en particular en la capital del mismo: Guayaquil, segunda ciudad del país y donde se concentra el mayor desarrollo económico e industrial. Sin embargo, hasta el momento estos planes no han tenido éxito. Los primeros movimientos en ese sentido fueron contestados por Correa (que curiosamente es originario de Guayaquil) convocando una gigantesca marcha de masas en esta ciudad en apoyo a la revolución. Esto fue determinante para frenar, al menos temporalmente, el entusiasmo movilizador de los contrarrevolucionarios. Reflejando la correlación de fuerzas favorable para la clase obrera, todos estos intentos han sido derrotados hasta ahora por las masas pero son una advertencia para el futuro si la revolución no triunfa definitivamente.

Si la cuestión nacional se ha recrudecido en el seno de naciones que han tenido un desarrollo económico mayor, en África las tensiones y conflictos se traducen en auténtica barbarie: guerras feroces en Ruanda, Congo, Somalia, etc.; instigadas por los diferentes poderes imperialistas. También vemos una agudización de las tensiones étnicas y religiosas en toda Asia. En definitiva, en esta nueva era de crisis orgánica del capitalismo mundial, la solución al problema nacional, a la opresión imperialista, sólo puede encontrar un cauce positivo en el programa del marxismo revolucionario y el internacionalismo proletario. A lo largo de los últimos ciento cincuenta años, el nacionalismo burgués ha considerado a la nación burguesa como un todo absoluto, ante la cual deben inclinarse los intereses de todas las clases, al margen de los antagonismos que las enfrentan. El marxismo revolucionario opone a este razonamiento una idea central: los intereses de clase de los trabajadores están por encima de cualquier frontera nacional, por eso la lucha de la clase obrera es internacionalista. A la proclamación del principio de "unidad nacional" de las clases, que en todo movimiento nacional enarbola la burguesía nacionalista, el marxismo responde con la lucha de clases y considera el problema de las naciones oprimidas como un aspecto de esta lucha.

El movimiento marxista siempre ha combatido cualquier manifestación de opresión, sea de clase, nacionalidad, raza o género. Si la clase obrera quiere ganar al conjunto de los oprimidos a su causa, incluyendo a las masas de la pequeña burguesía y del campesinado de una nacionalidad oprimida, debe ser especialmente sensible con el problema nacional y apoyar aquellas demandas progresistas que sirvan para demostrar, con hechos, que no tiene ningún interés en mantener la opresión nacional. Defender y luchar de forma consecuente a favor de una reivindicación democrática como es el derecho de autodeterminación, pasa por señalar que la opresión nacional es una consecuencia directa de la existencia de la sociedad de clases y que, por tanto, sólo puede resolverse de forma efectiva a través del derrocamiento del capitalismo y su sustitución por un régimen de democracia obrera. Sólo una Federación Socialista Mundial puede hacer realidad el derecho de autodeterminación y la auténtica libertad de las naciones inscribiendo en su bandera las palabras de Lenin: "¡Ningún privilegio para ninguna nación, ningún privilegio para ninguna lengua, ninguna opresión, ninguna injusticia hacia la minoría nacional! He aquí el principio de la democracia obrera".

La burguesía trata de salvar al capitalismo declarando la guerra a la clase obrera

La crisis de la economía mundial se prolonga por tres años. En este tiempo, los gobiernos de todo el mundo han tratado de capear el temporal inyectando más de quince billones de euros en el sistema financiero, y celebrando cinco cumbres del G-20 para coordinar las políticas de las grandes potencias y evitar un hundimiento mayor. Pero ninguna de las recetas aplicadas ha servido. Las operaciones de rescate, sin parangón en la historia del capitalismo incluidas las fases de reconstrucción posteriores a las dos grandes guerras mundiales, sólo han inducido un mayor desequilibrio, aumentando el caos del capitalismo. La gigantesca deuda que han provocado en las naciones más industrializadas ha puesto a las finanzas públicas al borde del colapso, sin que las soluciones propuestas sirvan para evitar un nuevo descenso a los infiernos. Pero estos planes tienen otra cara: suponen una declaración de guerra contra la clase obrera, a la que se condena a años de desempleo masivo, recortes salariales, pérdida de derechos laborales, y un desmantelamiento sin precedentes de los servicios sociales. El equilibrio general del capitalismo está roto, con consecuencias incalculables en el terreno económico, social y político, y en las relaciones internacionales.

Proteccionismo y devaluaciones competitivas: la lucha por el mercado mundial se recrudece

La propaganda acerca de los "brotes verdes", de una "sólida" recuperación de la economía estadounidense, las loas al tirón de la locomotora alemana, han desaparecido de los titulares dando paso, de nuevo, a un escenario de incertidumbre y pesimismo. No hace mucho tiempo los gobiernos de todo el mundo se llenaban la boca de solemnes declaraciones, afirmando haber tomado nota de las causas de la crisis, y se conjuraban para no repetir errores anteriores. Ese fue el mensaje de la administración Obama, aclamado en cuantas cumbres económicas se han celebrado en estos tres años. Pero en estos momentos, los viejos fantasmas del crack de 1929 han hecho su aparición para recordar que los intereses contradictorios de las diferentes burguesías nacionales pueden empujar a la economía mundial a una depresión aún mayor. Primero fue el fracaso de la cumbre del G-20 a finales del mes de junio en Ontario, y aquel retroceso, que abrió las puertas a las salidas nacionales frente a una recesión desbocada, se ha ratificado en la cumbre de Seúl en el mes de noviembre.

En la capital de Corea del Sur, el imperialismo norteamericano ha dejado claro que está dispuesto a pelear con fuerza contra sus competidores y no dejarse arrebatar su liderazgo mundial, independientemente de las consecuencias que sus decisiones, y las de sus adversarios, provoquen. La reunión de Seúl estuvo precedida por dos acontecimientos de enorme significación. Primero, la derrota de Obama en las elecciones legislativas parciales. El triunfo de los republicanos, gracias a un aumento tremendo de la abstención en las ciudades, ha fortalecido al sector decisivo del capital estadounidense que quiere respuestas contundentes. Son los mismos que lograron obtener una reforma sanitaria en beneficio de los grandes monopolios privados de la sanidad; que han definido la política de recortes del gasto educativo y de los servicios sociales; que  desafiaron -con ayuda del Pentágono y la industria armamentística- la estrategia oficial en las guerras de Iraq y Afganistán, hasta lograr parcialmente sus objetivos; son los que impulsaron los golpes de Estado en Honduras y Ecuador, como parte del cerco contra la revolución venezolana... Ahora, estos mismos sectores, que engloban a los grandes monopolios y transnacionales estadounidenses, han dicho que es hora de pasar a la ofensiva en el terreno de la economía mundial. Y, este es el segundo acontecimiento significativo, han presionado para que se lleve a cabo la mayor devaluación competitiva del dólar, horas antes de la cumbre de Seúl, a través de una gigantesca operación de impresión de dólares, denominada en los círculos oficiales con el término eufemístico de "expansión cuantitativa". Con esta decisión, EEUU pondrá en circulación 650.000 millones de dólares para comprar bonos del tesoro e impulsar, este es uno de los fines de la operación, la exportación de las manufacturas norteamericanas a los mercados mundiales además de garantizar su predominio en el mercado doméstico.

Para los imperialistas norteamericanos se acabó la época de las palabras y las buenas intenciones. Hay una guerra económica para salir de la crisis y quieren ganarla. La razón de esta estrategia está directamente relacionada con la profundidad de la crisis económica en los EEUU y la certeza de que las medidas adoptadas hasta el momento no permiten salir del atolladero. El déficit presupuestario y la deuda soberana están en niveles históricos (11,1% del PIB y 65,8% del PIB respectivamente). La situación es realmente alarmante si se considera que las necesidades de financiación de la deuda de EEUU requieren de 350.000 millones de dólares al año y que la compra de bonos del tesoro por parte de los inversores extranjeros está disminuyendo acusadamente. China, que en 2007 compró el 47% de las nuevas emisiones de bonos norteamericanos a diez años, redujo la compra en 2008 a la mitad, en torno al 20%, cifra que en 2009 tan sólo representó un 5% del total de bonos emitidos. Pero este no es el único problema. La tasa de desempleo en los EEUU alcanza oficialmente un 10%, 14,6 millones de parados, aunque si se utilizara la estadística europea -en EEUU cualquier desempleado inscrito en un curso de formación sale automáticamente de las listas de paro- el desempleo podría rozar el 18%, superando los 20 millones. Esta  es la razón del comportamiento tan pobre del consumo doméstico, lastrado además por las deudas multimillonarias contraídas en los años de boom, y que hacen del mercado de EEUU un auténtico campo de batalla. Los capitalistas norteamericanos quieren tener primacía para vender sus manufacturas en casa, por eso alientan todo tipo de medidas proteccionistas contra los productos europeos y chinos, que aumentarán en los próximos meses.

Las debilidades del capitalismo norteamericano, que se refuerzan por la precaria situación de un sistema financiero que puede sufrir nuevas recaídas por la persistencia del colapso en el sector inmobiliario, están detrás de esta orientación hostil contra sus competidores. El escenario dibujado en la cumbre del G-20 en Seúl no deja lugar a dudas. Tal como señalaba el editorial de El País del pasado 13 de noviembre: "La cumbre del G-20 en Seúl no ha contribuido a eliminar los riesgos que pesaban sobre la recuperación económica global. Tampoco se ha puesto fin a las guerras cambiarias (...) Todas esas prácticas son contraproducentes para la recuperación económica y pueden sentar las bases de una escalada peligrosa. Las políticas de empobrecimiento del vecino fueron las responsables de la oleada de proteccionismo que, además de profundizar la Gran Depresión, causaron las tensiones que condujeron a la Segunda Guerra Mundial".

En efecto, el fiasco de la reunión del G-20 en Seúl recuerda por sus semejanzas al de la Conferencia de Londres en 1933 que profundizó la depresión económica de los años treinta. Las lecciones del pasado no han sido asimiladas, y no pueden serlo por una razón evidente: el capitalismo es un sistema anárquico, no puede ser planificado ni regulado. El motor que lo hace funcionar no es la satisfacción de las necesidades sociales de la mayoría, sino el beneficio de las grandes empresas y bancos que determinan la política de los gobiernos y deciden sobre la vida de miles de millones. Esta clase de plutócratas, los famosos "mercados", no tienen más solidaridad entre ellos que la de sus cuentas de resultados y, en ante esta crisis de sobreproducción, estos monopolios que en una economía mundializada siguen manteniendo su base nacional, luchan con uñas y dientes por mantener sus beneficios a costa del vecino, desalojándolos de sus mercados y posiciones estratégicas. Es la misma contradicción que Marx señaló hace 150 años: las fuerzas productivas que han dejado de tener una base nacional para adquirir un carácter mundial, chocan contra la camisa de fuerza de la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional.

El desastre europeo

La amenaza del pasado mes de mayo, cuando las cuentas públicas griegas entraron en bancarrota y se tuvo que habilitar un excepcional "rescate" de Grecia, en realidad un plan salvaje de ajuste para garantizar que los bancos alemanes, franceses y británicos cobraran puntualmente sus intereses de la deuda griega y no colapsaran, se ha vuelto a repetir. La economía irlandesa, hundida por las deudas multimillonarias de su sector financiero y la recesión, ha puesto a la Unión Europea y al euro al borde del abismo.

Irlanda fue presentada durante años como un ejemplo de lo que era capaz de lograr la política económica liberal. El "tigre celta" sí que funcionaba, con tasas de crecimiento cercanas al 6,5% entre 1990 y 2007, gracias a los bajos salarios, un mercado laboral extraordinariamente precario -logros que están también en el haber de los sindicatos irlandeses que colaboraron entusiastamente para que eso fuera así-, una especulación inmobiliaria semejante a la que vivió el Estado español, y un impuesto de sociedades del 12,5%, que actuó como un poderoso imán para atraer a multinacionales de todo el mundo. Pero esos "logros" trajeron estos lodos. Ahora el sistema bancario tiene una deuda imposible de satisfacer, a pesar de que los bancos irlandeses superaron las "pruebas de estrés" del verano pasado, y de que el gobierno inyectó una "ayuda" de 50.000 millones a principios de este año garantizando con las finanzas públicas los posibles impagos. Ante la persistencia de la recesión, y la probabilidad de que la banca europea -especialmente la británica que concedió a los bancos irlandeses más de 100.000 millones de euros- no recuperaran sus préstamos, el gobierno se vio abocado a pagar unos intereses estratosféricos por la deuda pública irlandesa, como ocurrió en Grecia, y finalmente, ante la evidencia del crack, ha recurrido al rescate de la Unión Europea.

Los ministros de economía de la UE han aprobado un plan para Irlanda de 85.000 millones de euros (en forma de créditos y avales por un plazo de siete años y medio y con un tipo de interés en torno al 5,8%, superior al de Grecia, que fue del 5,2%). Pero el precio que la clase obrera y el conjunto del pueblo irlandés van a tener que pagar para sufragar esta operación gigantesca de nacionalización de las pérdidas de la banca irlandesa, no tiene precedentes:

· Se despedirán 25.000 empleados públicos dentro del plan de recorte del gasto estatal de 15.000 millones de euros, el 10% del PIB.

· Los presupuestos para las pensiones se reducirán en 800 millones de euros, y un 10% la cuantía de las pensiones para los nuevos jubilados. Se aumenta paulatinamente la edad de jubilación, hasta llegar a los 68 años para 2028.

· El gasto social -asistencia, subsidios- se recorta en 2.750 millones de euros.

· Las matrículas universitarias se triplican, hasta los 2.000 euros.

· Se reduce el salario mínimo, y se recortará por segunda vez el salario de los empleados públicos.

· Se incrementará el IVA al 22% en 2013 y al 23% en 2014. Aumenta el IRPF, pero se mantiene en el 12,5% el impuesto de sociedades.

La situación en Irlanda es el espejo en el que se miran otras economías de la UE, especialmente Portugal y el Estado español. Es un sinsentido declarar, como ha hecho Zapatero, que está "completamente descartado" que la economía española tenga que ser "rescatada" como la irlandesa o la griega. Los problemas de la economía española son exactamente los mismos, o peores, que los de Irlanda. Para empezar el sistema financiero español sufre de la misma gangrena, a pesar de que todos los días nos cuenten que es sólido y está saneado. Las deudas incobrables de la banca española ya superan los 100.000 millones de euros, y otros 650.000 millones de euros en créditos bancarios están amenazados porque dependen del sector inmobiliario. Las posibilidades de financiación de la deuda pública y privada que triplica el PIB español empeoran: con un desempleo que roza el 20% de población activa y no deja de crecer, con una recaída del consumo privado por el fin de las ayudas estatales, el incremento del IVA, y los recortes salariales que han arreciado, y con la disminución evidente de la inversión productiva, la garantía de que la economía española pueda hacer frente a sus compromisos es muy cuestionable. El Ibex 35 ha perdido 24.816 millones de euros de capitalización en la última semana de noviembre, coincidiendo con la quiebra irlandesa, y las pérdidas para el BBVA y el Banco de Santander han sido formidables.

No, la economía española y la portuguesa pueden ser perfectamente las siguientes en la lista. Las tasas de interés que el Estado luso y el español tienen que desembolsar por los títulos de deuda pública a 10 años se han disparado, colocándose a los niveles que pagaba Grecia en el mes de mayo. Y como en Grecia o en Irlanda, el problema radica en que los inversores extranjeros poseen el 47% de la deuda española y quieren garantías de cobro. De hecho, la exposición de los bancos franceses, alemanes y británicos es muy alta: los primeros ha prestado a administraciones públicas y entidades españolas 183.100 millones de euros, los segundos tienen comprometidos 163.400 millones y los terceros 150.000 millones, según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS). El hecho más evidente de que se preparan semanas y meses turbulentos, es el rosario de reuniones que el gobierno de Zapatero ha mantenido con el rey y con los grandes capitalistas del país, que lo han cogido por el cuello exigiendo que lleve a cabo las reformas estructurales pendientes con energía y celeridad, es decir, que se deje de monsergas y actúe en defensa de los intereses de la plutocracia financiera e industrial.

La posibilidad de un rescate a la irlandesa de la economía española, no obstante, ha hecho cundir todas las alarmas en la UE. El Estado español representa el 10% del PIB comunitario, y un plan de intervención sobrepasaría los fondos de rescate aprobados en mayo -la prensa financiera alemana señala que serían necesarios 500.000 millones de euros para el caso español-, requiriendo de acuerdos bilaterales con Alemania, Francia y Gran Bretaña. El semanario Der Spiegel anunciaba en su edición del pasado 28 de noviembre que "si cae España, cae el euro". El mismo pronóstico lo contemplaba el Financial Times Deutchland: "Si una economía tan grande como la española tuviera que recurrir a los bomberos financieros, el futuro del euro estaría en serio peligro". Esta perspectiva, totalmente factible, ha suministrado muchos argumentos a importantes sectores de la burguesía alemana que ven en la bancarrota de las economías periféricas un lastre imposible de soportar y una amenaza a la estabilidad de la economía germana.

La profundidad de la recesión ha puesto en solfa el futuro de la UE. La pugna entre el presidente del Banco Central Europeo a favor de la cesión de soberanía política para conseguir un auténtico gobierno europeo, la llamada gobernanza europea, y la férrea oposición de la burguesía alemana a más concesiones, prueban que la unión europea bajo el sistema capitalista, a pesar de lo lejos que llegó en el periodo de boom económico, es una utopía reaccionaria. La burguesía alemana no permitirá verse arrastrada al caos. Esa es la explicación de los discursos cada vez más nacionalistas del gobierno alemán y los políticos alemanes, opiniones que se refuerzan por la actitud hostil de los EEUU en el mercado mundial.

Guerra de clases

Las perspectivas se ven aún más oscurecidas por tres hechos incuestionables. Por un lado, los planes de austeridad lejos de sacar a las economías europeas de la crisis las están arrastrando por la pendiente: en el tercer trimestre del año, el PIB de los 27 países de la UE sólo ha remontado un ridículo 0,4%, Alemania un 0,7% y Gran Bretaña un 0,8%. Las economías de Italia y Francia se encuentran estancadas y su situación puede empeorar. Por otra parte, la inestabilidad del sistema financiero mundial es una realidad, con 3 billones de euros que deben refinanciarse en los próximos 24 meses. Y, en tercer lugar, y no menos importante, los planes de ajuste están creando las bases para una guerra social sólo comparable a la de los años setenta e, incluso, a la década de los treinta del siglo pasado.

El pasado sábado 27 de noviembre entre 100.000 y 150.000 trabajadores y jóvenes se manifestaron en Dublín, en un día de nieve y lluvia, mostrando su oposición frontal a las medidas de austeridad. La manifestación concluyó en la emblemática Oficina General de Correos (GPO) en O´Connell Street, el mismo edificio donde combatieron los revolucionarios irlandeses contra las fuerzas de ocupación británicas durante el "Levantamiento de Pascua" de 1916. Numerosas pancartas de la manifestación llevaban impresa la cara de James Connolly, el dirigente comunista irlandés asesinado en aquellos acontecimientos, y la presión en las calles se hizo tan evidente que los sindicatos irlandeses amenazaron con la convocatoria de una huelga general para las próximas semanas. También ese mismo día, decenas de miles se manifestaron en Roma contra el gobierno Berlusconi. La manifestación, convocada por la dirección de la CGIL en un intento de aplacar la intensa presión que está sufriendo para organizar una huelga general, coincide con las movilizaciones estudiantiles que han llenado las calles de Turín, Milán, Venecia, Bolonia, Florencia...

Pero estas acciones de masas no han sido las únicas de las últimas semanas, ni mucho menos serán las últimas. La clase obrera francesa ha protagonizado el mayor movimiento huelguístico desde mayo de 1968, y a pesar de la aprobación en el parlamento de la ley de reforma de las pensiones, el gobierno Sarkozy está en crisis y claramente debilitado, con poco margen de maniobra para aplicar nuevas medidas de recorte que no supongan un nuevo estallido social. En Gran Bretaña, el anuncio del plan de ajuste del gobierno Cameron, se ha convertido en una receta para atizar la conflictividad social después de largos años de paz social. La irrupción de la juventud estudiantil en dos jornadas nacionales de huelga en las universidades y en los centros de enseñanza media, incluyendo manifestaciones de decenas de miles en Londres, es sólo un anticipo de lo que está por venir. Estas luchas reflejan la profunda sacudida que vive la sociedad británica, y el hecho de que respetables universidades como Oxford y Cambridge hayan sido ocupadas por los estudiantes, señala que incluso las capas medias pueden girar a la izquierda con rapidez. Sin duda, después de los estudiantes vendrán los batallones pesados del movimiento obrero que no se dejaran aplastar con facilidad: las cuatro jornadas de huelga que han protagonizado desde septiembre los trabajadores del Metro de Londres son una señal inequívoca.

Un panorama semejante se da en Portugal, donde el gobierno socialista aprobó el viernes 26 de noviembre el plan de austeridad de mayor calado de los últimos treinta cinco años, justo dos días después de que el movimiento obrero portugués protagonizara la huelga general más potente desde la caída de la dictadura. La situación en Grecia tampoco ha remitido, y después de un año de movilizaciones masivas los sindicatos han convocado nuevas jornadas de lucha en noviembre que confluirán en una nueva huelga general el próximo 15 de diciembre. Las perspectivas de un recrudecimiento de la lucha de clases en todo el mundo, y por supuesto en el Estado español, son claras. Un panorama de abierta guerra social, que tendrá un impacto tremendo en la conciencia de millones de trabajadores, mucho más después de transcurridos tres años de crisis y después de certificar que las esperanzas de volver a la situación del pasado aceptando sacrificios, recortes salariales, pérdida de derechos, no ha servido de nada salvo para envalentonar a la burguesía.

Un cambio radical en la psicología y la actitud de millones de trabajadores, jóvenes y desempleados se está preparando, en el que el cuestionamiento del capitalismo, de las instituciones de la democracia burguesa, de la política oficial crece día a día con fuerza. La expresión de este proceso de polarización, radicalización y politización adquirirá formas muy diversas, y en muchos casos distorsionadas, debido a la ausencia de una alternativa marxista de masas. Pero una cosa está clara: el divorcio creciente y mayúsculo de la política de los partidos socialdemócratas y los sindicatos respecto a las aspiraciones fundamentales de la población, están creando las condiciones de una crisis histórica de la política reformista y sacudirá de arriba abajo las organizaciones de los trabajadores. En estas grandes luchas defensivas frente a los planes de austeridad, la clase obrera y la juventud sacarán las conclusiones necesarias para avanzar hacia una alternativa acabada frente a la crisis. Una alternativa que no es otra que el programa por la transformación socialista de la sociedad, por la expropiación de la banca y los monopolios bajo el control democrático de los trabajadores, poniendo fin a la dictadura del capital.

Una nueva alarma se ha disparado: las devaluaciones competitivas de las monedas se está convirtiendo en una práctica cada vez más generalizada. La escalada está adquiriendo tal potencia que algunos medios la califican ya como guerra de divisas. Transcurridos casi tres años desde el estallido de la gran recesión, la burguesía vuelve a demostrar su incapacidad para poner orden en el caos que genera su sistema. Esta espiral desmiente los discursos que machaconamente hablan de la "refundación" y "regulación" del capitalismo. Más allá de las bonitas palabras, una era de inestabilidad y lucha despiadada por los mercados se abre paso.

Aunque en Asia hay países que crecen todavía a buen ritmo como China o India, e incluso en la extenuada economía europea se produce una recuperación del PIB alemán, la crisis de sobreproducción1 que aqueja al conjunto de la economía capitalista todavía persiste, sin visos de que nos encontremos cerca de una nueva fase de crecimiento. La tendencia general dominante sigue siendo negativa. Es más, la prolongación de la crisis está permitiendo que aflore en toda su dimensión una de las grandes contradicciones del capitalismo. Si la mundialización de la economía es un hecho que ya nadie discute, no lo es menos que esta realidad convive con la existencia de intereses económicos particulares y antagónicos entre las diferentes burguesías nacionales. Buena prueba de ello ha sido la tensión que ha envuelto el desarrollo de las reuniones del FMI y el G-20 celebradas el pasado octubre, en las que los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales de las naciones más desarrolladas intercambiaron todo tipo de acusaciones de juego sucio.

Boxeo financiero

La competencia entre diferentes países y bloques económicos es una constante inherente al capitalismo. Pero es en los períodos de recesiones profundas cuando se recrudece, llegando a convertirse en una amenaza que puede provocar una catástrofe. La tentación de buscar salidas a la crisis en líneas nacionales puede desembocar en un colapso aún mayor del conjunto de la economía, tal y como ocurrió tras el crack de 1929, cuando las medidas proteccionistas adoptadas por las potencias convirtieron la recesión en una profunda depresión.

Hasta no hace tanto tiempo, la única divisa oficialmente acusada de estar artificialmente devaluada para dar ventaja competitiva a sus exportaciones era el yuan chino. El régimen de Pekín era unánimemente denunciado por Europa y EEUU, que exigían un giro drástico en la política monetaria china para acabar con la depreciación de la divisa asiática que situaban entre un 20% y un 40%. A pesar de la promesa hecha en junio de revalorizar el yuan por parte de las autoridades chinas, el resultado práctico ha sido un completo fiasco.2 La consigna parecía ser todos contra el enemigo común, ya fuera porque sus mercados domésticos estaban inundados de mercancías chinas baratas o porque fuera de sus fronteras sus áreas de influencia económica se veían amenazadas por el dragón rojo.

Tras el verano hay muchos más acusados sentados en el banquillo, y la explicación es sencilla: los gobiernos están adoptando medidas proteccionistas para aumentar la capacidad competitiva de sus capitalistas nacionales. Para ello manipulan el valor real de la moneda nacional, utilizando todos los medios económicos y políticos disponibles, con la expectativa de conseguir una cuota mayor en el mercado mundial.

El 15 de septiembre, el gobierno japonés puso en venta 2,12 billones de yenes (25.560 millones de dólares) para forzar así una devaluación de su moneda. Los dirigentes nipones justificaron su decisión explicando que el yen estaba en su valor más alto respecto al dólar de los últimos 15 años. Inmediatamente después, el 21 de ese mismo mes, el gobierno de Brasil inició una compra masiva de dólares con el fin de evitar una revalorización de su moneda. Otro tanto de lo mismo hicieron los mandatarios surcoreanos con su moneda, el won. Pagando con su propia divisa esta compra masiva de dólares -la moneda de referencia en las transacciones internacionales-, los gobiernos de Brasil y Japón, y de otros países que están poniendo en juego esta estrategia, limitan la circulación de la divisa norteamericana y facilitan la devaluación de su moneda nacional, que al aumentar su volumen de circulación tiende a depreciarse. Disponiendo de una moneda más barata, se abarata también en el mercado mundial el precio de las mercancías producidas en casa, y se logra un incremento de las exportaciones. Pero esta estrategia no produce sólo este efecto: las autoridades norteamericanas hacen lo propio. La Reserva Federal acaba de anunciar la puesta en circulación de 600.000 millones de dólares con la excusa de "fortalecer la recuperación", cuando en realidad lo que supondrá es una devaluación aún mayor del dólar respecto al euro.

En Europa, las burguesías alemana y francesa han mostrado públicamente su irritación por el encarecimiento que para sus exportaciones provoca un euro que incrementa constantemente su valor a consecuencia del abaratamiento del resto de divisas. Pero, esta vez, las economías más poderosas de Europa no se limitan a denunciar la competencia desleal del yuan chino, levantan su dedo acusador contra EEUU que, gracias al fuerte aumento del volumen de dólares en circulación, mantiene también su divisa artificialmente baja3.

Salir de la crisis a costa del vecino

La cuestión central es que la ansiada recuperación de la economía se retrasa. Los planes de rescate del sistema financiero que los diferentes gobiernos aplicaron al inicio de la crisis, no sólo han demostrado su inutilidad para revertir el ciclo económico, sino que, además, han desajustado las cuentas de muchos Estados, disparando la deuda pública y creando nuevas dificultades. Mientras tanto, la inversión en capital y el consumo doméstico siguen en encefalograma plano en la mayoría de las economías fuertes. Esta es la razón de que la tendencia a recurrir a devaluaciones competitivas se incremente de forma alarmante. Ninguna de las grandes potencias está dispuesta a permanecer de brazos cruzados mientras sus competidores las intentan desplazar del mercado mundial. La prosperidad de unos se consigue a costa del empobrecimiento de otros, lo cual puede provocar una espiral de acción-reacción fuera de control.

El mercado mundial actualmente no es lo suficientemente grande como para satisfacer a todos de forma aceptable. Ahí están las bases materiales para que la batalla que se libra en torno al valor al yuan se encone aún más, y algunos de sus protagonistas pasen de las amenazas a los hechos. Una rápida y cuantiosa apreciación del yuan, desde el punto de vista de las burguesías alemana o estadounidense es una medida tan beneficiosa como urgente, puesto que mellaría la competitividad de las mercancías chinas. Sin embargo, y a pesar de que el yuan sigue depreciado, el deslumbrante capitalismo chino está sufriendo un serio recorte en su superávit comercial4. No es extraño pues que el régimen chino considere inaceptable la propuesta occidental de apreciar su moneda, y que lo exprese de forma contundente: "Una apreciación rápida (del yuan) -señala Wen Jiabao jefe del gobierno chino- provocaría el cierre de fábricas, los obreros tendrían que volver al campo y habría desórdenes sociales".

Así pues, la lucha por cada pequeña cuota de mercado se recrudece, alimentando la tensión y los conflictos entre los diferentes poderes imperialistas. En esta guerra, el valor de las divisas es un arma poderosa, pero no la única. El arsenal del proteccionismo, es decir, de exportar la crisis al vecino, es abundante y se está engrasando. Especialmente efectivos son los aranceles impuestos a las mercancías extranjeras importadas, y ya hay muchos ejemplos de que la política arancelaria se está recrudeciendo: los impuestos sobre las manufacturas chinas destinadas al mercado europeo y estadounidense están creciendo. Pero no sólo se trata de nuevas medidas. En ocasiones basta con que simplemente se incumplan los acuerdos adoptados durante la etapa de crecimiento económico5. Otra modalidad de proteccionismo son las subvenciones públicas a empresas privadas que tienen la misma nacionalidad del gobierno que las aprueba. Y así podríamos seguir con un largo etcétera.

La idea del "sálvese quién pueda" se apodera de sectores decisivos de la burguesía con la misma rapidez que se esfuman las promesas de no repetir los mismos errores de los años 30. Los organismos creados a tal fin, como el FMI, el BM o la OMC, destinados a vigilar el equilibrio del capitalismo mundial a través del diseño de políticas comunes, demuestran su impotencia para mantener a raya las medidas proteccionistas. Sin embargo, no es menos cierto, que frente a todas estas tendencias centrífugas en el seno de la burguesía, hay algo que la une por encima de fronteras nacionales: su enemigo de clase, el movimiento obrero. El acuerdo sobre la necesidad de aplicar políticas de austeridad, drásticos recortes sociales o empeorar la legislación laboral es total, como lo es también su preocupación ante el ascenso de la lucha de clases. Los enfrentamientos públicos entre Merkel y Sarkozy, han quedado temporalmente aparcados cuando ha sido necesario hacer un frente común para intentar aplastar la impresionante lucha de los trabajadores franceses. Son perfectamente conscientes de que cada victoria que nuestra clase consiga, sin importar en qué parte del mundo lo haga, se convertirá en un obstáculo formidable para sus planes.

Notas:

1. Buena parte de las grandes economías siguen utilizando tan sólo tres cuartas partes de su capacidad productiva instalada, a lo que hay que sumar unas cifras de desempleo que no retroceden o que incluso, como es el caso del Estado español, siguen creciendo.

2. La revalorización del yuan apenas roza el 3%.

3. En ocho meses el euro se ha revalorizado un 10% respecto al dólar.

4. En los nueve primeros meses de 2010 el superávit comercial chino ha sufrido una reducción del 10,5% respecto al mismo período de 2009.

5. A pesar de que la OMC acordó en 2005 que el 97% de las exportaciones de países menos desarrollados llegaran libres de aranceles a los países más industrializados, según la ONU en 2010 sólo se ha llegado al 81% de estas exportaciones libres de aranceles.

3) El control obrero de la producción

3.1.- ¿Qué es el control obrero?

Es el control o dominio que tienen los trabajadores sobre una empresa. Es una situación de doble poder: por un lado, la empresa está en poder de los trabajadores que deciden sobre su funcionamiento productivo, administrativo y comercial, pero por otro, no tienen la propiedad de la empresa que sigue siendo del capitalista o del Estado. A través del control obrero los trabajadores establecen un régimen de gobierno de la fábrica basado en la democracia obrera, que se contrapone a la dictadura que ejercía el capitalista que considera que la empresa es su propiedad privada, con los trabajadores incluidos, y, por lo tanto, él decide todo lo que se hace y se deja de hacer en ella, contrata y bota a los trabajadores, les paga lo que él quiere, produce lo que él quiere y cuando le da la gana cierra la empresa y bota los trabajadores a la calle. Tampoco existe democracia en la empresa cuando en lugar del empresario hay un burócrata o un grupo de burócratas reemplazándolo en la dirección de la misma.

3.2.- ¿Cuándo y por qué surge el control obrero?

El control obrero sólo puede surgir en medio de una profunda lucha de clases, de una revolución, en la cual los capitalistas están muy debilitados y ya no pueden ejercer el control político de la sociedad. En esa lucha por el poder entre los capitalistas y los trabajadores las primeras batallas se dan en los centros de trabajo y tienen por objetivo tomar el control de las empresas. El capitalista tratará de cerrar la fábrica y botar a los trabajadores a la calle, y los trabajadores lucharán por mantener abierta la empresa y conservar sus puestos de trabajo. Esto sólo puede ocurrir si los capitalistas no tienen el control del Estado, porque si lo tuvieran mandarían a la policía y al ejército a reprimir a los trabajadores y a sacarlos de las empresas ocupadas. Sin embargo, aunque los trabajadores logren tener el control de las empresas aún no controlan el Estado que sigue siendo burgués, pues, como decía Trotsky: “de otro modo no tendríamos el control obrero de la producción, sino el control de la producción por el Estado obrero como introducción a un régimen de producción estatal basado en la nacionalización. De lo que estamos hablando es del control obrero bajo el régimen capitalista, bajo el poder de la burguesía. En cualquier caso, una burguesía que se sienta firmemente asentada en el poder nunca tolerará la dualidad de poder en sus empresas. El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco en la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía, por un proletariado que va camino de arrancarle el poder, y por tanto también la propiedad de los medios de producción. Así pues, el régimen de control obrero, un régimen provisional y transitorio por su misma esencia, sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva proletaria y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más completo del término” (3).

3.3.- ¿El control obrero es un invento de la Revolución Bolivariana?

No, el control obrero surgió ya en las primeras grandes batallas que libró el proletariado mundial contra el capital y fue la forma natural en que se expresó el poder obrero organizado en torno a los consejos de trabajadores. En la revolución rusa de 1905 fue famoso el soviet o consejo de Petersburgo, del cual estuvo al frente León Trotsky, que era un gran consejo obrero que incluía a la mayoría de los sindicatos de esa ciudad rusa y que no sólo tuvo el control obrero de las empresas sino de casi todas las actividades de dicha ciudad convirtiéndose en un verdadero gobierno obrero. Los consejos obreros o de trabajadores, a través de los cuales se ejerce el control obrero, volvieron a surgir durante la gran Revolución Rusa de 1917 y fueron pieza fundamental, tanto para la toma del poder por los trabajadores como para luego de ésta, estructurar el nuevo Estado obrero que se comenzó a construir en Rusia. En esa época de auge de la lucha de clases mundial, los consejos de trabajadores y el control obrero surgieron por doquier donde estallaba la revolución, destacándose los de Alemania en 1918 y 1919, en Hungría en 1919, en Italia en 1919 y 1920 en lo que se conoció como el movimiento turinés. Posteriormente vuelven a aparecer en la Revolución Española de 1936, en Hungría en 1956, en Francia en 1968, en Portugal tras la revolución que estalló el 25 de abril de 1974. También en América Latina los trabajadores bolivianos se organizaron en consejos de trabajadores y lucharon por establecer el control obrero cuando tomaron el poder en Bolivia en la revolución de 1952. En Chile durante el gobierno de Salvador Allende se establecieron los famosos cordones industriales que fueron una expresión del control obrero, y posteriormente, en la Revolución Sandinista en 1978, en Nicaragua, aparecen nuevamente los consejos de trabajadores y el control obrero de las empresas, aunque una de las razones de la derrota de la revolución fue precisamente que estos órganos de control obrero (Asambleas para la Reactivación Económica, Consejos de Producción…) se mantuvieron limitados a cada empresa, no se extendieron ni se unificaron nacionalmente para conformar un estado de los trabajadores y las decisiones en las empresas las acababan tomando finalmente gerentes y directores al margen de las asambleas.  Al cabo de 10 años de revolución este y otros errores  llevaron a la desmoralización de las masas y la derrota electoral de febrero de 1990, que abrió la puerta a la victoria de los contrarrevolucionarios. Cada vez que la clase obrera ha entrado en combate revolucionario por el poder se ha organizado en consejos de trabajadores y ha establecido el control obrero, por ello es normal que también en la Venezuela revolucionaria los trabajadores hayan adoptado esta forma de organización y de lucha que es común a todo el proletariado mundial. La clave de la revolución está en que el control obrero, como hemos dicho, sea el primer paso hacia una economía nacionalidad gestionada por los trabajadores.

¿Qué experiencias de control obrero hay en Venezuela?

Las primeras experiencias de control obrero en Venezuela se dieron a la luz de la toma de empresas cerradas luego del paro patronal de 2002-2003. Miles de trabajadores quedaron en la calle por el sabotaje contrarrevolucionario de los capitalistas. Muchos de ellos, que en un primer momento salieron a luchar porque los empresarios les pagaran sus pasivos laborales, en el fragor de la revolución, terminaron convirtiendo estos combates en una lucha por los puestos de trabajo, con la consiguiente toma de empresas y la disputa con los capitalistas por el control de las mismas. Con sus altas y bajas, sus avances y retrocesos o derrotas,  las experiencias de estas luchas son un tesoro para el conjunto de los trabajadores que debe ser conocido. De estas luchas nacieron las primeras nacionalizaciones decretadas por el presidente Chávez en 2005: Venepal (hoy Invepal) y CNV (hoy Inveval). En esta última, los trabajadores tuvieron la fortuna que la burocracia no se involucrara demasiado en las tareas de dirección de la nueva empresa, además de contar con el acompañamiento de una organización revolucionaria como la CMR, lo que les permitió desde un comienzo ir desarrollando su propia experiencia de control obrero sin tutelajes de otra clase social. Sin embargo, aunque la burocracia no estuvo presente físicamente en la fábrica, sí se encargó de dotarla con unos estatutos de empresa capitalista y de organizarla en base al modelo cogestionario, donde los trabajadores fueron, a su vez, organizados en una cooperativa. Esta situación generó una serie de contradicciones dentro de los trabajadores que pudieron experimentar en la práctica que el modelo de la burocracia no funcionaba. Fue así como decidieron probar con las instituciones obreras y en enero de 2007 crearon un Consejo de Fábrica (consejo de trabajadores) para administrar la empresa bajo control obrero. No obstante, el consejo de fábrica de Inveval era el segundo que se establecía en Venezuela, ya que el primero se organizó en la empresa Sanitarios Maracay en noviembre de 2006, también impulsado por la CMR y el Freteco, la cual se encontraba tomada por los trabajadores desde septiembre de ese año. Desafortunadamente, la experiencia de los obreros de Sanitarios Maracay terminó abruptamente 9 meses después por culpa de  la burocracia, especialmente del   ministro  del trabajo de entonces José Ramón Rivero. Esta actuación de la burocracia fue  facilitada  por una estrategia equivocada, sectaria y ultraizquierdista, de Orlando Chirino y sus seguidores que durante un tiempo orientaron la lucha. Tampoco han tenido mejor suerte las experiencias de Inveval e Invepal. En Invepal, la primera empresa expropiada, después de que el presidente Chávez plantease en el Aló Presidente que la asamblea de trabajadores iba a dirigir la empresa, la burocracia intervino, sofocó este inicio de democracia obrera, planteó la desaparición del sindicato e introdujo un esquema basado en el código de comercio de la IV República, convirtiendo a una parte de los trabajadores en accionistas. El resultado fue enfrentar entre sí a los trabajadores e impedir el desarrollo del control obrero. Por su parte, Inveval siempre fue saboteada por la burocracia que no ha visto con buenos ojos el que los trabajadores pudieran dirigir y administrar ellos solos la empresa. Como consecuencia de este sabotaje la empresa nunca ha podido producir válvulas a plenitud, a lo cual habría que sumarle que la lucha por el control obrero quedó aislada dentro de la fábrica, los trabajadores de Inveval no pudieron extenderla a otras empresas. Esto condujo a la desmoralización  dentro de la empresa, se abandonó el consejo de fábrica y  un grupo de trabajadores, equivocadamente,  pensó que la burocracia estatal podía resolver sus  problemas, cuando en realidad esta situación sólo se podría revertir si los trabajadores de Inveval rompen su aislamiento y se  vinculan con los sectores más combativos y  organizados de la clase trabajadora para luchar por poner la planta a producir plenamente y mejorar así sus condiciones de trabajo y salariales, reimpulsando también el sindicato que formaron tiempo atrás. Resultado de todo lo anterior, los trabajadores que estaban en la dirección de la empresa se fueron alejando de los métodos de la democracia obrera: dejaron de informar de todos los aspectos de su gestión a la asamblea de trabajadores y al consejo de fábrica, y no se sometieron a las decisiones de éstos, tomando decisiones al margen de ellos; tampoco aplicaron principios que era posible desarrollar como la elegibilidad y revocabilidad en todo momento o la rotación de toda una serie de tareas, principios muy importantes para evitar el desarrollo de tendencias burocráticas. El aislamiento en la empresa y el abandono de estos métodos ha acabado produciendo elementos de desmoralización y división entre los trabajadores de la fábrica que sólo podrán ser superados sobre la base de recuperar la democracia obrera y que todas las decisiones e información pasen por la asamblea de trabajadores. Unido e inseparable de ello es necesario plantear un programa de lucha y reivindicaciones que de solución a los problemas, necesidades y reivindicaciones de todos los trabajadores.

Últimamente han surgidos numerosas nuevas experiencias de control obrero, en buena parte gracias al impulso que el presidente Chávez le ha dado al tema. Últimamente han surgidos numerosas nuevas experiencias de control obrero, en buena parte gracias al impulso que el presidente Chávez le ha dado al tema. En este sentido, el impulso más importante  para el control obrero  se viene dando en las empresas básicas de Guayana, donde la reivindicación del control obrero ha tomado mucha fuerza y está siendo asumida por los trabajadores con gran convicción. Hay una lucha entre los trabajadores y la burocracia por implementar el control obrero que actualmente se encuentra en pleno desarrollo, y que aún  no se ha decidido. En estas empresa también se ha planteado el modelo que mantiene la estructura de la empresa capitalista con un presidente, directores, etc., lo cual más tarde o más temprano, independientemente que esas funciones sean ejercidas por trabajadores, puede llegar a convertirse en  una traba para el desarrollo de la democracia obrera, además de propiciar el surgimiento de desviaciones burocráticas por parte de los trabajadores que se encuentran en tareas gerenciales. Para evitar estas desviaciones es necesario que todo el poder de la fábrica resida en la asamblea general de trabajadores, actuando a través de un consejo de trabajadores. Este consejo debe ser quien ejerza el gobierno obrero de la fábrica, y debe conformarse por voceros elegibles y revocables en cada momento por la asamblea de los trabajadores, con salarios medios y con rotatividad de los cargos entre los trabajadores.

En varias de las empresas que se han ido expropiando o que se han creado desde el gobierno, a las cuales se denomina como empresas “socialistas”, se ha planteado establecer el control obrero de las mismas. Estas experiencias  generaron,  en un primer momento, un enorme entusiasmo dentro de los trabajadores, sin embargo, en la medida que este control se ha implementado desde arriba, orientado y tutorado por la burocracia, dicho entusiasmo se ha enfriando un poco, ya que lo que en realidad se ha estado construyendo es una caricatura de control obrero, porque es un control que en la práctica no controla nada, puesto que las palancas de las empresas continúan estando en manos de la burocracia y no de los trabajadores. Igualmente, la burocracia reformista, tanto la gubernamental como la sindical, han distorsionado el concepto de lo que debe ser un consejo de trabajadores, convirtiéndolo en una institución inocua donde los trabajadores se reúnen para estudiar, hablar de distintos temas, o hacer planteamientos reivindicativos, sin ejercer un poder real. Ejemplos de lo que decimos se oyeron a través de las múltiples quejas y reclamos planteados por los trabajadores de La Gaviota, Cementos Andinos, Central Azucarero Sucre, Café Venezuela, Pescalba, etc., en el Primer Encuentro Nacional sobre Control Obrero y Modelo de Gestión Socialista (4).  

¿Qué significó la cogestión en Venezuela?

Control obrero y cogestión son dos cosas totalmente distintas, aunque en un primer momento los trabajadores de las empresas que se organizaron bajo este modelo lo asumieron como sinónimos o como el primer paso hacia un verdadero control obrero. La cogestión, como su nombre lo dice, implica una gestión compartida de la empresa entre trabajadores y capitalistas, y la inventaron los reformistas socialdemócratas alemanes en los años 50, aunque ya existían antecedentes en los años 20,  para sacar adelante las empresas capitalistas en crisis que trataban de resurgir luego de la segunda guerra mundial, haciendo copartícipes a los trabajadores en las pérdidas y comprometiéndolos a sacrificar sus derechos para rescatarlas, a cambio de una participación en la gestión y en las ganancias. La cogestión es un engendro contranatural ya que se basa en una colaboración entre clases antagónicas y lo que busca es frenar la lucha de clases en perjuicio de los trabajadores. “A los capitalistas no les importa que un grupo de trabajadores aumente sus derechos en alguna fase del proceso de producción con tal que el control del capital sobre el proceso de reproducción en su conjunto se mantenga en sus manos…Cuando los trabajadores aceptan asociarse con los capitalistas en la gestión de “su” fábrica, están asumiendo los intereses de la empresa frente a sus competidores” (5). Ésta es la mejor forma para que el germen del capitalismo se introduzca en la sangre de la clase obrera, y éste fue, precisamente, el modelo que eligió el Ministerio del Trabajo en 2005 para gestionar las empresas que se acababan de nacionalizar, Invepal, Inveval e Invetex. En los dos primeros casos la cogestión se estableció entre Estado y trabajadores, en el tercero, entre Estado y empresarios. Más tarde se repitió el modelo, impulsado esta vez por el Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio (Milco), en su versión clásica, es decir, entre trabajadores y empresarios, en lo que se llamó la misión Fábrica Adentro. Demás está decir que los únicos beneficiarios de todas estas experiencias cogestionarias han sido los capitalistas, que obtuvieron créditos blandos, pudieron vender chatarra a precio de oro y recapitalizaron a sus empresas. Los trabajadores, como siempre, fueron finalmente estafados y muchos de ellos se encuentran actualmente en unas condiciones de explotación peores que antes de la cogestión, como es el caso de los trabajadores de Invetubos en Carabobo.

En Venezuela, en un principio y pese a la orientación que le dio la burocracia, la cogestión fue un cascarón vacío que con la lucha e iniciativa de la clase trabajadora pudo haberse rellenado de auténtico control obrero. Sin embargo, la UNETE, que debía encabezar esta lucha y dar una orientación correcta, se encontraba en ese momento paralizada por las luchas internas entre las distintas corrientes. Por ello, el que la cogestión derivara en líneas burguesas es, en gran medida, responsabilidad de los dirigentes nacionales de la UNETE de entonces.

3.6.- ¿Deben los trabajadores dirigir la empresa bajo control obrero con las instituciones de la empresa capitalista, esto es, un presidente, una junta directiva, gerentes, etc.?

No, los trabajadores en control de la empresa se deben organizar en base a la democracia obrera a través de sus propios órganos tradicionales de dirección, que NO son los mismos que los de la dictadura del capitalista, como quieren hacer creer los burócratas reformistas. Aquí ocurre algo similar a lo que pasa con el Estado burgués. Del mismo modo que las instituciones de este Estado no le sirven a los trabajadores para hacer la revolución porque no están diseñadas para hacer revoluciones sino para que la burguesía pueda controlar y explotar a los trabajadores, la estructura de la empresa capitalista cumple idéntica función pero en la fábrica. Por eso es que los trabajadores no pueden organizar la empresa bajo su control con un presidente, una junta directiva, gerentes, etc., esas no son instituciones de los obreros, son instituciones del capitalista, y cuando tratan de utilizarlas se encuentran con enormes problemas y corriendo el riesgo que quienes las integren se terminen burocratizando, como ya hemos dicho. Los trabajadores se deben organizar en un consejo de fábrica, consejo obrero o consejo de trabajadores, para dirigir la empresa bajo su control.

¿Cuál debe ser la máxima autoridad en una empresa bajo control obrero?

Cuando los trabajadores toman la fábrica y la ponen bajo control obrero acaban con la dictadura del capitalista e implantan la democracia obrera, liberando con ese acto al esclavo del empresario: el propio trabajador. Como corresponde a una verdadera democracia la máxima autoridad, a partir de ese momento, queda en manos de la asamblea general de trabajadores, en la cual no debe existir ningún tipo de discriminación entre trabajadores sindicalizados o no, si este fuera el caso.

3.8.- ¿Qué es y para qué sirve el consejo de trabajadores?

Aunque la máxima autoridad en una empresa bajo control obrero es la asamblea de trabajadores, es imposible dirigir y administrar dicha empresa a través de una asamblea, y más si la empresa tiene un gran número de trabajadores. Las reuniones se harían interminables con todo el mundo pidiendo la palabra y dándose discusiones de nunca acabar, la situación se volvería anárquica y al final la fábrica se paralizaría por falta de toma de decisiones. Es por ello, que la asamblea de trabajadores elige un consejo de trabajadores, consejo obrero o consejo de fábrica (todos significan lo mismo) para que se encargue de administrar y dirigir la empresa. Este consejo no debería tener más de 15 ó 20 miembros, todos trabajadores (allí no deben haber burócratas ni capitalistas), que son los que planifican la producción en función de las necesidades establecidas por una instancia superior, que debería ser un Estado revolucionario basado en la unificación de todos los consejos de trabajadores a distintos niveles: los consejos obreros de cada centro de trabajo deberían elegir en asamblea voceros para los consejos locales, éstos a su vez para un consejo de trabajadores central por cada región y sector productivo, y todos ellos para un consejo de trabajadores central de carácter nacional. Este sistema de democracia obrera, extendido a las comunidades y unificado nacionalmente,  formaría la base de un Estado gobernado realmente por la clase obrera y los demás oprimidos y permitiría que éstos administrasen y planificasen no su fábrica o barrios aisladamente sino el conjunto de la economía, que debería ser estatizada al mismo tiempo. Como explica Trotsky, “los congresos provinciales, regionales y nacionales de los consejos (de trabajadores) pueden servir como base para los órganos que desempeñarán de hecho el papel de los soviets” (3), es decir, la base del  Estado obrero. El socialismo sólo se puede construir sobre esta base, desarrollando el poder de los trabajadores hasta abarcar todas las actividades económicas a nivel nacional, primero, luego continental y finalmente, mundial, en una sociedad socialista planificada que integre a toda la humanidad.

La administración de la empresa bajo control obrero por parte del consejo de trabajadores se refiere a todas las tareas que hay que realizar en ella para que funcione, desde adquirir los insumos para la producción hasta estar pendiente de pagar los servicios como la luz o el teléfono, pasando por los salarios de los trabajadores, el mantenimiento de la maquinaria, la disciplina interna, etc. Para poder realizar estas tareas, en el consejo de trabajadores se crean comisiones de trabajo que presentan sus conclusiones al consejo que es quien finalmente toma las decisiones de una forma democrática por mayoría de votos de sus integrantes. Como se puede ver el consejo de trabajadores es una institución obrera, basada en la democracia obrera, que le sirve a los trabajadores para dirigir la empresa bajo control obrero, así como la directiva y la gerencia le servían al capitalista cuando éste tenía el control de la empresa. Cualquier otro significado que se le quiera dar sólo es un intento para desvirtuar su verdadera función y engañar a los trabajadores.

3.9.- ¿Quiénes integran el consejo de trabajadores?

La asamblea de trabajadores elige de entre sus miembros, por áreas de la empresa, de tal forma que todas estén representadas, los delegados obreros que integrarán el consejo de trabajadores. Como dijimos en el punto anterior, no deberían ser más de 15 ó 20. Estos trabajadores que integran el consejo de trabajadores están sujetos a los principios de la democracia obrera, es decir, que pueden ser revocados en cualquier momento por la misma asamblea que los eligió, en cuyo caso, ésta elegiría a quienes habrían de reemplazar al o a los revocados. El consejo de trabajadores es un órgano de dirección colectiva que responde a la asamblea y que está bajo el control de ésta, por lo que debe presentarle informes periódicos de su gestión para que ella los apruebe o no. El mantener esta estructura donde todos los trabajadores pueden y deben cumplir funciones de dirección evita los peligros de la burocratización. Como decía Lenin, si todos somos burócratas por turnos nadie es burócrata.

3.10.- ¿De quién debe ser la propiedad de la empresa bajo control obrero?

Como ya citamos en el punto 3.2, Trotsky explicaba que el hecho que exista una empresa bajo control obrero es una prueba que aún el Estado sigue siendo burgués, pues de lo contrario no tendríamos control obrero sino el control del Estado obrero sobre todos los medios de producción. Esta última no es la situación actual en Venezuela donde aún tenemos un Estado burgués, sin embargo, el gobierno y, principalmente, el presidente Chávez ha impulsado el control obrero, y en algún momento, más precisamente en 2005, también la toma de empresas cerradas o que estuvieran saboteando a la revolución, al igual que ha nacionalizado numerosas empresas. Bajo estas circunstancias, es evidente que la propiedad de las empresas tomadas y bajo control obrero tiene que estar en manos del Estado aunque éste no sea aún obrero, ya que en teoría representa a toda la sociedad y le daría a la empresa en cuestión el carácter de empresa pública. Por eso, una de las principales reivindicaciones de los trabajadores que toman una empresa y la colocan bajo control obrero, debe ser reclamar del gobierno su expropiación pero manteniendo dicho control obrero, de tal forma que se garantice la administración y dirección de la misma por parte de los trabajadores.

3.11.- ¿Cuál debe ser el carácter de la producción de una empresa bajo control obrero?

Lo que hace mover a la sociedad capitalista es la competencia ya que ella es el móvil económico para la acumulación de capital, que en definitiva es el fin último del capitalismo. El éxito en la competencia viene determinado por el nivel de productividad que tenga cada empresa y que la llevará a realizar o no la plusvalía. Las empresas que estén por encima del nivel medio de productividad serán las más eficaces, desde el punto de vista del capitalismo, ya que habrán realizado completamente la plusvalía y por lo tanto habrán obtenido un beneficio completo. Obviamente éste no puede ser el parámetro para medir el éxito de una empresa que está produciendo bajo control obrero, tal como erróneamente plantea la burocracia reformista. El carácter de la producción de una empresa de este tipo no puede estar fundamentado ni en la competencia ni en la obtención del mayor beneficio económico, sino en satisfacer las necesidades de la sociedad participando como un eslabón más de la economía planificada y cumpliendo con las metas que la propia sociedad le impuso a través de dicha planificación. Esto es que una empresa que, según el criterio capitalista, es deficitaria porque no da beneficios económicos, desde la óptica socialista puede ser beneficiosa porque satisface unas determinadas necesidades de la sociedad.

3.12.- ¿Deben organizarse en un sindicato los trabajadores de una empresa bajo control obrero?

Si, y no sólo los trabajadores de una empresa bajo control obrero, todos los trabajadores deben estar sindicalizados porque el sindicato es la organización natural de la clase obrera, que solamente tiene la fuerza de su unión para enfrentar a sus explotadores. Un sector de la burocracia reformista plantea que los trabajadores de las nuevas empresas “socialistas”, ya sea que hayan sido nacionalizadas o creadas por el gobierno, así como de las que en un comienzo se organizaron bajo la figura de la cogestión, no deben tener sindicatos porque, supuestamente, en esas empresas no hay explotación de los trabajadores. Esta es una posición totalmente reaccionaria por parte de estos sectores contrarrevolucionarios de la burocracia. Los trabajadores sin sindicato quedan a merced del capricho del capitalista o del burócrata, que muchas veces es más déspota que el primero.

Otro de los argumentos que utilizan los burócratas para negarle el derecho de sindicalización a los trabajadores es que esa función, en las empresas “socialistas”, la cumple el consejo de trabajadores. Esto no es más que otra gran mentira para impedirles a los trabajadores que se organicen y puedan luchar por sus derechos. Como ya pudimos ver, la función del consejo de trabajadores no tiene nada que ver con la de un sindicato, por eso es que ambas instituciones obreras no se oponen sino que se complementan, son como las dos ruedas de una misma bicicleta. Repetimos, el sindicato es para unir y organizar a los trabajadores, el consejo de trabajadores es para dirigir la empresa que se encuentra bajo control obrero.  

¿Para qué sirve el control obrero?

En lo inmediato, y enfocándolo en el plano reivindicativo, el control obrero debe servir para mejorar radicalmente las condiciones de vida de los trabajadores de la empresa a través de mejorar sus salarios, realizar jornadas laborales de menos horas, obtener beneficios para estudiar, para dotarlos de vivienda, etc. Sin embargo, la principal importancia del control obrero no está en estas reivindicaciones inmediatas, sino que hay que buscarla en el hecho que se trata de la expresión de una fase de la lucha de clases en la cual los trabajadores han dejado atrás la posición defensiva que estuvieron obligados a mantener durante el régimen de la burguesía, y han pasado a la ofensiva revolucionaria donde le están disputando el poder a esta última. Este es el marco en el cual debe ser analizada su real importancia. Implementar el control obrero a través de los consejos de trabajadores le permite a éstos iniciarse en la práctica concreta del ejercicio del poder, algo fundamental para una clase que siempre ha estado sometida, y que le va a dar la confianza y la experiencia necesarias para luego encarar la titánica tarea de construir un nuevo Estado que, necesariamente, se va a estructurar en torno a estos consejos, complementados además con los comunales y los campesinos, como ya ocurriera en la Rusia soviética. En ese sentido, como bien decía Gramsci, los consejos de trabajadores o consejos de fábrica deben convertirse en las células del Estado obrero que hay que construir lo antes posible. Pero para que todo esto pueda hacerse realidad, los trabajadores deben triunfar en la lucha de clases, derrotar a la burguesía, expropiándola y destruyendo su Estado represor, y ello sólo será posible si el control obrero se extiende a todos los medios de producción, a todas las industrias, a la banca, a la tierra a través del control campesino.

3.14.- ¿Cómo es posible impulsar y consolidar el control obrero?

Creando consejos de trabajadores sometidos al control de la asamblea de trabajadores que, actuando conjuntamente con los sindicatos revolucionarios, desarrollen la organización de la producción y administración de las empresas. Pero esto no es suficiente, es necesario que los trabajadores sean conscientes que la extensión del control obrero a otras empresas es una cuestión de vida o muerte para  ellos mismos. Una empresa aislada es inevitable que, de diferentes formas, sucumba a la presión del Estado y del capitalismo. Hay que extender la toma y ocupación de fábricas. El control obrero en una sola empresa o en un puñado de empresas está condenado a fracasar, como ya se vio en empresas como Inveval, así como no pueden existir islas de socialismo en un mar capitalista, tampoco pueden existir islas de control obrero en ese mar. En definitiva, o el control obrero se extiende y evoluciona hacia una nueva instancia de poder que abarque a toda la sociedad y permita la construcción del Estado obrero, o más temprano que tarde esta ofensiva de los trabajadores será derrotada, algo que no debemos permitir bajo ningún concepto y menos cuando la correlación de fuerzas favorece ampliamente a la clase obrera, como dijera el héroe independentista José Félix Ribas, no podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer, y en ello debemos poner todo nuestro empeño porque sí es posible “tomar el cielo por asalto”.    

Notas:

(1) “Introducción a la economía marxista”, Ernest Mandel

(2) “El ABC del comunismo”, N. Bujarin

(3) “El control obrero de la producción”, León Trotsky

(4)  http://www.elmilitantevenezuela.org/content/view/6822/167/

(5) “Control obrero, consejos obreros, autogestión”, Ernest Mandel

¿Cómo luchar por el control obrero en Venezuela?

Introducción.

Tras el golpe de Estado y  el paro patronal de 2002-2003,  una de las estrategias centrales de la burguesía venezolana y el imperialismo contra la revolución ha sido el sabotaje económico. Este sabotaje se ha materializado en el cierre masivo de empresas y  despido de trabajadores. El mismo es  la  expresión gráfica del carácter parasitario de la burguesía venezolana que, incapaz de desarrollar el país, destruye su aparato productivo.  Luchando contra  esta política de los capitalistas,  la clase trabajadora encabezó  innumerables conflictos  en todo el país. Generalmente los cierres patronales  iban precedidos de explotación y abusos patronales  que empujaban a los trabajadores a tomar la planta para protegerse. Así  los trabajadores ocupaban  las plantas para preservar tanto sus empleos como  sus derechos laborales y prestaciones. Invepal, Inveval, Sanitarios Maracay, Cementos andinos, Vivex, La Gaviota, entre otras  muchas empresas, son ejemplo de esta situación propiciada por la burguesía.

El presidente Chávez recogió este ambiente entre los trabajadores en 2005 cuando lanzó la consigna de “fábrica cerrada fábrica tomada”, que sirvió para impulsar este movimiento de ocupación de empresas, lucha  por su estatización y control obrero desde el paro patronal hasta nuestros días. En el éxito y extensión  del control obrero se juega  el futuro  de la revolución bolivariana.

Las nacionalizaciones de empresas básicas en Guayana y el impulso por el control obrero que ha dado el presidente Chávez ha puesto sobre la mesa el debate de  qué es el control obrero, cómo se organiza el control obrero en las empresas,  cómo fortalecer el control obrero con el fin de que sea  modelo para toda la industria nacional. Es importante  tener un conocimiento claro de qué es el control obrero y que fines busca, para no ser confundido por los  enemigos del mismo. Por un lado, la burguesía  pone el grito en el cielo cuando se habla de control obrero de la producción y quiere liquidarlo.  Por otro,  la burocracia reformista que anida en el seno del Estado burgués, habla a favor del control obrero, pero con sus actos lo sabotea continuamente. La burocracia juega con la confusión en el movimiento obrero acerca de qué es el control obrero para paralizar a los trabajadores y derrotarlos. Su fin es el mismo que el de la burguesía: siembra caos  y  confusión para  hacer fracasar las empresas ocupadas o nacionalizadas que tengan o se aproximen al control obrero.

Este folleto pretende aclarar qué es el control obrero de la producción para combatir la confusión burocrática y reformista. Esta confusión  ha producido graves daños, como se relata en el mismo. Un ejemplo fue el caso de la cogestión.  Ésta  buscaba mediante el cooperativismo y diversas formas de propiedad social entre el Estado, los trabajadores y, en algunos casos, los empresarios  levantar la producción nacional. ¿Alguien se acuerda de Fábrica Adentro? ¿Qué fue de los proyectos de los empresarios socialistas?   En su gran mayoría terminaron en fracaso, con dinero del Estado dilapidado. Para hacer avanzar la revolución es necesario saber reconocer  nuestros déficits y errores con honestidad y valentía  con el fin de solventarlos. Uno de ellos es pensar que existe un sector de los capitalistas que tiene intención de invertir en el país y desarrollarlo. Este folleto contesta a estas ideas reformistas. También desmonta el intento de los burócratas de enfrentar los consejos de trabajadores a los sindicatos. Buscan con ello  enfrentar y dividir a los trabajadores dentro de las empresas nacionalizadas.  El folleto demuestra que ambos son necesarios y complementarios.

El control obrero de la producción, en una o varias empresas, es una situación excepcional y temporal. Sólo se puede dar en medio de una situación revolucionaria, cuando la burguesía esta desorientada o  debilitada y el aparato del Estado burgués se descompone y es  incapaz de desarrollar sus funciones como instrumento de represión de los capitalistas contra los obreros y el pueblo. Sólo en esa situación es posible que los trabajadores puedan tomar fábricas y mantenerlas durante cierto tiempo.  De ello  se deduce que el control obrero en una o varias empresas, únicamente  puede ser la antesala de que la clase trabajadora tome el poder del conjunto de la industria (que todas o la mayor parte de las fábricas estén bajo el control de los trabajadores) así como el control político del país, creando un Estado revolucionario controlado por ella misma.  Lo contrario también es cierto. Si la clase trabajadora no aprovecha el impulso revolucionario para apoderarse del aparato productivo  y destruir el aparato estatal capitalista, las empresas que estén bajo control de sus  trabajadores quedarán aisladas.  A la par que este proceso, la burocracia estatal, que es el mecanismo de transmisión del poder capitalista, volverá a ganar confianza en sí misma. El resultado final es que  la burguesía volverá a recuperar tanto la iniciativa como sus fuerzas, recomponiendo el aparato represivo para lanzarlo contra los trabajadores. Evidentemente, la primera y más urgente de las arremetidas contra la clase obrera  será contra  el sector más avanzado de  las fábricas ocupadas, nacionalizadas.

La principal idea de este folleto es que el debate sobre el control obrero es muy importante aunque  insuficiente por sí mismo para lograr que el control obrero se imponga en nuestro país.

El control obrero se desarrollará  exitosamente  si desde los trabajadores de las  empresas que lo implementan, ayudadas por el resto de la clase obrera organizada, se consigue extender el control obrero de la producción al resto de la industria pública y privada  del país. Marx decía que un paso adelante del movimiento vale más que una tonelada de teoría. Concretamente, la toma  bajo control obrero y su posterior expropiación de un grupo de empresas amplio, (100, 200, 1.000 a nivel nacional) sería el auténtico impulso para el control obrero  y salto definitivo para la revolución  socialista.  Por ello, la conclusión  de este folleto es eminentemente práctica: la vanguardia de los trabajadores en el PSUV y la UNETE debe organizarse para que la clase trabajadora en su conjunto se ponga al frente de la revolución por la vía de los hechos, extendiendo el control obrero a lo largo y ancho de nuestro país mediante la extensión de la lucha, la toma y la nacionalización de empresas bajo control obrero, coordinándolas a nivel local, regional y nacional. Ésa es la tarea principal que impulsamos los camaradas de la CMR y el FRETECO.

El mismo se compone de tres partes y un anexo. La primera explica algunos conceptos básicos del funcionamiento del sistema capitalista de producción, necesarios para entender el desarrollo de la lucha de clases en el cual se genera el control obrero;  la segunda aborda el tema del socialismo y el papel que debe jugar la clase obrera en su construcción; y la tercera se refiere al control obrero, qué es, su origen y experiencias, y la forma de desarrollarlo y extenderlo. Siguen los anexos que ampliarán y detallarán más los conceptos abordados en este trabajo, a través de ejemplos y propuestas concretas.

Algunos conceptos previos para entender al capitalismo

1.1.- ¿Qué son las fuerzas productivas?

Las fuerzas productivas están conformadas por las materias (vegetales, minerales o animales) que van a ser transformadas por la fuerza del trabajo (trabajadores) utilizando los medios de producción (herramientas, máquinas, fábricas, etc.) en bienes de consumo (alimentos, vestidos, viviendas, utensilios, etc.).

1.2.- ¿Qué son las relaciones de producción?

Desde que los seres humanos se organizaron socialmente tuvieron que relacionarse entre sí para poder comenzar a producir sus medios de subsistencia. Estas relaciones de producción constituyen la estructura económica de la sociedad y han variado en el tiempo de acuerdo al grado de desarrollo que han tenido en ellas las fuerzas productivas. A cada sociedad que ha existido en la historia le ha correspondido un modo de producción determinado donde se pueden distinguir los dos elementos anteriores: las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Los seres humanos entran en determinadas relaciones para poder llevar a cabo la producción de los bienes deseados, denominadas relaciones de producción. Estas relaciones pueden tener un carácter técnico o social. Las relaciones técnicas de producción derivan de la relación existente entre el trabajador y el control que posee sobre los medios de trabajo y sobre el proceso de trabajo en general. Las relaciones sociales de producción derivan de la clasificación que podemos establecer entre los agentes que participan en el proceso de producción en cuanto a la propiedad o no de los medios de producción, es decir, si son propietarios o no son propietarios de los medios de producción. En este sentido, se pueden establecer relaciones sociales de colaboración (si todos son propietarios de los medios de producción, en cuyo caso ningún sector de la sociedad vive de la explotación de otro), o relaciones de explotación, de exclusión, de dominación (si unos son propietarios de los medios de producción y otros no). En este último caso la relación de dominación es una relación explotador-explotado, en la medida en que los propietarios de los medios de producción viven del trabajo de los no propietarios. Para Marx, esta relación de explotación es la típica de las sociedades clasistas: la sociedad esclavista, la feudal y la capitalista. Resumiendo, la relación entre trabajadores y empresarios es una relación entre explotados y explotadores.

1.3.- ¿Cómo surgió esta relación de explotación entre trabajadores y capitalistas?

Su origen radica, en primer lugar, en la separación de los productores de sus medios de producción. Antes de que existiera el capitalismo los trabajadores (artesanos) eran los dueños de sus herramientas y con ellas trabajaban en sus pequeños talleres artesanales o en sus casas y fabricaban productos que cambiaban o vendían y así cubrían sus necesidades y las de sus familias. “No se trata aquí de gente condenada a morir de hambre si no vendían su fuerza de trabajo. En una sociedad tal no existía la obligación económica de ir a ofrecer los propios brazos, de ir a vender la propia fuerza de trabajo a un capitalista” (1). A raíz del desarrollo de los medios de producción, las máquinas y las herramientas se volvieron muy costosas y los trabajadores artesanales no las pudieron comprar, fueron los capitalistas con el dinero obtenido de sus actividades especulativas los que compraron y se hicieron dueños de los nuevos medios de producción. A continuación, constituyeron estos medios de producción en un monopolio en manos de una sola clase social, la clase burguesa. Es así como aparece otra clase social, el proletariado, compuesta por los antiguos trabajadores artesanales, los campesinos que habían sido despojados de la tierra y los numerosos pobres urbanos que, al quedar separada de sus medios de producción, no tiene más recursos para subsistir que la venta de su fuerza de trabajo a la clase que ha monopolizado los medios de producción. En Venezuela, el actual proletariado desciende de los miles de campesinos pobres que tuvieron que abandonar la tierra en una primera oleada durante la dictadura de Gómez, para ir a trabajar a lo campos petroleros o a las construcciones de carreteras, y luego, en una segunda oleada durante la dictadura de Pérez Jiménez, para trabajar en la construcción de obras públicas o en las nacientes industrias capitalistas.

 “El modo de producción capitalista es un régimen en el que los medios de producción se han convertido en un monopolio en manos de la burguesía, y en el que los trabajadores, separados de dichos medios de producción, son libres, pero están desprovistos de todo medio de subsistencia, y, por consiguiente, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción para poder subsistir” (1).

1.4.- ¿Qué es la lucha de clases?

Las clases sociales derivan de la división social del trabajo impuesta por las relaciones de producción, en el capitalismo esas clases sociales son la burguesía, dueña de los medios de producción, la clase obrera o proletariado, que debe venderle su fuerza de trabajo a los burgueses capitalistas a cambio del salario, y la clase media o pequeña burguesía, profesionales universitarios, pequeños propietarios, etc, que, en la medida que el sistema capitalista ha colapsado y, deben vender su fuerza de trabajo cada día por menos dinero con lo cual también se han ido proletarizando. Los capitalistas explotan a los trabajadores pagándoles por su trabajo un salario que equivale a una pequeña parte de lo que ese trabajo vale, esa diferencia entre lo que vale el trabajo de los obreros y los que les paga el capitalista es la plusvalía.

 Con la plusvalía que les roba a los trabajadores el empresario sigue aumentando su capital mientras los condena a llevar una vida de miseria. Evidentemente, los intereses de trabajadores y capitalistas no son los mismos, son antagónicos, mientras el capitalista quiere que el trabajador trabaje cada día más por menos dinero, el trabajador quiere lo contrario: trabajar cada día menos por más salario, y ello los lleva a enfrentarse, en definitiva, ambos luchan por la plusvalía, por la riqueza, que producen los trabajadores y que los capitalistas se roban. La única forma que tienen los trabajadores de recuperar esta plusvalía, que hoy sirve para que los capitalistas vivan lujosamente sin trabajar mientras los trabajadores se mueren de hambre, sin vivienda y padeciendo miles de calamidades, es que la clase obrera acabe con el sistema capitalista, expropie a la burguesía y socialice los medios de producción, en pocas palabras, que realice la revolución socialista.

¿Por qué si los trabajadores somos muchos y los capitalistas apenas unos pocos, nos dominan y explotan?

“A esta pregunta no es fácil dar contestación, sin más. Pero generalmente existen dos razones: en primer lugar, porque la organización y el poder se encuentran en manos de la clase capitalista; en segundo lugar, porque la burguesía es dueña aun hasta de la mente de la clase obrera.

 El medio más seguro que emplea la clase burguesa para dominar a los trabajadores es la organización estatal, el Estado burgués. En todos los países capitalistas el Estado no es otra cosa sino una asociación de capitalistas. Tomemos cualquier país: Inglaterra o los Estados Unidos, Francia o el Japón, Brasil o Colombia. Los presidentes, los ministros, los altos funcionarios, los diputados, son los mismos capitalistas, latifundistas, emprendedores o banqueros, o sus fieles y bien remunerados servidores: abogados, directores de Banca, profesores, generales, arzobispos u obispos” (2). Así también era Venezuela antes de la revolución.

“El conjunto de todos estos servidores de la burguesía, que se extienden por todo el país y lo dominan, se llama Estado. Esta organización de la burguesía tiene dos fines: en primer lugar, y esto es lo principal, el de reprimir todos los movimientos  e insurrecciones de los obreros, de asegurar la explotación permanente de la clase obrera y el refuerzo del sistema de producción capitalista, y en segundo lugar, el de combatir otras organizaciones similares (es decir, otros Estados burgueses) para el reparto de la plusvalía sacada a la clase obrera. Por tanto, el Estado capitalista es una asociación de burgueses que garantizan la explotación. Sólo los intereses del capital guían la actividad de esta asociación de bandidaje.

El Estado burgués, además de ser la más poderosa y gran de organización de la burguesía, es también la más complicada, pues posee numerosas ramificaciones que extienden sus tentáculos en todas direcciones. Todo ello sirve a un fin primordial: la defensa, la consolidación y expansión de la explotación de la clase obrera. Contra la clase obrera dispone el Estado burgués de los medios de la coacción brutal y de los de la servidumbre mental; estos dos forman los órganos más importantes del Estado capitalista. Los medios de coacción brutal son, principalmente, el ejército, la policía, las cárceles y los Tribunales. Estas son las instituciones del Estado capitalista, que tienen por misión oprimir brutalmente a la clase obrera.

Entre los medios de servidumbre espiritual de la clase trabajadora de que dispone el Estado capitalista son dignos de mencionarse los tres más importantes: la educación, la Iglesia y los medios de comunicación” (2).

1.5.- ¿Qué es una revolución?

Las relaciones de producción favorecen inicialmente el desarrollo de las fuerzas productivas, pero a medida que las fuerzas productivas se van desarrollando, terminan por entrar en contradicción con las relaciones de producción existentes, convirtiéndose éstas en una traba para el desarrollo de aquéllas, lo que provoca una revolución social, que concluye en la sustitución de las viejas relaciones de producción por otras nuevas, adecuadas al grado de desarrollo de las fuerzas productivas. “En el capitalismo, estas contradicciones hacen que la miseria de la clase obrera aumente con el progreso de la técnica, la cual, en vez de ser útil a toda la sociedad, trae mayores ganancias al capitalista y la desocupación y ruina a muchos obreros. Pero esta miseria aumenta también por otras causas. Hemos visto anteriormente que la sociedad capitalista está bastante mal construida. Domina la propiedad privada, sin ningún plan general. Cada capitalista dirige su negocio con independencia de los demás y lucha con los otros por el mercado, por eso se dice que el capitalismo es anárquico, que le falta organización. El otro mal que sufre el capitalismo es que está constituido por dos clases adversas. Con el desarrollo del capitalismo la anarquía de la producción se acentúa constantemente y conduce al disgregamiento y a la destrucción. El proceso de disolución de la sociedad no disminuye, sino aumenta.

El abismo que divide la sociedad en dos clases se hace cada vez mas profundo. Por un lado, acumulan los capitalistas todas las riquezas del mundo, mientras reina en la clase oprimida la miseria y el hambre. Los desempleados representan la clase de los hambrientos, desmoralizados y embrutecidos. Pero aun los que trabajan están cada vez más distantes en su nivel de vida del de los capitalistas. La diferencia entre proletariado y burguesía se hace cada vez mayor. También es verdad que las condiciones de los obreros se han mejorado con el desarrollo del capitalismo, pero aumenta aún más rápidamente la ganancia del capitalista. En la actualidad la clase obrera está tan lejos de la capitalista como el cielo de la tierra. Cuanto más se desarrolla el capitalista tanto más enriquecen los grandes capitalistas y tanto más profundo se hace el abismo entre esta pequeña falange de reyes sin corona y la gran masa de proletarios esclavizados. Hemos dicho que los salarios crecen, pero que la ganancia aumenta con, mucha más rapidez, y que por esta razón el abismo entre las dos clases se hace cada vez más profundo.

 Es evidente que la creciente desigualdad tiene que conducir, tarde o temprano, al choque entre capitalistas y obre ros” (2). Llega un momento en que los explotados no soportan más su situación, esta desesperación les hace perder el miedo a la burguesía y a las fuerzas represivas del Estado burgués, y se alzan contra el orden establecido para cambiarlo por otro más justo. La revolución es el punto más alto de la lucha de clases en el cual los trabajadores y las masas toman su destino en sus propias manos y se lanzan al combate político para disputarles el poder a los capitalistas.

¿Por qué estalló la revolución en Venezuela?

En 1989 gobernaban los capitalistas en Venezuela a través de sus representantes, los adecos y los copeyanos, mientras ellos vivían muy bien en sus quintas y mansiones, robaban lo que producían los trabajadores y compartían el fruto de sus robos con los políticos corruptos, el pueblo y los trabajadores pasaban hambre y muchos debían alimentar a sus hijos con perrarina y kuley. Cuando el representante de los capitalistas en aquel momento, Carlos Andrés Pérez, quiso solucionar la crisis económica de los capitalistas metiendo una vez más la mano en el bolsillo de los trabajadores, el pueblo no lo soportó y estalló en el Caracazo del 27 de febrero. Fue el comienzo de la revolución venezolana. El gobierno adeco reprimió con las fuerzas represivas del Estado burgués: la policía y el ejército, al pueblo hambriento que luchaba en las calles contra su situación. Ese alzamiento popular fue derrotado como también fue derrotado el posterior alzamiento militar de Chávez del 4 de febrero de 1992, pero en 1998 ese mismo pueblo triunfó en las elecciones, derrotando al candidato de los capitalistas, Enrique Salas Römer, y llevando al comandante Chávez a la presidencia de la República.  

2) La revolución socialista

2.1.- ¿Cuál socialismo?

Desde que el presidente Chávez planteó a comienzos del año 2005 que la Revolución Bolivariana iba hacia el socialismo, se ha abierto una interminable discusión en todos los rincones del país sobre el tema. Todo el mundo opina y quiere dar su versión sobre lo que entiende por socialismo, desde los sectores más explotados y relegados de la sociedad y, quizás por ello los más comprometidos con el proceso revolucionario, que ven en el socialismo la clave para su liberación definitiva, pasando por la burocracia reformista que trata de disfrazar al socialismo de social-democracia, hasta los sectores de la derecha  más reaccionaria que buscan por todos los medios de vender la falsa idea de la superioridad del capitalismo sobre el socialismo al identificar a este último con los fracasados modelos burocrático-stalinistas que existían en Europa del Este. Para nosotros, los trabajadores, sólo existe un socialismo. Un socialismo que no se basa en la conciliación con los capitalistas ni en las buenas intenciones, y que por lo tanto no es utópico, sino que está sólidamente asentado en la realidad material y en la verdad científica.

 Basados en ese análisis científico de la sociedad y de su evolución a través de la historia que realizaran Marx y Engels, coincidimos con el presidente Chávez en que desde hace mucho tiempo el capitalismo, como sistema social, ha dejado de dar respuestas a la humanidad y ya no satisface las necesidades más elementales de la misma, llegando al extremo de poner en peligro la propia existencia de la vida en la Tierra con su forma anárquica y depredadora de producción. Las relaciones de producción capitalistas desde hace más de un siglo se han convertido en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas lo que ha provocado las numerosas revoluciones sociales que se han venido dando en el mundo desde entonces y de las cuales forma parte la Revolución Bolivariana. En ese sentido, estamos convencidos que ha llegado la hora, incluso por una  cuestión de supervivencia de la propia especie humana,  de dejar atrás el sistema capitalista, enterrarlo para siempre en lo más hondo de la historia y comenzar a construir la sociedad socialista, que no es otra cosa que esa sociedad de transición entre la sociedad capitalista y esa sociedad en la cual ya no existan ni la injusticia ni la desigualdad entre los seres humanos. La principal característica de esta sociedad socialista, y que por lo mismo es también la esencia de lo que nosotros entendemos por socialismo, es que la propiedad de los medios de producción ya no será propiedad privada de individuos aislados (principal característica del capitalismo) sino propiedad colectiva de toda la sociedad. Como dijera Lenin: “...El “derecho burgués” reconoce la propiedad privada de los individuos sobre los medios de producción. El socialismo los convierte en propiedad común.”

Sólo de esta forma: acabando con la propiedad privada sobre los medios de producción y convirtiéndola en propiedad común de toda la sociedad se acabará con la explotación del hombre por el hombre y se estará arrancado de raíz el origen de la explotación capitalista, pero para poder hacer esto realidad es necesario que los trabajadores primero acaben con el Estado burgués que aún existe en Venezuela y construyan un Estado obrero basado en los consejos de trabajadores, comunales y campesinos. Los trabajadores no pueden avanzar hacia el socialismo con la actual estructura capitalista del Estado que mantiene y reproduce una burocracia que no genera ninguna riqueza, que sólo consume la plusvalía creada por los trabajadores, que no está bajo el control de los trabajadores y los reprime, y que frena la revolución con su reformismo. Después que se destruya el Estado burgués, se expropie a los capitalistas y sean los trabajadores los que dirijan la sociedad con sus propias instituciones, sí podremos decir que estamos construyendo el socialismo. En ese mismo sentido, también se debe acabar con la propiedad privada de la banca y de la tierra. Una vez que los grandes medios de producción, la tierra y la banca sean propiedad de toda la sociedad, sólo entonces, se podrá planificar la economía en función de las necesidades de todos y no de un puñado de privilegiados. Será ése el comienzo del fin de todas las lacras capitalistas que hoy afligen a los trabajadores de Venezuela y del resto del mundo, como la inflación, el desempleo, la inseguridad, el hambre, la falta de vivienda, etc., y el inicio de una nueva vida de mejor calidad con un acceso masivo a la educación, a la salud, a la cultura, a la ciencia y al esparcimiento para toda la sociedad, sin excluidos. Ese es el socialismo que entendemos, que queremos y que necesitamos los trabajadores y el pueblo.

2.1.- ¿Ya estamos construyendo el socialismo en Venezuela?

Como acabamos de ver, para comenzar a construir el socialismo primero hay que derrumbar al Estado burgués y expropiar a los capitalistas, y nada de eso se ha hecho. La revolución bolivariana ha traído importantes avances a la población. La pobreza se ha reducido de un 50 a un 30% en estos años, la pobreza extrema de  42,5% a 9,5% y muchas personas han tenido acceso a la educación y la salud Pero aunque es verdad que la revolución ha masificado la educación y la asistencia médica, ello es apenas un paso en la dirección correcta, aún faltan muchos pasos más que no se podrán dar si no se destruye al Estado burgués y se expropia a los capitalistas. A pesar que se han expropiado algunas empresas, lo cual es muy bueno porque son medidas en el camino correcto, el grueso de la economía continúa en manos de los capitalistas, así como la banca y la mayoría de la tierra. Las relaciones de producción siguen siendo capitalistas, aun en las empresas que se han nacionalizado o que ha creado el Estado y que se denominan “socialistas”, ya que en ellas los trabajadores continúan trabajando por un salario que no les cubre sus necesidades, no tienen poder de decisión en la gestión de la empresa, que está en manos de funcionarios de la burocracia, y muchas veces hasta les niegan el derecho a la sindicalización.

El Estado, con sus instituciones legislativas, ejecutivas y judiciales, y su aparato represivo, básicamente, es el mismo que existía cuando estaban los adecos y los copeyanos, lo único que ha cambiado son las personas que están al frente de esas instituciones. El modelo de gobierno representativo, característico de la democracia burguesa, con su carnaval electoral, también es el mismo. Es por ello que los problemas de inflación, inseguridad, falta de vivienda, desempleo, etc., que sufre el pueblo también son los mismos que padecía cuando la IV República, porque, como decía el Che, no se puede construir el socialismo con las melladas armas del capitalismo, es decir, con el mismo Estado.

  

¿Cuál es el papel de la clase obrera en la revolución socialista?

Como hizo la burguesía en su juventud contra el feudalismo, corresponde ahora a la clase obrera dirigir la lucha contra el capitalismo y sus sostenedores. La burguesía no puede existir sin la clase obrera, pues su riqueza depende de la explotación de la fuerza de trabajo. Es en ese sentido que Marx planteó que la burguesía creó a sus propios sepultureros. Lejos de la fantasía de los académicos y plumas pagadas de la burguesía acerca de la supuesta “inexistencia” de la clase obrera, ésta está llamada a ser la sepulturera del sistema capitalista. Su papel en la producción capitalista y sus particulares condiciones de vida y trabajo hacen que ninguna otra clase o capa oprimida de la sociedad pueda sustituirla en esa tarea.

Los obreros, en cambio, ven la fuente de sus males en el capitalista, que es el que les baja el salario, el que les obliga a trabajar horas extras, el que les explota y el que les despide. Para defenderse necesitan de la máxima unión entre todos los compañeros de trabajo, de aquí su mentalidad solidaria, colectiva y anti individualista. Sus propias condiciones de trabajo refuerzan esta mentalidad. Todo proceso productivo necesita, para funcionar, la implicación de todos los obreros de la empresa. Cada uno de ellos es un eslabón necesario en el proceso productivo. Esa interdependencia mutua en el proceso de trabajo refuerza dicha mentalidad colectiva.

 La lucha de los trabajadores de cualquier empresa pone de manifiesto una ley muy importante de la dialéctica: el todo es mayor que la suma de las partes. La fuerza combinada de los obreros en una empresa luchando por los mismos intereses es muchísimo mayor que la presión aislada de cada uno de ellos, que es la situación en que se coloca el pequeño burgués de clase media.

El socialismo es la ideología natural de la clase obrera. Cuando la lucha de los obreros contra el capitalista de su empresa llega a su punto más agudo, se producen ocupaciones de empresas. En esos momentos es cuando se pone de manifiesto “quién manda aquí”. La idea de expropiar al patrón y el sentimiento de que la empresa debe ser de propiedad común entre los trabajadores nace, en un momento determinado, como un desarrollo natural de su conciencia.

La idea de la propiedad común nace de su condición obrera. Para que la empresa pueda seguir funcionando, no se puede dividir en trozos y repartir entre los trabajadores, sino que debe mantenerse unida trabajando todos en común. Las propias condiciones de vida que crea el capitalismo, establecen las bases para la futura sociedad socialista, hoy las familias obreras viven en común (ciudades, barrios y edificios comunes), con un sistema de electrificación, de conducción de aguas, de telefonía, de transporte público, y de adquisición de medios de consumo comunes. Todo esto refuerza aún más esa mentalidad anti-individualista y socialista en la conciencia de las familias obreras.

El papel de los trabajadores en la revolución es ponerse al frente de la misma y guiar al resto del pueblo a la toma del poder, acabar con el Estado burgués, expropiar a los capitalistas y construir la nueva sociedad socialista, algo que, por todo lo que acabamos de explicar, no lo puede hacer la burocracia, ni la clase media, ni los intelectuales, sólo lo puede hacer la clase obrera organizada y con un programa revolucionario

Publicamos a continuación una carta que hemos recibido de un joven trabajador del aeropuerto de la Ciudad de México, en la cual da su punto de vista y explica los motivos por los cuáles se han quedado sin empleo más de 10 mil trabajadores de Aeroméxico.

Comité de redacción

Acabo de leer su artículo sobre Mexicana de Aviación (http://militante.org/mexicana-la-solucion-es-el-control-de-los-trabajadores)  y me gustó mucho, sólo les comento que el número de empleados despedidos  de Mexicana de Aviación es superior a los 10,000 empleos directos, más la suma de los indirectos, que en éste caso  deben de tener alrededor del mismo número. Esto es porque Mexicana al igual que Aeroméxico son socios de una empresa que se llama SEAT (servicios de apoyo en tierra) la cual se encarga de dar el servicio de tierra a sus aviones, esto ocurre en todas las estaciones de toda la republica mexicana. Para dar servicio a un vuelo de Mexicana o de Aeroméxico se ocupan alrededor de 5 empleados de SEAT por  3 de mexicana.

 A esto también puedo añadir que SEAT es una empresa poco confiable pues por experiencias propias nos hemos dado cuenta que su trabajo es sólo para inflar las cifras del gobierno; contrata gente al por mayor, los tiene en reserva y cuando alguno es “grillero” o se opone a lo que les dicen: "cuello".  SEAT tarda alrededor de tres años en dar una planta (base) y cuando algún trabajador  ya esta próximo a recibir su planta por alguna razón “misteriosa” los corren o les dicen que no llego su contrato; al mismo tiempo SEAT se apoya de un sindicato nefasto, llamado Sindicato Independencia dirigido por un diputado o senador (son la misma basura) panista que se apellida Del Toro, no recuerdo su nombre.

Para poner más argumento a esto, SEAT fue creado para que las grandes aerolíneas antes mencionadas no contaran con tantos trabajadores y poder reducir costos, pues las personas que pudieron jubilarse con las razones sociales de las aerolíneas Mexicana y Aeroméxico reciben una pensión de aproximadamente (para los empleados de categorías más bajas) $10,000.00 mensuales; esto es hoy en día una muy buena jubilación considerando los sueldos actuales.

Como ven en la aviación han existido grandes fraudes y cosas un poco turbias, la quiebra de Aeroméxico en la década de los 80- 90 's y de Mexicana unos años antes, la venta del 60% de las acciones de Aeroméxico que le pertenecía al gobierno en el 2007 y que casi nadie lo supo y que a pesar de ser la mayor parte del gobierno los empleados estaban dados de alta en el IMSS y no en el ISSSTE como normalmente sucede.

 Bueno espero te sirva de algo.

Preparando una explosión de la lucha de clases

En septiembre del año pasado, un minúsculo porcentaje de crecimiento del PIB alemán y francés, por debajo del 1%, se convirtió en el dato necesario para desatar la famosa euforia de los brotes verdes. Los tambores de la propaganda mediática de la burguesía golpearon con fuerza anunciando el final del túnel. Incluso Zapatero se venía arriba asegurando que la economía española también sufría de un sarpullido primaveral anticipado. Poco tiempo después, a principios de este año, eran las cifras oficiales de la economía estadounidense las que daban el impulso para lanzar las campanas al vuelo: la recuperación económica en los EEUU era un fenómeno irreversible, afirmaban con confianza el presidente Obama y su colega Bernake, el también presidente de la Reserva Federal (FED). Y, sin embargo, en el quinto mes del año, Europa se convirtió en el epicentro de una crisis que puso en cuestión el futuro de la UE, y "el mundo estuvo al borde del colapso" en palabras de un alto funcionario del FMI.

Fracaso del G-20 en Toronto

La reunión de las grandes potencias de la economía mundial (G-20) celebrada los pasados 26 y 27 de junio en la ciudad de Toronto (Canadá), reflejó, más que ninguna de las anteriores, el calado y la profundidad de la crisis. El enfrentamiento entre los EEUU y la UE ante las estrategias de salida de la recesión puso aún más de relieve, si cabe, las enormes dificultades para una coordinación efectiva de las políticas económicas. También se dejó en suspenso, por enésima vez, el quimérico plan -propaganda de la mala en realidad-, para regular o aplicar tasas o impuestos al sector financiero.

Los medios de comunicación han destacado que el enfrentamiento respondía, supuestamente, a un pulso entre los que defienden mantener los estímulos públicos para reactivar la economía (EEUU), y los que apuestan con vehemencia por los planes de ajuste y austeridad para reducir el déficit y la deuda pública (UE). Hemos subrayado la palabra supuesta pues, como en cualquier aspecto que enfrenta a las potencias capitalistas, las apariencias de los discursos oficiales suelen ocultar intereses mucho más mundanos. Decir que Obama es un defensor de la inversión pública, en sentido coloquial para entendernos, es lisa y llanamente mentira, tal como los hechos se están encargando de demostrar. La administración demócrata ha aprobado planes de ayuda estatales por valor de varios billones de dólares que han sido destinados, en su mayor parte, a salvar al sistema financiero estadounidense, sostener a los grandes monopolios de la automoción (gracias a las subvenciones a fondo perdido otorgadas generosamente por Obama, por ejemplo a General Motors), subsidiar la venta de casas, y continuar con los gastos multimillonarios en materia de defensa militar (las guerras de Iraq y Afganistán) y seguridad interior, entre otros. Pero las inversiones productivas, en infraestructuras, en obra pública, en sanidad, en educación, para crear empleo y estimular el consumo, han brillado por su ausencia. Más bien habría que señalar que los ataques a los gastos sociales, a las pensiones, a los empleados públicos (en las administraciones de los estados y en los ayuntamientos se han destruido 69.000 y 247.000 puestos de trabajo respectivamente desde agosto de 2008), a la sanidad y la educación, también se suceden a buen ritmo en los EEUU. Las ventajas fiscales para los ricos y los beneficios estratosféricos que los grandes bancos están obteniendo, son parte del panorama económico estadounidense igual que en Europa o Japón.

Basta recordar que hace pocos meses, en mayo, justo cuando estalló la crisis europea y el euro estuvo bajo un intenso fuego de los "especuladores" (es decir, de los grandes bancos y las grandes multinacionales, en una parte considerable de matriz estadounidense), el presidente norteamericano telefoneó a Zapatero, al primer ministro griego Papandreu, al primer ministro portugués Sócrates, por no decir a Merkel y Brown (todavía había un gobierno laborista en Gran Bretaña), para presionarles y exigirles que pusieran en marcha cuanto antes los planes de ajuste y austeridad, el recorte del déficit y la ofensiva contra la clase obrera. Obama, como portavoz político de los grandes negocios estadounidenses, de los grandes bancos y las grandes corporaciones, igual que lo fueron otros presidentes estadounidenses en los que se inspira, como Wilson o Roossevelt, no hacía más que asegurar que estos grandes consorcios capitalistas recibieran puntualmente el pago de sus intereses y la devolución de sus préstamos, que pudieran continuar con sus sabrosos negocios especulativos a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de la clase obrera europea.

Presentar a Obama como el defensor de otro modelo económico es demagogia barata. En realidad, la causa del enfrentamiento entre los EEUU y la UE, también del enfrentamiento con China, no es otro que la lucha bestial por el mercado mundial. EEUU, que atraviesa una fase depresiva en su consumo, no puede convertirse en el destinatario de las mercancías baratas de todo el mundo y hundir aún más sus industrias manufactureras. Esto va directamente en contra de los beneficios del capital norteamericano. Al contrario, la burguesía estadounidense necesita resituarse en el mercado mundial, incrementar el volumen de sus exportaciones para salir de una crisis que se prolonga y vender mucho más en el exterior. En el pico del anterior boom económico, el consumo doméstico de los EEUU aportaba el 75% de su PIB, y el 15% del PIB mundial, pero esas cifras se fueron como la primavera. No volverán a medio plazo.

Lo que puso de manifiesto la reunión del G-20 en Toronto, es que una perspectiva de enfrentamientos comerciales, devaluaciones competitivas (mucho más después de lo ocurrido este último trimestre con la caída del euro y el crecimiento exponencial de las exportaciones alemanas) e incrementos de los aranceles está a la vuelta de la esquina. Algo que confirma la propia prensa capitalista, aunque tenga que recurrir al lenguaje indirecto: "Las soluciones nacionales se abren paso ante la crisis", titulaba El País la crónica sobre el G-20 el pasado 27 de junio.[1]

Pesimismo en EEUU

Los fundamentos de la economía mundial están golpeados por una tremenda crisis de sobreproducción.[2] La media de utilización de la capacidad productiva instalada de las principales economías del mundo en este año (EEUU, UE, Japón, exceptuando China), está por debajo del 75%, lo que señala con rotundidad que el mercado mundial es incapaz de asimilar las mercancías, los bienes y los servicios que es capaz de producir con la base económica existente. Los datos son concluyentes: en 2009 la caída de la inversión directa extranjera fue de -29,2% en la UE, en las economías avanzadas alcanzó un -41,2%, y en el conjunto del mundo un -38,7% de media, según los datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

Lo que demuestra el carácter senil y decadente del capitalismo es que en la fase más aguda de la crisis, la especulación bursátil y financiera vuelve a arreciar con fuerza: nuevas fortunas multimillonarias se crean en todo el mundo chupando los recursos públicos a través de la compra de deuda pública. Los gobiernos capitalistas a su vez, obtienen los recursos para mantener esta sangría rebajando los salarios de los empleados públicos, recortando los gastos sociales y desmantelando los servicios públicos. Increíble pero cierto. Pero la adopción de los planes de ajuste para contentar a las grandes finanzas tendrán otros efectos: deprimirán aún más la demanda interna haciendo mucho más difícil la recuperación general de la economía. Y sobre todo, aseguran un futuro de bajo salarios, precariedad y paro masivo. En términos políticos esto es una receta acabada para la explosión de la lucha de clases.

Las perspectivas económicas se han vuelto a enturbiar después de conocerse los últimos datos de la economía estadounidense. La exposición del sector financiero estadounidense a la crisis inmobiliaria -que se mantiene vigorosa tras caer la venta de viviendas de segunda mano un 27% en el primer trimestre-, ha sido subrayado por el Fondo de Garantías de Depósito de los EEUU, que calcula en 552 las entidades financieras que pueden quebrar en los próximos dos años (lo que significaría una pérdida de 250.000 millones de dólares). A la incertidumbre por nuevas recaídas del sistema financiero se suma el gran problema de la economía norteamericana: el crecimiento del paro, en tasas históricas y sin ningún síntoma de remitir. Según los estudios de Goldman Sachs, la economía de EEUU necesitaría crecer durante los próximos cinco años a una tasa anualizada del 5% para lograr que el empleo volviese a la situación previa a la crisis. Eso significa crecer el doble de lo que la FED ha previsto para el segundo trimestre de este año, pero que no se cumplirá con casi toda seguridad.

La perspectiva de un nuevo descenso a los infiernos para la economía norteamericana no es ningún invento. El corresponsal de El País en EEUU, Sandro Pozzi, lo fundamentaba así en un artículo del pasado 28 de agosto: "El que iba a ser el verano de la esperanza se está convirtiendo en el del miedo a que EEUU tropiece, vuelva a caer en la recesión y se lleve por delante la recuperación en todo el mundo. Ante tanta incertidumbre, el cónclave en Jackson Hole (Wyoming, EEUU) de economistas y banqueros centrales internacionales ha cobrado especial relevancia, con un mensaje de nubes y claros. ‘Esta crisis durará casi 10 años en los países más endeudados -tanto EEUU como España están entre ellos-, y apenas llevamos tres desde que estalló', explicó en una entrevista con este diario Carmen Reinhart, de la Universidad de Maryland (...) En la calle, con 14,6 millones de parados y otros 2,4 millones que ni siquiera buscan empleo en la situación actual, la respuesta parece ser afirmativa. En EEUU hay también 8,5 millones de personas que no tienen más remedio que trabajar a tiempo parcial, lo que se traduce en menos ingresos. Y 40 millones de personas con bajos recursos que acuden a las ayudas públicas para poder comer, a los conocidos food stamps: para todos ellos, la vida es una especie de depresión contenida. Tampoco hay buenas noticias para las empresas, que ven cómo la demanda vuelve a bajar. Ni en el sector de la vivienda, donde las ventas avanzan al menor ritmo en cinco décadas...".

La situación es tan grave que Obama se ha precipitado a presentar un nuevo plan de "estímulo" de la economía, con 50.000 millones de dólares de inversión en infraestructuras públicas, y ayudas fiscales a las empresas. Pero esto es 16 veces menos que su plan de hace un año y medio, un plan que ha fracasado a la hora de sacar a la economía del agujero. Economistas como Krugman exigen más ambición y un plan de estímulo mayor, pero ¿para invertir en qué y de dónde saldrá el dinero? Si se aumenta la inversión pública de algún sitio tienen que salir los recursos. ¿De los impuestos a los ricos? Sería una alternativa... pero Obama, presionado por un numerosos grupo de congresistas demócratas, ha decidido ampliar las exenciones fiscales a las grandes fortunas que aprobó Bush y que vencían en diciembre de este año, todo un escándalo. Su argumento es el mismo que el que utiliza su colega Zapatero, que después de amagar con aumentar la fiscalidad a las grandes fortunas ha reculado vergonzosamente aduciendo que eso podría provocar fugas de capitales y empeorar la situación. Así es la lógica implacable del capitalismo, incluso para sus feligreses más piadosos y bienintencionados.

Incertidumbre y estancamiento en Europa y Japón

La situación de EEUU es adversa, pero las perspectivas para Europa no son mejores. Después del terremoto de mayo, del hundimiento de la economía griega, de los planes de auxilio al sistema financiero, poco se ha resuelto. La jerga oficial habla ya de una Europa a dos velocidades, en todo, y lo peor es que a pesar de poner en marcha un plan de ajuste y austeridad de caballo, las posibilidades de que arranque la recuperación son cada vez más inciertas. Como ocurre en EEUU, las tasas de desempleo en la UE están en cotas históricas: según las cifras de Eurostat, la zona euro se situó en el mes de julio en el 10%, un máximo de los últimos 12 años. Casi 16 millones de personas no encuentran trabajo en la eurozona.

La economía francesa está en encefalograma plano, la inglesa sigue descendiendo, y la alemana, que ha crecido un significativo 2,2% en el segundo trimestre, tiene enormes desequilibrios y zonas oscuras que puede arrastrar al conjunto de Europa, empezando por la situación nada fiable que atraviesa su sistema bancario. El crecimiento se ha basado en sus exportaciones, que se benefician de la debilidad del euro, de la caída de los salarios, de la precariedad creciente del mundo laboral alemán y, una razón de mucho peso, de la pujanza de la economía china y los planes de inversión estatal de su gobierno, que ha aumentado significativamente las importaciones de maquinaria y tecnología alemana. Una dinámica que tiene sus consecuencias. En primer lugar, no está claro que un crecimiento semejante pueda mantenerse por mucho tiempo. El corresponsal de La Vanguardia en Alemania advertía de ello: "El nivel de dependencia exterior de Alemania es la clave de su éxito y también su talón de Aquiles. Su cuota de exportación supera el 40% en sectores como el del automóvil y la máquina herramienta, y el 50% o 60% en la industria electrónica o farmacéutica. Alemania depende como pocos de la coyuntura internacional, algo que se parece a unas arenas movedizas, porque el panorama general está dominado por la incertidumbre...".[3]

El crecimiento de las exportaciones alemanas, que ya representan el 50% de su PIB, también tiene otra cara: aumenta las tensiones con sus supuestos socios europeos y, sobre todo, agudiza el enfrentamiento con los EEUU. Como señalábamos al principio del artículo, los norteamericanos claman contra la política exportadora germana, y por ende contra Europa, que se ha beneficiado notablemente de la caída del euro -en el segundo trimestre la moneda única perdió más de un 6,5% en su cambio frente al dólar-. Una situación que de mantenerse acelerará el enfrentamiento comercial, y la posibilidad de una espiral de devaluaciones competitivas.[4]

El otro punto débil sigue localizado en el sector financiero. Tan sólo hace unos meses que se hicieron los test de estress para evaluar la solvencia de los principales bancos europeos y calmar a los mercados. Los bancos españoles salieron aparentemente airosos, a pesar de que llevan años incorporando a sus balances, como si fueran activos, todo el pasivo de la crisis inmobiliaria, que tienen préstamos concedidos al sector por valor de 600.000 millones, y una morosidad que supera los 100.000 millones de euros. El resultado de las pruebas permitió a Zapatero sacar pecho, pero el 9 de septiembre el gobernador del Banco de España volvió a advertir de posibles quiebras bancarias. De todas formas, recientemente han aparecido informes sobre las características técnicas de estos test. Y han confirmado que quien hace la ley hace la trampa. Si un gobierno como el griego puede falsificar sus cuentas públicas para pasar el examen de la UE, los bancos europeos, y sobre todo los alemanes, pueden presionar para que la realidad quede oportunamente enmascarada y ocultar convenientemente su exposición a la deuda griega. La metodología de las pruebas de resistencia de la banca europea apenas penalizaba la posesión de deuda griega. Para justificar una decisión así se argumentó que tras la creación del fondo de rescate del euro ya "no se contempla la hipótesis de un impago por parte de ningún país europeo". Del análisis fueron también excluidas las inversiones en deuda rusa. Como han señalado The Wall Street Journal poniendo el dedo en la llaga: las maniobras técnicas han servido para ocultar la enorme exposición de los bancos europeos, su gran pasivo acumulado y que puede ser muy difícil recuperar (en los últimos días se ha hecho público que los grandes bancos alemanes necesitarán más de 100.000 millones de euros para cumplir con las nuevas regulaciones).

El pesimismo económico dibujado en otoño se ha completado con los datos de Japón. Sumergido en una situación de deflación, con un yen más fuerte que nunca que afecta muy negativamente a sus exportaciones, el gobierno japonés intenta de nueva insuflar vida en el organismo económico a través de nuevas inyecciones públicas. Pero lo más significativo es que el estancamiento de la economía japonesa ha llevado las cifras del paro a sus mayores índices desde el final de la Segunda Guerra Mundial: una tasa de paro superior al 5%, que oculta así mismo la generalización de la precariedad del empleo, los salarios basura y la creciente brecha entre ricos y pobres: "Los miles de jóvenes que pernoctan en los cibercafés porque no pueden permitirse pagar un alquiler o los ancianos obligados a sobrevivir con pensiones míseras inflan cada vez más las filas de los pobres de Japón. Este año, el Gobierno hizo públicas las cifras de este colectivo por primera vez en la historia del país. Hablan de 19 millones de pobres, uno de cada seis japoneses. Lo peor es que esos datos son de 2007, antes de la crisis".[5]

A pesar de que los datos de crecimiento del comercio mundial serán positivos este año en relación al año 2009, el mayor incremento se centra en los países emergentes y exportadores de materias primas. Y este aspecto, el aumento del precio de las materias primas, tampoco es una buena noticia para la recuperación, pues aumenta los costes de producción en las grandes potencias. La perspectiva por tanto es clara: un largo periodo de estancamiento económico en términos macroeconómicos -aunque para la mayoría de la población de planeta en nada se diferencia de una recesión profunda-, sin descartar una nueva recaída en la depresión, tal como ocurrió en 1937 durante el gran crack económico de los EEUU.

Ruptura del equilibrio capitalista

Cuando Obama fue elegido Presidente de los EEUU, inmediatamente se puso manos a la obra en su particular cruzada mundial para refundar el capitalismo sobre bases "humanas". Sus planes cautivaron a la socialdemocracia mundial. Parecía que la crisis, a pesar de su profundidad y ferocidad, podría ser la oportunidad que se necesitaba para sacar las conclusiones pertinentes de los errores pasados e introducir cordura y racionalidad en los mercados. Dos años después ¿Qué queda de estos planes? ¿Qué queda de los grandes mensajes, de las grandes ambiciones?

Queda un fracaso completo a la hora de poner el cepo a los grandes especuladores. Queda una herida abierta en canal que enfrenta por cada palmo del mercado mundial a las grandes potencias internacionales. Queda la continuidad de la crisis, lastrada por una deuda pública estratosférica y, en la mejor de las previsiones, una prolongada fase de estancamiento con tasas masivas de desempleo que se pueden prolongar durante los próximos diez años. La racionalidad que pretendían introducir en el sistema capitalista sus salvadores "democráticos", se está traduciendo en caos y descomposición: miles de millones de euros se dilapidan para pagar los intereses de la deuda pública a la gran banca, un ingente volumen de capital que no se dedica a la inversión productiva, a crear industrias y empleo.

La gran recesión de la economía ha sido el ariete para que el equilibrio capitalista se rompa en todos los planos y, por supuesto, en el político. Una gran parte de los fundamentos que daban credibilidad a la democracia burguesa también están en cuestión. La experiencia de estos años ha desvelado la brutal dictadura del capital financiero que domina el mundo. No, no es democracia, es una dictadura ejercida por individuos que nadie ha elegido, que nadie ha votado, pero que tienen la capacidad para poner de rodillas a todos los gobiernos que aceptan la lógica del capitalismo.

Las recetas capitalistas para enfrentar la crisis han acabado con las viejas certidumbres. Y las consecuencias se dejarán notar en diferentes planos. Para empezar, la inestabilidad política será la constante en los próximos años, donde las dificultades de la burguesía y de sus aparatos políticos por mantener cohesionada a su base social van a aumentar. La crisis del gobierno de Sarkozy y del entramado político liderado por Berlusconi son síntomas de lo que está por venir. Pero sobre todo, la ofensiva que supone la aplicación de los planes de austeridad anuncian una nueva era de lucha de clases, muy dura y radicalizada. Estamos en el comienzo, pero vaya comienzo: huelgas generales en Grecia, en Francia, en Italia, en el Estado español, movilizaciones de masas en Portugal, en Dinamarca, en Alemania, movimientos revolucionarios del proletariado en Centroamérica, América Latina, el subcontinente indio...

Este auge de la lucha de masas, con sus flujos y reflujos, tendrá efectos demoledores sobre el modelo sindical reformista y de paz social que ha dominado el panorama de los últimos años. El mayor pilar con el que ha contado la burguesía para garantizar sus grandes negocios y la estabilidad de su sistema en los últimos treinta años, esto es, la colaboración de los dirigentes de los sindicatos y los partidos de la izquierda, se agrietará por la presión de la clase obrera. Las ideas del socialismo revolucionario, del marxismo, volverán a convertirse en el programa de millones de oprimidos en todo el mundo

NOTAS

1. Esta perspectiva, por muy sorprendente que parezca, es animada y estimulada incluso por aquellos que se hacen pasar por keynesianos ortodoxos (es decir, liberales simpáticos, que aparentan ser muy críticos, en el papel, con la derecha). El caso más emblemático es del profesor Krugman que atiza el nacionalismo económico estadounidense y llama a la guerra santa (en términos económicos claro) contra China y Alemania. Krugman escribió un artículo que tituló La tomadura de pelo del yuan (El País, 26/06/10). Citaremos algunos renglones: "La semana pasada, China anunció un cambio en su política monetaria, una jugada claramente destinada a quitarse de encima la presión de Estados Unidos y otros países en la cumbre del G-20 de este fin de semana. Desafortunadamente, la nueva política no hace frente al problema real, que es que China ha estado fomentando sus exportaciones a costa del resto del mundo (...) De hecho, lejos de suponer un paso en la dirección correcta, el comunicado chino fue un acto de mala fe, un intento de aprovecharse de la moderación de EEUU (...)  Está claro que el Gobierno chino trata de tomarnos el pelo a todos los demás, (...) China tiene que dejar de darnos largas e imponer un cambio de verdad. Y si se niega a hacerlo, habrá llegado la hora de hablar de sanciones comerciales." Más claro el agua.

2. El Militante ha publicado una gran cantidad de materiales de análisis sobre la crisis económica mundial. Se pueden consultar en http://www.elmilitante.net/content/view/5058/1/

3. Rafael Poch, La Vanguardia 06/09/2010 

4. Como en el caso de China, Paul Krugman también emite su veredicto en una entrevista a El País del pasado 11 de julio: "Alemania está jugando un papel realmente destructivo. Está empujándose a sí misma y al resto de Europa por la vía de la autodestrucción".

5. El País, 05/09/10

A finales de verano de 2008 la burguesía no podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo: el conjunto del sistema financiero se desplomaba y la economía mundial entraba en la senda de una recesión de proporciones históricas. El pánico, la incertidumbre por el futuro y por las consecuencias políticas y sociales del hundimiento, se apoderaron de los centros de poder en todos los continentes.

La crisis actual acabó bruscamente con los sueños de un crecimiento económico sostenido. Parecía imposible pero así ha sido. Pero no sólo eso: el tinglado ideológico de que el capitalismo era el mejor de los mundos posibles, los axiomas del fundamentalismo neoliberal con el que la burguesía sacaba pecho tras el colapso del estalinismo y seducía a los dirigentes reformistas del movimiento obrero, se han desmoronado, rápida y estrepitosamente. El fin de la historia no era tal, ni mucho menos.

La crisis está afectando duramente a la credibilidad y la estabilidad general del sistema, mientras el desconcierto y la desorientación dominan los foros internacionales y la política de los gobiernos. Es imposible fiarse de las previsiones: las correcciones de las perspectivas económicas que trazan los institutos económicos son constantes, hasta el punto que las recientes expectativas han dado paso a un horizonte lleno de dudas y desánimo por el futuro. No es para menos.

Las causas del hundimiento

La virulencia de la actual recesión se explica, dialécticamente, por el carácter del boom económico precedente. El ciclo de acumulación capitalista que se desarrolló en las dos últimas décadas hunde sus raíces en factores derivados de la lucha de clases [1] y en la gran expansión del comercio mundial, factores ambos que ayudaron al abaratamiento de los costes de producción y a contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de ganancias. También jugaron un papel destacado la caída de los precios de las materias primas, las privatizaciones, así como la nueva tecnología de la información.

El desarrollo de la economía china fue otro factor de primera magnitud a la hora de contener la amenaza de recesión en Occidente a finales de la década de los ochenta del siglo pasado.[2] Pero sobre todo, el boom económico se prolongó durante mucho más tiempo debido a la extrema desregulación del mercado financiero y al recurso generalizado del crédito, que además de sostener las actividades puramente especulativas, alimentó el consumo de la principal economía del planeta (EEUU) y la producción de una parte importante de las manufacturas mundiales.

Como hemos explicado en numerosas ocasiones, el crédito barato generó una espectacular burbuja bursátil e inmobiliaria que atrajo miles de millones de euros acumulados en años de explotación intensiva de la fuerza de trabajo, y que obtuvieron plusvalías muy altas sin tener que pasar por el doloroso proceso de la inversión productiva.[3] Pero el crédito masivo que generó altos beneficios también dio luz verde a un endeudamiento privado y empresarial sin precedentes que se cubría con más deudas. Y estas deudas multimillonarias, gracias a la ingeniería financiera, se transformaron en "activos" que cotizaban al alza en las bolsas, hasta que todo el sistema estalló en verano de 2007 con los impagos masivos de las hipotecas subprime en EEUU.

Cuando el sistema financiero de EEUU se vio afectado por el retroceso que estaba experimentando la economía real y el crecimiento del desempleo, el desplome de los grandes bancos de inversión, comprometidos como estaban hasta los tuétanos con la especulación inmobiliaria y bursátil, se precipitó. Esto tuvo efectos inmediatos provocando que la crisis de sobreproducción latente emergiera a la superficie con toda virulencia y empeorara aún más la situación insostenible del sistema financiero. Estalló entonces una crisis clásica del sistema capitalista, de sobreproducción de mercancías, bienes y servicios, precisamente, en el pico agudo del boom económico.[4]

El papel del Estado en la crisis

Cuando se habla de crisis de liquidez para explicar lo que está ocurriendo, hay que responder que este tipo de argumentos no tienen nada que ver con la realidad. No es un problema de liquidez de capitales, que por otra parte han sido concedidos a manos llenas a la banca por el conjunto de los estados capitalistas, sino de la incapacidad del mercado mundial para absorber el exceso de mercancías, bienes y servicios, en un contexto de deudas masivas de la población y desempleo galopante.

Bajo el capitalismo, la inversión de capital sólo tiene sentido si ésta proporciona ganancias tangibles al capitalista. Cuando la capacidad productiva instalada está funcionando a mínimos históricos en EEUU, en la UE, en Japón; cuando la demanda interna se reduce drásticamente a consecuencia de las deudas multimillonarias, y el comercio mundial cae un 14% en 2009, ¿para que invertir en ampliar la producción, en construir nuevas fábricas, en contratar más trabajadores?

La envergadura de la crisis obligó a los gobiernos de las naciones más desarrolladas a adoptar medidas drásticas. Pero, a pesar de lo que digan los defensores del neokeynesianismo, los planes de salvamento público (cerca de 20 billones de dólares en estos dos años, equivalentes a un tercio del PIB mundial) han servido, esencialmente, para rescatar al sistema financiero a través de una masiva nacionalización de las pérdidas. Visto a la luz de los datos, es incuestionable que este drenaje salvaje de las finanzas públicas ha dado lugar a un nuevo proceso de acumulación capitalista donde el máximo beneficiario está siendo, por increíble que parezca, el mismo sistema financiero que precipitó la gran recesión y que obtuvo beneficios multimillonarios en el periodo precedente.

Estamos ante una paradoja que ilustra el carácter reaccionario del capitalismo. Si el Estado nacional se ha convertido en un armatoste que obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas y está completamente superado por la realidad del mercado mundial, no es menos cierto que ese mismo Estado nacional es esencial para garantizar los intereses capitalistas en momentos de crisis. La burguesía nacional necesita a su Estado para defenderse de los competidores extranjeros (proteccionismo), necesita al Estado para mantener la solvencia del capital financiero; necesita al Estado para amortiguar las graves consecuencias de los conflictos políticos y sociales que se derivan de la crisis... En palabras de Federico Engels: "El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una maquinaria esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas se apropie, tanto más se hace capitalista total...".[5]

Deuda pública: un negocio fabuloso para el capital financiero

El capital financiero, que domina con puño de hierro la economía de mercado, obligó al conjunto de la sociedad a penetrar en el corralito de las deudas hipotecarias. Sobre la base del endeudamiento masivo, público y privado, los grandes bancos y fondos de inversión se apropiaron de la plusvalía de cientos de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Como ahora es imposible continuar con el festín de la misma manera, el capital financiero se beneficia de plusvalías multimillonarias a través de los planes de salvamento público y, por alucinante que parezca, de financiar la gigantesca deuda pública que estos mismos planes de salvamento han generado.

Los datos son contundentes: el mercado mundial de derivados que movía en torno a 500.000 millones de dólares a mediados de 2007, se acercaba a los 600.000 millones en 2009. Así mismo, los 25 gestores más ricos de fondos de altos riesgos, en pleno pico de la crisis (2009), lograron unas ganancias globales de más de 25.000 millones de dólares, más del doble que el año anterior.

La deuda pública de los 30 países más avanzados del mundo alcanzará en promedio en 2010 el 100% de su PIB. En el caso de EEUU el pago de intereses de la deuda pública supone ya la cuarta partida de su presupuesto anual. Sólo en 2009, los títulos de obligaciones emitidos en Alemania alcanzaron la cifra de 1 billón 692.000 millones de euros. En el conjunto de la UE se emitieron en 2008 más de 650.000 millones de euros en deuda pública; en 2009 fueron más de 900.000 millones y en 2010, según estimaciones conservadoras, será de 1,1 billones. El conjunto de los estados de la UE tiene ya más de 8 billones de euros en deuda pública

La deuda pública se ha convertido en el gran negocio del momento. Mientras el Banco Central Europeo (BCE) por sus estatutos tiene prohibido comprar y tener deuda pública de los Estados miembros de la eurozona, el mismo BCE inunda el mercado financiero de miles de millones de euros que son facilitados a los bancos privados a tipos de interés ridículos. Estos mismos bancos dedican una parte muy considerable de esos capitales, no a la inversión productiva, no a ayudar a las PYMES o a conceder créditos al consumo, sino a la compra de deuda pública a tipos de interés muy rentable. Es una auténtica estafa que refleja perfectamente la lógica del capitalismo en su época de decadencia senil.

Pero ¿de dónde saldrán las multimillonarias retribuciones que recibirá la banca privada de colocar miles de millones de euros en la deuda pública? La respuesta es obvia: de la sangre, el sudor y las lágrimas de la clase trabajadora a través de los planes de austeridad.

La bancarrota griega

El crecimiento de la deuda pública y privada ha tenido también otros efectos dramáticos. Aunque los planes multimillonarios para salvar el sistema financiero y estimular la demanda no han logrado sacar a la economía mundial de la recesión, sí han situado a ciertos países al borde de la bancarrota... de la bancarrota desde el punto de vista capitalista.

La virtual suspensión de pagos de las finanzas griegas ha llevado a la Unión Europea, o más exactamente a Francia y Alemania, a "auxiliar" al gobierno de Papandreu,. Pero la razón de fondo de esta ayuda es la fuerte implicación de la banca europea en la deuda griega (en torno a 800.000 millones de euros para los bancos franceses, británicos y alemanes); es decir, de lo que se trata es de seguir garantizando el negocio parasitario de la gran banca. En cualquier caso, la "ayuda" propuesta sólo supone una nueva línea de créditos si Grecia no encuentra la financiación suficiente en los mercados, y para garantizarla, el gobierno de Papandreu ha tenido que pasar por las horcas caudinas de la "austeridad", lanzar un recorte salvaje del gasto público, de los salarios del conjunto de la clase obrera, de privatizaciones masivas, de ataques a la jubilación y las pensiones.

La crisis griega ha desatado también la euforia de los fondos de inversión, es decir los grandes especuladores, que se han lanzado al degüello de las finanzas públicas del país. El martes 6 de abril, el Estado griego tuvo que pagar un 7% de intereses por su deuda pública a 10 años. Esto significa que una parte importante del dinero que se obtendrá del recorte del gasto público será consumido en pagar intereses a los grandes banqueros y especuladores. Pero incluso esto ha sido insuficiente. El 22 de abril Grecia sufrió otro duro batacazo, al conocerse que sus cifras de déficit público son mayores de lo esperado (hasta llegar al 13,6% del PIB). Inmediatamente, la noticia provocó una caída de los valores de la deuda griega y un encarecimiento de su financiación: los intereses de los bonos de deuda griega a 10 años se situaron en el 8,78%, es decir, 5,73 puntos porcentuales más de interés que lo que se paga por los bonos alemanes. Al día siguiente, el 23 de abril, el primer ministro Papandreu tenía que salir públicamente implorando la ayuda de la UE y del FMI.

La envergadura de la crisis griega ha hecho saltar las alarmas en Portugal, Irlanda y, por supuesto, el Estado español. El riesgo de que algo semejante ocurra en estos países es evidente. La deuda privada del Estado español representa el 225% del PIB; si le sumamos el 55% que supone la deuda pública, la deuda total equivale al 280% del PIB. Esto significa que cada año la economía española necesita refinanciar ¡600.000 millones de euros! En la actualidad los créditos morosos, como consecuencia de la recesión, se han disparado y se acercan ya a la peligrosa cifra de 100.000 millones de euros según datos del Banco de España.

El sector inmobiliario, que tiene comprometidos más de 440.000 millones de euros (casi al 50% del PIB), es una amenaza a la estabilidad del sistema financiero español. Los bancos por su parte, han incorporado a sus balances muchas de estas deudas incobrables, adquiriendo constructoras y un vasto parque inmobiliario que no encuentra, ni encontrará, comprador a corto y medio plazo. El premio Nóbel de economía, Paul Krugman, describía crudamente la situación en un artículo titulado Anatomía de un desastre: "Buena parte de la cobertura mediática de los problemas de la eurozona se ha centrado en Grecia, lo que es comprensible: Grecia está contra las cuerdas, más que cualquier otro país. Pero la economía griega es muy pequeña. De hecho, en términos económicos, el corazón de la crisis está en España, que es un país mucho más grande".

Los históricos acontecimientos de Grecia tendrán importantes consecuencias políticas. En primer lugar han puesto de relieve los graves problemas de la unificación económica europea. En los años de boom la integración de estas economías nacionales divergentes fue más lejos de lo previsible, espoleada por la fuerte competencia de EEUU y el bloque asiático (Japón y China). Es ahora, en el marco de una recesión brutal, cuando todas las contradicciones derivadas del proceso de la unión monetaria estallan de manera descontrolada. Pero sobre todo, la crisis griega también ha colocado al conjunto de la economía capitalista delante de un espejo. La sacudida de movilizaciones obreras, huelgas generales y cuestionamiento del capitalismo puede extenderse a otros países con problemas similares. No ha hecho falta esperar a la recuperación económica para asistir a un poderoso movimiento de los trabajadores y la juventud griega, que continúa con un proceso de luchas iniciado años atrás.

¿Recuperación económica o recaída en la recesión?

Los datos sobre la recuperación de las economías más fuertes -EEUU, la eurozona, Japón...- muestran unas perspectivas inciertas; la sobreproducción sigue afectando a todos los sectores clave, y la inversión en capital fijo sigue sufriendo caídas importantes y sostenidas. Por otra parte, el consumo sigue y seguirá muy deprimido a causa de la montaña de deudas y el desempleo de masas, que lejos de descender sigue creciendo con fuerza en las economías más industrializadas. Incluso la posibilidad de nuevas quiebras financieras y bancarias están en el orden del día. Los efectos de la crisis son múltiples. No sólo afectan a la estabilidad económica del sistema en su conjunto, también agudizan la lucha interimperialista por los mercados. Las relaciones internacionales están siendo sacudidas por una nueva configuración de fuerzas, el aumento de las contradicciones y una escalada de enfrentamientos entre las grandes potencias.

En un contexto así, es necesario volver a reafirmar que los planes estatales sólo pueden tener un efecto limitado como paliativo de una recesión tan profunda. Para superar la recesión y que la recuperación adquiera la consistencia que se necesita es fundamental que la inversión del capital se reactive. Y eso sólo se producirá cuando la demanda y el consumo muestren signos claros de avance.[6]

Con un desempleo de masas, con recortes de los gastos sociales, de los salarios públicos y privados, mientras el crédito sigue estrangulado, es decir, con todos los factores empujando a que el consumo se mantenga en niveles muy bajos, las posibilidades de una nueva recaída en la recesión se hacen reales. No sólo lo decimos los marxistas, el propio FMI lo señaló el pasado martes 20 de abril en su cumbre de primavera: "(...) El FMI alertó ayer de una tercera oleada, causada por la explosión de la deuda con que los Gobiernos han estabilizado la banca y la economía, algo que desde el principio reclamó el propio FMI para no caer en una depresión. Vuelve el miedo: el potencial de esta crisis fiscal es muy peligroso, puede barrer la costosa estabilización del sistema y, en última instancia, puede devolver a la economía global de nuevo al lodazal de la recesión" (El País, 21 de abril de 2010). En cualquier caso una cosa es segura: la economía capitalista experimentará un estancamiento que durará años, en los que los ataques a la clase trabajadora se ampliaran y recrudecerán país tras país.

La crisis y las tareas del movimiento obrero: por una alternativa marxista

La conmoción que han sufrido millones de trabajadores, a los que la crisis ha cogido desprevenidos, se ha amplificado por las políticas de desmovilización y colaboración gubernamental practicadas por los dirigentes sindicales. Los sacrificios y las concesiones son la norma del momento, pero sólo envalentonan a la patronal y preparan retrocesos aún mayores.

A pesar de todo, y con un ritmo que es difícil de predecir, la experiencia de los trabajadores entrará en conflicto con la política de los dirigentes. Choques sociales tremendos se pondrán en el orden del día en los próximos años.

En una crisis económica de estas proporciones el movimiento obrero se encuentra en una clara disyuntiva: la lucha sindical limitada empresa a empresa es totalmente ineficaz e impotente para defender las condiciones mínimas del empleo y la embestida patronal, para mantener el poder adquisitivo de los salarios o preservar las conquistas de generaciones anteriores. Es claro que la lucha económica se tiene que convertir en lucha política, y que ésta no puede aceptar los parámetros de la lógica del capitalismo. Si queremos defender elementos mínimos e imprescindibles para la vida de millones de familias obreras, es necesario cuestionar el capitalismo, levantando una alternativa socialista consecuente.

El capitalismo es horror sin fin, solía decir Lenin. Cuando esta catástrofe se extiende como una mancha de aceite por el mundo, cabe preguntarse: ¿Es esto necesario? ¿Es inevitable? Ni es necesario ni es inevitable. La razón de esta sin razón se explica por la supervivencia de un sistema decrépito y reaccionario, el capitalismo, basado en la dictadura brutal de un puñado de grandes bancos y consorcios multinacionales. Todos los acontecimientos que hemos vivido en estos años han vuelto a subrayar una idea planteada brillantemente en El Manifiesto Comunista: El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.

La clase obrera entenderá, en esta dura escuela de la crisis, la necesidad de volver a levantar con fuerza la bandera del socialismo, de la lucha por la expropiación de la banca, de los monopolios, de los latifundios, bajo el control democrático de la mayoría de la población. La solución al caos actual requiere acabar con el peso muerto de la propiedad privada de los medios de producción y de ese viejo cachivache reaccionario que es el Estado nacional. Con las palancas fundamentales de la economía bajo el control de la clase obrera sería posible utilizar toda la capacidad productiva de la sociedad y planificar de forma armónica la economía mundial. En condiciones semejantes toda la situación se transformaría de un plumazo, se lograría fácilmente suprimir la lacra del desempleo, garantizando a todos un puesto de trabajo digno. Gracias a la planificación socialista de la economía sería completamente factible la reducción drástica de la jornada laboral, sin recorte del salario, permitiendo a la mayoría de la población participar realmente en la gestión de la vida social, en la economía, en la política, en la cultura, que dejarían de ser el monopolio de la clase dominante. No existiría ningún impedimento para garantizar una vivienda pública decente y asequible, una enseñanza y una sanidad gratuita y de calidad.

Esta es la verdad que los grandes medios de comunicación de la burguesía y la ideología dominante se encargan de ocultar sistemáticamente. El socialismo es una necesidad pero no caerá del cielo. Será el producto de la lucha consciente de la clase trabajadora para levantar una organización revolucionaria a la altura de las circunstancias históricas.

NOTAS

1. En primer lugar, por un incremento global de la explotación de la fuerza de trabajo y la reducción de los salarios reales que cobró fuerza como consecuencia del fracaso del movimiento revolucionario de los trabajadores de Europa, EEUU y América Latina en la década de los setenta y ochenta. La restauración capitalista en los antiguos países estalinistas (URSS, China, Este de Europa) reforzó este proceso, propiciando una nueva división del trabajo internacional y la ampliación del mercado mundial.

2. Por ejemplo, en el periodo más intenso del boom económico (2003/2007) la economía china se convirtió en la primera receptora de inversión de capital extranjero de todo el mundo; en la principal fuente de financiación del consumo privado de los EEUU (en mayo de 2009 llegó a acumular 800.000 millones de dólares en bonos del tesoro norteamericano) y también en el mayor proveedor del mercado doméstico norteamericano.

3. Para hacernos una idea de lo que supuso este ciclo de acumulación basta saber que la tasa media de beneficios empresariales en EEUU y Europa pasó de un 12-14% entre 1975-1982, a valores superiores al 20% desde mediados de la década de los ochenta hasta mediados del año 2000, porcentajes más similares a los obtenidos en los años sesenta. Como consecuencia de esta burbuja, la brecha entre la producción real y la especulación financiera aumentó exponencialmente (entre el 90-95% de los movimientos actuales de capital no responden a operaciones comerciales o de inversión, sino a movimientos puramente especulativos).

4. Hace más de 150 años Marx y Engels explicaron los fundamentos de las crisis del capitalismo en El Manifiesto Comunista: "Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de repentina barbarie: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa.

"Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas." (Carlos Marx y Federico Engels, El Manifiesto Comunista, FFE, Madrid, 1996, pp. 33-34).

5. Federico Engels, El Anti Dühring, Editorial Grijalbo, Barcelona 1977, p 289.

6. Para un análisis más detallado de las perspectivas para la recuperación se puede consultar el artículo publicado en enero de 2010 en El Militante, ¿Esto es la recuperación económica?

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